Autor: Yo, Crosseyra en su totalidad.
Summary: Aquella noche no podía ser más espeluznante, al percatarse de que una rosa de pétalos secos, de color café polvareda de toques amarillento y tallo adornado en un sinfín de puntiagudas y cortantes espinas yacía sobre su cama ¿Tan cerca estaba de su final? Solo quiso entregar mudo silencio a sus ojos escarlata, mientras aquella sonrisa demoníaca adornaba su níveo rostro con escalofriante dulzura.
Declaimer: El mundo de Kuroshitsuji y sus personajes no me pertenecen, son de exclusiva propiedad de Yana Toboso, la historia que se desarrolla en este fic es de mi completa originalidad y propiedad.
Advertencia: Fanfic yaoi, es decir, hombre x hombre, si no apruebas y no te gusta ese tipo de pareja o género, no leas este fic.
Notas de autor: ¡Ok! Aquí les traigo el capítulo 4 de este fic, sé que me demoré más tiempo de lo usual en terminarlo, pero espero que el capítulo valga la espera para ustedes, ya que lo hice más largo de lo habitual.
Un capítulo con 9.456 palabras.
Como bien saben, encontré la inspiración de este fic en un florero lleno de rosas secas de variados colores, entre ellas algunas azules, representando la prosperidad de la belleza aún en la muerte.
Rosas secas
by
Crosseyra
Capítulo IV: Nuestra última visita.
Cierto adolescente de cabellera grisácea tocada en leves tonalidades azulinas, de tés nívea como la cellisca, ojuelos de un color azul zafiro centelleante, estatura promedio, de facciones finas y altivas, ropajes elegantes y confeccionados a medida perjuraba internamente a su mayordomo, lanzando un sinfín de maldiciones hacia el aludido sacadas de quién sabe dónde, mientras a regañadientes seguía con el iris de sus ocelos los movimientos de dicho sirviente con recelo y frustración.
Cuánto lo odiaba en ese preciso instante, tanto así que las ganas de cometer un homicidio contra aquella endemoniada efigie hervían en la sangre del pequeño Conde, mientras una mefistofélica aura que daba una sensación de martirio se apoderaba con premura de los alrededores del menor, calando en sus huesos con una fuerza sobrehumana. Si no fuera porque sabía que ese demonio le detendría al instante, se hubiera lanzado contra él para ahorcar ese refinado y pálido cuello que su siervo poseía.
El oji-azul profundizó aún más en aquel odio que aguardaba en su recóndito ser, tratando de reprimirlo y apagar ese fuego que iba creciendo en su interior con todas sus fuerzas posibles, ya que – en cierta forma – no le convenía en lo absoluto el tratar de asesinarle, su venganza siempre fue lo primordial en lo que queda de su vida y eso no iba a cambiar ahora, por ello tenía más que claro que era necesaria la ayuda del de cabello azabache para llevarla a cabo.
- Veo que no está prestando atención a mi clase, Bocchan – la voz de aquel renombrado demonio se coló repentinamente en su cavilar, se oía a lo lejos, pero estaba presente. Parpadeó rápidamente al dar un pequeño salto de sorpresa en su asiento, provocando que Michaelis sonriera de lado imperceptiblemente.
Ciel, al ver que su mayordomo le observaba con reproche, volvió a adoptar su altiva compostura, pero ahora con esa ira a punto de emerger y desembocarse de la poca cordura que quedaba en él, observando con una profunda ira a Michaelis. Cuánto odiaba sus clases y sus métodos tan estrictos que tenían el único fin de verle humillado.
- ¿Será por qué cabe decir que el tema es lo más tedioso y trivial que hay? Sin mencionar que tus aptitudes como tutor son escalofriantes – se defendió el menor cruzándose de brazos, si había algo que le relajaba era retar a Sebastián en alguna que otra riña de palabras y miradas muy bien afiladas, le sacaban por algunos trises del agobio en el cual se podía ver involucrado.
- Por favor, le pido que deje fuera mis métodos como tutor, y no creo que la anatomía femenina sea algo tan tedioso y fútil – respondió el oji-escarlata negando con la cabeza, observando con cierto interrogatorio al de grisáceos cabellos. Si bien sabía que a Phantomhive nunca le gustaron sus clases de biología, el hecho de que ahora lo demuestre era un tanto desconcertante, ya que el pequeño siempre se lo guardaba y mantenía su tan característica compostura altiva.
- Para mí lo es, y tengo más que claro que usas esos métodos estrictos conmigo solo por venganza – le recriminó Ciel en completa libertad, cruzándose tanto de brazos como de piernas al momento de afilar considerablemente su azulina mirada zafiro pendenciero a su actual tutor, mientras carraspeaba sonoramente marcando su ya complexión altiva y orgullosa.
Sebastián solo arqueó una ceja, guardando el debido silencio antes de hablar, ya que – siendo sinceros – jamás se le pasó por la mente el desquitarse por los caprichos que emergían en cada ocasión en Ciel, ya que eso lo tomaba como el pan de cada día y como parte de su deber como fiel servidor de la cabeza de la familia Phantomhive.
El de cabello negro azabache negó con la cabeza, mientras se quitaba sus anteojos negros que siempre usaba cuando le tocaba hacer el rol de tutor, para luego volver a posar su escarlata mirada sobre su señor.
- Sinceramente, Bocchan, prefiero ser profesional, y eso no incluye el desquitarme con mi alumno por mi deber como mayordomo – su tono de voz fue firme, infalible y tajante, tanto así que un pequeño e imperceptible escalofrío recorrió la pequeña y pálida nuca de dicho Conde, mientras el mismo fruncía el ceño, más por el escalofrío que por el tono de voz usado por su mayordomo.
Ante esto, Ciel se limitó a sonreír con descaro y petulancia.
- Ajá, sí, como digas – musitó desviando la mirada del hombre en frac negro, mientras ladeaba su pequeña cabecita grisácea apoyando su mejilla en su refinada mano hecha puño restándole importancia al asunto, mientras que con su mano derecha comenzaba a hacer ademanes burlescos y desinteresados, cosa que hizo que la sangre del mayor comenzara a hervir de la irresponsabilidad de su amo y la jactanciosa actitud que estaba tomando. No es como si no la tuviera, pero en esos mismísimos trises se estaba posicionando bajo patas de caballos, y nada aseguraba que saldría ileso.
- ¿Cómo pretende sobrepasar a los demás aristócratas si no intenta, por lo menos, prestar atención a mis clases? En vez de hacer lo que se le pide y lo que es mejor para usted, se dedica solo a molestar y comportarse como un infante mimado – no supo en qué inútil momento ni cómo fue que sus cuerdas vocales hicieron acto depresencia por sí solas, dejando que aquellas palabras que en ningún momento debió decir escaparan de golpe de su inconsciente ira acumulada, dejando a un desconcertado Phantomhive.
El oji-azul, por un par de endemoniadamente eternos segundos, abrió desmesuradamente sus ojos, mostrando un semblante melancólico, sorprendido y – más que nada – amargo y entristecido, pero como era de esperarse, lo supo ocultar muy bien, pero aún así Michaelis notó cada una de sus reacciones al momento y le dolía el saber que era por su culpa. ¡Momento! ¿Le dolía? Imposible, los demonios no sienten, bueno, sienten dolor, pero no "ese" dolor tan… detestable.
Notó como el pequeño Conde apretaba con fuerza el libro que – antes – yacía sobre la mesa, pero que ahora estaba entre sus níveas y pequeñas manos las cuales trataban de estrujar dicho libro de tapa gruesa con tosquedad, pero que – claramente – le era imposible por el grosor del mismo y por la poca fuerza que el menor tenía.
Alzó con cólera su azulina mirada, mientras una ráfaga eléctrica de ira y rencor recorría el cuerpo de Ciel, alertando al mayor, quien también le observaba de una manera que no podía inmutarse, ni siquiera ante la cólera que embargaba a dicho Conde.
- Porque, contigo, es imposible – lanzó en defensa propia, mientras se alzaba levantándose de la butaca de su buró aún aferrando el texto entre sus manos junto con un epítome hecho por él mismo sobre lo que su mayordomo le estaba exponiendo y explicando. Dirigió una última mirada al oji-escarlata, para luego encaminarse a la salida de la elegante recámara donde Conde y sirviente pasaban el tiempo en el aprendizaje de dicho noble, olvidando por completo el bolígrafo que hace minutos utilizaba. No le dio importancia, sabía que Sebastián, como el buen mayordomo que era, lo dejaría donde correspondiera.
Michaelis le observó dar paso infalible y en certidumbre, pero él no iba a dejar que su único alumno se le escapara por mero capricho, no, él pretendía llegar hasta el final con dicha clase como era debido y eso no iba a cambiar por vagos berrinches, pero ¿Phantomhive realmente estaba haciendo una pataleta? No lo sabía con certeza, parecía realmente colerizado con el comentario, pero antes de llegar a dicha respuesta, se decidió a intervenir.
- Bocchan, la clase aún no termina – parló potente y firme, deteniendo al aludido, quien abatido pausó a medio cruzar el umbral de la entrada, ahora con una ígnea ira ardiendo en su interior, mientras aquellas llamas cosquilleaban su garganta con el único fin de dejar que aquellas palabras que tanto había reprimido los últimos momentos vibraran en sus cuerdas vocales, mientras su laringe temblaba de la molestia que le otorgaron las palabras de Sebastián, ya que estaba más que claro que el mayor le estaba dando una orden indirecta. ¿Él, un simple mayordomo dándole órdenes? Era un chiste.
Se dio el lujo de quedarse inmóvil un par de segundos, antes de voltear ligeramente su torso atisbándole de perfil al mayor, para luego sonreír con petulancia, sin saber que poco a poco iba cayendo en una fosa de soledad, mientras la lluvia que asimilaba la sangre derramada en su retorcida y triste vida inundaba su desesperación por amor, hundiendo en plena miseria y desgracia al pequeño Conde, ahogándole en las palabras que lamentaría. Desgarraría sus cuerdas vocales y reventaría su laringe si tuviera el valor para hacerlo.
- ¿Y eso representa un impedimento para que yo me largue? – sus palabras eran duras, frívolas, crudas, secas, lo que representaba el evidente enfado que llameaba en su interior con persistencia.
Michaelis se limitó a observarle afilando su mirada, provocando que sus ocelos tomaran un brillante rojo carmín, el menor se había atrevido a desafiarle nuevamente, cosa que hizo que la sangre hirviera en su interior, claro está que exteriormente se mantuvo sosegado, pero con aquellas fría mirada puesta sobre el menor.
- Sí, conmigo como tutor, lo representa – parló con arrogancia en demasía, cosa que Phantomhive notó, y no fue del agrado de sus oídos escuchar aquello ¿Trataba de darle órdenes? ¿Él? Como si tuviera un derecho sobre él además de su alma como lo requería y estipulaba el contrato, y eso ni siquiera había comenzado. Él era un sirviente, y Phantomhive el amo, Michaelis era el menos indicado para exigirle nada. Solo era su perro guardián.
"Solo su perro guardián…" Aquello resonó como una gran falacia en la cabeza de dicho Conde.
- Cállate y escúchame, no tengo ni la más mínima intención de volver a sentarme en un buró y escuchar tu aburrida palabrería, no quiero que estés cerca de mí en todo el día y mucho menos que me molestes, aléjate de mí por lo menos unas cinco horas – sentenció Phantomhive ya colérico, no por el atrevimiento que había tenido su mayordomo hacia su persona, más por el debate mental que había provocado aquello ¿Era solo su perro guardián? Hasta hace solo un par de semanas lo era, pero ¿Y ahora? No lo sabía, y no se iba a detener a averiguarlo.
Alzó la mirada con incordio, su cabeza la estaba jugando una mala pasada, necesitaba pensar, reflexionar ¡Mierda! ¿Qué acaso eso era mucho pedir? La mirada del oji-escarlata decía claramente que no iba a dejarle ir, pero su cuerpo y mente lo anhelaba, anhelaba la soledad en su cavilar.
- Pero, Bocchan, dentro de dos horas tiene una reunión con el Duque de DeWitt, el señor Ryan DeWitt, por el transporte marítimo mercante de la producción de las empresas Fhuntom por Inglaterra – trató, inútilmente, el mayor de detener al muchacho, pero este seguía firme en sus palabras, pero no en su intelecto.
- De eso se encargará Tanaka, escúchame bien, Sebastián, tú no te me acercarás en todo el día, es una orden – sentenció en pleno batallón mental el oji-azul. No estaba seguro de si era la mejor decisión, pero como el Conde que era no se iba a retractar, claro que no lo haría.
- Pero, Bocch… –.
- ¡Es una Orden! – vociferó el menor exasperado ante la insistencia de Michaelis.
Sebastián le observó desconcertado, mientras que Phantomhive le atisbaba con impaciencia, sus ojos escarlata recorrían con premura el rostro de su contratista, buscando algún punto o gesto que mostrara debilidad e incertidumbre en él, pero como siempre ha sido, solo encontró a un muchacho, no, un noble de carácter frívolo y fuerte con una mirada desafiante y pendenciara, quien acababa de dar una orden a su fiel esclavo.
Michaelis dejó escapar un imperceptible suspiro de resignación, realmente le frustraba no saber los pensamientos de su amo, para luego arrodillarse frente al muchacho, llevando su mano diestra a su pecho en signo de respeto y en representación al contrato, para luego inclinar ligeramente su cabeza dejando que sus azabaches cabellos cayeran en elegancia, mientras aquellas palabras que tanto había usado ante su señor se hacían presente nuevamente, saliendo de los belfos de dicho demonio.
- Yes, My Lord – y sin más que decir, el oji-azul salió por completo de la habitación en busca de algún momento de paz, dejando atrás a un exasperado e iracundo tutor.
Caminaba a orillas de la extensa arboleda que se alzaba a los alrededores de la mansión, en sus terrenos, pensando, reflexionando, meditando acerca de los acontecimientos que – últimamente – le había estado perturbando en demasía, iniciando con sus pesadillas, se habían estado frecuentando ya hace un poco menos de dos semanas y siempre era el mismo sueño, la misma situación, el mismo encuentro, el mismo final.
Siempre concluía él mismo entre las grandes y mordaces fauces de aquel can, provocándole la muerte, el futuro que aguardaba en lo más recóndito y oscuro de la estípula que ejercería Michaelis sobre el pasar del tiempo, la conclusión de una existencia marcada por la sangre y sed de venganza acogida por los brazos de un anticristo, el final que siempre estuvo esperando por su alma, su caída, su descenso, su perdición.
Su existencia era proclamada por sus cercanos, su muerte por quienes le odiaban en rencor y le asesinaban con miradas despectivas y su alma era exigida por quien prometió ser fiel a sus órdenes sin cuestionamiento, firme en su compañía a la espera del culmine de un sanguinario vengativo, persistente en el encuentro de siervo y amo al bienestar de las letras impresas en el contrato, la tinta que se derramaba por sobre el sacrílego y, a la vez, sagrado papiro indestructible representado por un símbolo de unión en su existencia.
Sonrió a la deriva, aún al haber encontrado aquella soledad que tanto había buscado hace momentos se sentía de la misma manera, aquel pésame sentimiento de abandono no hacía ninguna diferencia en cómo se sentía con aquel demonio cerca. Sabía el porqué, siempre lo supo y sus vagas esperanzas de que Sebastián en un final no devorase su alma solo trataban de cegarle de lo que realmente él era para Michaelis. Él no era para el oji-escarlata más que su bocadillo para degustar en su paladar, no era más que un trozo de carne en las fauces de un can, no era más que un simple mocoso caprichoso con un buen sabor en su alma, no era nada.
Siempre estuvo solo, nunca fue acogido por nadie, él siempre había vivido en el abandono y olvido, y quien alguna vez escuchó sus súplicas en aquella desesperación que proclamaba libertad solo lo hizo por el valor que podría tener su alma, no, no valor, sino sabor.
Él era la escoria más inmunda y banal del mundo, había sido corrompido e impúdico, aún lo era y nada en toda existencia cambiaria el sacrilegio en el que se había convertido su vida, nada cambiaría su historial, nada cambiaría lo que era, nada cambiaría el hecho que nunca sentiría amor ni felicidad nuevamente, nada cambiaría el que él sufriría hasta que la muerte le cobijara en su manto negro, mientras acariciaba sus cabellos y le despojaba de su cuerpo putrefacto, no, si quiera eso, la muerte no vendría para llevarle con él, ya que él había vendido su alma a un anticristo.
Salió de su profundo cavilar al tropezar con una pequeña piedra en aquel sendero de tierra que cruzaba la extensa arboleda, de no ser porque había desarrollado buenos reflejos estos últimos años debidos a las cosas "paranormales" y "sobrehumanas" que le habían abarcado desde entonces, habría dado de lleno con el suelo, cubierto entre tierra y pequeñas piedrillas, pero afortunadamente logró el detener su caída.
- Tsk… maldición – soltó de sus belfos al darse cuenta de que había obtenido a cambio un pequeño corte en su palma, del cual brotada un mínimo de sangre y descendía en una fina hilera por su mano y antebrazo. Aquella sangre manchada de lo impuro, repudia de ángeles, anhelo de demonios, satisfacción de Michaelis.
Apretó su puño con fuerza, para luego sacudir un poco sus ropajes y rodillas, y comenzar nuevamente su caminata por los alrededores de sus terrenos, procurando poner atención al por donde daba sus pasos y, así, evitar caer y dar de lleno con el entierrado sendero en el cual paseaba, aún si se perdía en su cavilar nuevamente.
Una fuerte punzada surcó su pecho al volver a pensar en la cruda verdad que embargaba en sus alrededores, danzando, burlándose de él a sus espaldas, cegándole a sus narices con mentiras, hasta había llegado a un punto de creer su propia falsedad e involucrarse con ella con una facilidad increíble pensando en que aquel día en que su venganza se viera conclusa llegaría y pudiera despertar a la mañana siguiente con aquel mayordomo a su lado, como siempre había sido. Había sido un completo iluso al siquiera pensar que pudiera ser así.
Suspiró con resignación, sabía de ello hace mucho, pero las ansias de creer en un "la fantasía ideal" que en la realidad de su mundo, del mundo que alguna vez amó se hicieron cada vez más fuertes, cegándole por completo de lo que pasaría, del final escrito, de la existencia sin futuro, de su destino.
Un sonido, un leve movimiento seguido de un imperceptible ruidillo a sus espaldas alertó al muchacho, haciendo que este, de nueva cuenta, detuviera su andar, girando levemente tanto su torso como su rostro atisbando en sosiego a sus espaldas, pero lo único que su mirar pudo hallar fue solo una espesa arboleada alzada a orillas del sendero que recorría. Le pareció extraño, no escalofriante, pero si extraño.
Se mantuvo así por instantes, segundos, tal vez minutos observando el camino que había estado recorriendo en su parsimonioso y frágil paso, pensando, meditando, reflexionando sobre todo. Soltó un suspiro resignado, no valía la pena pensar en ello ahora.
Estaba dispuesto a girar sobre sus talones cuando una pequeña gota, una minúscula hilera de lo que pareciese ser una sustancia viscosa y repudia al simple tacto contra su piel le alertó de sobre manera, pareciera que fuera saliva, no, más bien baba de alguien o algo, pero todo eso dejó de darle importancia al percatarse de que una figura tosca, grotesca y dos o tres veces más alta que el joven muchacho se alzaba retadoramente ante el pequeño Conde.
- ¿Qué rayos? – fue lo último y lo único que se escapó de sus belfos por inercia, antes de que esa cosa gigantesca y peluda se levantara en sus dos patas traseras, sacando a relucir cuatro pares de garras que asechaban contra el menor.
No se movió de su lugar, aún con aquella cosa de revoltosos y apelmazados cabellos grises, ojos color negro aceituna, de colmillos blanquecinos y puntiagudos desbordando saliva animal y de garras manchadas de tierra le estuviera asechando y a punto de abalanzarse sobre él para impregnar sus colmillos en su carne. ¿Acaso terminaría siendo el bocadillo de todos?
Abrió sus ojos con desmesura al percatarse de que aquel animal iba a atribuirle un certero zarpazo en su estómago, cosa que de un torpe movimiento pudo esquivar dándole paso a que pudiera escapar corriendo a través de la espesa y verdosa arboleda que había estado evitando por miedo a perderse, pero en la coyuntura en la que se encontraba, no tenía muchas opciones a elegir.
Hojas, ramas, maleza, piedrillas, todo golpeaba contra su cuerpo al correr adentrándose cada vez más en el bosque de sus terrenos, perdiendo rápidamente el sentido de orientación, mientras aquel sendero se hacía cada vez más lejano hasta desparecer por completo de su campo visual entre cada efímero árbol a su vista ¿Estaba asustado? No del todo, lo que más le daba pavor era el que la muerte sería algo desconocido para él, no como hace minutos en los cuales sabía perfectamente el cómo iba a desaparecer de este mundo abandonándolo todo.
Había corrido sin rumbo durante unos quince minutos con el objetivo de escapar de ese animal que se mantenía al acecho a encontrar un punto débil en el menor, hallar el momento perfecto en el cual pudiera atraparle y devorarle con tranquilidad, pero Phantomhive no se dejaría vencer, no se entregaría tan fácilmente, primero daría una pelea como el Conde que era, un Phantomhive no es Phantomhive sin dar batalla y tener la última palabra en su poder, el lucharía por su vida para entregársela a quien realmente le pertenecía, al fin y al cabo él era un hombre de palabra.
Detuvo súbitamente su andar en los trises en que la falta de oxígeno en sus pulmones comenzaba a oprimir su pecho con fuerza, si bien no era de una buena resistencia física no se daría por vencido ni se entregaría por voluntad, el escaparía, llámenle cobarde, pero solo lo hacía para cumplir con su palabra como el noble que era.
Atisbó a su alrededor por segundo antes de que esa "cosa" saliera de la nada y se abalanzara sobre él, provocando que el oji-azul cayera de lleno al suelo vapuleando su zona lumbar, estaba seguro que eso dolería a la mañana siguiente. Alzó su mirada, aquella enorme bestia le miraba con hambruna, sanguinaria muerte, profundo óbito a la sed de saborear su carne, le devoraba con la mirada literalmente.
Ciel comenzó a palpar a su alrededor, buscando algo que lanzar hacia el animal o algo con que poder golpear, y lo primero que pudo tocar fue una piedra del tamaño de su puño, la tomó sin pensarlo dos veces y se la lanzó en la cabeza a su "posible" asesino, ya que sabía que Sebastián no vendría a ayudarle ni salvarle esta vez, le había ordenado el que no se le acercara por todo un día y se lamentaba por haber hecho tal dictamen hacia el oji-escarlata.
El animal vociferó en un gruñido y carraspeó lastimero, le había dado en uno de sus ennegrecido ocelos, ahí el pequeño Conde cayó en la cuenta de que su contrincante era un Oso pardo, eso explicaba la baba, el cabello apelmazado y las ennegrecidas garras. Volviendo de su cavilar y, aprovechando el que la bestia frotaba su ojo contra su antebrazo, trató de levantarse con toda la rapidez que pudo, pero en zarpazo dado directo contra su brazo derecho hizo que el menor se detuviera lanzando un grito de dolor ahogado por el gruñido que soltaba tal animal.
Por inercia guió su palma izquierda a la herida de su brazo derecho, tratando de cubrirla, masajeándola con el fin de alivianar el dolor e ígneo ardor en el corte del cual emergía a borbotones aquel líquido rojizo carmín en una cantidad considerable, presionando contra la herida para detener un poco la hemorragia que estaba teniendo. ¿Sería ese su tan esperado fin? ¿Así sería como acabaría todo? ¿Antes de siquiera haber empezado? No podía, no se lo iba a creer, el seguiría luchando hasta que su último aliento se desvaneciera por completo en las sombras de un existir.
El gruñido de aquel mamífero hizo que sus oído vibraran con fuerza hasta el punto de provocar cierto dolor en sus tímpanos, mientras el mismo le observaba con furia contenida y hambre liberada, estaba claramente expreso que la bestia quería devorar ya su bocadillo del día.
El menor cerró sus ojos con fuerza, esperando a que todo sucediera, si se quería así el moriría allí, no había otra cosa que pudiera hacer más que esperar pacientemente hasta que el dolor desapareciese y las heridas se fueran de lo que alguna vez fue su alma. El animal gruño, Ciel se encogió, el animal vociferó lastimero y pudo sentir como el enorme cuerpo de tan tosco animal cayera contra el entierrado suelo, un momento ¿Lastimero? ¿Caída?
Phantomhive abrió uno de sus ojos levemente, percatándose que una figura más pequeña, incluso más pequeña que él se abalanzaba sobre el oso pardo atacando directo a su cuello, mordiéndole, rasguñándole, hiriéndole, provocando que sangre del animal se derramase por el lugar, para luego sentir como sus tímpanos estuvieron a punto de explotar producto del estruendo que emitía el proyectil siendo expulsado del cañón el cual atravesó certeramente el cráneo del animal.
- ¡Agh! ¡Mierda! – soltó un quejumbroso quejido al ocultar sus oídos bajo la palma de sus manos, cerrando fuertemente sus ojos en un auto-reflejo, haciendo rechinar sus blanquecinos dientes en un intento de alivianar un poco el dolor producto del estruendo en el cañón de aquella arma. Disparó mil veces una escopeta o un rifle de asalto, pero jamás aquel sonido fue tan doloroso para sus tímpanos.
Abrió los ojos con agobiante lentitud, una efigie alta, delgada se encaminaba hacia él a paso parsimoniosos, mientras que aquella pequeña figura aún se posaba en elegancia sobre el vientre de su atacante que ahora yacía inerte sobre la tierra. Irónico, el cazador que terminó cazado, quién sabe, tal vez él tenga el mismo final.
Se dio cuenta que alguien le extendía la mano en un gesto de ayuda, lo cual le dejó vagamente sorprendido ¿Quién no lo estaría con lo que acababa de ocurrirle? Estuvo a punto de morir a garras de un mamífero de casi una tonelada, o más, no lo sabía, lo cual no debería ser, su destino era morir a manos de un demonio que devorase su alma.
- ¿Estás bien, hijo? – una voz masculina y madura le hizo salir de golpe de su cavilar. Enfocó su vista en quien le llamaba, un hombre de no más de treinta años, cabellera negra azabache similar a la de su mayordomo, ojos azul agua intensos, de tés bronceada, de un cuerpo normal que vestía ropajes "pueblerinos" por decirlo de alguna manera.
- ¿A quién le llamas "hijo", anciano? – bufó Ciel molesto, apartando la mano con un suave golpe intentando levantarse por sí solo, cosa que logró a cuestas por la herida en su brazo que sangraba a precaución. En todos los años que había vivido con el título bien merecido de Conde que se le había otorgado, jamás nadie le había llamado "hijo" a excepción de sus familiares más cercanos, y a veces uno que llegaba desde Italia para traerle sus pedidos, en fin, el punto es que el sujeto había tenido el descaro de llamarle así.
- Tú eres el Conde Phantomhive ¿No? – dijo el mayor de los presentes con cierta duda, mientras el oji-azul se sacudía un poco sus ropajes alzando su mirada hacia dicho pueblerino, quien simplemente alzó una ceja en busca de una respuesta por parte del menor.
- Así es, y ¿Usted es…? – dijo ahora él alzando una ceja, eran demasiadas preguntas sin saber el nombre del formulario. Se sorprendió un poco al percatarse de que el hombre, o más bien joven adulto sonreía con calidez ante dicha respuesta afirmativa, observando directamente a los ojos al pequeño Conde.
Ciel se limitó a carraspear para que el mayor le respondiera.
- James, James Bukater, fui amigo de tu madre cuando jóvenes – respondió con naturalidad aún mirando los azulinos ojos zafiro de Phantomhive, a lo cual el chico desvió la mirada sorprendido, nunca había escuchado ese apellido por sus familiares ni sus alrededores.
- ¿Amigo? Nunca oí hablar de usted, señor Bukater – respondió intrigado, había oído decir a su madre un sinfín de nombres y apellidos que normalmente se veían en la aristocracia, pero estaba seguro que jamás oyó hablar sobre un tal James Bukater en el tiempo en que ella aún vivía, le parecía bastante extraño e inusual.
- Eso es porque nunca pertenecí a la nobleza, como podrás ver, soy solo un simple leñador que vive de la caza y cosechas – dijo el tal Bukater sonriendo inocentemente al apuntar a sus ropajes como una evidencia. Tenía razón, parecía un hombre que trabajaba en caza y amor a la tierra, pero una de las tantas cosas que Ciel aprendió este último tiempo es que las apariencias engañan, sin embargo aquel sujeto le daba cierta confianza.
- Entonces ¿Cómo conoció a mi madre? – preguntó un poco interesado, era raro que alguien de la aristocracia se relacionase con alguien como él, sin intención de ofender, claro está.
El mayor solo sonrió ante el interés del menor.
- Ah… a Rachel le gustaba mucho aventurarse en los bosques, y puedo ver que a ti también, hijo, su hermana, Angelina, también me conoce – dijo con voz un poco cansina, como si estuviera recordando viejos tiempos y, a la vez, dando credibilidad a sus palabras con otra evidencia, lástima que esa prueba no servía de mucho ya.
- Por favor, le pido que me llame Ciel, solo Ciel, y lo lamento, pero tía Ann falleció hace algún tiempo – comunicó el menor con naturalidad, aunque por dentro ocultara un semblante amargo por recordar la muerte de un familiar.
- Lamento oír eso, pero el que te llame hijo o Ciel no hacen la gran diferencia, Conde – recriminó en un tono burlón, a lo cual dicho noble solo rodó los ojos.
- En fin, solo prosiga –.
- ¿No crees que este no es un buen lugar para charlar, hijo? Hay un par más de esas bestias rodando por aquí – advirtió y, a la vez, reclamó el mayor observando a los alrededores, entre la arboleda dándole énfasis a lo dicho, a lo cual Ciel cayó en la cuenta de que aquel adulto tenía la razón.
Le observó bien, ciertamente tenía un parecido a Sebastián con su cabello, y también con sus ojos, la diferencia es que él los tiene de un azul agua intenso, su mayordomo de un rojo escarlata que le daba su natural toque demoniaco, pero eso no quitaba el hecho de que tenían una similitud detallada.
- Tiene razón, siendo amigo de la familia, o por lo menos de mi madre ¿Le importaría el acompañarme a tomar una taza de té a mi mansión? Así podríamos charlar sobre Rachel – propuso el menor en cortesía y modestia, realmente le interesaba la historia que aguardaba en cómo un cazador formara amistad con una fina dama de la nobleza ¿Sería su madre una mujer con deseos reprimidos de libertad? Quién sabe, tal vez el señor James lo sabía.
- ¿Cuál es esa forma de dirigirte a tu difunta madre, hijo? Además no me molestaría, es mi tiempo libre, pero no puedo dejarla sola – lo reprendió suavemente el mayor, para luego cruzarse de brazos atisbando a sus espaldas, justo en el lugar en donde yacía aquella bestia que hace minutos trató de atacar a dicho jovencito hecho Conde.
- ¿A quién? –.
- A quien te salvó la vida, hijo – respondió como si fuera lo más natural del mundo, cosa que el oji-azul no lograba captar ¿A quién diablos se refería?
- ¿Qué? – Bukater le había salvado la vida ¿No? Entonces, ¿A quién se refería? No había nadie a sus espaldas ¿O sí?
El de cabellera negra asimiló el que el menor no tenía idea de quien hablaba, y por su mente pasó el hecho que el chico, siendo alguien perteneciente a la nobleza, no era alguien muy observador. Suponiendo que su servidumbre hacía todo por él, claro está, y era lo más común, era raro ver a un adolescente que no aparentaba tener más de trece años dirigiendo las enormes industrias Fhuntom, debía haber alguien a su lado guiándole.
Suspiró, se cruzó de brazos en un gesto resignado a la vez que sonreía alzando una de sus cejas nuevamente, dio un paso hacia la derecha y dejó ver al supuesto "salvador" de Phantomhive. Un can, un perro, un Doberman de pelaje brillante, terso y sedoso de un particular color negro con el ya usual marrón mostaza en y bajo el hocico, en sus patas tanto delanteras como traseras y los particulares pequeños círculos en lo que aparentaba ser "ceja y ceja" (ya que los perros no tienen cejas), de proporciones definidas, postura altiva y en elegancia y no aparentaba pesar más de treinta y tres kilógramos. Era una belleza canina, un ejemplar entre su raza.
- Se llama Claire, si no fuera porque ella olfateó a aquel oso y se abalanzó sobre él, probablemente ya estarías muerto – y, por el nombre de dicho canino, pudo deducir que era una hembra. Era preciosa, y aquella mirada marrón era tan cruda y fría que llegaba a congelar el aliento del menor.
Nunca lo iba a admitir, pero cuando niño anhelaba tener una mascota así, un vez le dijo a sus padre que quería un tigre de Véngala, pero – obviamente – jamás se lo iban a traer, podrían ser de la jerarquía mayor, pero sus padres eran responsables y sabían cómo educar a su hijo, bueno, en el tiempo en que aún vivían. Y por sus ansias de tener una mascota, un día cualquiera llegaron con un pequeño cachorro, un Golden Retriever.
Bukater carraspeó sonoramente, provocando que nuestro querido Conde saliera de su profundo cavilar y admiración producto del animal que tenía enfrente. Sacudió la cabeza parpadeando un sinfín de veces, para luego volver a retomar su altiva compostura.
- Entiendo, también puede llevarle, no tengo problema –.
- Gracias, pero ¿Estás solo? –.
- ¿Por qué lo pregunta? –.
- Es raro ver a un niño como tú rondar solo por estos lugares – al escuchar que se dirigían a él como un "niño" le molestó en cierta parte. Él ya no era un infante, él ya era un adulto hecho y derecho con responsabilidades y una de las mejores empresas en Inglaterra y el mundo bajo su poder. Él enorgullecía aún más el apellido Phantomhive y era reconocido con el título aristocrático de Conde en toda Gran Bretaña, siendo el perro guardián de la monarca de Inglaterra, la Reina Victoria, su nombre resonaba en cada rincón de su país.
Se limitó a bufar un poco molesto antes de responder.
- Son mis terrenos, eventualmente no necesito de nadie para pasear por mis bosques, además ¿Qué hace usted cazando en mi finca? – parló cayendo recientemente en la cuenta de ello ¿Qué hacía ese sujeto cazando en sus terrenos? La caza en aquellas propiedades era de exclusiva participación de la noble familia Phantomhive, familiares y/o invitados
- A medio metro termina tu propiedad, hijo – se defendió apuntando hacia la derecha. Ciel abrió sus ojuelos zafiro con desmesurado desconcierto ¿Qué estaba al límite de su propiedad? Imposible, primero porque había estado corriendo hacia el centro de la espesa arboleda, no siguiéndola, sino adentrándose. Segundo ¡Era una enorme propiedad! No es como si estuviéramos hablando de quinientos metros a la redonda sino de veinte hectáreas ¡Veinte hectáreas!
- ¿Qué? ¡Pero si son veinte hectáreas! – vociferó el menor exasperado, era imposible que estaba al límite de su finca, era completamente imposible e irracional.
Atisbó a su alrededor, y la evidencia estaba frente a sus ojos, a no más de dos metros comenzaba el camino de tierra donde circulaban un par de carretas que iban en dirección a Londres.
- Corriste bastante, hijo, además debemos curar la herida en tu brazo, sino podrá infectarse – parló el mayor sonriente, a lo cual Phantomhive solo bufó molesto nuevamente, el vejete ese tenía razón, estaba por terminar su propiedad. Suspiró exasperado y con resignación, cayendo en la cuenta de que la herida producto del certero zarpazo de aquel mamífero aún sangraba a borbotones y, a simple vista, parecía ser profunda. El dolor e ígneo ardor en su brazo le hizo soltar un quejumbroso gemido de suplicio, pero fue preferente para el oji-azul mantener su compostura jactanciosa y altiva frente a su nuevo invitado.
- Oh, es cierto… en fin, acompá… – comenzó a hablar paulatinamente, pero sus palabras fueron arrebatadas y cortadas de sus belfos al oír como voces chillonas y conocidas le llamaban con desconcertante preocupación no muy a lo lejos de donde se encontraba con el mayor, eso quería decir que estaba cerca de aquel sendero que hace unos treinta o cuarenta minutos había estado recorriendo, pensando, meditando sobre su situación.
- ¡Bocchan! – Esa voz madura, masculina y vagamente modulada por el inseparable cigarrillo que siempre llevaba entre sus labios era inconfundible, era Bard, el supuesto Chef de la mansión, el "artista en la cocina", claro que eso era una total falacia, ya que el verdadero cocinero en su hogar era su inconfundible, certero e infalible mayordomo-demonio Michaelis.
- ¡Bocchan! ¡¿Dónde está? – dos chillonas voces al unísono vociferaban a igual volumen que el llamado anterior, inconfundibles, la irritable voz de su ama de llaves, Maylene, y la suavizada, pero igual de irritable voz de el jardinero, Finnyan, cabe decir que son igual de inútiles cada uno en su trabajo, la única razón por la cual fueron contratados fue por sus habilidades innatas en batalla solo para defender la mansión Phantomhive del peligro.
Era hora de volver, el oji-azul sentía como el ardor aumentaba en su brazo derecho, pero su expresión no decía ni demostraba nada, típico del menor.
- ¡Joven amo! – esa voz aterciopelada, madura, masculina, pero a la vez suavizada y armoniosa para sus oídos, era inconfundible, su mayordomo también le estaba buscando, pero no era eso lo que le dejaba más que desconcertado, era su deber como su siervo el asegurarse de que su amo esté en buen estado, no, lo que le sorprendía era que el tono usado era de evidente preocupación ¿Él? ¿Preocupado por Phantomhive? Una locura.
Por alguna razón que el oji-azul desconocía por completo, algo en su interior dio un pequeño respingo al darse cuenta de quién le llamaba, mientras un semblante apaciguado comenzaba a mostrarse en su rostro, era algo de no creer ¿Por qué actuar de esa manera por algo tan trivial como ello? Era simple, ya que su mayordomo nunca antes se había mostrado preocupado por él y eso le daba cierta alegría que ni el mismo Conde lograba comprender.
No supo cuándo ni cómo sucedió, pero en un parpadear de ojos el menor se encontraba en los brazos de dicho sujeto que se hacía llamar Jame Bukater, caminando en dirección al sendero que había dejado, mientras Phantomhive le miraba anonado ¿Quién le había dado la confianza y el permiso para tocarle? Nunca creyó encontrar a una persona tan descarada como lo era ese vejete.
- ¡¿Qué hace? – vociferó exasperado atisbando con ígneo enfado a quien le llevaba en sus brazos, importándole poco si alguien le escuchaba o no y, también, dejando de lado el incandescente dolor que cada vez se iba haciendo más intenso, profundizando y expandiéndose por su brazo. Seguramente Michaelis le reclamaría y le recriminaría en su propia cara lo infantil e irresponsable que fue, pero esta vez iba a protestar si eso ocurría.
- Así llegaremos más rápido a su mansión, Conde, además usted siquiera sabe dónde está parado ahora ¿No? – parló el mayor sonriéndole cálidamente, ya que él había conocido al muchacho cuando apenas tenía unos meses de vida, aunque el Conde Phantomhive no estuviera consciente de ello, y siempre le tuvo un cariño especial por ser la hija de Rachel Durless, quien lleva una tumba con el apellido Phantomhive.
- Hmp… técnicamente no estoy parado, ya que usted me lleva en brazos – bufó el menor molesto, ladeando su pequeña cabecilla grisácea desviando la mirada exasperado y con patente desazón, si algo le molestaba más que el que le llamasen como un crío, era el hecho de que le tratasen como tal, eso le fatigaba de sobremanera a tal punto de que una ígnea e incandescente ira comenzase a emerger de las cenizas que las antiguas llamas habían dejado producto del enfado hacia Michaelis.
En un abrir y cerrar de ojos ya se encontraba camino de vuelta a su refinada, de esquicito gusto y elegante mansión y, por ende, no tardaron en reunirse con la servidumbre de dicho Conde, la cual, como buenos sirvientes, buscaban implacable a su amo, especialmente cierto demonio que, al ver a el oji-azul con una enorme y profunda herida en su brazo derecho, no tardó en socorrerle.
- ¡Bocchan! – parló el de cabellos negro azabache y profunda mirada escarlata, mientras atisbaba la herida marcada y ensangrentada que había ganado el menor en su intento de "soledad para meditar", logró aclarar un poco sus desordenados y súbitamente amargos pensamientos, pero por ello también se llevó un zarpazo de una bestia que, prácticamente, casi le desgarra el brazo – ¿Qué ocurrió? –.
- ¡Agh! ¡Cuidado con lo que tocas! – vociferó el menos al contacto de la herida contra la seda de los guantes que llevaba el hombre en frac negro, quien retrajo su mano ante el quejido que había soltado su amo – Un oso, estaba paseando, esa cosa salió de la nada y me atacó – aclaro el de grisáceos cabellos aún con aquella mueca de dolor en el rostro.
- La herida es profunda, será mejor controlar la hemorragia si no queremos que el chico se desmaye y muera desangrado – sugirió, más bien comunicó Bukater con voz suave, pero evidentemente firme. Allí Sebastián, tan centrado en el estado en que se encontraba el oji-azul, se dio cuenta de la presencia del de cabellera negra que llevaba en brazos a su joven amo. Le atisbó dudoso y con bastante desconfianza vagamente visible. James se dio cuenta de esto y solo sonrió amablemente-
- Disculpe la pregunta, pero ¿Usted es? – formuló el mayordomo ciertamente dudoso y con vago incordio.
- Estaría bien hacer presentaciones formales, pero Ciel es la prioridad ¿No crees? – parló Bukater alzando una de sus cejas señalando con su azulina mirada al menor que aún yacía entre sus brazos con una evidente mueca de dolor, cubriendo la herida con la palma de su mano, a lo cual el de frac negro pudo notar como el pequeño Conde apretaba los dientes con fuerza.
- Tiene razón, disculpe mi impertinencia – se disculpó el mayordomo, las disculpas iban dirigidas más a Ciel que al mayor que tenía enfrente.
- Agh… es un amigo de la familia… y m-mi invitado – parló el chico a cuestas del punzante dolor en su brazo que, impresionantemente, se había hecho más fuerte, sentía como el ardor le quemaba y consumía la nívea tés ensangrentada en su brazo derecho, alertando a Michaelis tanto por la respuesta como por la expresión que mostraba Phantomhive.
- Entiendo, permítame, joven señor – dijo el de azabaches cabellos tomando al menor entre sus brazos con suma delicadeza, no quería aumentar el malestar del menor más de lo que ya, luego se giró en dirección hacia los tres sirvientes – Maylene, prepara una mesa en el jardín y pule la vajilla, Finnyan, adorna un florero con algunas rosas del porche, Bard, saca las galletas que dejé en el horno y Tanaka-san, usted beba su té – ordenó el mayor como los próximos preparativos para el repentino invitado que se había presentado, recibiendo una respuesta afirmativa por parte del trío de sirvientes, para luego dirigirse al susodicho sujeto – señor invitado, nuestra ama de llaves le guiará a la sala, por favor le pido que espere en el jardín – y dicho esto, se encaminó a paso apresurado hacia la mansión para poder revisar la gravedad de la herida y ver lo que se podría hacer, mientras James y los demás se dirigían al jardín para que los sirvientes prepararan lo que se les había encomendado.
- ¡Ah! ¡Ten más cuidado! – se quejó en desconsuelo el chico hecho adolescente, quien estiraba su brazo hacia su mayordomo, quien permanecía arrodillado frente a su amo dándole atención a la herida hecha, mientras Phantomhive le observaba un tanto fastidiado con una mueca doliente en su rostro, realmente estaba entrando en el verdadero suplicio en esos mismos trises.
- Lo lamento mucho, joven amo, pero es necesario para que limpiar la herida y así evitar que infecte, mañana le llevaremos a un hospital en Londres para asegurarnos de que esté todo en orden – se disculpó el oji-escarlata soltando un leve suspiro, mientras acariciaba y masajeaba el brazo del pequeño Conde con la intención de alivianar el dolor que le producía el procedimiento efectuado. Ciel estaba consciente de esto, pero no protestó, estaba más sorprendido por el hecho de que su mayordomo-demonio no le reclamara por lo imprudente que pudo llegar a ser y una que otra palabrería más.
- Hmp… por lo menos se un poco más suave y delicado ¿Quieres? – parló el menor desviando la mirada, pasando por alto las atenciones extras y los agasajos que le regalaba Michaelis, era algo simplemente de no creer, pero por más que quisiera lo ignoraba.
- Soy tanto como puedo, joven señor – se defendió el mayor sin siquiera levantar su mirada escarlata de la herida hecha que, impresionantemente, ya no sangraba, estaba más preocupado por ello que por otra cosa. La mansión podría estar siendo destruida por ese trío de inútiles, pero él seguiría con su labor por el bienestar de su amo, Ciel es y siempre será su prioridad.
- No lo parece –.
- Lo lamento mucho –.
- Ya olvídalo, de todas formas dolerá, siempre duele – dijo el pequeño Conde resignado, sea como sea, haga lo que haga aquel demonio iba a doler, no tenía caso el seguir reclamando por algo que tarde o temprano iba a suceder, aunque prefería el "más vale tarde que nunca", describía mejor la situación, al menos para él.
- Perdone mi impertinencia, Bocchan, pero ¿No cree que fue un poco fuera de lugar el que trajera a un invitado en el estado en que se encuentra? – formuló de la nada aquel demonio hecho mayordomo, mientras alzaba por primera vez en toda aquella charla la mirada, atisbando directamente a los ojuelos color zafiro que poseía el menor, perdiéndose de nueva cuenta en ellos.
- Él me salvó la vida, bueno, técnicamente fue su can, pero él me ayudó – musitó Phantomhive sin prestarle el mayor interés a lo dicho, la verdadera razón fue porque quería saber más el cómo su madre y un pueblerino formaron amista. Sabía que su madre era diferente en muchos sentidos, pero jamás la imaginó involucrándose con un cazador – Si no fuera por él y su mascota… probablemente estaría siendo almorzado por esa cosa – dijo poniendo énfasis a su respuesta y a la palabra "cosa", ya que no sabía si a eso se le podría llamar Oso, era algo gigante.
- ¿Se refiere al Oso, señor? – preguntó Sebastián un tanto dudoso, raro en él, ya que su fiel servidor no flaqueaba.
Ciel se limitó a asentir alzando una ceja.
- ¿A quién más me referiría con lo de "cosa"? – parló como si fuera lo más evidente de la coyuntura, pero el semblante dudoso y un poco preocupado no desparecía del rostro de el de cabellos negro azabache y profunda mirada escarlata aún con la respuesta dada.
- Es solo que me parece extraño – se limitó a decir más para sí mismo que para su amo.
- ¿Por qué lo dices? – preguntó Phantomhive intrigado, muy pocas veces había visto meditar a Michaelis de esa forma, y un demonio no se detenía a pensar por cualquier estupidez que se le plantease, bueno, no si no se lo ordenaban, eventualmente.
- Que yo recuerde, no hay Osos pardos en sus bosques, Bocchan – respondió finalmente, dejando ciertamente anonado al menor ¿Cómo era posible? ¿Si el mismo lo había tenido en su presencia? Hasta Bukater estaba de testigo, si él había disparado a la cabeza de susodicha bestia justo después de que su perra, Claire, se abalanzara sobre él.
- ¿Lo dices en serio? – preguntó el pequeño Conde aún sorprendió, para luego suavizar un poco su semblante, había demostrado demasiadas emociones ese día, lo cual era sumamente anormal viniendo de él, el gran Conde Ciel Phantomhive, quien había ganado su fama como el perro guardián de la gran monarca de Inglaterra, la Reina Victoria, y también porque su nombre era muy conocido en el bajo mundo, en la otra cara de la nobleza.
- Yo no miento –.
- Entiendo, averiguaremos eso mañana – sentenció dando por concluido el tema de conversación, a lo cual Michaelis volvió a retomar su labor con el oji-azul.
- Como ordene – dicho esto, volvió a bajar su escarlata mirada hacia el brazo derecho del menor que aún sostenía entre sus enguantadas manos, para luego volver a alzar la mirada con una idea que había surcado su mente desde hace unos minutos – pero, señor ¿Cómo alguien como el señor invitado pudo conocer a sus padres? Lo pregunto porque, por lo que puedo deducir, el señor invitado no pertenece a la nobleza – preguntó su mayordomo intrigado, algo que también le interesaba a Phantomhive, pero tenía un mayor interés y énfasis por la historia detrás de ello.
Ciel solo suspiró.
- Se llama James Bukater, fue amigo de mi madre cuando aún llevaba el apellido Durless, dice que a mi madre le gustaba aventurarse en los bosques –.
- ¿Cree que haya tenido una especie de "romance" con Lady Rachel? – le dejó un poco sorprendido la deducción que había hecho aquel hombre en frac negro que no aparentaba tener más de veinticinco años de edad, aunque él sabía perfectamente que ese demonio había vivido por siglos. El punto era el que no se le había pasado por la cabeza el que su madre haya podido tener un posible "emparejamiento" con susodicho sujeto antes de que conociera a su padre, Vincent, o tal vez después de ello, no lo sabía.
- No lo sé, me interesa más cómo fue que alguien como mi madre se relacionase con un cazador – dijo desviando un poco el tema, quería cambiar el punto de conversación, además de que por la charla se habían demorado más de lo debido con lo que respecta a sus heridas en su brazo derecho.
- Entiendo, bien, está listo, señor, puede presentarse ante el señor Bukater – comunicó Sebastián levantándose del tapizado suelo, para luego hacer una cordial reverencia a su amo, quien simplemente se dedicó a observar su brazo un poco sorprendido ¿Por qué? Era simple…
- No dolió –.
- Le dije que iba a ser lo más delicado posible – dijo el mayor esbozando aquella sonrisa aparentemente amable que tanto había usado con él, pero que en realidad era incolora, neutra y con un sinfín de trasfondos a interpelar, pero optó por simplemente ignorarlo.
- Está bien, vamos – y dicho esto, con la ayuda de su mayordomo, salió de la habitación directo al jardín posterior de su mansión.
- ¿Qué? – preguntó incrédulo el menor ante la respuesta de aquellos tres sirvientes que le atisbaban con cierto pavor, mientras observaban detenidamente las gesticulaciones de su amo, quien no podía creer lo que oía. Hasta que Bard, "el chef", se armó de valor para hablar nuevamente corriendo el riego de recibir un regaño por parte del oji-azul.
- Eso, Bocchan, el señor invitado se fue – musitó algo bajo el mayor del trío presente, mientras se rascaba la cabeza en un evidente gesto de patente nerviosismo, aún con el ya usual cigarrillo entre sus belfos, mientras observaba a sus dos acompañantes en busca de apoyo, a lo cual solo recibió miradas nerviosas y llenas de temor, era de esperarse.
- ¿Cómo…? – dijo esto para sí mismo que para alguien más, posando su mano izquierda bajo su mentón en un evidente gesto de meditación, le parecía extraño que un hombre como él se esfumase de la nada sin dejar rastro.
- ¡P-Pero! Ha dejado a su mascota aquí, seguro que volverá para recogerle – repuso Maylene tartamudeando continuamente, mientras dejaba ver a dicho can el cual permanecía sentado en elegancia a un lado de la puerta de entrada, esperando a que alguien entrara por esa puerta a buscarle.
Ciel alzó una ceja ¿Qué objeto tiene desaparecer repentinamente dejando a tu mascota en una casa ajena? Era estúpido.
- Y también le ha dejado una nota, joven amo – ahora era Tanaka quien le hablaba, mientras le extendía un pequeño papel doblado en cuatro partes. El menor no dudó en tomarlo sin antes darle una pequeña miradita a sus espaldas, en dirección a su mayordomo. No dijo palabra alguna, solo abrió el pequeño papel para comenzar a leer el escrito que llevaba dentro.
Esperaba que allí hubiera algo así como "Recordé que debía atender algo urgente, volveré más tarde" o algo por el estilo, pero lo que había escrito allí no se le comparaba en nada.
"No te sorprendas demasiado si me he esfumado antes de que nuestra charla diera inicio,
Pero fue un gusto el compartir un momento así con usted, Conde Phantomhive."
Pausó brevemente antes de continuar, no entendía que objeto tenía mencionar eso.
"Tengo que confesarte que solo había venido a este lugar por una sola razón,
Solo tenía los minúsculos deseos de volver a ver los azulinos ojos de Rachel
Y me da gusto el que pude cumplir con mi cometido."
Volvió a dar una ligera y paulatina pausa ¿Qué quería decir con volver a ver los ojos de Rachel? Y ¿Cómo rayos lo logró? Siguió leyendo.
"Y si es de tu interés, no te preocupes, jamás tuve un amorío con tu madre,
Siempre le fue fiel a Vincent antes y después de conocerle,
Yo solo fui su acompañante en sus aventuras por los bosques."
Sonrió a la deriva, había leído sus pensamientos, por otra parte le aliviaba saber eso, nunca se imaginó a su madre con otro hombre que no fuera su padre, Vincent Phantomhive.
"Sé que no nos volveremos a ver nuevamente, hijo, pero te he dejado un pequeño presente,
Fue mi fiel compañía por estos dos últimos años, espero que cuides bien de ella."
Alzó su mirada de la nota directo a aquella mascota, le sorprendía el que la hubiera dejado con él ¿Qué objeto tenía? Era su fiel compañía ¿No? ¿Por qué rayos regalársela a alguien que acaba de conocer?
"Sin nada más que agregar más que buenos deseos,
Se despide cordialmente.
James Bukater.
PD: Lamento lo del Oso, aunque no tenía intenciones de provocarte malestares, hijo, espero que me perdones por ello."
Al finalizar la lectura, volvió a doblar la pequeña hoja en cuatro, para luego girarse sobre sus talones y entregársela a su mayordomo, quien la recibió un tanto confundido, no tenía idea de lo que pretendía su amo con entregarle esa pequeña notilla ¿Acaso quería que buscara información en ella? No lo creía, eso lo podría haber hecho el mismo Phantomhive ¿Entonces?
- Haz lo que quieras con ella, yo me voy a descansar – sentenció el pequeño Conde respondiendo a las dudas internas que abarcaban a Michaelis, para luego volver a voltearse y dirigirse a las escaleras directo a su alcoba, estaba cansado, había perdido bastante sangre por la herida y sentía que sus piernas en cualquier momento oscilarían y le mandarían directo al suelo
- Con certeza, joven amo – dicho esto, guardó la nota en el bolsillo interno de su chaqueta, para luego seguirle el paso a su amo hasta su alcoba, para prepararle para que descansara, había sido un día extraño e inusual, y eso que aún no marcaban las cuatro de la tarde, aún quedaba un poco por vivir de ese día, y Ciel Phantomhive se la pasaría descansando, con su fiel mayordomo siempre a su lado, hasta el final.
El té que antes estaba contenida en una fina taza de porcelana el cual había sido preparado cuidadosamente por el oji-escarlata, ahora yacía derramado por sobre el fino escritorio de roble perteneciente al dueño de las famosas empresas Fhuntom, manchando de paso un trozo del diario que hace segundos el pequeño Conde leía, difuminando un poco una pequeña parte sobre una columna de una noticia que había salido como titular en aquel periódico.
"Scottland Yard descubre el cuerpo de un hombre a orillas del palacio de Buckingham"
"Un hombre fue hallado a las cercanías del palacio de Buckingham alrededor de las diez treinta a.m. del día Viernes catorce de Julio.
El hombre no traía identificante, pero se pudo deducir que tenía alrededor de treinta años, y por investigaciones del equipo de Scottland Yard, se identificó como el cuerpo de James Alan Thompson Bukater…"
Fin del cuarto capítulo.
Se que en este capítulo no hubo tanto Sebastián x Ciel, pero les prometo que en los próximos capítulos podrán disfrutar de momentos de esta pareja.
Si has llegado hasta aquí, muchas gracias por tomarte la molestia de leer este fic, aún si no dejas un review, soy feliz solo con que lo lean. ^^
Agradecimientos a: Nayliuska y a Mita Kyu por sus maravillosos reviews, muchas gracias chicas, se les agradece la molestia que se toman al dejar un review ^^.
También agradecimientos a quienes leen este fic, son un gran apoyo.
Una aclaración: Si bien saben aquí apareció la mención de dos personajes integrados por mi, "Ryan DeWitt" y "James Bukater" (Este último haciendo acto de participación en el capítulo), quiero dar un pequeño dato curioso: Necesitaba dos apellidos para completar a los personajes, y por mi falta de imaginación, decidí proporcionar los apellidos "DeWitt" y "Bukater", ya que estos son sacados del nombre "Rose" o "Ruth DeWitt Bukater", una de los dos protagonista de la película "Titanic" de James Cameron. ^^
Sin nada más que agregar, nos vemos luego ^^.
Atte. Ino.
