Laura Ramires lamento la demora, pero te prometí que cuando actualizara esta historia te dedicaría el episodio a ti. De modo que aquí va con mucho cariño de mí para ti y espero que todavía sigas leyendo.

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Capítulo 4: Lo que tú eres para mi

Morinaga 2216

No lo sabía, no entendí por qué ese dolor se calmaba con las manos de Tatsumi sobre mi espalda. Así que me hizo dejar de llorar entre sus brazos, el bobo bravucón que era mi pupilo. Que en realidad no era para nada un bobo, demasiado inteligente, tanto que me daba miedo que me superara con facilidad y mi beca doble desapareciera. Pero él tenía un efecto extraño dentro de mí, no sabía la razón de ello, pero sus ojos, su piel, y su voz eran tan familiares. Esa tarde cuando volvimos a las clases de asesorías, no quería apartarme de él, me sentía vulnerable, totalmente roto, no obstante si podía escucharle, si podía enseñarle sus clases y todo, no percibí esa sensación tan quemante de vacío. A ratos quería soltarme a llorar en sus brazos, sin embargo me contuve distrayendo mis ideas entre sus cabellos largos y rubios, a lo largo de explicaciones racionales de las materias que decían de números, de conceptos. A pesar de mis esfuerzos, nuevamente en nuestro descanso para comer, algunos bocados me supieron salados con un par de lágrimas traidoras que rodaron desde mis mejillas hasta mis labios.

No dejé un minuto de castigarme, pues era un completo idiota por haberme declarado. ¿En qué rayos pensaba? Mi sempai Masato jamás se habría de fijar en mí y recordé su mirada, los ojos que decían asco hacia mi persona, o miedo, qué se yo. Las ganas de llorar llegaron nuevamente mientras esperaba por la resolución de unos ejercicios de Tatsumi e interrumpió mis ideas deprimentes:

— ¡Pero qué demonios se hace aquí! ¡Carajo!

Sus ojos miel volvieron a mí, justo en el instante en que mis emociones iban a liberarse y observables a través de los cristales de sus anteojos. Esperaba que mis gafas no le permitieran mirar lo vidrioso de mis ojos y no fue así pues tenía frustración. Nuevamente me centré en lo adecuado y olvidé lo que me preocupaba, incluso cuando terminamos él se veía pensativo, pregunto demasiadas cosas sobre los abusivos de sus amigos como si no les conociera.

Cuando nos despedimos en la entrada de la escuela, marché algunos pasos míos rumbo a casa mientras todo volvió a mi cabeza… De pronto me detuve entre la gente que caminaba a mis lados pues no podía mirar el sendero. ¿Cómo es que podría volver a casa? Solía fingir sonrisas ante los gestos desaprobatorios de papá, solía fingir sonrisas para no preocupar a mamá sobre cualquier cosa que me pusiera triste y solía fingirlas cuando mi hermanita de seis años solía seguirme luego de algún regaño. Pero no se puede fingir sonreír cuando tus ojos están llenos de lágrimas, cuando la amargura se representa completamente cernida desde el interior hacia el exterior. Un rechazo suyo, de esa persona que admiraba profundamente, de la que imaginé tantas cosas, tan perfecto, tan encantador y siempre con gestos dulces a mi persona. Escapé a su casa cuando en la mía escuché discusiones, los gritos y pleitos sobre falta de dinero. Ahí me sentí protegido entre sus brazos cuando llegué a llorar al contarle que me menospreciaban o que me preocupaba la situación familiar, siempre estuvo ahí para apoyarme. Me enseñó a jugar ajedrez, me defendió de los abusones y por momentos supuse que podría ser correspondido.

Las ilusiones que se mueren dentro de uno mismo cuando te das cuenta que el mundo que te rodea es tan falso, parecían destrozarme. Me senté en la parada del autobús cubriendo mi rostro y lloré no sé cuánto tiempo. Lo único que me hizo salir de esa pesada sensación fue la voz preocupada de mamá en el teléfono con las dudas más lógicas:

«¿Dónde estás hijo?»

Por esa causa, debí volver, sequé mis lágrimas y lo rojo de mis ojos no se quitó aun antes de ingresar, así que decidí entrar a hurtadillas. Grité mi arribo al observar a mi padre y hermana en la sala y corrí hasta llegar a mi habitación, desde ahí me sentí a salvo. Los toques a la puerta se escucharon cuando me tumbé a la cama a llorar nuevamente.

— ¿Qué sucede? — Pregunté sin abrir y por supuesto que nadie se atrevía a abrir mi puerta sin mi consentimiento.

— ¿Tetsu, estás bien hijo? ¿No vas a cenar? — La voz preocupada de mamá resonó con su voz dulce.

— Descuida mamá mi alumno me ha dado un almuerzo también hoy.

— Si quieres algo no dudes en servirte más tarde.

— Gracias mamá, por ahora tengo mucho que estudiar. — Volví a decir con tal de escucharle marcharse de mi puerta y así sucedió pues no continuó diciendo nada.

Los minutos casi eternos no me permitieron descansar, una y otra vez, las recriminaciones de mi cerebro por ser un completo idiota al declarar mi afecto. En la ducha, en la cama di vueltas una y otra vez, hasta que decidí no seguir intentando dormir, así que tomé un libro pero no podía leer, las lágrimas salían de mis ojos sin que pudiera detenerme, hasta que cerré mis ojos un instante.

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Ahí estaba él, sus ojos miel tan límpidos con las emociones desbordadas entre mis manos, «Sempai… ¡Oh Sempai!» Gemí mientras me sentía profundo dentro de él. Pero él no era Masato, el chico que había despreciado mi afecto, era Tatsumi y su piel, su aroma, su cuerpo me pertenecía de tantas formas que podía sentirle armonizar y palpitar sobre mi pene dentro de él. Empujé una estocada más profunda escuchando sus dulces gemidos tan apasionados, su mirar de pupilas dilatadas y no me contuve un poco a besarle, porque él me sujetó con fuerza de la espalda y recibió mis labios llenándolos con su sabor, ese dulce sabor tan irresistible. Cada uno de sus besos podía hacerme querer estallar de felicidad, derramarme dentro de él. No podía pensar un segundo en sufrimiento o pena, pues la dicha del corazón era intensa, poderosa dentro de mis huesos y mi carne. Moví mis caderas más a prisa, el aire viciado de mis pulmones y los suyos me causó una leve sensación de asfixia que me regodeaba en intensidad. Entonces le escuché decirlo.

«Mori… Morinaga… no puedo más… aahhh…»

Aquella frase me hizo sumergirme con fuerza, aquella compresión caliente y pulsante succionó como si deseara que ese cosquilleo me volviera un loco de su pasión. El orgasmo me cubrió casi como si pudiera fallecer entre aquellos brazos que no me soltaron un instante, con un afecto que me envolvió totalmente.

«Te amo sempai»

Gemí al tiempo que me despertó el pitar del despertador y mis ojos inflamados me hacían sentir tan pesado. Podía recordar ese sueño tan erótico, y realista, mucho más que cualquiera que hubiera tenido antes. Aunque fatigado por las pocas horas de sueño, no tenía más ese pesar de mi rechazo, como si aquél sueño erótico que me había dejado una erección húmeda en mis calzoncillos, tuviera algo que ver. Me sonrojé sólo de imaginar la sensación de la succión sobre mi pene y la mirada entregada de Tatsumi, podría jurar que era él a pesar de que se veía más adulto de lo que es ahora. Definitivamente mi cabeza jugaba conmigo a razón de que soy un adolescente hormonal, sin duda a eso se debía, puesto que no es posible mandar en el corazón, mucho menos luego de que la persona que me gustaba me hubiese rechazado tan tajantemente.

Cierto era que mi pesar no se había marchado por completo, no obstante, no tenía más esas lágrimas a punto de salir. Me miré en el espejo luego de mi ducha y me alegró estar vivo, tal vez el vacío y la tristeza que venían a mi cabeza al recordar el rostro de Masato sempai, se marcharían muy pronto. Suspiré resignado me senté al lado de mi hermanita Namiko para marcharme a la escuela. Mamá interrumpió nuestro desayuno:

— Hoy necesito que recojas a Namiko de la escuela. En mi empleo no me darán permiso de llevarla nuevamente. Lo siento Tetsu.

— El problema no es que yo de esas clases en la tarde por gusto, lo hago porque nos hace falta el dinero.

— Lo sé mi Tetsu, y sabes que tu padre y yo apreciamos ese gesto, pero tu hermana es pequeña para regresar sola y quedarse tantas horas sin supervisión.

— ¿Y si lo traigo a casa?

— ¿A tu pupilo? ¿Eso te lo hacen válido en la escuela?

— Lo único que me exigen es que acredite los exámenes. Así que no importa si estudiamos en la escuela o en casa.

Mamá asintió y feliz se marchó a su trabajo, pues ahora podría seguir ayudando a la familia y a la vez cuidar de mi pequeña hermana. Sólo que debía decirle y tal vez no aceptaría venir conmigo.

Poco después llevé a Namiko a su escuela para irme a la mía y la cosa más atemorizante observé al llegar: Tatsumi venía acompañado de su madre y entraron juntos.

Sin duda alguna travesura suya había sido descubierta, a pesar de eso me pregunté cuál podría ser, si los días anteriores habíamos compartido bastante tiempo juntos. De todas formas sentí pena por él, antes me alegraba ver su infortunio, por ser uno de esos abusones, sin embargo, ahora como mi pupilo dependía de él para apoyar a la familia, así que esa razón y que no era tan malo como suponía, me hacían tener cierta condescendencia.

De pronto, al mirar un instante sus ojos miel, recordé la forma en la que decía mi apellido como un mantra mientras yo le hacía… ¿De verdad cuenta como fantasía el tener un sueño de ese estilo? No iba a decir mi corazón que de un instante a otro podía gustarme Tatsumi, sólo porque me habían rechazado.

Definitivamente no podía ser que remplazara mi gran amor de años por un tipo al que yo daba clases. De modo que respiré profundo y los vi alejarse, por lo que les seguí a prudente distancia hasta verles sentados al lado de la oficina del director. Pobre de Tatsumi que le harían pasar un mal rato y no parecía asustado, debía reconócele lo valiente que era.

Pero no me fui, escondido tras el muro observé hasta que los hicieron pasar y el timbre de la primera clase sonó, dándome la elección de seguir espiando o ir con mis deberes, los que elegí sin pensar más. A la mitad de la clase la prefecta acompañaba a Tatsumi para que lo dejaran pasar y seguía sin mostrar enfado o tristeza. La curiosidad creció, así que tendría que preguntarle pues en la siguiente hora tendríamos club de ajedrez… De pronto volvió a mi cabeza el tener que toparme con Masato, de verdad podría fingir una sonrisa luego del día anterior. Pensé escapar, debía alejarme de Masato sempai, enfrentarlo, mirarle, podría ponerme a llorar tal vez… Suspiré en medio de aquella clase a la que no prestaba atención entre mis reflexiones, y un solo instante cuando sus orbes miel volvieron a mí, parecía sentir mi mirada. Por un único momento me sentí entre sus brazos y casi percibí sus dedos, sus uñas en mi espalda haciendo que placenteramente mi erección se levantara… en medio de una clase y sólo por observarle un poco.

De inmediato bajé la cabeza y me recargué en la banca, tan ridículo yo podía sentir deseo si terminaba una ilusión que tuve por años, ¿estaba enamorado de Masato sempai? Y jamás había dudado de ello, pero ahora un simple chico podía hacerme sentir de esa forma tan extraña. No podía ser cierto, no podía tener roto el corazón y tener una pulsante erección por una simple mirada. Debía ser tal vez una reacción para confortarme de mi propio cuerpo, olvidar a Masato sempai, si me distraían mis hormonas.

Mis reflexiones calmaron las desagradables ímpetus de mi cuerpo antes de que finalizara la clase y ese simple hecho me hizo notar que si yo asistía con Tatsumi al club de ajedrez, sin duda podría estar bien, no tendría por qué lloriquear con su compañía. Era mejor sentirme un estúpido adolescente que alguien sucio y poca cosa como yo era.

Entonces, lo peor… Tatsumi no vendría al club, al menos eso había dicho mientras caminaba por los pasillos. Lo detuve abruptamente y pregunté:

— ¿Por qué no vendrás? ¡Responde! No puedes decir que simplemente te ha dejado de gustar si tienes muy poco ahí.

— Te lo dije debo ir a otro club… Y si quieres saber, mamá me ha metido ahí como castigo.

— ¿Castigo? Pero no has hecho nada.

— No que tú sepas.

— He estado contigo casi todo el tiempo.

— Pues así son las cosas.

— Entonces hablaré con el director, le diré que en el club de ajedrez yo te cuidaré. Me haré responsable de tu persona.

— ¡De acuerdo! ¡Basta! Te diré todo. Pero hablemos en un lugar privado.

Caminé con él hasta mi lugar de lectura, en la jardinera detrás de la biblioteca y se detuvo mirándome con seriedad, aclaró su garganta y respiró profundo:

—Yo le pedí a mamá ese castigo.

— ¿Tu? ¿Por qué querrías entrar a otro club y que pareciera un castigo? ¿A qué club y por qué no simplemente lo hiciste tú solo?

— ¡Silencio! Es un castigo porque no sólo iré yo. También van a estar los idiotas, hablo de los que se supone son mis amigos, de esos. Y será el club de atletismo. Además es por tu bien, imbécil, así que debo irme que el director ha dicho que debo presentarme justo al terminar la clase. Ellos fueron llamados a su oficina y sentenciados junto conmigo. Me expulsarán si no me voy.

Comenzó a caminar mientras yo me quedé pasmado, demasiada información. ¿Por mi bien? Sin olvidar que estaba el hecho de que tendría que verle la cara a sempai Masato.

— ¡Espera Tatsumi! — Lo detuve con mi grito.

— ¿Ahora qué quieres? ¿No ves que tengo prisa?

— Me uniré a ustedes en el castigo.

— ¡Definitivamente no! Para empezar esos tipos van a hacerte papilla, y en segundo lugar tú ya tienes un club.

—No puedo estar ahí, ¿recuerdas? No quiero verlo. Diré que tengo parte en el asunto y que quiero compartir el castigo.

— Sin duda te pareces a él, en lo estúpido. Aunque les reconozco que son valientes.

— ¿A quién?

— No importa, apresúrate.

Caminé tras él hasta llegar con el profesor de Atletismo, el tipo parecía complacido de tener miembros nuevos. La prefecta pasó asistencia y las miradas de sorpresa de los abusones amigos de Tatsumi me intimidaron un poco. Sin embargo lucieron complacidos cuando Tatsumi explicó que yo quería compartir el castigo.

No sabía en qué me metía, nos pusieron a darle vueltas a la pista, diez largas vueltas que parecían hacerme desfallecer, a mí y a todos. Ese fue sólo el inicio, hubo rodadas, brincos, sentadillas y cuando el profesor me vio caer al suelo rendido con falta de aire, liberó a todos. Una hora y media de ejercicio exhaustivo.

Varias veces tuve ganas de llorar, de pedir clemencia y volver a mi amado club de ajedrez, no obstante el mirarlo tan decidido, compitiendo contra los demás, me forzó a seguirlos, aunque no podía hacerlo de cerca, ya que ellos tenían mejor condición que yo. Nos tendimos en el suelo todos, ni el agua nos tranquilizó el calor que producía nuestro cuerpo por tanto ejercicio forzado. De pronto se levantaron todos menos yo, no podía mover un solo músculo.

— ¡Levántate marica! — Dijo uno de ellos. Tatsumi me miró negando con la cabeza y sus ojos parecían estar tan alerta se dirigió a mí y soltó una patada leve a mi brazo en el piso, que me hizo entender el plan:

— ¡Vamos Morinaga, defiende tu orgullo! Todos pasamos por lo mismo y no veo a nadie lloriquear más que a ti.

Respiré profundo, sus palabras no ofendían, parecía más bien demostrar que yo estaba ahí por voluntad propia, junto con el hecho que los bravucones debían saber que yo tenía agallas. Con trabajo me levanté hasta caminar a las duchas ante las miradas de los tipos que me ignoraron en cuanto me vieron de pie.

Tatsumi no me ayudó a caminar, no me consoló como solía hacerlo Masato sempai y a pesar de eso sentí que me había apoyado. Luego de una ducha caliente los ánimos volvieron a mí un poco, mucho más cuando nos dejaron ir y nos fuimos a comer juntos. Nunca una comida había sido tan suculenta hasta esa que comí desesperado. En las clases el cansancio parecía desconcentrarme, hasta que un caramelo golpeó mi cabeza. Tatsumi había lanzado el mismo desde su asiento que estaba tras el mío, en una fila contigua. No comprendo cómo supo pero ese dulce me ayudó a concentrarme.

En las clases que restaban, me comí algunos dulces que me regaló amablemente, hasta que mis ojos pesaron demasiado y cuando los abrí estaba en un lugar extraño, Tatsumi estaba sobre mí en el suelo, sus piernas se recargaban en las mías y traía un pijama, me miraba tan fijamente y de pronto dijo:

— ¿Entonces no estás molesto?

Sin pensar yo respondí:

— Claro que no.

Pero sus ojos miel, se hacían tan emotivos, tan deseable su boca, mi corazón palpitaba emocionado. Anhelaba besarle y hacerle cosas de esas que jamás había hecho.

— Si es así… gracias. — respondió, mientras que aquella urgencia se apresuraba dentro de mi y yo era capaz de contenerme dolorosamente. Detener mi… ¿amor? Tenía aquellos sentimientos que no era míos pero que de alguna forma…

— Me alegra oír lo que en verdad siente… Sempai, lo siento, siempre soy una gran molestia forzándote. Pensé tantas veces en darme por vencido. Hasta hace poco incluso.

—Morinag…

— Pero no más. Será difícil, en realidad no sé cómo… — Entonces desde mi pecho, esa calidez tan agradable salió en palabras: — En verdad me gustas mucho. Desde ahora…

Y sus labios, aquellos delgados y suaves, se unieron a los míos, no porque yo los forzara, sino que él lo quería así, tan profundo e intenso que me sentí deseoso de tantas cosas.

— ¡Morinaga! ¡Despierta que la clase acabo!

Abrí mis ojos en la escuela y ahí estaba él cerca de mí, toqué mi boca pues casi podía sentir el calor de la suya sin que estuviera siquiera tocándola.

— Sempai… — Dije sin pensar cuando se sonrojó completamente y se alejó de mi mirando a otra parte. Aclaré mi garganta y me quité esa sensación de ensoñación tan profunda que me confundía la realidad. — Es cierto todavía no te lo he dicho. ¿Podrías venir a estudiar a mi casa? Necesito ir por mi hermanita a la escuela y no puede quedarse sola.

— Oh... si… vamos, me da igual.— Respondió de forma extraña. — Sólo que debo avisar a mamá o seguramente me hará un drama.

Tomó su celular y se apartó un poco. A duras penas me levanté, mi cuerpo parecía entumecido, y cuando finalizó su llamada caminamos juntos de la misma penosa forma arrastrando los pies, el ejercicio exhaustivo sería una penitencia.

— ¡Tetsu! ¿Por qué no viniste al club de ajedrez y qué te ha pasado? ¿Esos abusones los golpearon?

Entonces me percaté que no había pensado en sempai Masato desde la jornada tan trabajosa, además de llamarle sempai a mi pupilo Tatsumi y por supuesto que verlo me hacía sentir un poco triste pero no era nada que no pudiera manejar:

— Resulta que me uní al club de atletismo, necesito estar cerca de Tatsumi porque tiene problemas.

— No tengo problemas, yo estoy bien. — Aclaró Tatsumi a mi lado.

Sempai Masato se quedó parado mirándonos con dudas en sus ojos hasta que respondí algo más sincero:

— Tengo que aprender a defenderme y ganarme el respeto de esos bravucones, por eso decidí unirme a ellos en ese club.

— Ya veo… creo que eso es algo bueno. Como sabes yo entreno todos los días, justamente ahí conocí a mi novia. Por lo visto apenas pueden con sus almas. — dijo en tono burlón sempai Masato.

Me dolió cuando escuché mencionar a su novia, algo parecía romperse en mi corazón al saberle de alguien más, si jamás solía mencionarla. Y así me jaló de la camisa Tatsumi:

— Vamos que tu hermana seguro no debe tardar en salir de la escuela.

— Bueno chicos los dejo. — Se despidió Masato alejándose por el pasillo.

Justo en la entrada de la escuela, esperaba por nosotros un automóvil, una mujer se bajó y abrazó efusiva a Tatsumi que le devolvió el gesto, no podía creer que semejante tipo pudiera verse tierno demostrando su afecto, sólo en esos sueños raros que solía tener.

— Muy buenas tardes, soy la madre de Souichi, Tatsumi Aoi, mucho gusto Morinaga, es un placer conocer al tutor del que tanto habla mi hijo.

La mujer de ojos expresivos me observó sonriente y amorosa, tenía esa ternura que mi propia madre poseía, además su amabilidad. Lo que más me asombró fue que Tatsumi solía hablarle de mi a ella.

— Mucho gusto. Morinaga Tetsuhiro y puede decirme por mi nombre señora Tatsumi.

— Me parece muy bien Tetsuhiro, pareces ser todavía más encantador de lo que imaginé. Ahora entiendo porque haces que mi pequeño te haga caso.

— ¡Mamá! ¿Podemos irnos ya? — Nos interrumpió molesto.

Una risita burlona de la mujer me contagió su entusiasmo. Subimos al vehículo e indiqué la dirección de la escuela de Namiko.

— Veo que tu entrenamiento ha sido difícil. Pero tú pediste que fuera un castigo y supongo que lo ha sido. Lo que me pregunto es porque Tetsuhiro ha sufrido la misma penitencia. — Cuestionó la mujer.

— Yo lo he pedido así, debo aprender a defenderme y el problema comenzó por culpa mía.

— También eres valiente, me alegra que tenga una influencia positiva mi hijo.

— Y sí que le hacía falta. — me reí.

— ¡Dejen de ser tan groseros! ¿No ven que yo estoy aquí?

— No te enfades mi pequeño, ya verás que con las asesorías todo saldrá bien.

— Yo creo que su hijo sólo necesitaba unas horas de estudio, porque no ha requerido muchas explicaciones. Es muy inteligente y aprende demasiado rápido. Además es mejor que yo en el ajedrez.

Debía decirle a su madre lo bueno que era, así como yo quería que mamá lo supiera de mí y me alegró ver esa sonrisa de la mujer. Sin olvidar el gesto de Tatsumi que me miró de cierta forma peculiar.

— Me alegra saberlo, yo siempre supe que mi hijo era muy listo, sólo que es algo disperso y su energía estaba mal enfocada. Sigue cuidando de él por favor.

— No es nada señora. Le agradezco los almuerzos, si usted no nos mandara tanta comida, sería muy pesado el estudiar.

Bajé por mi hermana y a ella le sorprendió que nos trasportaran hasta casa de esa forma, ya que solíamos caminar. Así me encargó cuidar de su hijo y además de que pasaría por él más tarde. Me alegró mucho ver a una madre tan comprometida con la educación de su hijo y sobre todo tan amorosa como la mía propia.

Esa tarde nos sentamos a estudiar a la mesa, al tiempo que preparé la cena, expliqué algunas cosas y piqué verduras, corté carne y vigilé los guisos. Todo hasta que mis padres llegaron. Mamá saludó con amabilidad a mi visitante, sin embargo papá lo miró con recelo, no entendí la razón de aquello, a pesar de que Tatsumi fue bastante cordial, con su saludo tradicional, y con sus ademanes educados. Jamás imaginé que él pudiera comportarse de acuerdo a la ocasión. Y así como yo lo veía actuar, me confundían demasiado ese par de sueños que había tenido con su persona.

Un par de horas de estudio se acabaron a prisa y la señora Tatsumi entró a mi casa a recoger a su hijo, saludó a mi familia y luego se marcharon juntos.

Aquello había sido el inicio, pues todo se empezó a poner demasiado raro. Claro que yo tenía ciertos sentimientos por Masato sempai, a pesar de ello durante la práctica de atletismo el simple aroma de Tatsumi me ponía incómodo, me gustaba mientras le observé correr sudoroso, mientras nos pusieron a estirar en una colchoneta a todos juntos y mucho más al sentir su tacto haciendo abdominales en equipo. Pero me centré en mis deberes, solía ser constante, buscaba sobresalir; así que con mi esfuerzo más grande, pues desde temprano no podía moverme bien con el cansancio en piernas y brazos, el dolor por excederme más allá de mis límites en el ejercicio que me impedía caminar.

Aunque verles a todos, a los bravucones caminar exactamente como yo y entrenar duro, me impulsó a no cejar en esas metas de superación. Por supuesto, mi cuerpo pagaba las consecuencias, me sentía un poco agotado en las clases subsecuentes y darle clases en casa a Tatsumi nos cansaba todavía más a ambos. Toda la semana nos esforzamos, hasta que llegó el viernes y mis piernas no dolían tanto. Podía mantenerme despierto y pensar en otras cosas aparte del estudio, sin duda podría ver un programa en la computadora, pues los anteriores días me iba de inmediato a dormir. El timbre de la puerta se escuchó, Tatsumi y yo nos miramos, seguro que era su madre que venía por él. Mamá abrió la puerta y como los anteriores días la invitó a pasar.

Tatsumi levantó sus cosas mientras mamá hablaba con la señora Aoi y cuando él se paró a su lado se sonrojó sin salir, de pronto la mujer se dirigió a mamá y a mi:

— Me gustaría saber si podría dejar venir a su hijo el fin de semana. Mi esposo y yo lo llevaremos al parque acuático y reservamos dos habitaciones dobles, así que me gustaría que nos acompañara su hijo pues creo que el mío se divertirá más si va con alguien de su edad. Además parecen llevarse bien y es la primera amistad que puedo aprobarle, me alegra no verle con esos vagos.

— ¡Madre! ¡Nunca he dicho que iría al viaje!

Mi familia era de pocos recursos y el parque acuático era algo que yo tenía muchas ganas de visitar y jamás había pedido algo a mis padres, al verles sufrir de pagar cuentas entre otras cosas. Además, por alguna razón me agradaba Tatsumi y pasar un tiempo con él lejos de los estudios me hizo sentir de cierta forma emocionado. Todos excepto Masato, solían alejarse de mí al creer que era presumido por mis notas perfectas. Nadie más que mi aprendiz y mi ex sempai podían hablarme como una persona cualquiera. Me sentí egoísta y respondí:

—Me gustaría ir. — Y sonreí esperando escuchar las palabras de la señora o de Tatsumi.

— ¡Cómo quieran, yo esperaré afuera! — Con un suspiro disgustado Tatsumi habló y luego salió fuera del departamento.

— Mi hijo es un poco remiso a todo, no se preocupen. Pero le agrada Tetsuhiro, no creo que sea una molestia para él. — así las amables palabras de la señora me hicieron sentir feliz.

Mamá le preocupó un poco pero accedió luego de ver a la señora Tatsumi hablar y se me permitió acompañarles.

Temprano llegaron por mí en una camioneta, en la cual el señor Tatsumi nos dejó en el aeropuerto pues debía trabajar. Lo que más me sorprendió es que supuse que iríamos a un sitio cercano pero fuimos hasta la prefectura Miyazaki en un enorme y famoso lugar llamado «Seagaia». Observar aquello era increíble, arena artificial y clima, incluso Tatsumi que no parecía entusiasmado en todo el camino y lo miré leer, se maravilló al igual que yo. Dos días serían de estar ahí y conocer ese enorme lugar.

— ¡Muchas gracias señora Tatsumi!

— Puedes decirme Aoi por favor, y vayan a divertirse.

El lugar me hizo olvidar el tipo serio que era mi kohai y tomé su mano para correr a los vestidores, de ahí con el dinero que nos dio la señora Aoi rentamos un lugar para las cosas, mi primer amigo pues aunque me regañó al llegar al vestidor, parecía estar de cierta forma sonrojado cuando solté su mano. Y sonreí, sonreí más cuando me duché y salí con mi traje de baño. Volví a llevarle afuera mientras se ataba el cabello mojado y traía una toalla en sus hombros:

— ¡Vamos, porque te secas si te vas a mojar otra vez!

— ¡Demonios espera!

Pero no escuché y lo llevé hasta la playa artificial. Una vez ahí, me quedé maravillado, ya había leído sobre ese lugar que aunque está al lado del mar conserva una temperatura agradable en el agua todo el tiempo y es enorme.

— ¿Ahora qué rayos esperas Morinaga? ¿No decías que querías entrar al agua?

Volví a verle mientras colocaba el bloqueador en su piel y se veía feliz como yo. Así que dejé mi toalla y sandalias en la arena. Lo vi acomodar su toalla para tomar el sol y se recostó ahí mientras yo corrí al agua.

— ¿No vendrás?

— No gracias, creo que voy a relajarme aquí un rato.

Me molestó su actitud, parecía un tipo amargado que no quería divertirse, así que antes de entrar al agua le arrojé arena a distancia. Su mirada encendida y enfadada me dio pánico. Corrí de inmediato ante su furia, me arrojé al agua y nadé con fuerza. De pronto lo tenía jalando mi pie, mi fuerza contra la suya, revolcados en la arena luché contra él y las olas artificiales, hasta que quedamos en la orilla, donde el agua apenas llegaba a tocar mi cabello y él había dejado ese gesto malhumorado, pues me observaba de cerca con sus manos a los lados de mi, su cabello caía sobre mi sin la liga.

Algo en él, en sus orbes miel que decían tantas cosas en los pocos segundos que me miró fijamente. No sabría explicar aquello, como si los sueños donde me posesionaba de él, pudiera reflejarlos en esa sola mirada. Mi corazón latió en mis oídos, mi cuerpo se sintió caliente y me avergoncé completamente.

— Souichi… — Dije su nombre rompiendo el encanto pues tomó arena y la arrojó a mi rostro:

— ¡Miserable bastardo! Me arrojaste arena a los ojos.

Se levantó y entró al agua. Lo seguí para disculparme y sujeté su mano en la parte donde el agua nos llegaba a la cintura.

— ¡Suéltame Morinaga!

— No te enfades, lamento haberte molestado.

— ¡Sólo aléjate de mí!

— ¡Tetsuhiro, Sou! Compré una pelota para jugar — La voz de la señora Aoi nos llamó.

Esa mujer era tan activa y divertida, nos puso a jugar los tres con la pelota, incluso lo miré reír, su madre era la única que podía sacarle ese gesto de.. ¿nostalgia y felicidad? No sabría decirlo, simplemente me reí como nunca, corrí tras la pelota, nadé en competencias a su lado. Y toqué sus manos varias veces con esa sensación tan rara. Lo miré bajo el agua y compartimos un helado pues ambas bolas de su helado cayeron al suelo, de modo que le coloqué una de las mías a su cono vacío. Chocolate, eso es lo que había en la comisura de su boca y por un instante desee como en los sueños el probarle. Entonces me percaté que me gustaba… bastante aunque era un rebelde alocado y sin causa.

Ahí en la sombra mientras comíamos en el restaurante, me dio comezón la espalda, por lo que retiré una toalla húmeda que traía y la mirada atónita de los Tatsumi me incomodó:

— ¿Tetsuhiro… De casualidad no te pusiste bloqueador? — Preguntó la señora Aoi.

— Creo que no.

— Pues tienes una quemadura de sol tremenda por toda la espalda y hombros. No sé cómo no me fijé antes.

Cuando la señora lo mencionó, toqué mi piel y ardió, se sentía caliente. Resulta que la toalla húmeda refrescaba mi piel y por esa razón no me ardía. A pesar de eso, no estaba dispuesto a que nos marcháramos, ya que era una oportunidad única el estar ahí, además de que la tarde caía mientras reposamos la comida charlando en la arena bajo la sombrilla y de esa forma el sol se ocultaba sin seguir irritando mi piel.

Más tarde, agotados luego de todo el día, la señora nos llevó a las habitaciones que había rentado, no sin antes ordenar todo cuanto pudiéramos pedir de cenar. El servicio a cuartos llegó mientras ella se marchó a la habitación frente a la que compartiríamos. Sin olvidar que me dio la medicina para quemaduras de sol que me compró.

Por más que intenté ponerla en mi piel luego de ducharme, no alcanzaba todas las zonas de mi espalda; razón por la cual, salí sin camisa hasta donde él leía en su celular. ¿Leía? Y así era pues me percaté que había puras letras sin colores como en las redes sociales, o sin dibujos de chistes o cosas por el estilo.

— Tatsumi…

Pero no respondió, estaba muy metido en el libro que revisaba.

— Souichi… ¿podrías ayudarme?

Siguió sin responder hasta que me senté a su lado con el frasco de la pomada y pasé mi mano cerca de su cara.

— ¡Qué demonios quieres invadiendo mi espacio! ¡Largo a tu cama! Suficiente tengo con compartir la habitación con un pervertido como tú.

— ¿Pero por qué me llamas así? Necesito tu ayuda y pensé que si yo he sido tu tutor debías ser un poco agradecido y hacerme un favor.

Me miró con desagrado y respondió:

— ¿Bien, qué quieres?

— Necesito que me pongas la pomada en la espalda, es que no alcanzo a ponérmela.

— De acuerdo…

Me di la vuelta y sentí la fría pomada aliviando el ardor que me quemaba la piel y sus suaves manos que recorrieron de una forma tranquila, para nada supuse que lo haría así. Esa sensación extraña burbujeó por mi cuerpo haciendo que volteara a verle directamente a sus ojos miel que en ese momento me resultaron sumamente seductores…

— Sempai… — Expresé instintivamente y sus labios se unieron a los míos.

Mi primer beso tan sensual, tan maravilloso, aunque jamás había planeado besarle, mis manos tocaron su rostro y me asombré de tenerle así. Pero se despegó de mi boca y sus ojos tenían esa mirada tan triste. Sin decir una palabra sentí desde él decepción.

Me levanté de inmediato y me di la vuelta, entendía que era muy tonto que me correspondiera alguien. Estaba mal ser como yo era, así que me recosté en mi cama y le dije desde ahí sin mirarle:

— Lo siento, nunca he querido molestarte con lo que soy, no le digas tu madre, no quisiera que ella se decepcionara como mis padres que sólo suponen mi preferencia.

Y el silencio que nos rodeaba me dejó escuchar casi un murmullo de su voz:

— No es eso… Es que… esto no es un sueño… y tú… tú no eres él.

— ¿Quién?

— Quiero volver a casa… y temo que es imposible… Al principio pensé que si dejaba pasar algunos días simplemente despertaría ahí, pero no ha pasado y luego está mamá y también estabas tú, pero no eres él... Quiero ir a casa…

Sus palabras tan extrañas que parecían conmover mi alma, mi corazón bombeó taciturno al escuchar sus incoherencias. ¿A casa? ¿Era que no le gustaba estar en la prefectura de Miyazaki? ¿Y quién era ese que mencionaba?

Me levanté preocupado para decirle que no tenía por qué quedarse a compartir conmigo la habitación y mucho menos la obligación de seguir en un viaje que no le resultaba placentero.

— Lamento que te obligara a venir la señora Aoi. Si tú lo quieres, mañana le diré que me siento muy mal por las quemadas, así podrás volver a casa para verlo.

— No lo entiendes chiquillo tonto, yo vengo del pasado, no soy quien tú crees. Soy mi propio descendiente y te confundí con alguien que conozco, es tu nombre, tu voz, tu cabello. Pero por supuesto que no eres él. Y esto es tan desagradable, tan molesto… Tengo miedo de no poder volver, ya que no sé cómo y no sé por qué ocurrió esto. ¡Y maldita sea! ¡Olvidé quién era! ¡Estúpidamente me envolvieron sus recuerdos y me dejé llevar a lo que él es! Alguna parte en mi cabeza me dejó creer que yo era él.

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Souichi 2016

Besé por primera vez a un hombre y me había gustado, él parecía guiarme, pude percibir sus nervios, deseaba arrancarle esos temores tan tontos que parecía llevar dentro. Todo eso que me encantaba corromper en cada cosa, liberarme de las ataduras sociales e ir más lejos, enfadar todo el mundo para demostrar mi valía. Escuché palabras y chasquidos de desagrado, de cuantos pasaron a nuestro alrededor y sentí ganas de molestarles más; aunque la lengua en mi boca me hizo olvidarme que hacía esto para ir contra las estupideces de la gente. Mi cuerpo, este cuerpo pedía a gritos de forma lasciva más de eso. De pronto la sangre fue a una zona incómoda y casi me reí de aquello, pues de verdad un hombre producía en mi emociones. Mucho más uno tan sumiso y complaciente, yo deseaba verlo profano como parecía no podía ser, quitarle sus tontos prejuicios y demostrar que íbamos a trasgredir cada estúpida norma impuesta. Pero me jaló apartándonos de las personas. Así que tenía muchas ganas de hacer cosas que como un adulto, ya que ahora podía sin que nadie me lo impidiera, primero que nada ponerme una borrachera a morir. De modo que compramos mucho alcohol y en casa beber no era igual que hacerlo a escondidas, menos con ese tipo mirando de una forma extraña. Así que mis labios y los suyos terminaron unidos, en mi cabeza tantos recuerdos de hacer eso eran más que agradables, no comprendí porque mi otro yo solía negar para sí, el hecho de que le placía sentir tantas cosas. Cada uno de sus recuerdos se apresuraron cuando acarició mi piel y quería más, sentir eso mismo que mi otro yo. Sin embargo el alcohol nos dejó noqueados.

Al siguiente día, estaba cansado de su fastidiosa actitud sumisa ante todo, así que me decidí a cambiarle y gran fue mi sorpresa con Morinaga que hacía cosas que me provocaban reacciones indescriptibles, pero que mi cabeza decía estaban muy mal. Demasiados recuerdos con sexo, con el calor de su cuerpo y esa forma de posesionarse de mí que comencé a fantasearlo, no obstante, a la vez me aterraba terriblemente que de verdad lo hiciera. Mi primera vez teniendo sexo y no sería con una mujer, aunque eso era lo de menos. De todas formas me enfadaban las reacciones que producía en mí, la mente del tipo que yo suplantaba me indicaba que resistir los impulsos era fundamental para mi salud mental, que debía avergonzarme de los actos profanos de Morinaga, esos que tanto me agradaban.

Lo malo de todo, es que ese tipo parecía mi madre en algunas ocasiones, fastidioso y poniéndome a estudiar. Detesté su actitud mandona, hablando del futuro y las consecuencias. Las mismas frases: «Debes estudiar para llegar lejos» «Si no estudias y aprendes perderás lo que has logrado» Eso y además sobre mi puesto en la universidad que peligraba. Eso me atemorizó sin saber porque, de modo que estudié un rato en una rudimentaria computadora, de esas de museo. Lenta y no me permitía buscar cosas interesantes, de hecho no tenía con quien hablar y las redes sociales no servían si no había personas para hacer desastres.

Todo el día, cada minuto que pasé con ese tipo me sentí atraído, podría ser este cuerpo, pero las emociones fluían de cero a cien al recibir una de sus miradas, uno de sus cálidos gestos que enloquecían mis sentidos. Morinaga me deseaba tanto como yo a él, y me pregunté por qué le nombraba así de cuando en cuando, si él había autorizado que le dijera su nombre. Pero parecía ser prohibido y sensual en mi voz.

Por la noche, al volver a casa me tomó entre sus brazos, su habitación se hacía dispersa cuando me besaba. Excitado y duro respondí tocando su espalda, procurando denotar lo mucho que le deseaba, olvidé al miedoso que yo era por este cuerpo y me aventuré a corresponder metiendo mi lengua como solía hacerlo cuando besaba a las chicas en mis pocas experiencias en besos. Mis manos desabrocharon mi propia camisa y de pronto preguntó:

— ¿Sempai de verdad eres tú?

Así que debía hacerle saber que no estaría con aquél sino conmigo, no tenía que preocuparse por sentirse rechazado pues yo le deseaba:

— No… yo no soy su sempai, pero me usted gusta. Yo vengo de otro lugar dónde seguramente él está.

Sus ojos, esos verdes ojos parecían rotos, destrozados como si pudieran engañar a su verdadero amante, me dolió, me sentí frágil, así todavía duro por sus caricias y enfadado por su rechazo, pues me apartó y se marchó a la ducha.

¿Qué más quería de mí? ¿Acaso no había demostrado lo mucho que podía aceptarle? ¿Por qué me rechazaba?

Pero más que otra cosa, adoraba los retos, todo aquello que me era prohibido me resultaba más que interesante y si el tipo aburrido de este cuerpo podía tenerle, ¿por qué yo no?

Tenía poder adquisitivo, tenía inventiva y nadie había podido resistirse ante mí, puesto que todas las veces que me gustó alguna chica terminó besándose conmigo, aunque por alguna razón jamás desee más que besos y me molestaba que no podía sentir nada cuando ocurría. Nada, más que con él, sin duda poseía algo que yo quería.

La decisión no era suya, me pertenecía sólo a mí, así que esa noche me dormí pensando en lo que haría para hacerlo caer, lo quería ver rendido y no cejaría un instante hasta que suplicara por hacer aquellas cosas. Yo debía hacerlas en vez de él, sin embargo ¿cómo podría? Me daba miedo cada paso, era mucho mejor que todo lo hiciera él. Deseaba probar lo que el placer podría hacer de mí, más allá de los recuerdos que mi cuerpo me dejaba ver.

Una de mis manos bajó entre mis calzoncillos, recordé sus manos tan hábiles y las imité mientras abrí mis piernas para tocar esa zona, difícil tocar justo ahí dónde podía deshacerme de placer, no entendí cómo, pero mi cuerpo suplicaba por lo que podía darme Morinaga. Entonces, encontré ese punto y al presionar simplemente gemí y se me nubló la visión. Me había corrido de una forma tan intensa, a pesar de que mis memorias me dictaban que podía ser todavía mejor con las manos de él y con su pene dentro de mí. Demasiada vergüenza en los prejuicios del tipo que se suponía yo era, no obstante no me apenaba nada a mí, al contrario, la curiosidad se sembró en mi cabeza mientras me relajé hasta dormir.

Temprano la luz del sol me indicó que debía levantarme, cómo si no me desagradara pararme temprano, este cuerpo no podía dormir muchas horas como solía hacerlo yo. Además el aroma de la comida era increíble.

— ¿Ya está el desayuno? — Pregunté intentando recibir una sola de sus miradas.

— Buenos días sempai. Por supuesto, toma lo que gustes.

— ¿De nuevo sólo hay café?

— ¿No te agrada el café sempai? Siempre te gustó. — Los ojos que me miraron un instante volvieron a sus reflexiones y me enfadó. ¿Cómo podía querer a ese hombre que solía golpearlo frecuentemente? Debía apreciar que soy distinto.

— Sólo porque de vez en cuando necesito tomar un poco de leche, no quiere decir que sea alguien distinto. — Rectifiqué pues me dio miedo ser rechazado. Pero no debía temer si yo era mejor… o eso suponía.

— Lo sé sempai, más tarde compraré un poco de leche.

Así partimos a la universidad, sería otro largo día estudiando y suspiré hasta que pasamos por un puesto de flores. Recordé que era un truco muy simple el convencer una chica con un detalle así.

— ¿Morinaga puedes comprarme unos cigarrillos mientras ato las agujetas de mis tenis?

Sonrió complaciente y fingí agacharme a mover las agujetas hasta verlo entrar en la tienda. Compré un ramo de flores uno de los más vistosos y que tuviera flores de varios colores. Me sentí poderoso con mi cartera que tenía bastante dinero, no había problema que no pudiera resolverse con detalles. Me coloqué recargado en la pared de la salida del lugar y esperé a que saliera a buscarme. Entonces toqué su hombro y me puse en una rodilla con el ramo hacia él.

— Son para ti Tetsuhiro, no sabía cuáles son tus favoritas.

El gesto sonrojado, emocionado y más que nada sorprendido. Sonrió amorosamente y luego se avergonzó de las miradas de desagrado en los demás.

— ¡Qué carajos miran! — Grité.

Tomó mi mano con la suya y me jaló a prisa sin soltar sus flores.

— Sempai, aprecio el gesto, es sólo que no me gusta atraer la atención de esa forma, además me preocupa que usted se comporta tan distinto. Tengo miedo de que jamás pueda volver a la normalidad.

— ¿Si eso sucediera, te apartarías de mí?

— No podría apartarme de ti sempai, porque yo te amo, pero te extrañaría mucho.

— No puedes extrañarme si aquí estoy, y menos si dices amarme. A menos que sea mentira, eso demostraste ayer a mi parecer.

— Espera un tiempo, estoy seguro que tus recuerdos volverán. El médico dijo que recordabas bastantes cosas y que no había algo malo en tu cabeza. Sin duda muy pronto volverás a la normalidad.

Suspiré enfadado, no me amaba a mí sino al tipo que solía ser, eso significaba que no habría sexo, ni nada hasta que lo convenciera de ser el tipo ese, o pudiera conquistarlo. De modo que lo más falible, era ganarme su aprecio, no podía ser el sabelotodo, puesto que debía estudiar demasiado.

Al llegar al laboratorio tenía en la cabeza otra de mis armas garantizadas para conquistar. Tomé un cuaderno de apuntes que tenía en el escritorio mientras que trabajaba y me senté con la computadora portátil fingiendo estudiar en el aula virtual, mientras que escribí unas líneas en rimas forzadas:

«Por tu sonrisa…

Por tu sonrisa surcaría los cielos,

ya que conoces todos mis anhelos.

Pídeme ahora que venda mi alma

que me quiten hasta la última gota de calma,

Sólo si puedo volver a tenerte entre mis brazos

pues me conformaría con tus desprecios.

Pero ven a mí, entrégate sólo un poco

que sin ti siento que me vuelvo loco. »

Al terminar la última frase supe que yo era un poeta, y no habría forma de que se resistiera. Ahora debía aguardar por un momento propicio para que funcionara, seguramente lo mejor sería en casa por la noche para tenerlo rendido a mis pies.

Aunque no había un solo recuerdo de nosotros teniendo algo en el laboratorio, más que besos y todo era por mi culpa. Me encargaría de cambiar cada aspecto idiota de seguir reglas y todo eso. Nadie iba a decirme qué hacer o no con mi ¿novio? Eso debíamos ser si teníamos sexo y vivíamos juntos.

Me puse a estudiar pero en mi cabeza rondaba esa pregunta que no me detuve a expresar:

— Morinaga.

— ¿Qué sucede? ¿No entiendes alguna cosa? Dime y yo te la explico.

— No es eso. Quiero saber si eres mi novio.

De pronto comenzó a reír a todo pulmón, el laboratorio retumbó ante sus risas y me hizo enfadar su estupidez, por lo cual lo golpee en la cabeza como solía hacerlo mi otro yo.

— A decir verdad creo que eres tan lindo sempai, es tan extraño tenerte así. Y de todas formas creo que podría enamorarme de ti de cualquier forma, quizá en otra vida amaría que fueras así, porque ahora extraño tu antiguo yo.

Se aproximó hasta mí y me besó la frente. Ese gesto me pareció tan raro, aunque sus palabras me dieron esperanza. ¡Claro! Se tenía que acostumbrar y estaba avanzando terreno a cada momento, mi poema sería lo que lo llevaría a amarme y por tanto entregarse a mí.

Cada gesto galante que mamá me enseñó llegó a mi cabeza, él sería mi dama y yo sería su caballero.

La tarde fue lenta en su salón de clases, luego volvimos a terminar algunas cosas hasta que supliqué por volver a casa y a cenar. Me preparó la cena mientras que yo me senté a mirar el televisor, algo extraño era ver aquellos programas antiguos sobre una sociedad distinta a la que yo conocía.

Al terminar de cenar, recordé aquella hoja en mi bolsillo y la saqué emocionado recitando las palabras sentado a su lado en el sillón:

— Este poema lo escribí pensando en ti. — Expresé al final y observé sus ojos llenos de lágrimas.

— ¿Dije algo malo? — Pregunté temeroso por su actitud.

— Es el detalle más lindo que has tenido conmigo. Gracias…

Se aproximó hasta mí y me besó de una forma muy distante pues no puso su lengua en mi boca.

— ¡Qué rayos fue eso carajos!

— Lo siento sempai, no pensé que le molestaría un beso.

— ¡Estoy harto de tu jodida actitud! Ahora iremos a tu habitación y vas a hacer eso que siempre haces.

— Sempai, creo que fue mi imaginación de pervertido pero ¿acabas de exigirme tener sexo?

— ¡Si serás imbécil! No fue tu imaginación. Ahora vamos porque yo quiero hacerlo.

Sonrió un poco confuso y luego se puso serio:

—No puedo hacerlo, no hasta que vuelvas a la normalidad.

— ¡Porque demonios quieres que vuelva a ser ese loco amargado y miedoso!

— No sé explicarlo muy bien, pero el amor es algo confuso. Existe el amor a primera vista como el que yo sentí por ti la primera vez que te vi, pero las experiencias y las memorias que hicimos juntos son lo que me hicieron amarte de forma madura. Sin ellas sería como empezar nuevamente y yo quiero esperar un poco, porque sé que volverás a la normalidad.

— Pues yo no quiero, y tú siempre has estado diciendo que me amas y que no te vas, insistías para tener sexo y ahora te portas así. ¡No lo acepto! ¡Tú eres mío!

— De acuerdo, te dejaré hacer lo que tú quieras… ¿Dime qué cosa quieres hacer?

Me acerqué hasta él y usé mis labios para besarle, entonces pensé poner mi mano justo ahí entre sus piernas pero el aire me faltó y no fui capaz de tocarlo. Era mi primera vez y no sabía lo que debía hacer, tenía miedo que doliera. Quería ahorcarlo justo ahí por sus imprudencias, aunque no había ninguna, sólo mis temores.

Sentí rabia, así que me levanté hasta mi habitación, pero le dije antes de entrar.

— ¡Esto no se ha acabado!

Me tendí en la cama a pensar un plan, no había alguien más listo para obtener sus deseos que yo, era cuestión de pensar y adentrarme en esos recuerdos para conocer su debilidad. Cerré mis ojos con tal de recordar algo, sin éxito, hasta que me quedé dormido.

La mañana siguiente recordé mis sueños, los que me indicaron la debilidad más grande que ese sujeto tenía, era yo, unas pocas caricias podían hacerle temblar y ponerse amoroso. Tenía que hacerlas a cada momento hasta hacerle ceder a mis demandas. Era eso o … hacerle yo las cosas que no fui capaz la noche anterior. Para empezar la guerra, era perfecto acostumbrarme a las caricias y todo eso, después de todo era mi novio aunque no fuera oficial. Por esa razón, me asee y me dirigí a la cocina hasta tomar su rostro con ambas manos deteniendo su labor y lo besé. Metí mi lengua que se topó con la suya y tantas emociones podían desbordarse en mi cuerpo, que en placer anhelaba fundirse al suyo.

Por supuesto, ese sólo era el principio de todo y nada podría detenerme de obtener más y más, quién sabe… tal vez sería mejor que yo lo penetrara por la noche, en vez de dejarlo a él.

Cada momento y lugar era propicio para tocarlo, tomé su mano y se sonrojó al caminar soltando mi mano y poniendo la suya en mi hombro de forma fraternal. Demasiado inteligente, a pesar de eso no tanto como yo que lo abracé por la espalda, un gesto idiota que aprendí de mamá y papá. Pero cada cosa que se me ocurría no era tan mala si la hacía con él.

— Sempai… disculpe… no es que me moleste pero debo trabajar y no puedo hacerlo si lo tengo sujeto de mi espalda. Definitivamente esto es demasiado raro y tendré que llevarte a revisión mañana.

— ¡Idiota, no estoy loco!

— Jamás dije eso, sólo que tu comportamiento cada vez es más extraño y me preocupas un poco.

— No es extraño tomarte la palabra, ayer has dicho que podía hacer lo que yo quisiera contigo y en la noche si no lo haces tú, lo haré yo.

Morinaga sonrió de lado, parecía más que nada retador:

— De acuerdo sempai, si tú te atreves te dejaré hacerlo.

Guardé silencio, debía hacerme a la idea de tocarlo en aquella zona y no era fácil ir contra los designios impuestos por mis memorias, ni tampoco quitarme esos nervios de la primera vez. De modo que mientras me acostumbraba, iba a asaltarlo en todas partes.

Lo besé ahí cuando quise quitarme el aburrimiento, lo besé en la cafetería mientras que él intentó apartarme un poco y no lo dejé hablar con nadie en su clase pues lo jalé a besarlo otra vez. Me encantaba molestar a esos que les daba asco lo que yo hacía, era un deleite escucharles decir algo pues los reté a golpes a varios de ellos. El inconveniente era mi tonto compañero Morinaga que se disculpó antes de jalarme para apartarme de problemas que yo quería tener.

— ¡Qué crees que haces sempai! Nos van a expulsar si nos ponemos a pelear en la universidad. No podemos exponernos de esa forma pues nos arriesgamos a tener problemas.

— Para alguien que siempre dijo que su identidad era ser gay y que querías tener algo serio conmigo, eres un pelele.

— ¿Yo? Cuando recuperes la memoria vas a matarme y eso que no he hecho nada.

— ¿Pues no podría matarte si yo soy quien hace las cosas raras no? ¿Justo ahora dónde hay más gente en la universidad?

— Supongo que los que van al juego de básquetbol.

— Pues vamos también a verlo.

— No imaginé que te gustaran los deportes, seguro es con tal de evadir tus horas de estudio. De acuerdo vamos un rato y volvemos a trabajar.

Llegamos a las tribunas llenas de personas y el juego todavía no iniciaba. Antes de sentarnos grité a los presentes:

— Soy Tatsumi Souichi y estoy enamorado de este hombre, Morinaga Tetsuhiro y somos novios. — Me pregunté la razón para decir «enamorado». El tipo de este cuerpo al parecer no lo sabía pero estaba enamorado de él y yo podía reflejarlo y sentirlo también.

Lo importante de todo fue que al decir esas palabras, lo usual sería besarlo, así que con fuerza lo apresé antes de que escapara, ya que jaló mi mano que lo sujetaba y yo le di un tirón deteniendo su avance hasta besarlo por la fuerza, ahí frente a abucheos y algunas risitas. También había celulares grabando y todo ese espectáculo me hacía sentir ansioso pero a la vez feliz.

Morinaga no se resistió y me besó finalmente, luego les hice una seña obscena con el dedo medio a los que nos abucheaban para marcharnos del lugar.

En el laboratorio el idiota tenía lágrimas en los ojos y no dejaba de verme sorprendido.

— Gracias sempai, creo que jamás olvidaré esto aunque termines por matarme cuando recuperes tus recuerdos.

Entonces pensé que tal vez debía decirle todo, que yo provenía del futuro, sin embargo podría ser malo, me llevaría al hospital y no precisamente a revisión. Así que me limité a besarlo, hasta que él me separó y cada uno comenzó con sus actividades.

Esperé pacientemente hasta llegar a casa, las miradas tiernas me decían que obtendría lo que buscaba tan afanosamente en nuestro hogar, y en su cama. Así que luego de la cena rompió el silencio que me tenía un tanto tenso:

— Sabes… creo que me gustas sempai y me alegra que todo eso venga dentro de ti. Así que si respondes esta simple pregunta adecuadamente, voy a conceder tu deseo, porque es algo sencillo que debes saber sobre ti. ¿Cuál es tu postre favorito?

— Pastel de chocolate.

— Respuesta equivocada… porque a ti no te gustan las cosas dulces.

— ¡Estoy cansado de este juego! ¡Te lo dije y no pareces entender! Yo no soy ese tipo, y no iré a ninguna parte, así que vas a tener que aceptarme, porque no creo que él vuelva o ya lo habría hecho, ¿No crees?

— Yo estoy seguro que volverás a la normalidad, así que seré paciente, mientras tanto creo que debes ponerte al corriente con lo que él sabe, estás muy atrasado y si quieres que empiece a verte de la misma forma. La cosa que más me gusta de ti es tu inteligencia.

— De acuerdo… pero cada examen que yo acredite vas a hacer algo por mí.

— Lo haré si acreditas con la nota más alta o la anterior a esa. ¿Entonces vas a empezar con los exámenes del aula virtual mañana?

Suspiré y supuse que no iba a acreditar si no estudiaba.

— Primero necesito repasar lo que me falta, pero necesito incentivos.

— De acuerdo, pero sólo serán besos y en privado. Además quiero que intentes recordar.

Este tipo era un maldito chantajista, ¿Cómo podía arrastrarme por unos cuantos besos? Quería pensar que no valía la pena sacrificarme por tan poco, aunque mi cabeza decía lo opuesto.

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CONTINUARÁ…

¡Hola! Me costó trabajo esta continuación, como verán al inicio quizá está un poco pesado y era porque no daba con la parte correcta de la secuencia. Tengo claro el final, sin embargo es complicado saber cómo llegar a él, a pesar de ello confío en que les entretuviera y pasaran un rato agradable en compañía de ellos cuatro. He tenido que amarles, sentirme en sus zapatos para llegar a la forma en la que reaccionarían ante las situaciones. Por una parte el sempai que conocemos lleno de hormonas juveniles, perdiendo su esencia pues le gusta tener una vida al lado de la madre que perdió, se hace más paciente y tierno por supuesto. Por el otro lado tenemos a nuestro Morinaga que recibe gestos de amor por parte de esa persona especial, que sin embargo lo hacen dudar de que sea él, aunque pueda verlo y tenerlo complaciente. Creo que ambos merecían un poco de eso que les hacía falta. Por otra parte están los menores, ellos que deben aprender muchas cosas de la vida y sobre todo la fascinación hacia su alma gemela. De manera que supongo deben apresurarse a volver a su sitio antes de que terminen enamorados los menores de ellos. La pregunta es ¿Cómo podrá ser posible?

Agradecimientos a Gabriela Ibarra por la ilustración, ya que ha estado muy ocupada, de modo que le agradezco su valioso tiempo. Por supuesto también gracias a Yuki Shinonome que ha sido mi beta en esta historia, estaba en Hiatus hasta que me hizo volver jeje. Un abrazo a ambas. Y a ustedes mis queridos lectores por continuar esperando mis lentas actualizaciones.