Disclairmer: Tanto la historia como los personajes me pertenecen, cualquiera que quiera publicarla en otro sitio necesita de mi autorización. Este fics también está publicado en Potterfics.
Summary: Priscilla Witman, una chica con un poder excepcional que odia, siente que su vida es un asco, pero no podía estar más equivocada. Luego de conocer a Benjamin Rusin su mundo se quiebra para dar lugar a una pesadilla de la cual no sabe si podrá escapar. La única certeza que tiene es que su don la ha conducido a aquel destino desalentador. T por escenas de violencia.
Capítulo 3: Escape furtivo
Desperté sobresaltada con el sonido de mis propios alaridos, tenía suerte de que no hubiese nadie en casa.
Por un lado estaba maravillada, mis sueños habían cambiado, ya no soñaba con esa tarde en la que casi muero atropellada por una camioneta, sino que ahora volvía a esa terrible aula de geografía en la que un demente de cabello rubio platinado se sentaba a mi lado esperando el momento para matarnos a todos; por otro lado estaba aterrada, si ocurría lo mismo que con el anterior sueño, este se repetiría hasta mi hartazgo, pero antes me perturbaría cada noche, por que esta vez había sido todo mucho más violento. Nunca me habían agradado mis compañeros de clase, pero ver todas las noches como un loco les partía el cuello, no haría que me agradaran más, me hacía sentir pena por no poder hacer nada para impedirlo.
Con ese mismo pensamiento, una idea surgió de mi interior. No sabía que había ocurrido después de mi huida de la clase, había dejado a todos esos pobres alumnos a merced de Benjamín Rusin sabiendo lo que les deparaba el futuro. No había vuelto a buscar mis cosas después de consolarme a mi misma en el baño, sólo había ido hasta mi casa en mi coche.
Me sorprendía que nadie del instituto hubiese llamado con la terrible noticia de que veintitrés alumnos habían sido asesinados junto con su profesor- y dos habían desaparecido misteriosamente sin dejar rasgo- pensé.
Tenía que averiguar lo que había ocurrido después de que yo saliera del aula, era demasiado extraño todo lo que estaba sucediendo, por que si en realidad no ocurrió nada, tendría que estar pensando en ir a un psicólogo, aunque obviamente no le diría nada sobre mis extrañas rebobinaciones, no estaba tan loca como para contárselo a alguien.
Levanté la cabeza y caí en la cuenta de que estaba en mi habitación, me había quedado dormida como en la clase de matemáticas, sólo que esta vez enfrente del monitor de la computadora. La luz blanca que emanaba de esta me segó la vista, así que busque el botón Sleep en el teclado y la pantalla se apagó, pero antes de que se volviera completamente negra vi en ella una página de Internet. Luego vería lo que estaba buscando, para eso tenía tiempo de sobra.
Eran las seis menos diez, no faltaba mucho para que oscureciera y mi tutora llegara a casa. Nunca me iba a acostumbrar llamarla por su nombre, era algo difícil, sabía que ella no era mi madre, pero la prefería antes que a esta.
Hacía más de un año que no veía a mis padres biológicos, lo último que había sabido de ellos era que uno se casó nuevamente y creó una nueva familia, y el otro viajó a América del Sur, eso era todo; yo misma me había hecho la idea de que ya no recordaban mi existencia, y lo prefería así, dos personas menos por quienes preocuparme. A veces me sentía muy egoísta por eso, pero al fin y al cabo, ellos me habían dejado con una tutora por que no querían hacerse cargo de mi, no tenía nada por que culparme.
Recorrí mi alcoba buscando mi bolso, pero después de diez minutos rebuscando por todos los rincones de esta, recordé que lo había dejado en el aula de geografía. Tendría que recogerlo mañana -Otro momento de lucidez, mañana sería sábado- pensé en mi fuero interno. No me quedaba otra que escabullirme e ir esa misma noche al instituto a buscar el maldito bolso que tenía mi celular, mi billetera, mis documentos, todos mis apuntes y tareas. La idea de esperar hasta el próximo lunes era muy tentadora, pero no quería retrazar las tareas y ganarme un regaño por parte de mi tutora, además de perder toda mi documentación y mi celular que, al fin y al cabo, casi no usaba. Pero sobre todo sentía curiosidad, quería volver a la escena de mis sueños, sólo esperaba que el aula no estuviera llana de sangre y cuerpos humanos.
La luz brillante de unos faroles entró por la ventana iluminando la habitación. Había llegado.
Serena Immel fue la mujer que aceptó ser mi tutora durante todo este tiempo, era la segunda persona en la que más confiaba, aunque si de confianza hablamos, no era mucha. No podía contarle mis problemas, es más no tenía idea de lo que me ocurría, no sólo de las casas anormales que nadie, ni siquiera Carla sabía, sino que tampoco hablaba con ella de mi vida social, intelectual o privada. Serena me había enseñado modales, ya que era muy correcta, demasiado. También me había educado durante un año entero ya que por alguna razón no me aceptaban en ninguna escuela. Pero más que cualquier cosa me había dado un hogar, una familia por llamarlo de alguna manera y me había dejado entrar en su vida, esas eran las razones por las que la apreciaba tanto, al igual que Carla ella también me aceptaba, aunque creía que era por su eterna paciencia y educación. Le estaría eternamente agradecida, gracias a ella no me encontraba en un orfanato o peor, un instituto correccional para menores.
Serena había soportado todos mis llantos después de la separación de mis padres, también mis gritos de noche a causa de los sueños repetitivos. Ella no podía tener hijos, y sabía que si yo la llamara madre se emocionaría mucho, pero por otro lado, las dos sabíamos que no éramos parientes biológicas y eso podría afectarla, así que siempre la llamé por su nombre, era algo que las dos tolerábamos y yo lo prefería.
Bajé las escaleras justo cuando Serena ingresaba a la casa por la puerta. Era alta, su cabello colorado con honda caía por sus hombros, su rostro tenía unas cuantas arrugas y sus ojos pardos se veían cansados a causa del trabajo.
-Hola ¿Cómo estás Pri?- preguntó con una amable sonrisa en el rostro al verme.
-Bien ¿Cómo te fue en el trabajo?- llegué a su lado y tomé su maletín.
-Normal, nunca explota nada- contestó y río de su propia broma- ¿Podrías llevarlo a mi alcoba? Hoy yo me encargaré de la cena- dijo señalando el maletín y desapareció por el pasillo.
Mi tutora trabajaba en un laboratorio bioquímico, estaba casi diez horas en un recinto lleno de tubos de ensayo, centrifugados, mezclas y olores diversos. Sólo había ido una vez y casi me desmayaba con el olor de todos esos compuestos en el aire, no podía creer que trabajara tan cómodamente en ese lugar sin usar una mascara de oxigeno, aunque me resultaba muy entretenido ver como los líquidos cambiaban de color en los tubos de ensayo al agregarles determinados compuestos.
Fui a la habitación de Serena, estaba completamente a oscuras, normalmente una débil luz proveniente del velador lo iluminaba, pero esta vez tuve que guiarme a siegas por el cuarto para encontrarlo y encenderlo. Cuando por fin lo logré vi el retrato que se encontraba en la mesita de noche, cada vez que entraba en la alcoba de mi tutora lo veía. Se trataba de una foto bastante antigua, en la cual se apreciaba a dos jóvenes, uno era un chico de mi edad o un poco más que abrazaba a una joven por la cintura que, había deducido, era Serena en sus años de adolescencia.
-Parece que nunca te vas a acostumbrar a los viernes, siempre terminas la semana destrozada- comentó mi tutora cuando servía el pescado asado en los platos.
-Sí, debe ser por el estrés del instituto, o por las clases de educación física- respondí restándole importancia al asunto, desde que entré en el último colegio había aprendido muy bien a mentir y a esconder mis sentimientos a los demás.
-Sí... o puede ser que hayas estado durmiendo mal últimamente- dijo con un tono lleno de reproche- Siempre te levantas antes de que suene el despertador y te duermes muy tarde- tenía razón, me acostaba siempre entrada la media noche por que una vez que los sueños aparecían y me despertaban no volvía a conciliar el sueño, esa era la razón de por que me levantaba antes de que sonara la alarma de mi móvil, y gracias a ese mal sueño llagaba tan destruida al fin de semana, pero ya me había acostumbrado, después de tres años podría seguir haciéndolo.
El resto de la cena fue en silencio, nunca teníamos conversaciones muy largas, era nuestra forma de convivir juntas.
Cuando por fin terminó la hora de comer levanté y lavé rápidamente los cubiertos y platos, mientras que Serena me saludaba, iba a asearse y luego a descansar después de un largo día de trabajo.
Subí a mi alcoba, ya sintiendo la adrenalina en mi cuerpo. Mientras esperaba que en mi reloj dieran las doce, me vestí toda de negro, con el pantalón que usaba para hacer ejercicio y una polera con manga tres cuartos. Tenía suerte de poseer un pelo completamente negro, así podía cubrir la mayor parte de mi cuello pálido.
Después de tanto esperar, por fin era la hora de volver a la escena de mi violento sueño, no sólo a recuperar mi bolso, sino a averiguar que había ocurrido. Abrí la ventana y salí por ella. En mi anterior vida, así llamaba a todo lo pasado antes del incidente de la camioneta, había sido porrista y poseía una destreza impresionante. Enfrente a mi habitación había un añejado roble y una de sus gruesas ramas pasaba justo a unos metros de la ventana. Me lancé hacia la rama y me balanceé en ella para después caer de pie, esta no era la primera vez que me escabullía de casa, pero esta vez lo hacía con motivos.
Ya estaba fuera.
