Discutieron el nombre de la nena una semana después del último ultrasonido. Decidieron que se llamaría Jean, como su abuela materna ya fallecida… su nacimiento estaba marcado dentro de tres semanas.
Un domingo por la mañana, y muy temprano, la Dra. Granger se había bañado, cambiado, hecho desayuno y sentado a leer cómodamente en su mesita del té frente al televisor. Durante una hora, la casa permaneció en completo silencio, salvo por el sonido de sus dedos cambiando de página cada escasos minutos.
El señor de la casa aún dormía plácidamente. La noche anterior había llegado muy tarde, su coche se había quedado tumbado hasta las orillas de la ciudad, tuvo que dejarlo en el taller de reparación y arreglárselas para llegar a casa, pues había olvidado llevar su celular y su esposa no se había dado cuenta.
Naturalmente ella, como toda mujer embarazada, había pasado toda la tarde con los nervios de punta (cosa peligrosa por su avanzado estado).
Le llamó varias veces, pero trató de tranquilizarse pensando que tal vez había ido a visitar a su amigo enfermo, ó a su madre, a quien casi no frecuentaban. Y tal vez por ello no había considerado necesario llevar su móvil.
Pensando en ello logró quedarse dormida, y hasta la una de la madrugada lo escuchó abrir la puerta de la habitación y prender la luz tras una breve disculpa. Al principio pensó que estaba borracho, se levantó furiosa de la cama rápidamente para correrlo de la habitación, pero después se dio cuenta de que su mirada seguía enfocada.
Una larga mancha de tierra abarcaba casi por completo su camisa blanca.
-¿Te ha dejado el coche?—preguntó ella ahora casi riendo.
-Sí amor, soy un completo idiota… ¿Te molesta si hablamos de esto mañana? Realmente estoy cansado.
Desde su mesita y después de cerrar su libro, la Dra Granger sonrió ante el recuerdo de la noche anterior. Y por el aburrimiento de la mañana no tuvo más remedio que espiar a su vecina Witherspoon desde la ventana de la sala.
Como era costumbre, su perro estaba echado en el césped, haciendo guardia. Era un can muy hermoso. Pero la futura madre le dirigía miradas despectivas de sólo saber quién era su ama, y de todos modos nunca admiraría ninguna cosa buena que su peor enemiga poseyera. Regla elemental de las dos mujeres para odiarse…
Nada interesante pasaba, seguramente la muy floja no había despertado todavía.
Por octava o novena vez a la semana su mirada se dirigió hacia a su vientre, con una sonrisa en sus labios.
"Ya quiero que nazcas mi niña" Pensó "Te he esperado por tantos años… ahora podré recibirte con los brazos abiertos. No hacía falta que el doctor me dijera que serías muy especial, ya lo sabía desde que me enteré que venías. Con este padre tan maravilloso que tienes no podría ser de otra manera".
La habitación del bebé ya estaba completamente lista. Al principio el señor Granger había comprado pintura rosa para las paredes. Pero a su esposa le parecía un color muy tonto. Así que un día sin decirle nada compró de color azul cielo y en su día libre ella misma lo decoró a su gusto, su marido ya no había podido decir nada, pero como era obvio había quedado un poco enfadado. No le dirigió la palabra en una semana.
El sólo echarle un vistazo a la cuna era algo que abrumaría a cualquiera. Estaba llena hasta el tope de muñecos de peluche de todos colores, gruesas cobijas, a pesar que era Septiembre y unas simpáticas estrellitas colgantes encima de la cuna.
Pero a excepción de los excesos de la cuna, era realmente una habitación bonita.
Estando en el cuarto capítulo de su novela romántica la Sra Granger escuchó a su marido por fin levantarse de la cama. Su cabello sucio y despeinado ondeaba de vez en cuando al dar las grandes zancadas hacia la cocina. De inmediato ella intuyó que se dirigía directamente hacia su ya frío desayuno.
Pero a él no pareció importarle mucho, pues devoró en seguida su gran plato de Hot cakes y encendió el televisor.
-¿Ahora podrás contarme tu gran aventura?—dijo ella sonriendo burlescamente.
-Ah..i, e aliendo del tabajo—hablaba con un gran trozo de comida en la boca, pero al darse cuenta que no se le entendía nada de lo que hablaba, dio un largo y prosiguió…
-Ayer después del trabajo me topé con Max, un antiguo amigo de la preparatoria, creo que no lo conoces... Solía ser un chico triunfador, pero hoy está hecho un desastre. Me pidió que lo llevara hasta al otro extremo de la cuidad para entregar un dinero, dijo que era muy importante, así que accedí aunque a regañadientes porque ya estaba muy cansado y quería volver a casa. Y no sabía en qué andaba metido, tuve un mal presentimiento, y al llegar a ése lugar me di cuenta que no era nada bueno.
La mujer arqueó las cejas.
-Claro que no. Sabes que por esos lugares vive la gente que se dedica a comprar o a vender drogas.
-Lo sé, pero traté de imaginarme cosas más positivas, tratándose de un viejo amigo… realmente tenía ganas de verlo.
-¿Y entonces?—demandó ella.
-Pues, que ya me disponía a irme. Él me dio las gracias, bajó del auto y se detuvo a platicar con un tipo que me miraba mucho. Arranqué mientras él le daba algo de dinero, pero el sujeto no parecía contento, frunció el ceño y se paró delante de mi auto. "¿Hay algún problema?" Dije yo, estaba tan asustado que creo que apenas me escuchó. Me hizo señas para que me bajara, y no lo obedecí inmediatamente. Por lo que llamó a alguien más, y al verlos a los dos no tuve más que obedecer. "¿Eres amigo de éste?" me dijo el primer tipo señalando a Max. "Hey a él no lo metas en esto" Me defendió él. Pero ya era tarde. Me dijo que Max le debía dinero todavía, y que alguien lo debía pagar pues si no me daría una golpiza.
-¿Por qué a ti y no a Max?—Dijo la mujer molesta.
-Yo no me preocuparía por ello, seguramente a él ya le han dado una buena. Pero de todos modos sabía que Max no tenía de dónde conseguir más, y me vio con la bata de doctor colgada del perchero del auto. El segundo tipo llevaba un bate de béisbol en las manos y sonreía estúpidamente, así que me saqué todo el dinero que traía en la cartera y se lo di. "Aún no es suficiente" Me dijo él. Y tipo del bate fue corriendo hacia a mí. Traté de defenderme y le logré arrebatar el bate y arrojarlo lejos, pero después vi que más tipos se acercaban, y después que me atinaran unos cuantos golpes decidí que lo mejor era correr antes que me machacaran. ¡Vaya lío de Max!
Su mujer ahora tenía las manos en la cara, asustada.
-Entonces, cuando iba corriendo me tropecé con algo y caí con el estómago. Y por poco me alcanzan pero alcancé a meterme entre una mota de arbustos y no me vieron. Me quedé ahí por un rato, pues todavía había gente fuera de sus casas cuando escucharon el alboroto que se había hecho y después escuché una patrulla de policía y me encontraron. Nos llevaron a mí y a los dos sujetos que aparecieron primero. Pero después nos interrogaron y me dejaron libre. Puse una demanda por cierto. Pero para que nos dejaran salir pasaron horas, una grúa fue a recoger mi auto que por cierto había sido impactado varias veces por un bate. Y tuve que caminar hasta una estación del metro. Cuya próxima parada para llegar cerca de aquí estaba a 2 horas. De nuevo esperé, y por fin a las 11:30 llegó y abordé… ya sabes el resto.
Ella no sabía qué decir. Besó a su marido, para despistar su preocupación por el auto. Pero luego pudo ver el gesto de desagrado de él.
-¿Qué pasó?
-Que cometí otra estupidez. Le conté de nuestra Jean. Tal vez venga a visitarnos pronto.
La mujer se puso roja de la ira. ¿Cómo se atrevía a poner a su hija en riesgo de ésa manera? Ahora sí que se había pasado de estúpido. Se levantó de la mesa y dio un portazo a su habitación.
Miró furiosa al perro de su vecina y sintió un súbito dolor en el vientre. Miró al suelo, y había un gran charco. Gritó más por el susto que por dolor, y su marido acudió corriendo a la habitación.
-¡No pudo haber sido un mejor día!—Gritó enfadada-¡Justo cuando no tenemos auto!
-Contrólate amor—dijo el sr. Granger nervioso—V-voy, a lla-amar a un ta-xi ¿sí? Respira.
Y Salió disparado hacia el teléfono. "ah, esto no esta tan mal como esperaba ¿Verdad que no mi nena?" Se dijo a sí misma, como si su bebé pudiera escuchar sus pensamientos una vez que las contracciones habían parado un poco.
Pero después sintió otra punzada de dolor y decidió cerrar la boca. Tratando de distraerse del dolor miró hacia la ventana pero no estaba funcionando. De pronto el dolor disminuyó de nuevo y pudo escuchar a su marido.
-Ss-í verá es que… necesito que llegue rápido.—La sra Granger escuchó a una voz quejarse desde el otro lado de la línea telefónica—¡QUE SE APURE POR UN DEMONIO, MI ESPOSA ACABA DE ROMPER FUENTE Y VOY A SER PAPÁ!
-Contrólate amor—dijo bromista, y de pronto una nueva punzada—aaahhhhrrrrgggg.
El taxi tardó en llegar unos minutos que les parecieron horas. Y por fin lo vieron a través de la ventana. La señora Granger trotó con cuidado agarrándose la barriga y su esposo la seguía muy de cerca cuidando que no se fuera a caer con una maleta bajo el brazo con las cosas necesarias para recibir a su hija; ropa, mantas y pañales.
Si no hubiera sido por que era una emergencia la imagen habría parecido graciosa. Pero ni siquiera a Susana Witherspoon quien se encontraba en su jardín en esos momentos le causó gracia.
El chofer del taxi también se veía nervioso. Estaba sudando a chorros y murmuraba maldiciones cada vez que veía el ceño de la mujer fruncirse tras una contracción. Lentamente lograron meterla en el coche y el chofer aceleró a toda velocidad. Ahora los dolores eran más fuertes, y la mujer gritaba más fuerte palabras incomprensibles.
-ya, ya tranquila, respira despacito—trataba su marido de calmarla.
-TU CÁLLATE NO SABES LO QUE SE SIENTE ¡Y ES TU CULPA QUE ESTÉ ASÍ!
-Pero ya te conté que lo del auto no fue mi culpa…
-¡NO HABLO DEL AUTO! ESA VEZ QUE TE IBAS Y DIJISTE QUE ME IBAS A EXTRAÑAR MUCHO, DIJISTE QUE NO TE IRÍAS SI EN LA NOCHE NO ME DABAS UN BUEN…
-¡Señora!—Interrumpió el chofer abrumado.
-!
El chofer giró el auto rápidamente y convenientemente llegaron a una abarrotada calle donde el semáforo seguía en rojo. Las manos le sudaban al pobre hombre, varias veces tuvo que apartarlas del volante para pasarlas por el pantalón y así secarlas un poco.
El color de la luz no cambió en los siguientes minutos, y la señora Granger ahora lloraba de dolor. Su marido trataba de todo, pero no conseguía nada. Incluso el chofer volteaba su cabeza de vez en cuando para darle ánimos.
En un acto de desesperación el señor Granger salió corriendo del auto hacia el hospital que quedaba a tan sólo tres cuadras a avisar que su esposa ya había roto fuente, pero que por alguna razón sus contracciones eran más dolorosas de lo normal, y ya había aguantado el dolor durante mucho tiempo. Pero en lo que se movían los enfermeros principiantes que estaban más próximos para conseguir una camilla la señora Granger seguía llorando cada vez más fuerte.
El chofer estaba cada vez más espantado. Y como no veía a su marido venir por ningún lado, decidió poner fin al dolor de la mujer él mismo y con una sorprendente fuerza la sacó del auto y la llevó en sus brazos lo más rápido que pudo hacia el hospital. Se topó al futuro padre discutiendo con los jóvenes que apenas llevaban una camilla en la puerta principal del hospital y la dejó ahí con cuidado. De inmediato la llevaron a la sala de partos y su marido entró con ella.
El valiente hombre no se atrevió a irse, ya estaba demasiado involucrado y se sentó en la sala de espera con sus manos sudorosas y rojas de tanto pasárselas por la tela del pantalón.
Mientras tanto en el quirófano cundía el pánico. La partera estaba preocupada por el largo tiempo en el que la mujer había estado sumida en dolor, pues el largo estrés influía directamente su presión arterial, lo que era peligroso para la madre y el bebé. A pesar de las dolorosas contracciones aún no había suficiente dilatación para un parto vaginal y era peligroso llevar a cabo una cesárea en esos momentos. Tampoco entendía por qué los dolores eran tan fuertes, era mucho más de lo normal.
-AH GRANGER JURO ODIARTE PARA SIEMPRE DESDE ESTE MOMENTO—Le lloraba a su marido en la oreja una frase parecida cada cuantos minutos. Pero él estaba demasiado preocupado por su hija como para hacer caso de las palabras.
Justo en el momento en que el pobre hombre pensó que él también se pondría a llorar llegó el hombre bajito de la voz chistosa que tanto los había halagado por la venida de su bebé. Pero en su rostro no había ni pizca de la alegría que una vez mostró, se podía apreciar que estaba casi tan preocupado como él.
-Denle una epidural, y esperen a que su presión baje. Si no lo hace en media hora tendremos que hacer una cesárea de emergencia. Pero siempre hay que procurar que sea un parto natural, es lo mejor en estos casos. —Dijo el hombrecillo.
-¿Por qué ha demorado tanto? Usted mismo nos dijo que quería estar a tiempo en este parto para cualquier situación que pudiera ocurrir. —dijo severa una enfermera, mientras otras dos se ocupaban de la parturienta.
-Me acaban de avisar. No se supondría que daría a luz hasta en dentro de tres semanas, pero eso no es nada grave gracias al cielo. Ahora hay que concentrarnos en sacar a esa niña con cautela. El parto se dificultó más de lo que esperaba.
El cielo escuchó los ruegos de las personas en el quirófano y la presión arterial de la mujer comenzó a bajar, pero aún así no había nada de dilatación y se tuvo que hacer una cesárea de emergencia, tal como el hombrecillo lo había aconsejado. Trataron de sacar al padre de la habitación pero él se negó rotundamente, el doctor lo dejó quedarse ahí con la condición de que no hiciera preguntas ni estorbara el trabajo, poniéndole un gorro, bata, guantes y cubrebocas a él también.
A pesar de que el señor Granger también era doctor tuvo que voltear un par de veces hacia otro lado. No soportaba ver tanta sangre saliendo del cuerpo de su mujer. Fue un procedimiento más largo y doloroso del que normalmente era, pero ahora ella ya no lloraba, los sedantes y anestesia local tenían a su mujer calmada.
-No entiendo. —dijo la enfermera al hombrecillo—hay cosas aquí que no son muy comunes que digamos, por ejemplo el cordón umbilical no es como suele ser, es uno de los partos más extraños que he atendido. Muy parecido al de su esposa doctor, pero éste ha sido un poco más difícil.
Él no le dio ninguna explicación, encogió los hombros y volvió a lo suyo, una cabecilla con una considerable mota de cabello castaño era ahora visible. El señor Granger ahogó un gritito.
Minutos después tenía a la nena entre sus brazos. Pero se la arrebataron rápidamente. Ella no lloraba, lo que asustó al principio al hombre, pero el doctor lo tranquilizó diciéndole que no había nada de qué preocuparse, la llevaron a limpiar y revisar que todo estuviera en orden y pasaron a los padres a otra habitación.
Minutos después la mujer despertaba lentamente, y el chofer del taxi entró.
-Ha sido muy noble lo que has hecho por nosotros—dijo la sra Granger en cuanto vio al hombre acercarse.
-Sí, dinos que podemos hacer por ti—inquirió su marido.
-Yo, no lo hice por esperar nada a cambio. Me pareció lo correcto—dijo rápidamente el chofer.
-¿Cómo te llamas?—dijo la doctora.
-Herman Mionezcke.
-El primer nombre de nuestra hija será Hermione, en honor a ti.
-Hermione Jean Granger—afirmó el padre.
El chofer hizo un gran esfuerzo por reprimir una larga sonrisa y se ruborizó considerablemente.
