¡Hola a todos!
Aquí me tenéis de nuevo, con la segunda historia corta sobre la vida de Harry y Ginny después de la Segunda Batalla de Hogwarts.
En concreto, los próximos capítulos van a tratar sobre los sentimientos de Harry, Ginny, Ron, Hermione, y los demás, durante el fin de semana de conmemoración del primer aniversario transcurrido desde la Segunda Batalla de Hogwarts; sobre lo que les sucede en ese tiempo. Este primer "capítulo" se centra bastante en los sentimientos de Ginny, quien creo que realmente es la protagonista de esta historia, al igual que Harry lo fue de la primera. Al leerlo, podréis notar que la chica tiene algunas batallas personales que librar, y no van a ser fáciles para ella ni para quienes la rodean y la quieren.
Hace tiempo que tenía en mente parte de esta historia, pero no ha sido hasta hace poco que he sentido realmente cómo deseaba desarrollarla. De ahí que haya tardado tanto en actualizar.
No puedo extenderme más, ya que estoy publicando esto desde un ordenador fuera de casa.
Solamente deciros que espero de todo corazón que os guste, y que decidáis seguirla hasta el final. Actualizaré lo antes que me sea posible.
Abrazos a discreción.
Rose.
Triste primer aniversario I .
Ginny sentía ganas de vomitar. Sola en la sala común de la Torre de Gryffindor, sumida en la oscuridad de la noche que sólo el danzante fuego de la chimenea apenas mitigaba, notaba cómo su ira se paseaba por todo su ser, arriba y abajo, como una fiera encarcelada. Faltaban dos días, dos malditos días para que se cumpliese un año desde la Segunda Batalla de Hogwarts; los alumnos estaban preparando para ese mismo domingo, dos de mayo de mil novecientos noventa y nueve, una gran fiesta, llena de música, comida y diversión. Maldijo para sus adentros. No es que ella no estuviese de acuerdo con la celebración; lo que le dolía, lo que le quemaba las entrañas, era que nadie recordase el dolor, la inmensa pérdida, que formaba la otra parte del asunto, la cara oscura de la misma moneda que se llevó a Voldemort de sus vidas. Pero la mayoría de los que habían sufrido aquella batalla, aquella guerra, en sus propias carnes y habían vivido para contarlo, no habían regresado al Castillo y probablemente nunca lo harían – como el propio Harry, o su hermano Ron, quienes se negaban tajantemente a acercarse a él siquiera – y sobre los demás, nadie lo quería recordar. Al comentarlo ante Mc Gonagall, la mujer, mirándola con cariño, le había respondido que en aquel momento la gente necesitaba creer, reír, olvidar… Por eso había dado visto bueno a aquella fiesta, aunque tampoco ella sintiese su ánimo como para echar cohetes. ¿Olvidar? – pensó - ¡Malditos desagradecidos! ¡Olvidar es deshonrar a los caídos! No podía creer lo que estaba pasando, no podía. Y Hermione hacía días que se hallaba encerrada herméticamente en sus libros, y en un mutismo que la sacaba de quicio.
¡Y luego aquel maldito castillo de pega, que podía parecer el más antiguo del mundo, pero que había sido acabado de reconstruir no hacía más de un mes! ¡Hasta las telarañas que colgaban de todos lados parecían ancestrales! ¡Por Merlín! ¡Cuánta hipocresía! ¡Cuánta mentira! ¿Y qué demonios hacía ella allí? Sacudió la cabeza con furia, pues no lo sabía. Todos a su alrededor la habían animado a volver, cuando ellos mismos no lo habían hecho, y ella se había dejado convencer, la muy ilusa.
Por aquellas fechas, el curso en Hogwarts debería estar terminando, pero debido a la lenta y laboriosa reconstrucción del castillo, los alumnos no estaban allí ni dos meses; y muchos de sus compañeros se atrevían a burlarse de ella a sus espaldas, sin contar con los de Slytherin, claro está, que lo habían hecho siempre, de todos los Gryffindor, de hecho. Cuando le habían preguntado, ella había admitido ser la novia de Harry, sí. ¿Por qué no hacerlo, si se sentía orgullosa y feliz por ello? Al principio mucha gente no se había despegado de su lado, esperando que ella les hablase una y otra vez del niño que vivió, y que los salvó a todos. Pero ella jamás había dicho que les contaría nada, no sabía porqué tanta expectación; su vida con Harry pertenecía a ellos dos, y a nadie más. Pero ellos no podían comprenderlo. Con el paso de los días, las miradas de admiración y envidia se convirtieron en cuchicheos acusadores, y después en sonrisas burlonas: creían que ella les había mentido.
Es cierto que Neville y Hermione siempre estaban a su lado apoyándola. Sabían bien qué significa ser amigos del gran Potter. También a ellos les acosaban con preguntas, sobre todo a Hermione, considerada una heroína. La castaña tampoco les contaba nada, pero al contrario que le sucedía a ella, nadie la tomaba por mentirosa. Y Neville, quien más callaba, era demasiado bondadoso como para que nadie tuviese ganas de dañarle. No es que a ella le importase qué creyesen los demás, o qué no; lo que la fastidiaba, es que nadie se atrevía a decirle a la cara lo que realmente pensaba. De ser así, quizá al menos ella habría podido desahogarse repartiendo un buen par de tortas.
Definitivamente, no sabía para qué había vuelto allí; los estudios no le importaban demasiado ya. Quizá lo había hecho por sus padres y por Harry, para que ambos se sintiesen orgullosos de ella, mientras ella misma decidía cómo enfocar su futuro. Sus padres tenían la vida resuelta, Harry y Ron habían emprendido una carrera meteórica hacia la profesión de auror en el Ministerio de Magia, Neville quería ser profesor de Herbología en el mismo Hogwarts, la pasión de Luna por los animales y la naturaleza seguramente la llevaría a dedicarse a ellos en cuerpo y alma, George tenía la tienda (y sus recuerdos), y Hermione aún no sabía dónde trabajaría, ni de qué, pero para ella todo lo aprendido jamás era suficiente, y varios Departamentos del Ministerio ya se la disputaban. Por eso, ella había pensado que no estaría mal terminar sus estudios mientras decidía qué hacer con su propia vida, pero sintió que, claramente, se había equivocado.
Y luego estaba Thomas, que no dejaba de acosarla en ningún momento. Le ponía de los nervios. Era un bueno chico, pero lo que hubo entre ellos tan sólo fue un enamoramiento adolescente, y nada más. Otro que no creía en su noviazgo con Harry. ¿Es que no era capaz de aceptar que ella no sentía nada por él, ni volvería a hacerlo jamás? Si se enteraba, Harry era capaz de darle un par de buenos puñetazos, a pesar e lo bien que en el fondo se llevaba con él. Pero Harry no estaba allí para enterarse, ni lo estaría. Se sentía sola, sola y furiosa. Se dejó caer en uno de los sofás, con frustración.
- Vamos, Ginny, nada puede ser tan grave como para que muestres esa cara de querer matar a alguien – escuchó a su espalda. Aquella voz había sonado dulce, alentadora, aunque triste en lo más hondo.
Neville observaba a la pelirroja con una amable sonrisa, de pie frente a ella. Ginny bufó por lo bajo.
- Dime, ¿qué hago aquí? – preguntó al chico sin rodeos, asqueada.
- No sé… ¿Autocompadecerte, quizá? – respondió él, sin ningún atisbo de burla.
Ella le dedicó una mirada iracunda, que al chico no impresionó.
- Ginny, si tú misma no sabes qué estás haciendo en Hogwarts, no pretenderás que yo lo sepa…
- ¡Por favor, claro que no! ¡Era una pregunta retórica! – dijo ella, exasperada.
- Que esconde algo más profundo debajo. ¿Me equivoco?
Ginny recordó que, cuando quería, aquel joven tímido y bonachón en apariencia, podía ser muy perspicaz. No respondió a su pregunta, intentando evitar que él ahondase más en ella.
- Mañana nos dejarán visitar Hogsmeade por primera vez durante este curso. Ya conoces las reticencias de Mc Gonagall a dejar salir de Hogwarts a los alumnos, por temor a represalias de los mortífagos fugados. No podemos desaprovechar esta oportunidad – anunció el chico, a modo de propuesta.
- Yo no pienso ir a ese sitio – negó ella, categórica.
- ¿Por qué no? Lo pasaremos bien.
- ¿Bien? Aparte del pesado de Dean, que no desaprovechará la ocasión para acosarme, ¿qué hay allí que nos pueda interesar? – se obcecó ella.
- Un cambio de aires. Por lo que más quieras…Si Hermione viene, ¿tú lo harás?
- Está bien – accedió ella, segura de que su amiga se negaría tan rotundamente como ella misma.
- ¡Genial! Hermione ha dicho que vendrá – anunció él con una amplia sonrisa.
- ¡Eres un manipulador! – lo acusó Ginny, enfadada.
- Ah… A grandes males, grandes remedios – alzó ambas manos a modo de disculpa - Nos vemos mañana, Ginny. Que descanses.
Y se marchó hacia las habitaciones de los chicos con un brillo especial en la mirada.
El sábado amaneció nublado, como el ánimo de la pelirroja. Ella se levantó pronto de la cama, aunque habría preferido quedarse allí hasta que el mundo se acabase, para no tener que ver ni hablar a nadie. Su furia no había remitido en absoluto; quizá se había incrementado por la inminencia de un aniversario que creaba en su corazón sensaciones tan intensas y contrapuestas.
Pero había dado su palabra, así que se armó de una frágil paciencia y bajó al Gran Comedor, en busca de Neville y Hermione. Ambos ya la estaban esperando. Pudo ver, admirada, cómo Neville se esforzaba con su mejor sonrisa y amabilidad en dar conversación a Hermione, quien, por primera vez en mucho tiempo, esbozó una pequeña sonrisa. Y pensó que aquel chico alto y desgarbado, bueno hasta la saciedad, merecía encontrar una gran chica que lo amara. Se apuntó mentalmente que ella y la castaña deberían ayudarle a encontrarla, eso sí, si ella se quedaba allí el tiempo suficiente como para hacerlo, algo que no tenía tan claro ya.
- Buenos días, Ginny. ¿Preparada? – la saludó su amigo con un expresivo ademán de la mano. Los alumnos de las demás casas miraron en su dirección, curiosos, y hubo varias risitas burlonas entre ellos.
La chica caminó hasta la pareja y se sentó a su lado, asintiendo en silencio. Se dedicó a dar buena cuenta de su desayuno.
- Os aseguro que hoy va a resultar un día genial – aseguró él.
- Si tú lo dices…
- Vamos, Ginny, anímate – le pidió Hermione – Será bueno visitar a Aberforth y charlar con él. Seguro que tiene cosas interesantes que contarnos. Y al menos nos alejaremos por un rato de la tristeza que sentimos aquí.
- Yo no tengo porqué huir de mi tristeza. Es lo que hay – respondió la pelirroja con dureza - ¿O es que tú también piensas olvidar, como la mayoría de todos estos imbéciles? – traspasó a su cuñada con una mirada acusadora.
- ¿Acaso crees que algún día conseguiré hacerlo? Yo no necesito machacarme un día tras otro de forma masoquista para que todo vuelva a mí noche tras noche y me siga destrozando por dentro – le aseguró la otra, llena de tristeza – Todo está aquí – se llevó la mano al corazón, desafiándola con la mirada.
- Lo siento, Hermione. No pretendía ofenderte – se disculpó, avergonzada – Es sólo que todo esto: sus actitudes, el lugar, los recuerdos… se me cae encima. Y ni Harry ni Ron están para poder reconfortarnos, como siempre sucedió.
- Te entiendo perfectamente – la tranquilizó la chica – Pero no puedes andar por ahí en pie de guerra a todas horas. Tómate un respiro.
Ginny frunció el ceño, y sus amigos se miraron el uno al otro, preocupados.
- ¡Eh! ¡Vámonos ya! – les urgió Neville - ¡Hoy vamos a disfrutar de lo lindo! – las cogió por el brazo y se las llevó alegremente.
Durante el trayecto a Hogsmeade, adelantaron a varios alumnos que se habían detenido en el camino para charlar entre ellos, o que, simplemente, se habían tomado el camino con más calma. Neville no dejaba de recordarles lo bien que iban a pasarlo juntos, y las dos chicas casi estaban empezando a creérselo. Llegaron rápidamente al pueblo, pues tenían muchas ganas de reencontrarse con Aberforth, el tabernero de Cabeza de Puerco. Ya tendrían tiempo para visitar después el resto de establecimientos.
Al entrar a la taberna, el dueño, que les había tomado mucho cariño tras la muerte de Voldemort, los saludó inmediatamente con un ademán de la mano, e hizo señas para que se acercasen a la barra. El recinto estaba casi lleno, tras la fama que el hombre había ganado sin pretenderlo, al ayudar a Harry y sus amigos en la batalla de Hogwarts. También su descubierto parentesco con el mítico Albus Dumbledore tenía mucho que ver en ello.
- ¡Qué alegría veros! – los saludó el hombre efusivamente - ¡Creí que no ibais a venir! ¿Y el dúo fantástico? – preguntó, refiriéndose a Harry y Ron.
- No los hemos avisado – dijo Ginny con voz seca - ¿Para qué? Seguro que estarán muy ocupados haciendo horas extra para el Cuartel General de Aurores. Últimamente parece que vivan allí.
Mientras ellos conversaban, un par de figuras entraron discretamente por la puerta, intentando pasar desapercibidas, y comenzaron a abrirse paso hacia la barra. Millicent Bulstrode, una alumna de Slytherin que por estar cerca de la pelirroja había escuchado sus últimas palabras, rió con estridencia, cogiendo de una mano a la chica que iba con ella, para hacerla reír también. La otra captó el mensaje inmediatamente y coreó su risa como si de un loro se tratase.
- A lo mejor hoy vemos a Potter, el novio fantasma de alguien que hay por aquí – Millicent dijo en voz alta, haciendo referencia claramente a la mentira que todos creían que Ginny seguía manteniendo.
La pequeña de los Weasley se giró, harta de aquella situación que no hacía más que repetirse, comenzando a caminar hacia la otra para ponerla en su lugar, cuando algo que sucedió justo frente a ella la dejó pasmada. Un joven moreno y bien parecido, se coló entre las dos Slytherin, sonriéndoles con condescendencia.
-¿Me permitís pasar? Contrariamente a vuestras creencias, yo no soy capaz de atravesaros – el chico afirmó inocentemente, sin dejar de mostrar su mejor sonrisa.
Las dos chicas se giraron con rapidez, abriendo los ojos como platos al darse cuenta de quién acababa de hablarles. El atractivo moreno, Harry James Potter, aprovechó sus movimientos para pasar entre ellas y caminar al encuentro de Ginny, que lo miraba con la misma sorpresa reflejada en el rostro, pero por motivos bien diferentes. Ron Weasley, que acompañaba a su mejor amigo, se había adelantado a él y ya estaba abrazando y besando a Hermione, desesperado.
- ¡Harry! – por un momento, Ginny lo contempló como si no pudiese creer lo que veían sus ojos, y luego se lanzó a su cuello, abrazándolo con amor.
El joven la levantó del suelo, por la cintura, y dio una vuelta con ella sobre sí mismo. Después la besó y la abrazó, sonriente.
- ¿Cómo has sabido que estábamos aquí? – le preguntó ella, emocionada.
- Neville nos ha avisado – Ginny contempló a su amigo con renovada admiración -¿Cómo es que tú no me lo habías dicho? – él alzó una ceja de forma interrogadora.
- En principio no deseaba venir, pero él me ha embaucado para hacerlo – su mirada hacia Neville fue agradecida y el chico rió, contento – Y además… creí que no podrías venir – terminó la frase con tristeza.
- Pues aquí estoy, loco por verte – volvió a besarla, enamorado –Por veros a todos – terminó, dando un fuerte apretón de manos a Neville.
Todos los presentes en la taberna no dejaban de mirar a la pareja con mezcla de sorpresa y curiosidad. Y las dos chicas que habían molestado a Ginny se marcharon a la carrera, sintiéndose humilladas.
- Hola, guapetona – Harry abrazó a su mejor amiga, durante un momento en que el pelirrojo se dignó a dejarla respirar para saludar a su propia hermana. Ella le devolvió el abrazo, encantada de verle.
- Hola, Harry – le besó una mejilla con ternura – Me alegro tanto de verte…Os hemos echado muchísimo de menos. Sin vosotros, esto es… diferente – afirmó, melancólica.
- Herms, por favor, sabes que no vamos a volver. No lo hagas más difícil – le pidió.
- Ni yo tampoco – sentenció Ginny con decisión, al escucharlo.
Los tres chicos y Hermione se giraron hacia ella, sorprendidos.
- Ginny, tú no puedes… - comenzó Hermione, escandalizada.
- ¿Qué tonterías estás diciendo? – preguntó Ron, mirándola sin comprender - ¡Si apenas acabáis de empezar el curso! ¡Os queda casi todo un año por delante!
- Para mí, no. Harry, ¿está ya terminada la reforma de tu casa en Godric´s Hollow? – preguntó a su novio, clavando en él sus ojos color chocolate.
- Hace meses que lo está, pero… - afirmó él, temiendo por dónde iban las cosas.
- Pero nada. Cumple tu promesa – le pidió ella, resuelta.
- ¿Qué promesa, Harry? – le preguntó el pelirrojo, mirándole con suspicacia.
- ¡Parad los dos! – el moreno ordenó a su novia y su cuñado, sintiéndose acorralado por ambos flancos – Hacedme el favor de tranquilizaros. Vamos a sentarnos todos en una mesa tranquilamente, nos tomaremos unas cervezas de mantequilla, brindaremos por nuestro reencuentro, y vosotros tres nos contaréis qué demonios está pasando aquí. ¿De acuerdo?
Todos asintieron, excepto Ginny, que los siguió a regañadientes. Quería solucionar aquel tema de una vez y para siempre, envalentonada por la presencia de su novio, a quien había echado de menos locamente y de quien estaba decidida a no volver a separarse nunca más.
- Aquí todo ha cambiado mucho – intentó explicar Neville, para que Harry pudiese entender la actitud de su novia – nada es como nosotros lo conocimos, ni siquiera aquello que lo es en apariencia – terminó.
- ¿Y qué esperabais? – respondió Harry, con cierto deje de amargura – Ni siquiera nosotros somos aquellos chavales inocentes y entusiasmados que estudiaban allí. Pero aún sabiéndolo, vosotros tres habéis decidido volver, porque se supone que consideráis que acabar vuestros estudios es prioritario a todo lo demás. ¿Qué pasa? Hacednos el favor y hablad claro de una vez.
- Y seguimos pensando igual – se animó Hermione a continuar – Pero a veces se hace demasiado duro de llevar, y más en las fechas en las que estamos.
Neville asintió, completamente de acuerdo. Pero Ginny no hizo ademán de participar en la conversación.
- Eso puedo comprenderlo perfectamente. ¿Pero qué es eso de que ahora te quieres marchar? – preguntó directamente a su novia, esperando una respuesta clara.
- Yo no pinto nada aquí – dijo ella sin más.
- La gente no creía que tú eres su novio – explicó Hermione – y han estado haciéndole la vida imposible por eso, cuando ella se ha negado a demostrarlo.
- ¡No es por eso! ¡Me importa un comino lo que piensen esos imbéciles! – le cortó la otra, con un ademán furioso - ¡Es por todo! ¡Porque mi tiempo aquí ya ha pasado! ¡Porque me he dado cuenta de que ya no soy una niña que necesita aprender recluida en una cárcel! ¡Soy una mujer que necesita hacer su vida!
- ¿Y por qué decidiste venir, entonces? – le reprochó su hermano.
- ¡Me equivoqué, Ron! ¿Vale?
- ¿Y por eso todo este cabreo? – Harry la observó, preocupado.
- ¿Y por qué más? – gritó ella.
- Ah, no. A mí no vas a gritarme porque sí. Ahora mismo voy a enviar una lechuza a la directora Mc Gonagall, con un mensaje firmado por ti y por mí, anunciándole que este fin de semana lo pasarás en casa. Tú y yo tenemos mucho de qué hablar.
- ¿En qué casa? – le preguntó la pelirroja con sarcasmo.
- En esta mismo – respondió Harry, sonriendo - ¿Qué os parece si alquilamos tres habitaciones a Aberforth y pasamos aquí la noche? Él no suele alquilarlas, pero estoy seguro de que hará una excepción con nosotros. Hermione y Neville pueden avisar a Mc Gonagall también. Sé que no es ortodoxo, pero ella lo comprenderá dadas las fechas en que estamos, y no os pondrá problemas. Y al fin y al cabo, todos somos mayores de edad. ¿O no?
- ¡Eso estaría genial! – se sumó Ron, entusiasmado.
- No sé…Ya sé que somos mayores de edad y que en teoría podemos hacer lo que queramos, pero cuando decidimos volver a Hogwarts, Neville, Ginny y yo también aceptamos todas sus reglas – objetó Hermione, poco convencida.
- ¡Vamos! ¿Cuántas veces en tu vida te has saltado esas reglas? – le preguntó el pelirrojo, divertido.
- Más de las que yo quisiera, y casi siempre gracias a vosotros dos – sermoneó a sus dos mejores amigos.
Ellos se miraron con complicidad.
- Será mejor que las chicas y yo vayamos personalmente a hablar con Mc Gonagall para explicarle bien la situación – expuso Neville – Todos sabéis tan bien como yo que si fuese por ella, no nos negaría nada, a ninguno de nosotros. Pero no debe pasar por alto las obligaciones de su cargo. Y nuestro deber es no obstaculizarle las cosas, no sería justo. Encontraremos el modo de que esto no parezca que nos estamos pasando las reglas por el forro, por ser quienes somos.
- Eso es muy sensato – le apoyó la castaña.
De nuevo, Ginny no añadió nada, pero miró a todos de un modo extraño.
- Decidido, pues. Le daremos recuerdos de vuestra parte – aseguró Neville a sus amigos. Sé que se alegrará. Volveremos a encontrarnos aquí dentro de una hora. ¿Hecho?
- Hecho – aceptaron los otros dos.
Harry abrazó a Ginny con ternura, mientras Ron hacía lo mismo con Hermione. Y tras estrechar la mano de Neville con fuerza una vez más, los dos chicos se despidieron de sus amigos hasta dentro de una hora. Poco después, Aberforth se sentó junto a ellos, y los tres comenzaron a charlar animadamente, bajo la atenta mirada de todos los parroquianos de Cabeza de Puerco, que se habían multiplicado en cuestión de minutos, sin duda alertados por la presencia de los héroes que todo el mundo se moría por conocer personalmente.
