-Tres días más.
-¿Tres días más? - Eren no supo qué decir. Levi parecía estar explotando a su amigo, abusando de su poder, siendo un caprichoso. Pero, lo que más le molestaba, sin duda, era la actitud de Armin.
-¿Y a ti te parece bien?
Armin no le miraba.
-Tampoco puedo elegir, Eren, y prefiero no meterme en problemas. Además, solo son tres días.
"¿Solo tres días?" pensó el castaño. No consiguió comprender qué ocurría, pero por más que intentó luchar contra lo que él consideraba una injusticia, su compañero no escuchaba. Se fue de nuevo a seguir con su guardia.
-Está muy raro – le comentó a su hermana – Algo va mal.
No recibió respuesta.
-¿Mikasa? – Se giró para mirarla y se sorprendió. Estaba llorando.
-Mikasa… ¿Qué… qué te ocurre?
No sabía muy bien qué hacer, nunca la había visto llorar. Estaba sentada en la cama, abrazando sus piernas y mirando hacia el suelo, sin apenas moverse. Parecía estar paralizada.
Se acercó a ella e intentó cogerle la mano, hacer que le mirara, pero no respondió a nada. Solo después de cinco minutos de silencio, Mikasa se acercó a él y le besó sin previo aviso.
-Eren – susurró entre beso y beso - ¿Tú me quieres?
-Mikasa…
Sus ojos se encontraron.
¿Qué esperaba de aquella pregunta? Ninguna de las respuestas sería válida. Si decía que sí, sería demasiado extraño. Eran hermanos, no de sangre, pero crecieron juntos. Ni siquiera la lujuria que sentían estaba bien, ni siquiera abrazarse de la manera que lo hacían era correcto. Y si decía que no…
¿Y si decía que no?
Pero Eren dio una respuesta aún peor. Algo que dolió, y que posiblemente fuera la peor opción. Simplemente, calló.
Se separó de él.
-Mikasa, por favor, ya hemos hablado de todo esto.
Ella se levantó, abrió la puerta del baño y encendió el grifo de la bañera.
-¿Qué estás haciendo…? Siéntate, por favor…
Pero Mikasa cerró con fuerza, asegurando la puerta para que nadie la molestara.
Era culpa suya, sin duda. Eren sabía perfectamente lo que su hermana deseaba, desde hacía meses. Y desde entonces él mismo se había preguntado muchas cosas.
¿A qué estaban jugando?
No entendía qué era lo que le ocurría. Cayó rendido a los pies de Mikasa la primera noche que ella intentó seducirle, sin saber muy bien por qué. Nunca se había planteado quién era ella, nunca había pensado realmente en lo que estaban haciendo, no quería. Le gustaba divertirse, y para él eso era todo. Todo se estropeó cuando los sentimientos que ella intentó esconder durante los primeros meses florecieron de nuevo, y miles de ideas y de sueños hipotéticos sobre una relación juntos se convirtieron en un deseo.
Pero… él no la veía así. Casi… ni la veía.
Debía parar aquello.
*Palacio de Karuna*
- ¡Armin!
Se dio la vuelta, asustado, para encontrarse con la cocinera del castillo. Le ofreció un trozo de pan de plátano y algunas galletas.
-Muchas gracias – sonrió.
-Sé que trabajas mucho muchacho. Mereces un buen desayuno, pásate por aquí cada mañana, ¿vale?
-Vaya… gracias, es muy amable – dijo sorprendido por la generosidad de la mujer.
-No son muchos los trabajadores de este lugar que sean tan agradables como tú – le guiñó un ojo – hay que agradecerlo.
Se escucharon pasos por las escaleras que conducían a los aposentos del rey, ahuyentando a la cocinera. Armin escondió su desayuno en uno de sus bolsillos y camino despacio, esquivando a un soldado de guardia que pasó con cara de pocos amigos, y subió rápido.
-Vaya, por fin vuelves – comentó Levi sin levantar la mirada de su escritorio – pensé que no me volverías a deleitar con tu hermosa cabellera.
Se escuchó un golpe. Armin había tirado sin querer unos libros de la estantería al caminar sin mirar por dónde iba.
-¿Te distraer fácilmente, muchacho?
El rubio se agachó a recogerlo, ruborizado. Estaba reuniéndolo todo cuando vio las relucientes botas negras del rey a su derecha. Elevó la mirada, y se encontró con esos ojos vacíos mirándole fijamente.
-Eres un chico muy curioso, Armin – susurró.
Se agachó junto a él, haciendo que este evitara mirarle más tiempo. Armin casi no se movía, tan solo miraba al suelo, temblando. De repente, notó una mano fría en su cabeza, acariciándolo como si fuera un perro.
-Desde luego, es hermoso…
-¡Su majestad! – Un enorme soldado abrió las puertas de par en par, distrayendo a Levi lo suficiente para que Armin consiguiera huir hacia el pasillo.
Corrió, alejándose sin motivo alguno de la habitación de Levi. Un monarca cuya furia y fanatismo eran famosas. Un rey, que con tan solo chascar los dedos, mandaría su ejecución. Sin embargo, no paró, hasta que logró encontrar un baño de servicio vacío.
Se sentó en el váter y miró al frente, sin apenas poder respirar.
¿Qué le estaba pasando? ¿Por qué ese hombre le causaba esa sensación tan extraña? ¿Y qué era siquiera esa sensación? No lo podía entender, alguien que le debía causar repulsión, tan solo conseguía crearle una curiosidad tremenda. Una sensación de atracción que no comprendía. No sabía qué debía hacer, ni con quién hablar…
Pasaron horas. Armin no se había podido mover en todo ese tiempo, hasta que se dio por vencido. Debía volver al trabajo. Debía enfrentarse a la realidad.
Con miedo, subió las escaleras de nuevo. Ya estaba bastante oscuro, así que la seguridad había aumentado. Cuando llegó a la puerta, unos grandes guardias le prohibieron el paso.
-El rey duerme. Vuelve por la mañana.
-Pero… debería decirle que me voy… yo… debería entrar y…
-He dicho que te largues. Vuelve por la mañana.
-Pero, y-
-Enano – amenazó el otro guardia – vete.
¿Qué le estaba ocurriendo? ¿Por qué necesitaba verle antes de irse…? ¿Por qué…?
-Déjale pasar – se escuchó.
Levi mandó a Armin entrar desde el otro lado de la puerta, no sin un gruñido por parte de sus amables soldados. Cerró la puerta y le miró, pero esta vez no le encontró absorto en algún papeleo o libro, ni siquiera estaba sentado en su sillón. Estaba apoyado en la pared, con una mirada aterradora.
Tragó saliva, dispuesto a disculparse por haber huido. Pero su garganta no se lo permitió. Notó el estrés en su pecho, la garganta tensa y la boca seca, sin saber cómo volver a huir. Cerró los ojos para evitar ponerse más nervioso, pero solo logró lo contrario.
Cada paso que Levi daba suponía un infierno para Armin. Los tacones de sus botas resonaban por todo el cuarto, cada vez más cerca de él, que luchaba por articular alguna palabra digna, algo que le sacara de aquella situación.
De repente, los pasos cesaron. Pasaron solo unos segundos, y Armin abrió los ojos.
-Hueles bien. – susurró.
Bueno, ha pasado casi un año desde el último capítulo, pero me acordé de esta historia y como me gusta, he decidido seguirla. ¡Espero que os haya gustado!
