Capítulo 3
El golpe de la puerta resonó por la casa mientras Bella se volvía para encarar a su madre y a su padrastro. Carlisle estaba furioso; la ira de su madre brillaba en sus ojos azul-grisáceos. Bella los miró fijamente, sacudida por lo que había visto, lo que había oído.
—No puedo creeros. —Su voz era ronca, asombrada—. No puedo creer que le hicierais eso.
—Bella, déjalo ir por ahora. Necesitas descansar… —Su madre se estiró hacia ella.
Bella retrocedió, sacudiendo la cabeza, viendo el horrible error que había cometido al confiar en su madre después de la violación. Había pensado que su madre cumpliría su palabra y no le revelaría al padre de Edward lo que le dijo. Dios, había sido tan estúpida. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida?
—Corta. —Su voz era un chirrido hueco.
—Bella, no necesitas tratar con esto… —empezó carlisle.
—Eso fue tan injusto de tu parte. —Los labios le temblaban, su cuerpo sacudiéndose con ira y dolor—. Es tu hijo.
—Es un idiota —gruñó—. Y debería haber mantenido las manos lejos de ti.
—Quería sus manos en mí —gritó—. ¿No lo entiendes? ¿Habéis perdido los dos la cabeza? Es tu hijo, Carlisle.
—Y siempre será mi hijo. —Carlisle sacudió la cabeza con confusión—. Edward es un buen chico, Bella, él lo entenderá con el tiempo…
—¿Sabes de que lo acabas de acusar? —le gritó asombrada—. ¿Ves siquiera lo que le acabas de hacer? Le dijiste que no podías confiar en que él no me hiriera, Carlisle.
—El chico necesita aprender control. —Por un momento, vaciló—. Eso es todo lo que trataba de decirle.
Ella se giró hacia su madre.
—Este es el hogar de Edward.
—Es un hombre crecido, Bella. —Esme tragó apretadamente—. Estará bien. Tú eres mi preocupación…
—Bella, Edward comprenderá, solo tendrá que pensar en ello —discutió Carlisle—. Siempre ha sido realista. Se recuperará y verá que no eres como esas mujeres que se amontonan alrededor de él y Emmet…
—Ni siquiera sabes lo que has hecho —susurró ella—. Tampoco tú.
—Bella, todo estará bien. —Carlisle sacudió la cabeza, su sonrisa apaciguadora—. Edward estará bien.
—No, no lo estará —susurró, envolviendo sus brazos sobre el pecho mientras volvía a su dormitorio—. No, no lo estará. Ninguno de nosotros lo estará.
Cerró la puerta del dormitorio, la candó y se movió a la ventana mientras oía la Harley de Edward saliendo del camino. Miró fijamente por el cristal, mirando como giraba en la carretera principal, apresurándose hacia el puerto deportivo. El no permanecería allí. Sacaría al Nauti Buoy de su atraque y se dirigiría a uno de los puertos deportivos más grandes o al cabo.
Era todo por su culpa. Negó con la cabeza, bajándola, y luchando contra el miedo, la culpabilidad y la siempre presente sombra de la amenaza que podía sentir moviéndose a su alrededor diariamente. Había rezado por que Edward volviera a casa, y ahora estaba ahí. Ella había arruinado sin ayuda su vida. El único hombre al que siempre había amado, del que realmente había dependido. ¿Ahora qué?
Carlisle no había estado en un bar en más de diez años. No desde que empezó a salir con Es,e, y se dio cuenta de cuan enamorado estaba. La había conocido de siempre. Ella y su marido habían sido regulares en el puerto deportivo, su barco atracado cerca de la oficina. Infierno, durante sus días más jóvenes, cuándo el placer había sido todo lo que importaba, él y James, el marido de Esme, habían compartido a Esme a la vez. Una vez, hacía mucho tiempo, Esme le debería haber pertenecido a él, pero su propia ignorancia había sido la caída de Carlisle.
Así fue cómo supo Carlisle que su hijo había adquirido sus más oscuras pasiones naturalmente, cómo supo lo que le esperaba a Bella si llegaba a ser la amante de su hijo. Y sí, sabía que Edward nunca la dañaría, pero también había visto el horror que la chica había atravesado. Bella era una chica cálida y vibrante, justo como su madre había sido, con una capacidad de amar que humillaría a cualquier hombre.
La primera esposa de Carlisle, Emma, había sido una mujer distante. Aunque la había cuidado, amado de muchas maneras, y el niño que habían tenido juntos era un buen hombre. Carlisle sabía eso. Pero era un hombre, en cada sentido de la palabra.
Miró fijamente alrededor del establecimiento lleno de humo, buscando al chico. Infierno, no podía evitar pensar en él como un chico. O llamarlo Edward. Todavía era su hijo, por muchas maneras que Carlisle lo estropeara. Y lo había estropeado. Lo tenia claro.
Edward estaba sentado sólo en un rincón apartado, con una botella de cerveza entre las manos, la cabeza baja. El peso del mundo estaba colocado entre los hombros de su hijo y Carlisle entendía por que. Había vuelto a casa esperando brazos abiertos y se había encontrado con un lío en su lugar. No solo un lío, sino una traición, porque el burro de su padre nunca había logrado entender cómo discutir ciertas cosas con su hijo.
El sexo era una cosa privada para Carlisle. Las cosas que él y Esme hacían su cama, estaría mortificado si alguien las supiera. Y sabía que su esposa se sentía de la misma manera. Algunas cosas siempre deberían ser privadas. Su chico nunca lo había visto así. Edward siempre había sido una criatura sexual, desde que averiguó cuan especiales eran las chicas.
Carlisle se detuvo en la barra y compró una botella de Jack Daniels, agarró dos vasos y avanzó a través del cuarto. Era tiempo de hablar de hombre a hombre, sin vergüenza. Eso era llamar a las cosas por su nombre. O lleno de whisky.
Golpeó la botella en la mesa mientras Edward levantaba la mirada. Si, el chico estaba cabreado, estaba claro y Carlisle no le culpaba.
Sacó una silla y se sentó.
—Algunas cosas se merecen una buena borrachera —dijo pesadamente, destapando el whisky y llenando los dos pequeños vasos—. El nacimiento. La primera cita de tu hijo. La casi violación de tu hija. —La garganta se le apretó con dolor cuando movió el líquido oscuro y vertió otro disparo de valor—. Y cuando un hombre jode y cabrea porque se siente impotente, y daña a las personas que más ama.
Miró fijamente a los ojos oscuros de Edward, sintiendo el dolor de su hijo como si fuera propio.
—Estabas cabreado, chico —suspiró Carlisle—. Le juré que no te lo diría. Mientras ella estaba drogada con la medicación para el dolor que le dio el medico, e histérica, le dijo a su madre lo que había sucedido en el lago antes de que te fueras el año pasado. Ella te ama. Siempre lo ha hecho. Lo hemos sabido. —Tragó apretadamente—. Y supe cuánto la querías.
Se detuvo, mirando lejos por un segundo largo antes de volver su mirada a la de su hijo.
—Nunca te dije cuán orgulloso estaba de ti cuando te fuiste, ¿verdad?
Vio la sorpresa en su mirada.
—No me figuré que supieras por qué me había ido. —Edward se recostó en la silla cogiendo antes el whisky y bebiéndolo. Hizo una mueca pero aguando la quemadura.
—Lo sabía —suspiró pesadamente—. Lo supe cuando tenías veintidós y repentinamente, ella se convirtió de una pequeña torpe pilluela a una niña-mujer. Vi tu cara el día en que te diste cuenta.
Miró como el rubor subía por la cara de Edward, la molestia.
—Ella era una niña. —Se aclaró la garganta incómodamente—. Ya no lo es, papá. Tiene veinticuatro, y es una mujer crecida.
—Y tu eras y todavía eres un hombre. —Carlisle sacudió la cabeza con cansancio antes de sorber el whisky—. Un hombre bueno. Uno del que cualquier padre podría estar orgulloso. No la tocaste, hiciste lo que tenías que hacer y no te excusaste o lanzaste ninguna culpa. Aunque podrías haberlo hecho. Dejaste tu hogar por la chica, muchos hombres la habrían ofendido. Tu estabas en tu derecho de haber protestado cuándo Esme y yo la consentimos.
—Deberías haberme dicho eso entonces —gruñó Edward—. Ella siguió robando mis malditas camisas. Todavía lo hace. Debería haberte hecho echar a Bella y a Esme.
Una sonrisa tiró de los labios de su hijo. Carlisle sacudió la cabeza. Edward estaba dispuesto a perdonar, sin hacer preguntas.
Carlisle se aclaró la garganta otra vez.
—Lié las cosas hoy. —Cogió el vaso entre los dedos, mirándolo fijamente mas que a su hijo—. Estaba tratando de decírtelo, pensaba que ella estaba todavía demasiado asustada para tratar también en ese momento con lo que sentía, lo que quería el año pasado, infierno, hace cuatro años incluso. Se aclaró la garganta—. Me preocupé, porque sé que hombre eres. —Levantó la cabeza, mirando enfurecido a su hijo violentamente—. Me cabreaste, chico, e hice un lío de eso. Creo que eres un buen hombre, orgulloso. Mas de lo nunca esperé jamás que serías. Pero todavía un hombre. Uno que ha querido a esa chica durante muchos años. A veces, un hambre como esa no es fácil de combatir. No más que ciertos deseos. —Maldición, necesitaba otro trago.
Lo vertió, consciente de la manera en que su hijo le miraba, sus ojos estrechados, su expresión pensativa.
—Un hambre como esta va más allá de la lujuria, papá —suspiró finalmente Edward—. He luchado contra ello demasiado tiempo. No se lo que es todavía. No se cuan profundo es. Se que he regresado por ella. —Sacudió la cabeza cuando Carlisle empezó a hablar—. Óyeme. No tenia intenciones de vivir en esa casa, de romper una de tus reglas, pero ese bastardo la está acechando. —El intestino de Carlisle se apretó—. Acamparé fuera de la ventana de su dormitorio si tengo que hacerlo, pero no me mantendrás lejos de ella.
Edward se inclinó hacia delante, sus brazos sobre la mesa, los puños apretados. Carlisle apartó la mirada de su hijo durante unos momentos, preguntándose que se suponía que tenía que decir, dividido entre el amor por su hijo, y el amor por una hija que debería haber sido suya también. Infierno, se sentía como un perro azotado. Cansado, impotente e inseguro de cómo defender aquellos a los que amaba. A todos ellos.
—¿Lo has estado verificando? —Carlisle sabía que lo había hecho. Edward había pasado la tarde en la comisaría, el resto del día con algunos de los compañeros con quienes había coincidido en los Marines. Hombres que habían vuelto a casa después de su primer tour, asentados y empezando sus vidas.
—Lo he verificado. —Edward se vertió otro trago—. Hablé con Betty Cline para permitirme ver los registros del hospital y Rissa Richards de la compañía telefónica sobre las llamadas de acoso.
El orgullo se difundió por Carlisle. Infierno, ese era su chico. De ojos duros, determinado y preparado para luchar. Era más hombre de lo que Carlisle se había imaginado jamás. Edward no se amargaba porque Bella hubiera sido atacada, sino que en vez de eso, tramaba y planeaba el asesinato. Era suficiente para hacer que un paleto estuviera orgulloso.
Carlisle aspiró duramente. Había discutido esto con Esme más temprano, sabía que lo que estaba a punto de hacer era duro para ella y lo sería más para Bella.
—Regresa a casa, chico —murmuró—. Soy un maldito tonto cuando me irrito y ambos lo sabemos. Es tu hogar. Tanto como es mío. Y eres mi niño. Te quiero allí.
Los labios de Edward se arquearon.
—La bolsa de lona está todavía en la moto. Regresaba esta noche de todos modos.
Carlisle se aclaró la garganta otra vez.
—Confío en ti, hijo.
La cara de Edward cambió entonces. Si carlisle pensó que era duro antes, lo era más ahora.
Se inclinó hacia delante, sus ojos encontrándose directamente con los de carlisle.
—Ella es mía, papá. —Mantuvo su voz baja, violenta—. En cualquier otro momento nunca habría faltado el respeto a tus reglas ni a tu hogar. Pero no me echaré para atrás ahora. No la perderé porque algún bastardo trató de destruirla. Y no jugaré con los pies bajo la mesa a causa de tu susceptibilidad. ¿Entiendes eso?
La ira estalló en Carlisle. Maldición, era duro, olvidar que su hijo ya no era un niño, que no podría poner reglas y límites para protegerlo así como a Bella. Pero Carlisle era lo suficiente hombre para darse cuenta de que las reglas y los límites eran puestas para los niños, para enseñarles a ser los adultos, para entender las fronteras. Había enseñado a Edward los fundamentos, los Marines le habían enseñado lo demás. Todo lo que podía hacer ahora era confiar en el juicio de su hijo.
Se frotó la cara con la mano antes de exhalar ásperamente.
—Infierno. Bien. Lo que sea. Pero… —Miró furiosamente al chico—. No juegues con esa chica, Edward. Irás malditamente en serio antes de que acabes en la cama con ella. Hijo o no hijo, te enseñe respeto. Ella no es una de ésas pequeñas fulanas con las que tu y Emmet follabais cuando eras joven.
Era la advertencia que le había hecho cuando se dio cuenta de cuan sexual era su hijo. Las buenas chicas eran oro macizo. No necesariamente vírgenes, pero las chicas que entendían que una cama cercana significaba más que un lugar para follar. Una buena chica entendía responsabilidad, valores y a si misma. Una mujer como esa no era un juguete, era una compañera.
—Sé cómo tratar a una mujer, papá —gruñó Edward—. A todas las mujeres. No solo a Bella.
A diferencia de la generación de Carlisle, Edward no difería de cómo trataba a las mujeres con respecto a su sexualidad. Uno no merecía menos respetó, o más, por la cantidad de experiencia que tuvieran en la cama. Edward había discutido con su padre muchas veces. Pero el amor… eso hacía una diferencia, y Carlisle lo sabía. Y sabía que su hijo lo estaba aprendiendo.
—Así que, ¿volverás a casa? —La garganta de Carlisel estaba apretada por la emoción. Maldición, odiaba eso. Odiaba saber que había más que debería decir y no saber como decirlo.
Edward le miró, su expresión sombría, sus ojos, de un profundo verde mar, grave y pensativo. Tomó otro trago de whisky, sus labios curvándose mientras dejaba el vaso.
—Te he echado de menos, papá —murmuró.
Si ese nudo en la garganta pudiera apretarse más, lo hizo. Carlisle tragó, luego lo intentó otra vez. Finalmente, vertió otro trago, lo bebió y golpeó el vaso en la mesa antes de romperse.
—Te quiero, chico. —Su voz tan raspada que se avergonzó de ello—. Y estoy malditamente orgulloso de ti. Malditamente orgulloso.
—Te quiero también, papá. —Ese era su chico. Demonio y guerrero a partes iguales pero nunca temeroso de sus palabras—. Y estoy orgulloso de ti también.
Vertió los vasos llenos otra vez, brindaron y se sentaron para una seria borrachera. Infierno, Carlisle había estado esperando este día por casi treinta años. No había nada como tener la primera buena borrachera con tu hijo, y saber que significaba algo. Significaba algo malditamente bueno.
Bella oyó la Harley subiendo por el camino tras el camión de su padrastro mientras el reloj daba las dos de la mañana. Su madre había estado paseándose por la casa, murmurando para sí misma, la preocupación arrugando su frente.
Esme se giró hacia Bella, sus ojos oscuros mientras la miraba.
—¿Estás segura? —preguntó Esme, su voz suave, insegura.
—Por amor de Dios. —Bella gruño las palabras—. Mama, ¿habéis tu y Carlisle perdido la cabeza? —A veces Bella pensaba que el ataque había sido más traumático para ellos de muchas maneras. Nunca estaba segura de cómo se sentía sobre eso. Asustada, si. Aterrorizada a veces, especialmente cuando recibía las llamadas de acoso. Sabiendo que él estaba allí fuera manteniendo sus nervios en el borde.
—Siempre te ha querido. —Esme nunca había estado cómoda con eso. Bella lo sabía, aunque nunca habían hablado de ello. Justo como su madre sabia que Bella siempre había querido a Edward. Era algún hecho extraño de la vida.
—Ya no soy una niña pequeña —suspiró, curvándose en el sofá, mirando a su madre pasear por el salón mientras los vehículos apagaban los motores—. Sabes que estarán borrachos, ¿verdad?
Uno de los amigos de Edward había llamado desde el bar. El tampoco había estado demasiado sobrio, advirtiéndolas de que los dos hombres se dirigían a casa, agradeciendo de que los traían amigos mas que conduciendo ellos mismos.
—Carlisle no ha estado bebido desde antes de casarnos.
Una sonrisa curvó los labios de su madre, y Bella juró que parecía demasiado sensual para convenirle. Una hija no debe ver esas cosas, pensó con una explosión de humor.
—Bien, él ha bebido ahora. —Ella respingó mientras sonaba como si una carga de ladrillos cayera en el porche.
—Infiernos chico, pensé que estabas sosteniéndome. —La voz de Carlisle llegó desde fuera.
—Pensé que tu me sostenías. —La risa Edward era amortiguada.
Esme se movió a la puerta y la abrió con un tirón rápido mientras Bella se levantaba del sofá para pararse apenas dentro de la puerta del salón.
Sus ojos se encontraron con los de Edward mientras una sonrisa lenta y atractiva le curvaba los labios. Agarró el brazo de su padre más apretadamente y lo dirigió adentro de la casa. Ninguno de los dos estaba demasiado estable de pie.
—Esme, él es un malísimo bebedor —gruñó Edward cuando su padre tiró el brazo sobre el hombro de Esme y le plantó un fuerte y sonoro beso en la mejilla—. Ni siquiera con la primera botella.
Bella envolvió sus brazos a través del pecho, una sonrisa tironeándole de los labios mientras Edward le guiñaba.
—Él nunca lo hizo, Antony, sigues olvidándolo —lo castigó Esme firmemente.
Edward respingó.
—Ese no es mi nombre.
—Eso es lo que tiene tu partida de nacimiento. Yo no vi un Edward allí, Antony.
Edward le dirigió una mirada furiosa.
—No estás siendo agradable conmigo, Esme.
—Ese no es mi trabajo —indicó ella calmamente—. Ahora mueve tus grandes pies fuera del camino para que pueda llevarlo arriba. Deberíais avergonzaros de vosotros mismos.
—Puedo avergonzarme más tarde —dijo Carlisle mientras ella le guiaba hacia las escaleras—. Infiernos. Nos hemos divertido, cariño.
—Puedo afirmarlo. —Esme se rió suavemente.
Sus voces bajaron mientras se marchaban, y finalmente desaparecieron. Unos pocos minutos despues la puerta en la parte posterior del pasillo se cerró y todo estuvo silencioso.
Bella miró a Edward. El pelo todavía demasiado corto. El corte militar puntiagudo le pegaba, pero amaba su cabello largo cuando era más joven. La manera en que le enmarcaba la cara, acentuando sus ojos verdes. Se parecía a un ángel caído, llegado para tentar mujeres mortales cuando su pelo estaba largo. Corto, parecía el guerrero que ella sabía que tenía que ser. Un combatiente, un Marine. Alto, fuerte y duro.
Él giró hacia ella, colocándose la mano sobre el pecho, el material azul oscuro de su camisa de algodón se estiró sobre los hombros.
—Bella, cariño, pareces un ángel parada ahí. —Su sonrisa era un poco tontorrona y demasiado condenadamente sexy.
Desgraciadamente, ella lo conocía mejor. Llevaba otra de sus camisas, una que había robado la última vez que estuvo en casa. Un par de pantalones de chándal flojos y los calcetines que se habían caído a los tobillos. Ella parecía desordenada y asustada, lo sabía.
Se relamió nerviosamente. Encararle era una de las cosas más duras que había hecho jamás, sabiendo que él conocía lo que le había sucedido, aterrorizada de que la culpara. Ella se culpaba a si misma. Lo que había hecho fue estúpido, dejando esa ventana abierta, negándose tercamente a renunciar a ese placer a pesar del peligro del que había sido advertida.
—Te he echado de menos, Edward —susurró ella, intentando que no le temblaran los labios—. Me alegro de que estés en casa.
La expresión de él se volvió seria mientras se movía hacia ella lentamente. Se forzó a permanecer quieta, a no retirarse. Pero él era tan grande y poderoso. Fuerte. El recuerdo de unas manos duras sujetándola abajo, una voz áspera murmurándole en la oreja mientras su cara era apretada contra la almohada, la obsesionaba.
—Así que ¿por qué no conseguí mi abrazo de bienvenida a casa? —El se paró delante de ella, sus brazos a los lados, sus oscuros ojos brillando con hambre.
Todavía la quería. Lo podía ver en sus ojos, justo como lo había visto durante sus poco frecuentes visitas en los últimos cuatro años.
—Yo… —Ella tragó ásperamente, apartando la mirada mientras apretaba las manos contra los brazos.
—Solo un abrazo, Bella. ¿Nena? —El cuchicheó las palabras, sus labios arqueándose suavemente—. Sueño con tus abrazos, cariño. ¿No me crees? —Se estiró, levantando el brazo lentamente hacia ella mientras sus dedos alcanzaban un mechón de rizos que caía sobre su hombro.
Ella miró rápidamente a donde retenía su cabello, mordiéndose el labio inferior mientras intentaba tranquilizar el latido de su corazón. Había soñado con su toque durante tanto tiempo, esperado por él, deseado. Oh, Dios, esto no era justo, gimió en silencio. Este era Edward. El no le haría daño. Sabía que no le haría daño.
—Edward… —la garganta se le apretó cuando luchó consigo misma, el temor y las necesidades guerreando dentro de ella.
—Es verdaderamente fácil, nena —canturreó él, su voz oscura aterciopelada derramándose sobre ella—. Solo levanta tus brazos y ponlos alrededor de mi cuello. —Le soltó el pelo, los dedos curvándose alrededor de sus muñecas mientras le levantaba los brazos, instándolos arriba hasta que se curvaron alrededor de su cuello—. Luego, vienes verdaderamente cerca de mi, para que pueda abrazarte a mi vez. —Sus brazos se envolvieron alrededor de ella, lentamente, tan lentamente, tirándola contra él hasta que su cabeza descansó en su pecho—. Ahí vamos.
Ella estaba temblando, pero ¿era temor o algo más? No sabía lo que estaba sintiendo, no sabía como asimilar las sensaciones y las emociones que se derramaban sobre ella.
—Volví a casa por ti, Bella —susurró, su aliento acariciándole la oreja mientras ella daba un tirón contra él—. Volví a casa para tocarte, para saborearte, para reclamarte. ¿Sabes lo que habría hecho si hubiese sabido que estabas en casa cuando llegué?
Ella negó con la cabeza, un movimiento espasmódico mientras un pequeño quejido escapaba de sus labios.
—Habría ido a tu cuarto y te habría besado para despertarte. Habría visto tus bonitos ojos abrirse, sabiendo que era yo él que estaba a tu lado, mis labios tocando los tuyos. Lo quiero realmente tanto, Bella. Aunque se que si papá me cogiera me despellejaría vivo. —Aspiró rudamente; la sensación de su pecho frotándose contra sus senos enviaba un estremecimiento a través de ella—. Ahora —susurró—, no me importa si me despelleja.
Ella se tensó contra él, necesitando apartarse, necesitando conseguir acercarse más a él. Dios, odiaba esto. Odiaba el temor que la retenía atrás, odiaba no saber, no entender las emociones que bramaban por su mente y su cuerpo.
—EDWARD…
—Shh. —El acalló la protesta mientras frotaba la cabeza contra la suya—. Solo quédate contra mi, nena. Déjame sostenerte durante un minuto; déjame saber que estás bien. Solo eso.
—Pero no estoy bien. —Las manos se apretaron en la tela de su camisa cuando finalmente lo admitió para si misma—. Estoy asustada, Edward. Estoy tan espantada. —Apretó la cabeza contra su pecho, las palabras resbalando libres después de casi un año de enterrarlas. Estaba aterrorizada.
—Lo sé, nena. —Le besó la cabeza, las manos recorriéndole la espalda—. Pero no te dejaré estar asustada de mi. Sabes eso. Nunca te haría daño. Moriría antes de herirte, Bella.
Oyó el dolor en su voz, lo sentía tensándole el pecho. No, Edward nunca la dañaría, pero el temor era una enfermedad insidiosa, y luchar le tomaba más valor del que pensó que tenía.
—Vamos a tomar esto agradable y fácil —murmuro él—. Subiremos las escaleras y dormirás, nena. Voy a tumbarme justo a tu lado para que sepas que nadie puede llegar a ti, nadie te puede hacer daño mientras yo esté allí. ¿De acuerdo?
—¿En mi cama? —Dio un tirón hacia atrás, mirándole fijamente—. Carlisle nos despellejará a ambos vivos.
—Papá tratará con ello. —Su expresión se endureció, la determinación brillando en sus ojos—. Ya lo hace. No estás durmiendo, no estás comiendo. Vamos a cambiar eso, empezando esta noche.
—Oh, ¿lo haremos ahora? —La prepotencia en su voz la pinchó.
—Bella. —El inclinó la cabeza, mirándola fijamente, una sonrisa curvándole los labios—. ¿Vas a luchar contra mi, nena? ¿Realmente? ¿Recuerda la última pelea que tuvimos?
—Pondrás otra serpiente en mi cajón, y yo empezaré a llamarte Antony —le cortó—. No puedo creer que me amenaces con eso.
Le miró fijamente, incrédula. Odiaba las serpientes, cualquier clase de serpientes, especialmente ésas pequeñas serpientes verdes.
El sonrió burlonamente, su mirada tan sensual que fue suficiente para humedecer sus bragas. Y estaban mojadas. Si, estaba asustada con la boca seca ante el pensamiento de tocarle, de tenerlo tocándola, él la podía poner tan mojada, tan rápido, que no era ninguna sorpresa.
—Me voy a tumbar a tu lado, eso es todo —susurró—. Si no puedes dormir, entonces me tumbaré en el suelo. Pero estaré allí, Bella. ¿Confiarás lo bastante en mi para dejarme estar allí?
Ella respiraba con dificultad, pero al darse cuenta se forzó a tratar de regularlo. Odiaba esta debilidad, este temor. Incluso las sesiones con el psicólogo no habían podido borrarlo.
—Te confiaría mi vida, Edward —susurro, sabiendo que lo hacía.
—Vamos, entonces. —Envolvió un brazo alrededor de ella mientras la dirigió a la escalera—. Vamos arriba y ver si podemos dormir. No se tu, Bella, pero yo estoy muerto de cansancio.
Ella no había tenido pesadillas en meses, pensó mientras él apagaba las luces y la guiaba arriba. No estaba durmiendo bien, pero cuando dormía, no despertaba chillando como había hecho en esos primeros meses. Debería estar a salvo. Podría tener algo con lo siempre había soñado. Edward en su cama, compartiendo su calor con ella. Quizá incluso sosteniéndola. ¿Seguramente podría manejar eso?
Bella finalmente se durmió horas más tarde. Edward la sintió relajarse contra él, sintió el suave suspiro que salió de sus labios. Moviéndose lentamente, colocó con cuidado la sábana sobre sus hombros, sintiendo su cabeza en su brazo, el pelo sedoso contra su pecho mientras la sostenía. Lo estaba matando, el dolor, el temor que sabía que ella tenía que haber aguantado. El podía sentir al corazón rompiéndosele en el pecho mientras una rabia mortal quemaba en su alma.
Era suya. Lo había sido desde que la había conocido y por Dios que no iba a permitirle irse. Ella le conocía, sabía que se arrancaría el corazón antes de hacerle daño, esa confianza estaba todavía dentro de ella. Si no estuviera, nunca habría podido dormir en sus brazos, de permitirle sostenerla, su dulce cuerpo metido tan cerca del suyo. Miró fijamente el dormitorio débilmente iluminado, sus ojos estrechados, su mente trabajando. Quienquiera que se atreviera a hacerle daño, a acecharla, no respiraría durante mucho tiempo. No estaría respirando dos segundos después de que Edward supiera quien era. Y eso era una promesa silenciosa, un voto que hizo a Bella. Nunca sería herida otra vez.
