Como he visto que el capítulo de Alemania me había quedado muy largo, he acortado bastante el de Romano, pero no serán todos así, os lo aseguro.
Bueno, creo que no he tenido mucho éxito con esta historia, pero intentaré mejorar y seguir esforzándome para conseguir que os guste de verdad.
Muchos besos y gracias por los que me estáis siguiendo :)
Disclaimer: los personajes de esta historia no me pertenecen, ni tengo ningún derecho sobre ellos, simplemente estoy escribiendo sobre ellos por diversión.
oooooooo
Alemania
1914
Alemania
Sangre, por todas partes. Y gritos, unas voces me llamaban y otras eran alaridos de dolor.
Los soldados estaban por todas partes, muertos, ensangrentados, algunos corriendo en dirección opuesta a la batalla.
-¡Luchad! –Pero mi voz se apagó con el estruendo de su alrededor.
No había forma de ganar, todo estaba perdido, dejaría de existir de un momento a otro.
-"Los países nunca mueren." –Le había dicho un viejo amigo. –"Simplemente renacen con otro nombre, más fuertes y con mayor experiencia."
Pero yo no quería morir, alguien me estaba esperando. Había estado esperando por mí durante décadas, no la podía dejar así. No podía dejarla sola de nuevo. Debía hacer algo, tenía que acabar con toda esa locura. Llevaba demasiado tiempo así.
-"Sólo quiero volver a casa…" –Pensé cuando me desmayé.
Me desperté con la respiración agitada y el cuerpo completamente sudado. Había tenido ese sueño otra vez, no paraba de repetirse dentro de mi cabeza. Sangre, fuego, gritos. Una y otra vez como si fuera una pesadilla de la que no podía escapar por mucho que quisiera.
Me levanté pesadamente de mi cama sin mirar a mi despertador siquiera, un buen soldado siempre se levantaba a las seis de la mañana. Caminé hacia el baño como un sonámbulo, e intenté borrar mi pesadilla con grandes cantidades de agua fría que hizo que me despejara por completo.
En seguida, Hans apareció en mi habitación con la ropa recién planchada y un periódico bajo el brazo.
-Ahórratelo, Hans. Tengo otras cosas que hacer.
-Muy bien, señor.
-Tráigame mi uniforme militar, está ahí, en el armario. Hoy voy a entrenarme. –Me sequé la cara con una toalla verde-. ¿A qué hora se levantará el señor Austria?
-Me ha pedido que le despierte a las nueve de la mañana.
-Perfecto. –Me puse los pantalones verdes oscuros y las botas negras-. ¿Italia no se ha levantado aún, verdad?
-Suele dormir hasta las once de la mañana, señor. –Dijo Hans con una sonrisa. Todo el mundo sonreía cuando hablaba de Italia-. Es como un niño.
-Sí, algo parecido. –Y sin decir una palabra, me fui hasta su habitación.
Llamé cuatro veces a la puerta, las dos primeras más suaves pero las últimas con fuerza.
-¡Italia! –Le llamé. Agotada mi paciencia (sí, a las seis y diez de la mañana) abrí la puerta y sin miramientos, le descorrí las cortinas. Él ni se inmutó, estaba acostado de lado, tapado por una manta blanca y abrazando a una almohada como si fuera un osito de peluche. Y seguía dormido.
-Al… em…ania. –Italia sonreía al hablar en sueños.
Y, después de oír eso ¿cómo se suponía que lo debía despertar? Si era tan tierno, dormidito, soñando conmigo…
-"Alemania, es un inútil, un inútil y un incompetente. Y no lo quiero en mi guerra."
No, Italia no era un inútil. No si yo podía impedirlo. Estaba decidido, enseñaría a Italia a luchar en una guerra y Austria tendría que aceptarlo en la guerra.
-Italia… -Susurré, intentando controlar los latidos de mi corazón que se habían disparado al oír mi nombre-. Italia. –Intenté que mi voz sonara más firme, pero no había forma. Respiré profundamente y… -¡ITALIA!
Él se despertó de repente y al verme enfrente de él, saltó hacia atrás, escondiendo su desnudez (sí, dormía desnudo) con la almohada.
-¿Ludwig? ¿Qué… qué estás haciendo aquí?
-Llevo llamándote tres minutos para que te despertaras. –Le dije. Menos mal que la habitación estaba muy oscura, porque si no fuera así, sería muy evidente que estaba rojo de vergüenza-. En cinco minutos te espero vestido en el jardín trasero. Si quieres participar en esta guerra, lo primero que debes hacer es aprender a luchar.
-De acuerdo, voy a vestirme. –Y salió desnudo de la cama, como si fuera la cosa más normal del mundo. Lo peor fue que, contra mi más firme voluntad, mis ojos se posaron en su…
-N… no… tar…des. –Tartamudeé antes de salir corriendo de su habitación, tropezando mis pies con la alfombra que tenía en el pasillo.
Debía de tranquilizarme. No era tan malo ver el cuerpo masculino y yo tenía un **** igual entre mis piernas. No había nada de malo. Era natural, completamente natural, sentirme algo atraído… ¿atraído? ¡¿atraído?
-¡Es el cuerpo de un hombre, Ludwig! –Me recordé. ¿Cómo me iba a sentir atraído por ese chico? Era impensable, no, antinatural incluso. Estaba demasiado alterado como para pensar con normalidad, así que cogí mi Luger de nueve milímetros antes de recordar que hacía demasiado ruido y podría despertar a Austria.
-"Debería de crear algún dispositivo que silencie los disparos." –Me dije, al salir de mi mansión y encontrarme con el aire frío de la mañana en mi piel. El día estaba despejado, no como la mañana anterior que estaba llena de nubes y el Sol tímidamente se alzaba por el este, dejándome ver con más claridad lo que tenía alrededor. El jardín trasero era mi zona de entrenamiento, hacía mucho que había reemplazado los nogales, los sauces y las flores para colocar mis bayonetas, mis rifles, las granadas y mis ametralladoras. Tenía varias dianas esparcidas por todo el lugar y en todas había agujeros de bala.
-Anda, no sabía que tenías todo esto aquí. –Dijo Italia, al aparecer vestido con una camiseta blanca y unos pantalones azules. Intenté no recordar lo que había visto, pero era completamente imposible, con esos pantalones tan apretados-. ¿Tenemos que entrenar tan temprano? Tengo mucho sueño. –Dijo con un bostezo.
-Es la mejor hora, Italia. Ven, acércate. –Cogí mi Luger y se la entregué-. Voy a hacerte una demostración, esto no tendrás que utilizarlo en la guerra, pero así verás lo fácil que se pueden girar las tornas. Intenta disparar.
-No voy a dispararte, Ludwig. –Masculló, horrorizado por la idea.
-Tranquilo, no tiene balas. Haz el amago de intentar dispararme. –Asintió, todavía algo asustado y me apuntó a algún punto de mi pecho (creo que en el derecho, si era así, tenía mucho que aprender todavía.) Yo le cogí la pistola, le puse la mano en la espalda con una llave, con un empujón, lo tiré al suelo y me senté encima de él, apuntándole con la pistola en la cabeza-. Debes de mantenerte firme. Cuando veas al enemigo, no te andes con miramientos. Sujeta la pistola con seguridad, apunta y dispara porque en cualquier momento ese enemigo puede volverse contra ti.
Fue ahí cuando me di cuenta de en la posición en la que estábamos. Involuntariamente, había acercado mi cabeza a la suya para que pudiera escuchar bien mis palabras, pero en ese momento, al tenerlo tan de cerca… quería…
Carraspeé y me levanté del suelo.
-¿Comprendes lo que te he dicho?
-Sí. –Dijo él, respirando afanosamente-. He aprendido la lección, aunque no me importaría que me lo explicaras otra vez.
¿Cómo coño conseguía ser tan adorable y tan sexy al mismo tiempo? ¿O era yo, que malinterpretaba la situación? A lo mejor, simplemente, quiere que le demuestre cómo hacer la llave de nuevo, pero esa sonrisa perversa me decía otra cosa…
-Esto es una bayoneta. A ver cómo disparas.
Pero ni la bayoneta, ni la pistola, ni la granada (no, mejor no hablar de lo que hizo con la granada)*, ni siquiera el lanzallamas se le daba bien. Cada vez que le daba un arma, era patoso, se movía con lentitud y no acertó en ningún momento al blanco.
-A ver, sólo tienes que mantener la pistola firme, los brazos extendidos y no dejar de mirar al objetivo. –Me puse detrás de él y puse mis manos encima de las suyas que agarraban la pistola. Noté cómo se ponía tenso de repente. –Apunta al objetivo, es lo único que tienes que hacer. –Sus manos frías se estaban volviendo tibias, se pegó aún más a mí y casi se me escapa un respingo-. Dis… para, al blanco. ¡Mira al objetivo, no a mí! –Le grité nervioso, al ver que estaba volviendo su cabeza hacia mí-. ¡Te estoy diciendo que mires a tu objetivo!
-Eso estoy haciendo.
En ese momento, mi mundo perdió todo el sentido. Ya no veía a los pájaros volando sobre nosotros las nubes en el cielo, no olía a pólvora y no estaba cansado por el esfuerzo. Porque mi único centro era él.
-Ita…
-¡Italia! –Gritó Austria que acababa de aparecer por la puerta-. ¡Cuánto tiempo! ¿Qué tal estás?
-¡Austria! –Rápidamente Italia se separó de mí y como si un hubiera ocurrido nada, abrazó a su querido amigo-. Llevo mucho tiempo sin verte, tengo tantas cosas que contarte, ¿oye, por qué Sacro Im…?
-Ya hablaremos de él, tú tranquilo. Alemania, ¿nos acompañas?
-Claro. –A pesar de todo, tenía mucha hambre.
Todo el día estuvimos juntos. Todo el maldito día. Al desayunar, en la reunión, en la biblioteca, en la comida, en la merienda… parecía que Austria no nunca hubiera dicho que no quería a Italia en "su" guerra. Ahora no se separaba de él en ningún momento y no paraban de hablar de los "viejos tiempos".
Por la tarde, ya cansado de sus parloteos, me fui a dar una vuelta alrededor de mi mansión, para despejar la mente y, sobretodo, para escuchar el silencio.
Caminé sin rumbo fijo durante lo que me parecieron horas y, finalmente, me senté bajo el roble que estaba a cincuenta metros de mi casa e intenté dejar la mente vacía. Pero era imposible. En seguida recordaba su cara, su sonrisa, su abrazo, su mirada, sus palabras, su cuerpo bajo el mío…
¿Qué me estaba pasando? No podía dejar de pensar en Italia y el pensar en él, sólo me ofrecía una sensación tan cálida que llegaba a ser tanto reconfortante como dolorosa. No lo comprendía, no entendía nada en absoluto, a no ser que todo lo que me pasaba fuera…
-¡Señor! –Me llamó Hans corriendo desde la mansión-. Señor, ha ocurrido algo…
-¿Qué sucede?
-El señor Austria, no para de gritarle a Italia por algo que sucedió entre ellos dos y él no para de llorar, señor no sé lo que ocurre.
No hizo falta que dijera nada más, yo ya estaba corriendo en dirección a la mansión tan rápido como me permitían las piernas. Desde el exterior de la mansión se podían oír perfectamente los gritos de Austria.
-¡No puedes vivir eternamente en el pasado! ¡Tienes que dejarlo atrás, Sacro Imperio Romano ya no existe, Italia!
Italia le respondió algo con voz ahogada que no conseguí oír, pero eso no aplacó la ira de Austria.
-¡Ahora Alemania no es él! ¡Nunca lo fue! Haz lo que te digo, idiota. Es lo mejor que puedes hacer ahora mismo.
Llegué a la habitación cuando la conversación estaba en ese punto. Al momento, salió Italia hecho un mar de lágrimas, me atropelló apresuradamente y se encerró en su cuarto.
Tenía dos opciones, o tranquilizaba a Italia o le daba un puñetazo a Austria.
Tenía demasiada ira acumulada.
Elegí la segunda opción.
Del golpe Austria cayó de su silla, le rompí las gafas y le partí un labio, pero yo no le di un segundo de cuartel. Al segundo, ya le cogía de la camisa que estaba manchada de sangre, dispuesto a darle el segundo puñetazo.
-¡Espera! ¡Espera un segundo!
-Le has hecho daño a Italia, no tengo porqué escucharte.
-¡No, Alemania! Tú no lo entiendes. Lo he hecho por ti.
-¿Por mí? –En ese momento me daba asco-. ¿Por mí? ¿Quién te crees que eres?
-Escúchame, Alemania. Yo… tengo que explicarte. –Austria escupió sangre-. Sacro Imperio Romano y tú…
-¿Qué?
-Sois la misma persona.
Romano
1493
Italia
Me levanté a la mañana siguiente como pude. Había tenido pesadillas toda la noche sobre novias ensangrentadas, cuervos negros de tres ojos y muertos vivientes como invitados de boda. Y, aún así, no había dormido lo suficiente, qué cosas ¿verdad?
Me reuní con el Papa cuando ya estaba almorzando.
-Te has levantado tarde, Veneciano.
-No he podido pegar ojo en toda la noche. –Respondí, cogiendo pan y untándolo de mantequilla fresca.
-Normal, mañana es el día de tu boda. ¿Lo tienes todo preparado?
-Sí, Padre. –Después de secarme, había estado toda la tarde con una modista que me iba a hacer un traje a medida con los colores de mi país verde, blanco y rojo y del resto de detalles ya se había ocupado España, así que no tenía más que hacer. Lo peor es que el día anterior había querido que me reuniese con él para participar en los preparativos de la boda, pero yo había utilizado excusas muy vagas para no encontrarme con él después de lo que sucedió en Roma. Por cierto…
-¿Dónde se encuentra el señor España, Padre?
-En el patio, con la Guardia. –Me respondió secamente-. Está entrenando con ellos, me dijo que irías a verle después.
-"Muy divertido, sí señor."
-Ahora mismo voy. –Me tragué el pan como pude y salí directo al patio. A ver si España había mejorado en sus artes de la lucha, no para verle a él, no señor, sino para ver cómo luchaba.
Me tragué mis palabras cuando lo vi, en medio de una pelea con espada de entrenamiento con un Guardia medio desnudo y sudoroso que me dejaba sin respiración, con sus movimientos ágiles y felinos, esa mirada penetrante llena de concentración… bueno, no tanta.
-¡Hola, Veneciano! –Me saludó tras esquivar una estocada de su adversario-. Te presento a Frankl, de la Guardia Rusa.
-¿Rusa? Me creía que sólo había suecos por aquí. –Le respondí con una sonrisa.
-Pues se ve que no. –Respondió riéndome. –Gracias, ya te puedes retirar.
Cogió la espada de Frankl y me la tiró a mis pies.
-Sé que no eres muy buen luchador, pero ¿te atreves?
-"Veneciano diría que no, Veneciano odia pelear, no te metas en su juego, no lo hagas, no…"
-Acepto.
-"Idiota."
La verdad era que no se me daba nada bien luchar a mí tampoco, pero había juntado tanto odio a los franceses esos meses que incluso me había entrenado un poco para echarlos yo mismo de mi país.
-Y dime, Veneciano. ¿Por qué me odias? –Preguntó, lanzando una estocada que tuve que evitar con un paso a la izquierda.
-¿Disculpe? –Le hice una finta básica que él me bloqueó con soltura.
-Bueno, me has estado evitando desde que llegamos aquí y después de lo que pasó en Roma –se lanzó sobre mí, me agarró el brazo y se puso por detrás para que no me moviera, con un gesto dramático puso la espada de entrenamiento en mi cuello- no me hablas. –Susurró en mi oído haciéndome estremecer. Pero yo era un hueso duro de pelar, así que con todas mis fuerzas le pegué tal pisotón que se alejó de mí aullando de dolor.
-¿Evitando, señor? No sé de qué me habla.
-Eso ha sido un golpe bajo… -Dijo España cuando pudo andar con normalidad-. Pelea con deshonor, mi señor.
-Si el deshonor me mantiene vivo, bienvenido sea.
-Já, ya lo veremos. –Y empezó a atacar otra vez, un golpe tras otro, un movimiento tras otro, un paso tras otro. Yo me sentía cada vez más y más cansado, no estaba acostumbrado a luchar con intensidad, mis ejercicios se basaban en el aprendizaje de movimientos pero jamás había luchado en serio. Aún así, iba a esforzarme al máximo para derrotar a España.
-¿Te ha dicho algo Romano?
Era la primera vez que decía algo de mí en todo el tiempo que llevábamos ahí.
-Poca cosa. –Respondí dando bocanadas de aire-. Sólo que eres un viejo pervertido, canalla, avaricioso y mentiroso. Y que darías cualquier cosa por salirte con la tuya. –Podía decir mucho más de él, pero me quedaba sin oxígeno.
-Así que eso es lo que piensa de mí. No me lo esperaba. –Admitió tras defenderse de una estocada elegantemente.
-Bueno, señor, le abandonasteis y luego le vendisteis a los franceses. Tiene razones suficientes para odiaros.
-¿Así que era eso? –Y el muy canalla se rió, ¡en mi cara! –¿Sabes el año que llevo, Veneciano? Los Reyes Católicos no han parado ni un segundo de mandarme tareas: que si revisa la ruta de Colón, que si echa completamente a los judíos de España ¡un año entero para echar a todos los judíos! Y todavía quedan más, seguro. Además, al final conquistamos toda la Península, con lo cual tenía que encargarme de ver la situación en la que nos había dejado el anterior y, bueno, la rutina de siempre. –Una nueva estocada, aunque un poco más débil-. Y después de encargarme de todo lo que me mandaron, pude volver a la capital, pero allí me llevé una sorpresa, habían vendido a mi queridísimo Romano, a aquel dulce niño que me seguía a todas partes y que nunca hacía caso a lo que le decía, ¡a los franceses! A cambio de dos islas diminutas que no servían absolutamente para nada. Menos mal que recuperaron el juicio y echamos a los franceses a patadas. Así que nos quedamos con Córcega, Cerdeña e Italia del Norte. –Hizo una finta muy enrevesada en la que tuve que tirarme para atrás para que no me diera-. Yo jamás hubiera vendido a tu hermano, Veneciano. Es una persona muy preciada para mí.
España se arrodilló, enfrente de mí, y me quitó una gota de sudor de mi cara. No tenía escapatoria, él se acercaba cada vez más y más a mi cara…
-Nos vemos, Veneciano. –Y se fue, sin decir nada más, dejándome con el corazón en un puño y mis esperanzas hechas pedazos.
¿Esperanzas? ¿Por qué esperanzas? ¿Qué esperaba que hubiera hecho? Nada. No hubiera pasado nada, porque yo no sentía nada por él.
Desde el suelo pude ver a Veneciano vestido de criada que me saludaba desde la ventana de mi habitación. Yo le saludé también y me levanté pesadamente para mirarle mejor. Veneciano parecía muy alterado, rápidamente expulsó vaho al cristal y escribió "imavlas." Le miré sin comprender, ¿qué significaba esa palabra? ¿era una receta de pasta nueva que había descubierto? ¿era un nuevo juego que se había inventado?
-Imavlas, imavlas… -Ni idea de lo que significaba esa palabra. Estaba a punto de hacérselo saber cuando de repente vi que las cortinas se habían cerrado misteriosamente. No podía ser, Veneciano estaba con otra persona en mi habitación, algo muy grave estaba sucediendo. Debía hacer algo por ayudarle, cualquier cosa, tenía que salvar a mi hermanito.
-Imavlas. –De repente me di cuenta, había olvidado por completo que mi hermano era un imbécil y que creía que yo podía leer del revés sin pensarlo-. Imavlas, salvami.
-"Ya voy hermanito." –Cogí un arco de entrenamiento y tres flechas cuando los Guardas de diversas nacionalidades no estaban mirando. Corrí hasta las escaleras, sorteé los largos pasillos hasta abrir la puerta con un golpe.
Lancé una flecha hasta dejarla clavada cerca de la cabeza de España, que me miraba sorprendido.
-Te puedo asegurar que no fallaré la próxima, aléjate de él. –Intenté que mi voz sonara firme, para que él me pudiera ver seguro de mí mismo, pero no lo estaba en absoluto. No al ver que España le había cogido la mano a Veneciano y ambos estaban sentados en la cama.
*Si tenéis mucha curiosidad, capítulo 20 de Hetalia, es buenísimo XD
