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IV
NOTICIAS INESPERADAS
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No era para nada común que Kouen quisiera verla así como así. Por lo general era al revés, era ella quien debía pedir formalmente una audiencia con el primer príncipe del imperio y si estaba de suerte éste se la concedía. Se paraba ante él con su mejor sonrisa, intentando no sonrojar ni mostrarse nerviosa; hacía su mejor reverencia y se presentaba ante él con su título (sólo en caso de que se le hubiese olvidado quién era ella). No podía culpar a Kouen por no prestarle mucha atención, después de todo ella era la última en la línea sucesoria entre los hijos del emperador y la que menos se había logrado adaptar a la vida en el palacio Imperial durante su infancia.
—Camine erguida. No titubee —le dijo Ka Koubun mientras caminaban a la biblioteca en donde sabía Kouen la esperaba. Se paró derecha y con determinación, sólo para recibir un nuevo sermón de parte de su consejero— ¡Así no! No muestre arrogancia. Sea humilde y gentil —Kougyoku intentó relajar los hombros pero por algún motivo seguía tensa—. Flexible como la vara de un sauce, frágil como la flor de cerezo. Sea educada y muéstrese complaciente ante su excelencia.
—Sí —respondió con un suspiro. La cabeza le giraba y el estómago cosquilleaba.
Se paró frente a la puerta de la biblioteca, inhaló una última vez intentando calmarse, alisó la seda de su vestido con las manos y entró con pasos cortos y delicados hasta el lugar en el cual sabía su hermano mayor se encontraba. Ka Koubun no la siguió por algún motivo, pero pronto comprendió que seguramente Kouen quería verla a solas.
Estaba sentado entre la pila de libros y pergaminos que hacía tan sólo unas pocas noches atrás había leído. No estaba del todo consciente si su hermano sabría de ello, pero si se había percatado de que ella había leído alguna de las cosas sobre su escritorio, no se lo comunicó.
Lucía tan cansado como siempre, iluminado sólo por la luz que entraba desde una ventana a sus espaldas. Era como si llevara una carga pesada en los hombros que nadie excepto él podía ver o sentir. No obstante, Kougyoku se preguntó mientras avanzaba si llevar consigo tantas preocupaciones y responsabilidades era bueno para él.
—Buenos días, Kouen nii-sama —hizo una profunda reverencia, sonriéndole—. Me siento halagada que me haya mandado a llamar, ¿En qué puedo servirle?
Kouen la miró un momento a los ojos, como si estudiara su actitud. Su mirada era realmente penetrante y la ponía nerviosa. Era como si sólo con ello la estuviese poniendo a prueba y no podía evitar sentir que en cualquier momento perdería ese duelo.
—Toma —dijo finalmente, estirando hacia ella un pergamino.
Kougyoku estiró su mano algo titubeante y recibió el papel. Se encontraba enrollado con cuidado y amarrado con una cinta de color púrpura. Un emblema en cera sellaba su contenido, como un candado para los ojos curiosos de cualquiera. Era el símbolo de la Alianza de los Siete Mares.
—Puedes leerlo —le dijo Kouen al ver que la joven no sabía exactamente qué hacer con el pergamino—. Ha llegado esta mañana y el Emperador insistió en que te fuese comunicado cuanto antes.
—¿Su alteza imperial? —preguntó Kougyoku tragando saliva, sin creer que su propio padre se había tomado las molestias de hacer que Kouen le entregara un pergamino— ¿Ha sucedido algo? —su padre nunca le ponía la más mínima atención. Tenía la horrible sensación de que eran malas noticias.
—Son los términos que puso el Rey de Sindria para el matrimonio y el Emperador los ha aceptado —¿Acaso había escuchado bien? ¿Sinbad había mandado una invitación a su matrimonio y Kouen le entregaba personalmente la noticia? Aquello hizo que se le formara un nudo en la garganta. Se sentía humillada, desolada y si no salía pronto de ahí comenzaría a llorar
—Con que Sinbad-sama finalmente se casará —dijo con una sonrisa melancólica para luego tragar saliva.
—Así es. Se casará contigo —Kouen la miraba un tanto extrañado, como si no lograse comprender la mente femenina—. Ya habíamos hablado sobre el asunto de tu impostergable compromiso con un príncipe extranjero. Pensé que te alegraría un poco más saber que su Alteza Imperial consiguió comprometerte con el hombre con el cual deseabas casarte.
Los ojos de Kougyoku se abrieron de par en par. El mundo a su alrededor se volvió blanco y el sonido de la voz de Kouen dejó de tener sentido. Era como si estuviese soñando y estaba segura de que pronto despertaría. Era imposible que ese tipo de cosas le pasaran a ella, a menos que fuese un sueño.
—Embarcarás en siete días más con una comitiva imperial en dirección a Sindria; dos chaperones que estarán contigo en todo momento, Ka Koubun y Hakuryuu. También te acompañará la legión de subyugación de la Bahía de Balbadd para protegerte de piratas. Tres galeones con sus tripulaciones serán desplegados para llevarte hasta Sindria con los honores de una princesa del Imperio de Kou. El emperador ha insistido en ello. También podrás llevar tus criadas personales para que te asistan, y se pondrá a tu disposición diez sirvientas más que se quedarán a vivir contigo en Sindria. Todo ello está explicado en los términos de su compromiso, el cual deberás leer con detenimiento cuando te retires —estaba segura que no había respirado durante más de un minuto ya, intentando digerir la noticia que estaba escuchando—. Además, a petición de Otou-sama, se te enviará el sastre imperial para confeccionar tu ajuar de novia. Llevarás a tu cuidado el contenido de la dote que le fue ofrecida al Rey de Sindria y cuando llegues, se celebrará su fiesta de compromiso con los máximos honores.
Aún no podía creerlo. Había rezado tantas noches porque algo así ocurriera, no obstante, Kouen había sido tan claro en decirle que su matrimonio no sería con Sinbad. No podía comprender qué había ocurrido para que las cosas dieran un giro tan inesperado ¡Pero que importaba! Finalmente podría casarse con el hombre que había amado desde el primer momento en que sus ojos se cruzaron. Sería la esposa, la mujer, la amante, de Sinbad, Rey de Sindria, Líder de la Alianza de los Siete Mares, conquistador de Siete Laberintos, amo de siete Djinns…
—Ah… y el oráculo también irá contigo.
Todo había sido demasiado bueno para ser cierto.
— ¡Todos menos Judar-cha…el Oráculo! —suplicó Kougyoku con los ojos llorosos, horrorizada. Todos lo llamaban Oráculo, pero ella siempre le decía "Judar-chan". Se negaba a prestarle tantos honores a un ser tan despreciable como Judar— Me pondrá en vergüenza en cada oportunidad que tenga. Por favor nii-sama, envía a alguien más.
—No me hace la menor gracia que el Magi del Imperio esté lejos. Judar es un aliado invaluable a la hora de lograr los fines que nos hemos propuesto —dijo Kouen con seriedad—. No obstante, no hay nada que pueda hacer al respeto. Fue la propia Emperatriz quien dictaminó que Judar debía ir a Sindria contigo. No hay nada que pueda hacer al respecto. Así fue decidido por el Consejo.
—Entiendo, Nii-sama —respondió cabizbaja, escondiéndose detrás de las largas mangas de su vestido.
No hablaron mucho más después de eso.
Durante la tarde se reunió con Hakuryuu para preguntarle sobre los preparativos del viaje y conversaron levemente sobre cuándo partirían y en qué condiciones lo harían. Al parecer, el joven deseaba poder visitar Sindria hacía bastante tiempo y se había ofrecido como voluntario de inmediato al escuchar que uno de los príncipes tendría que llevarla, subrogando al Emperador, quien últimamente no se encontraba muy bien de salud.
Por supuesto, Ka Koubun iría también, pues era su consejero desde la infancia. Él había hecho que mejorara su confianza, logrando que dejara de ser una tonta niña inadaptada en el palacio y se convirtiera en una princesa. No podía si quiera imaginar una vida en la cual Ka Koubun no estuviese con ella. Además, de alguna manera el hombre había convencido al Emperador de que lo nombrada Embajador del Imperio de Kou en Sindria e iba hacia allá con dicho cargo. Al parecer, se encargaría de negociar tratados de comercio y mantener una buena diplomacia con el recientemente formado país.
Comprendía entonces por qué Ka Koubun y Hakuryuu irían con ella, no obstante ¿Por qué Judar tenía que ir también? No concebía por qué de entre todas las personas del palacio tenía que ser precisamente él quien la acompañara en un viaje como ese.
Era bastante conocido que el Magi no se llevaba para nada bien con Sinbad, había tenido disputas con casi todos los generales de Sindria y para empeorar todo, estaba segura que aprovecharía cada oportunidad a mano para avergonzarla en frente de su futuro esposo. Judar la odiaba, por eso siempre se había negado a llamarse a sí mismo su amigo.
Lo único que ella había deseado toda su vida de él.
—¿Qué estoy pensando? —se preguntó mirándose al espejo, observando la aguja dorada en su cabello.
Judar no la odiaba.
La imagen de sí misma en completa soledad apareció en su mente. Estaba llorando amargamente al sentirse demasiado débil, demasiado sola, demasiado insignificante como para lograr ser reconocida por sus hermanos. Por mucho que se había esforzado, seguía sintiéndose como una extranjera en su propio hogar. Era tan sólo la hija de una cortesana de baja cuna, de aquellas mujeres que entretenían al Emperador y aquello la había aislado desde el primer momento en que comenzó a vivir en ese palacio. Siempre sola. Siempre escondida.
¡Eres fuerte Kougyoku!
La sonrisa de Judar fue lo que la había salvado de esa terrible soledad. Con un gesto tan simple como estirar su mano hacia ella la había salvado del borde de aquel precipicio. Aquellos ojos rojizos que tanto tiempo le habían sido un misterio le sonreían con amabilidad y confianza.
Él creía en ella.
¡Eres fuerte Kougyoku!
Sus labios se fruncieron en tristeza mientras bajaba el rostro con el claro deseo de llorar. No comprendía por qué de pronto se le llenaba el pecho de angustia. Debió haber sido el día más feliz de su vida, pues se casaría con alguien maravilloso; en cambio, se sentía asustada y más sola que nunca.
Ya deja de llorar. ¿Oye solterona podrías cerrar la boca? ¡Estoy intentando quedarme dormido! Tienes un lado tierno también, solterona.
Habían conquistado un laberinto juntos.
Judar había levantado un laberinto sólo para ella: Vinea, el djinn de la desolación y la tristeza. El Magi había dicho que le parecía adecuado que un Djinn amargado reconociera como su señora a una solterona amargada. No obstante, de todos los laberintos que Judar levantó durante esos años, había guardado al Djinn del agua para ella. Y aquello tenía un significado especial, al menos para Kougyoku; Judar era un experto en los ataques con magia de Hielo.
Para producir hielo, necesitaba agua.
Le había regalado la oportunidad de luchar junto a él. Agua y hielo, magias que se complementarían siempre. No la veía sólo como una más de los hermanos de Kouen a quienes le debía levantar un laberinto porque estaba obligado a ello, sino que había levantado aquel laberinto sin que nadie se lo pidiera.
—¿Kougyoku-hime? —la voz de Ka Koubun interrumpió sus pensamientos— El sastre imperial ha llegado para tomarle las medidas y mostrarle algunas telas.
A pesar de que una de sus actividades favoritas era precisamente elegir diseños, patrones y telas para nuevos atuendos, la información que le daba su consejero no la emocionó en lo más mínimo. Su mente estaba divagando en el laberinto en el cual había entrado junto a Judar.
—Claro. Las medidas… —susurró con melancolía poniéndose de pie— Hazlo pasar.
El sastre imperial era un pequeño hombre que caminaba un poco agachado, siempre con alfileres en su sombrero y una cinta de medir enrollada alrededor de su cintura. Se encargaba de diseñar y confeccionar las prendas más lujosas para todos los hijos del emperador, incluyéndola. Ya había sido visitada por él en varias ocasiones, pero nunca antes lo vio llegar con tantas muestras de seda.
Nuevamente, debió sentirse extasiada al ver como tres hombres arrastraban un carrito con ruedas hacia ellos, el cual contenía decenas de rollos de seda de distintos colores, texturas y diseños. En cambio, lo primero que cruzó su mente fue qué pensaría Sinbad al verla llegar a Sindria vistiendo alguna de esas sedas producidas en los campos trabajados por los esclavos del Imperio. No estaba del todo segura de que él aprobaría algo así. Después de todo, Sindria no tenía esclavos ni clases sociales superiores.
—El emperador ha sido claro que no se escatimará en gastos para su ajuar, princesa —dijo el sastre con una sonrisa un tanto codiciosa mientras comenzaba a sacar los rollos de seda del carro—. Puede elegir la que quiera, pues Koumur le hará el vestido más bello que sus viejas manos puedan coser. Mire que bellas son. Lo mejor para la futura novia.
—¿Puedo elegir cualquiera? —preguntó con un poco de timidez acercándose al carro para luego pasar la punta de sus dedos por la suave seda.
—Por supuesto, hime-sama —dijo el hombrecito quien ya comenzaba a sacar la cinta de medición.
Observó el hermoso patrón de flores de cerezo en uno de los rollos. Se perdió en los intrincados diseños de las hojas doradas en una seda plateada con algo de melancolía. No estaba segura de que ella mereciese algo tan bello, lo cual la hacía sentir bastante insegura de todo ese asunto de su matrimonio. Fue precisamente cuando levantó un rollo de seda rosa que un rostro surgió entre ésta lanzándole el contenido de más de la mitad del carro de telas.
—¿Futura novia? Ni si quiera si la vistieran en oro y plata de pies a cabeza un hombre se casaría con ella —Judar la observaba riendo a carcajadas, sosteniendo su estómago mientras rodaba encima de las sedas, claramente satisfecho de que una vez más había logrado asustarla en uno de sus infantiles trucos— ¿Para qué quieres tanta ropa de cualquier forma? ¡Siempre luces igual!
—Judar… —gruño Ka Koubun intentando atraparlo mientras éste saltaba de un carrito de telas hacia otro, lanzándole los rollos de seda— ¡Cuantas veces debo decirte que no entres a la habitación de Kougyoku-hime sin pedir una audiencia primero!
—¡La conscientes demasiado Ka Koubun! —se quejó finalmente para saltar sobre el mosquitero de la cama de la princesa y acostarse en éste, mirándolos desde las alturas— Si sigue así va a llegar a los treinta soltera, arrugada, vieja y gorda.
—¿No has hablado con Kouen nii-sama aún, verdad? —Le preguntó mientras intentaba sacarse de encima los rollos de tela. Por alguna extraña razón sintió un extraño placer cuando vio el rostro despistado de Judar, quien evidentemente aún no se enteraba del viaje que harían.
—¿Para qué querría hablar con él hoy? —preguntó curioso, pero indiferente al mismo tiempo—. Vi a estos sujetos llevando los carros de seda y pensé que sería agradable dormir en ellos, pero tu horrenda voz me despertó.
—Entonces, asumo, que aún no sabes del viaje —Kougyoku se puso de pie lentamente, arreglando su vestido, y dejando que el sastre imperial comenzara a medirla.
—¿Qué viaje? —preguntó Judar desde encima de la cama, por sobre el mosquitero, un tanto emocionado.
—Hakuryuu-san, Ka Koubun, tú y yo iremos a Sindria —le comunicó Kougyoku fingiendo desinterés, pero analizando desde el rabillo de su mirada la reacción de Judar.
—¿Eeeh? —exclamó casi cayéndose de la cama— ¿De verdad? ¡De seguro veremos al rey Idiota entonces! —dijo emocionado y sonriente. Al parecer a Judar le agradaba la idea de poder viajar para dicho país, aunque era seguro que nadie en ese lugar tenía mucho ánimo de verlo—. Hace tiempo he querido ver el pueblucho que construyó Sinbad en esa isla mugrosa.
—La verás de punta a punta. De seguro tendrás bastante tiempo hasta la ceremonia —una sonrisa maliciosa se formó en su rostro.
—¿Qué ceremonia? —preguntó Judar levantando una ceja.
—Ka Koubun. Explícale.
—La del matrimonio entre Kougyou-hime y Sinbad-sama —observar la mirada de sorpresa de Judar fue impagable—. El emperador llegó a un acuerdo con el Rey de Sindria para que se despose con Kougyoku-hime.
—¿Eh? ¿Estás fumando hachís de nuevo Ka Koubun? —le preguntó algo irritado— Eso es imposible. Sinbad nunca se comprometería con una mujer así como así, mucho menos con la solterona.
—Partiremos dentro de una semana —dijo el hombre intentando recoger las telas que Judar había tirado—. El Magi irá en la comitiva como representante del imperio.
—¿Realmente piensan que me van a hacer creer que tú te va a casar con Sinbad? —le preguntó un tanto aburrido apuntándola con el dedo índice, para luego echarse a reír nuevamente.
—Veelo tú mismo —dijo Kougyoku con calma, lanzándole el pergamino que Kouen le había entregado anteriormente—. Supongo que reconoces ese sello—miró a Judar de reojo viendo como su rostro lucía completamente sorprendido—. Creo que me debes una disculpa. No podrás volver a decirme solterona—decirlo la hizo sentir extrañamente orgullosa de sí misma—. Me casaré con el rey de Sindria.
Judar atrapó el pergamino en el aire y lo miró con una ceja levantada, como si todo aquello fuese una broma que ella y Ka Koubun le estaban jugando y en la cual se negaba a caer. Lo abrió y le echó una mirada, para luego observar a Kougyoku como si se tratara de una completa extraña.
—¿Sinbad y tú eh? —preguntó en un tono que le provocó un vuelco en el estómago— Ese sujeto es...
—Sinbad-sama es un Rey galante, gentil y valeroso! —lo interrumpió ella antes de que Judar pudiese decir algo desagradable de su novio— Soy muy afortunada de poder casarme con alguien así.
Judar la observó un momento y pareció como si ambos estuviesen en un duelo de miradas, esperando que uno de los dos pestañara. El ambiente se volvió extrañamente tenso y hasta el sastre imperial detuvo las mediciones del cuerpo de la princesa, comenzando a sudar. Era como si el mismísimo aire se hubiese vuelto pesado, haciendo que el corazón de todos los presentes latiera más lento de lo común. Kougyoku podía notar que algo extraño le sucedía al ruhk, aunque no lo pudiese ver.
Y así como sucedió se detuvo y todos parecieron volver a respirar mientras Judar se daba la vuelta con los brazos sobre la cabeza.
—¿Así que esa islucha se convertirá en tu nuevo hogar? Que apropiado para alguien como tú —comenzó a reír como sí nada, haciendo que todos se mostraran confundidos por su cambio abrupto de humor—. Ese lugar huele a juerga y sal, vino agrio y mierda—dijo sin mirarla, flotando en el aire hacia la ventana con desinterés.
Kougyoku no respondió, sólo volteó el rostro hacia el sastre y éste al darse cuenta de la mirada de la princesa siguió tomando las medidas. Cuando el olor a melocotones desapareció de su alcoba, supo que el Magi se había retirado.
Extrañamente, sintió una melancolía que ni siquiera las hermosas sedas lograron apaciguar.
Estaba nuevamente sola.
