Tide of betrayal: La marea de la traición

Capítulo 4

¡Jones!

Alfred se sobresaltó y volvió a mirar hacia la cubierta desde su lugar en el aparejo, una sonrisa apareciendo inmediatamente en su cara cuando vio al capitán pirata británico observándolo con odio. A su lado, Jack contenía una risa y se encogió de nuevo en la portada de las velas despegadas, ansioso por escapar de la ira del Capitán Kirkland.

–¿Si, señor? –respondió inocentemente.

–¿Te importaría decirme qué en el maldito infierno estás hacienda allí arriba?

–Um… –Alfred miró a Jack, quien estaba temblando con una risa apenas-oculta– ¿Qué es lo que cree que estamos haciendo?

Arthur gruñó algo ininteligible, causando que los dos hombres arriba soltaran risitas.

–¿Qué fue eso, señor? –preguntó Alfred dulcemente– No lo pude escuchar…

–Dije que eres un maldito estúpido si piensas que ese maldito truco va a funcionar conmigo –rugió Arthur– ahora, baja en este instante, Jones, o juro que voy a subir por ti.

–¿En serio? ¿Usted vendría por mí? –rió Alfred, pretendiendo sonar satisfecho– Dios, me siento halagado, ¡Capitán! Pero creo que sería más educado de mi parte si yo fuera abajo, ya que no lo quiero cansar.

–¿Qué se supone que significa eso, idiota? –gruñó Arthur, sus ojos esmeraldas observando cuidadosamente como el rubio más joven comenzó a descender del aparejo.

–Nada –resopló Alfred, sus manos fluyendo casi inconscientemente hacia los asideros que Jack le había señalado hace solo unas horas– Solo no quiero que usted pierda su fuerza… viejo.

Jack dio un grito de la risa, arruinando efectivamente su lugar de escondite. Arthur observó al mitad-escondido australiano antes de volver su mirada asesina a Alfred, sus manos avanzando lentamente hacia la espada que tenía atada a su lado como si deseara usarla.

–Wanker –murmuró el capitán sombríamente.

–Aw, ¡Vamos Artie! –animó Alfred cuando finalmente alcanzó la cubierta. El rubio extendió la mano y sin ningún esfuerzo agarró al pirata en un abrazo aplasta-huesos, sus ojos azules brillando maliciosamente– ¡Era solo una broma! ¡Eres demasiado lindo para ser un viejo!

Arthur gruñó y tiró brutalmente del cuello de la camisa de Alfred, sus muñecas torciéndose a mediados del tirón. Alfred gritó cuando su cuerpo fue arrojado sobre la cubierta, sus ojos agrandándose detrás de sus anteojos cuando vio al furioso pirata cernirse sobre él.

–No tolero insolencias en mi barco, Jones –rompió Arthur– te advertí sobre tal contacto indecente y tú me ignoraste –los labios del británico se arquearon hacia arriba por un breve instante ante la expresión de aturdido en la cara del otro hombre antes de establecerse de nuevo en un ceño severo– y mi nombre no es Artie. Horrible apodo… Supongo que a un wanker como tú se le ocurriría… –el pirata se estremeció delicadamente ante el pensamiento del odiado nombre y miró de vuelta hacia el actual objeto de su irritación, ignorando el pequeño grupo de miembros de la tripulación que se estaban reuniendo detrás de él para observar.

–Entonces, ahora –dijo Arthur con falsa dulzura– ¿Qué estabas haciendo exactamente allí arriba en el aparejo?

–Er… Yo…

–Pardon? Me temo que no puedo oírte, Jones –pidió Arthur alegremente.

–Uh… Estaba… dibujando… en las velas…

–¿Oh? ¿Y qué, dime por favor, estabas dibujando?

Alfred observó al Capitán Kirkland, un poco sorprendido. ¿Era esa genuina curiosidad en la voz del hombre? No, probablemente no… El tipo solo estaba actuando para humillarlo aún más.

–Uh… conejos –balbuceó– Yo… estaba dibujando conejitos en las velas.

Arthur parpadeó en shock y observó al muchacho, la confusión reemplazando temporalmente a la irritación en sus ojos.

–¿Conejos? ¿Por qué habrías de dibujar conejos?

–Um… –Alfred dudó, recordando como Jack le había dado la idea contándole sobre el habito del capitán de hablar con un "conejo verde menta" invisible cuando creía que nadie lo estaba viendo– no lo sé… Me gustan los conejos –ahí. Esa no era completamente una mentira… Le gustaban los conejos, la mayor parte del tiempo… a no ser que lo mordieran como ese blanco desagradable…

–¿En serio? –murmuró Arthur, de repente sonando aburrido con la conversación.

Alfred hizo una mueca, pero se obligó a sí mismo a mentir. Cuanto más hablara, más posibilidades tendría de acercarse al capitán.

–Se. Soy el chico de los conejos en la familia, supongo –dijo alegremente– a mi hermano le gustan más los osos la verdad… Él en realidad tiene un oso polar de mascota. O, tenía… –la cara de Alfred se ensombreció un poco ante la memoria de su hogar y familia perdidos, culpa subiendo en su estómago. ¿Matthew estaba bien? ¿Estaban los otros prisioneros y esos extraños hermanos alemanes manteniendo sus promesas y cuidándolo?

Algo cálido tomó su hombre, causando que Alfred mirara hacia arriba en sorpresa. Arthur le devolvió la mirada, el más pequeño indicio de compasión vacilando en sus ojos-como-joyas verdes.

–Está bien extrañar a los que nos importan –murmuró el capitán, su voz tan baja que Alfred se preguntó si se suponía que tenía que escucharla. El pirata se enderezó inmediatamente después de esta declaración, su cara endureciéndose en una máscara ilegible– no te equivoques de nuevo, Jones –dijo el pirata fríamente– será la última cosa que hagas en esta nave.

Alfred asintió.

–¡Si, señor! –dijo alegremente.

El ojo izquierdo de Arthur se torció en molestia y él se dio vuelta, su saco flameando detrás de él en una ola de rojo. El capitán frunció el ceño cuando vio al grupo de miembros de la tripulación congregado alrededor de él, sus labios apretándose en disgusto.

–Bien, ¿Para qué están ustedes parados? –Gruñó– el show se acabó, ¡Vuelvan a trabajar!

La tripulación se apresuró a obedecer al capitán, dejando solo a Kate y Kiku detrás. Arthur asintió a los otros dos tripulantes restantes antes de ir a paso fuerte hacia su camarote, su cabello dorado brillando brevemente antes de desaparecer en la penumbra de su habitación personal. Alfred observó al pirata ir, frunciendo el ceño un poco en molestia. Ok, tal vez seducir al capitán sea un poco más difícil de lo que pensó.
Jack rió y aterrizó en la cubierta atrás de Alfred, sus ojos verdes oscuros destellando maliciosamente detrás de su cabello castaño claro.

Bien ahí, Al –rió– casi te consigues un pasaje solo de ida de vuelta al océano con esa payasada.

Alfred hizo una mueca y observó a medias al aún-riéndose australiano.

–¿Deberías estar bromeando sobre mi escape cerca de la muerte? ¡Dude, Ar… el capitán casi me asesina ahí!

–Nah –se burló Jack, su expresión incrédula– El Capit'n es duro amigo, pero él nunca mataría a un miembro de la tripulación a no ser que lo traicionen. Dibujar conejos en las velas y abrazarlo es difícilmente una causa para asesinarte.

–Estoy de acuerdo –dijo Kiku tranquilamente– aunque, te sugiero que dejes de provocar a Arthur-dono, Alfred-san. Su paciencia solo puede llegar muy lejos.

–Significa, que Arthur probablemente no estaba jodiendo sobre arrojarte por el lado del barco –acotó Kate secamente– eres lindo, Alfred Jones, pero no tan lindo.

Alfred sonrió tímidamente y asintió.

–Entonces… ¿Qué hago ahora? –preguntó vacilante.

–Tome la vigilancia nocturna con Li-san y Kate-san –ordenó Kiku suavemente– Jack-san, usted puede descansar.

El australiano aplaudió y corrió cubierta abajo, apenas ahorrándose un saludo a Alfred antes de desaparecer debajo. Alfred hizo un puchero y miró hacia el horizonte, un poco sorprendido de ver brotes de rojo y naranja sangrando en el azul profundo mientras el sol se ponía detrás de las olas. Kiku sonrió un poco ante la fascinación del rubio y le dio una palmadita pasajera en el hombro antes de seguir a Jack debajo. Kate apenas resopló y arrastro a Alfred al frente. Ella lo empujó escaleras arriba y señaló a Li, quien estaba parado silenciosamente al lado del timón.

–Te quedarás aquí con Li y te asegurarás de que sigamos en el camino –ordenó- mantenlo despierto y no toques el timón. Es probable que la cagues y nos mandes al borde de la tierra dado que eres nuevo en esto. Yo voy a estar en la cofa* acechando por barcos. Si me escuchan gritar, busquen a Arthur. Si ven a algún miembro de la tripulación a escondidas en la cubierta, consigan a Jack o Kiku. ¿Alguna pregunta?

Alfred asintió silenciosamente, tratando de recodar todo lo que la chica le había dicho. ¿Algo sobre cofas y Arthur? Kate rodó los ojos ante la cara de "ni idea" del rubio y miró a Li, quien estuvo observándolos de reojo.

Asegúrate que él no la cague, Li –suspiró.

El asiático asintió en silencio y se volvió al mar. Kate le dio a Alfred una bruta palmada en la espalda antes de lanzarse hacia el mástil principal. Alfred la observó escabullirse arriba del mástil, su cabeza oscura desapareciendo brevemente detrás de las ondulantes velas blancas antes de reaparecer en la cima.

–Así que –dijo en voz alta, su atención yendo inmediatamente al silencioso hombre asiático en el timón– supongo que somos solo tú y yo, ¿Huh?

Li no contestó, sus ojos oscuros nunca dejando las estrellas y el océano.

–Así que, ¿De dónde eres? Sé que tu tío es de China y que ese otro chico… cual-es-su-nombre… Se, es de Corea, ¿Verdad?

El asiático canturreó pero no respondió. Alfred un puchero ante la falta de comunicación y volvió su atención a el cielo índigo esparcido sobre ellos, sus ojos azules parpadeando de estrella a estrella. Mierda, estas estrellas eran hermosas…

–Te asombras como si nunca hubieses visto las estrellas antes –comentó Li con frialdad, un pequeño indicio de diversión en su voz.

–Se… Bueno, no salgo mucho de noche –rió Alfred– generalmente estaba encerrado en mi habitación, tratando de inventar cosas, tratando de que las cosas funcionaran mejor… Mis padres solían llamarme un soñador antes de que murieran, aunque mi hermano siempre apoyaba mis ideas. Ja, Matt a veces se escapaba por las noches e intentaba ayudarme a inventar cosas… –la voz de Alfred se fue apagando antes el pensamiento de su hermano, su expresión ensombreciéndose.

–Lo extrañas –afirmó Li rotundamente.

–¿Es tan obvio? –rió Alfred sombríamente.

–Si –respondió Li con una honestidad bruta. Después de un momento, el asiático añadió– entonces, ¿Por qué lo dejaste si lo extrañas tanto?

Alfred se puso rígido y evitó la mirada inquisitiva del otro hombre.

–No tuve opción.

Li hizo un gesto de compresión y se volvió de nuevo al mar, decidiendo no presionar el asunto más a fondo.

–Y… ¿De dónde eres? –preguntó Alfred.

Li rió entre dientes.

–¿Tú no tienes ningún sentido de la decencia, no?

–¿Qué?

Li rió de nuevo.

–Me refiero, a que no te importa meter tu nariz en los asuntos personales de otras personas, ¿No?

–Huh, suenas igual que mi hermano –reflexionó Alfred.

Li sacudió la cabeza en exasperación y lanzó una mirada divertida en dirección al rubio.

–Soy de una zona de China –dijo– mi hogar era… una pequeña provincia, aunque teníamos mucho gran comercio con otras naciones. Es conocida como Hong Kong.

Alfred asintió. Había oído del puerto chino por Tony antes del ataque pirata.

–Y… ¿Te gustaba ahí?

Li rió entre dientes y se volvió de vuelta al océano.

–Creo que ya tuve suficiente charla –murmuró– deberías volverte a tu trabajo antes de que venga Kate y te grite.

Alfred se estremeció y volvió a observar el océano, frunciendo el ceño cuando pensamientos de Matthew pasaron por su cabeza. Mierda, no podía creer que le tomó tanto recordar a su hermano…

–Por favor que estés bien, Matt –suspiró.

USUK*USUK*USUK

Matthew Williams se estremeció y se deslizó más a fondo en el rincón de su celda cuando el cubano de la tripulación de Francis entró en la celda. Sus ojos violetas se agrandaron cuando Alejandro se acercó a los dos gemelos italianos que se acurrucaban en el otro extremo de la celda. Los gemelos se pusieron rígidos y observaron al cubano con grandes, aterrorizados ojos. Alejandro sonrió, disfrutando del miedo en sus miradas. Sin una palabra, se agachó y levantó al gemelo mayor, Lovino, del suelo. Lovino gritó y dejo ir a una larga fila de maldiciones, sus brazos agitándose inútilmente en el intento de liberarse del agarre del hombre más grande.

Feliciano gritó y trató de alcanzar a su hermano, solo para ser sostenido por Gilbert cuando apareció detrás de él.

–Apúrate y saca al chico de aquí, Alejandro –gruñó Gilbert.

El cubano se encogió de hombres y esbozó una sonrisa de satisfacción final al italiano más joven antes de arrastrar a Lovino gritando fuera de la prisión.

Feliciano se atragantó en sus gritos y se dejó caer sin fuerzas en el agarre de Gilbert, sus manos temblorosas subiendo para cubrir sus ojos llorosos.

F-fratello –dijo con voz ronca- ¿Qué van a hacer con mi fratello?

–Lo siento, chico –suspiró Gilbert, sus ojos escarlatas entornándose. Levantó la vista para encontrarse con la mirada curiosa y horrorizada de Matthew, su mandíbula apretándose aún más.

–No sabía que estabas despierto, Birdie –murmuró.

Matthew frunció el ceño ante el nuevo apodo, no del todo seguro cómo al albino se le ocurrió eso.

–¿Qu-qué está pasando? –preguntó el rubio en voz baja.

–Francis ha tenido otra idea –declaró Ludwig secamente. El alemán rubio entro silenciosamente en la habitación, sus ojos azules fijos en el lloroso Feliciano todavía sujetado en los brazos de su hermano.

Ludwig suspiró y entró rápido en la celda, su expresión conflictiva cuando miró al italiano. Feliciano resopló y miró al alemán, sus ojos pardos almendrados llenándose de lagrimas una vez más.

–V-veh, ¿Qué idea? –Preguntó suavemente– ¿P-por qué quiere a mi f-fratello?

–Te quería a ti –admitió Ludwig en voz baja, sus mejillas enrojeciéndose en vergüenza– pero… yo lo convencí de que te dejara aquí.

Gilbert sonrió y se alejó del italiano que quedaba. Feliciano apenas lo notó, sus ojos azules fijos en Ludwig con algo semejante al horror.

–Tú… ¿Hiciste qué? ¿Por qué? –casi gritó, sus ojos apretándose.

Ludwig se sobresaltó ante la acusación en el tono del italiano, sus ojos azules parpadeando con inquietud hacia el canadiense rubio que estaba observando toda la interacción.

–Y-yo no podía dejar que te mandara –murmuró– tú… las misiones de Francis son peligrosas. Difícilmente alguien sobrevive y tú… tú no habrías tenido la oportunidad.

–¿Así que dejaste que mio fratello tomara mi lugar? –Exigió Feliciano– ¿Cómo puede eso estar bien? ¿Me salvaste dejando que Lovino muriera en mi lugar?

Dude, Feli, cálmate –interrumpió Gilbert desde atrás de Matthew.

Matthew se sobresaltó y miró a Gilbert, preguntándose como el albino había conseguido colarse detrás de él sin que se diera cuenta. El albino simplemente le guiñó un ojo antes de volverse al italiano que seguía observando con odio a su hermano.

–Escucha, Feli –suspiró Gilbert– sé que West la cagó pero él realmente solo estaba tratando de protegerte, ¿Ok?

Feliciano no dijo nada, su expresión inusualmente sombría. El italiano observó al alemán una última vez antes de alejarse, su cabeza castaña-rojiza inclinada sobre sus manos temblorosas. Ludwig lo observó por un momento, sus ojos azul claro heridos, antes de volverse y dejar la habitación, sus hombros caídos en derrota.

–Voy a ver si hicieron algo para la cena aún –dijo con voz hueca.

Feliciano se sobresaltó ante el sonido de la voz de Ludwig pero se rehusó a levantar la mirada, dejando a Gilbert y Matthew en un silencio incómodo.

El albino suspiró y observó a Matthew, sus labios convirtiéndose en un ceño cuando vio la afectada expresión en los rasgos del rubio.

–¿Estás bien, Birdie? –preguntó cuidadosamente.

Matthew negó con la cabeza, sus ojos violetas en dolor detrás de sus anteojos.

–Yo-¿A qué se refería Ludwig cuando dijo que difícilmente alguien sobrevivía a las misiones de Francis? –preguntó cautelosamente.

Gilbert suspiró.

–No, él no se refería a… mira, estoy seguro de que tu hermano estará bien, ¿Ok? Los únicos de los que nos tenemos que preocupar ahora son tú y Feliciano.

Matthew frunció el ceño.

–¿A qué te refieres?

Gilbert suspiró y pasó una mano por su cabello blanco, sus ojos rojos cerrados en frustración.

–Francis consigue que la gente haga cosas amenazando a las personas que les importan –dijo– ¿Cómo crees que consiguió que tu hermano accediera a esa maldita misión? Él me hizo lo mismo para conseguir que me uniera a ésta puta tripulación en primer lugar… Y justo ahora probablemente está haciendo lo mismo con Lovino.

–¿Amenazó a las personas que te important? –preguntó Matthew, incapaz de ocultar su curiosidad.

Gilbert rió sin humor y asintió.

–Se…

Matthew esperó a que continuara, no del todo capaz de decidirse a preguntar a quién había amenazado Francis. Gilbert suspiró y distraídamente le dio unas palmaditas al rubio en la cabeza, sus ojos escarlatas heridos.

–Algún día la volveré a ver –murmuró el albino– y sacaré a mein bruder de este agujero del infierno para que en serio pueda estar con gente como Feliciano… Para que los dos seamos felices.

–¿Ella? –preguntó Matthew con timidez, sus mejillas enrojeciendose en un rosa delicado.

–Oh, lo siento, Birdie, ¿Aplaste tus sueños de estar con el asombroso yo? –bromeó Gilbert. Una suave sonrisa cruzó su rostro– oh hombre, si pudieras verla, Birdie… ella es ruda, y la mitad del tiempo actúa como un tipo pero… es hermosa –el albino observó a el rubio a través de los mechones de su cabello pálido, sus ojos rojos esperanzados– ¿Alguna vez, no sé, has visto a alguien y solo pensado… wow? ¿Y-y solo quieres saber qué es lo que los hace sonreír para que tú los puedas ver sonreír… y harías lo que sea, lo que sea en el mundo, con tal de que estén a salvo… aún si te mata por dentro?

Matthew asintió, sus ojos violetas brillando en un entendimiento que sorprendió a Gilbert. De reojo, el canadiense vio a Feliciano observándolos, sus ojos ambarinos intensos.

–S-si –murmuró– lo sé.

–¿Quién? –preguntó Gilbert en voz baja.

Matthew se encogió de hombros, una pequeña insinuación de dolor atravesando sus ojos violetas.

–N-no importa –suspiró– él no va a volver.

–Veh, ¿Por qué no? –interrumpió Feliciano, su voz un poco ronca.

Matthew le ofreció al italiano una pequeña, triste sonrisa.

–Porque lo dejé ir… para que él pudiera estar donde quisiera estar.

Feliciano frunció el ceño, su delgada cara volviéndose inconscientemente hacia la puerta por la cual Ludwig había desaparecido hace apenas unos minutos. Matthew pasó una mano por su cabello, su mirada encontrándose con la de Gilbert. El albino sonrió en silencio y le dio unas palmadas en la cabeza al rubio.

–Estará todo bien –murmuró– yo te protegeré, Birdie.

–Estoy más preocupado por Al –suspiró Matthew. Porque él no tiene a nadie que lo proteja.


* En lo alto de los palos mayores de los barcos, sobre los baos (parte estructural del barco) se construía una tabla de madera, la cofa, donde un tripulante se subía y hacía de vigía. Dato interesante: los barcos españoles le decían a la cofa "carajo". De ahí viene la expresión "váyase al carajo" (y sus derivados), dado que mandaban a la cofa a los tripulantes que se merecían un castigo.


Este capítulo fue largo, y bastante difícil de traducir. Háganme saber si hay alguna frase mal compuesta, o que no suena bien y ese tipo de cosas.

~¿Qué les va pareciendo hasta ahora? ¿Les gusta el drama? ¿Se imaginan a Arthur pirata con su acento inglés diciendo "Jones"?... Porque yo sí.~

¡Dejen reviews, yo se las traduzco a la autora y hacemos del fandom un lugar bonito!