Los miserables pertenece a Victor Hugo. Yo solo mancillo su obra con temor a que su fantasma me vaya a perseguir por tal osadía.


4- Comuna de París escucha a Coleta Morada.

Aunque la noche la había pasado en casa de Grantaire, eso no significaba que el día siguiente fue también a tomárselo de diversión. Los exámenes finales estaban a una semana y, si tenía suerte, aquel sería el último año que Enjolras tenía que estudiar… antes de pasar al máster para poder ejercer de abogado.

Estaba sentado en el sofá, con un pie apoyado en la mesa de café del salón, estudia derecho laboral, parándose más de la cuenta en le contrat première embauche una de las últimas leyes que fueron retiradas y que Enjolras recuerda las protestas a las que fue, aunque él todavía estaba en el instituto.

De la cocina salió Grantaire, quien había echado a Enjolras de la cocina porque ambos sabían lo mal que se le daba cocinar al rubio. Tarareaba una primitiva melodía que desconcentraba al estudiante de derecho.

—Tara-ta-ta-tara-ta-ta-ta… —La cual no dejaba de repetir.

Finalmente, la curiosidad, y la irritación por no poder estudiar, ganó a Enjolras, quién alzó la cabeza mientras veía como Grantaire volvía a entrar en la cocina con la cesta de la ropa sucia en sus manos.

— ¿Qué cantas?

Con la cesta en la mano, Grantaire se detuvo en la puerta del salón y miró a Enjolras, con una ceja alzada, como si fuera obvia la respuesta a aquella pregunta.

Coleta morada no fumar la pipa de la paz... —Grantaire siguió cantando.

El poco castellano que Enjolras había aprendido en el instituto al coger español en lugar de la lengua del imperio le permitió entender palabras sueltas de aquella breve frase. Morado o morada. Fumar. ¿Qué demonios?

Ante la expresión del rubio, Grantaire intuyó que todavía no había pillado lo que estaba diciendo.

—Política española. Fue una intervención del líder de Podemos durante las elecciones autonómicas de Cataluña.

— ¿De nuevo un discurso modificado con una música absurda que concuerde con sus palabras?

Enjolras estaba a punto de volver a sus leyes, cuando la respuesta de Grantaire a su pregunta le volvió a descolocar.

—Esto… no.

Cuando Enjolras clavó su mirada en el moreno, este supo que no iba a poder poner todavía la lavadora.

De su habitación sacó el portátil, mientras Enjolras apartaba los libros para concentrarse por entero aquel posible vídeo que intuía que le iban a enseñar. Grantaire entró en la plataforma audiovisual y tecleó unas cosas que por el tono violáceo que cogía el vídeo en cuestión, Enjolras intuyó que ya lo había visto y seguro que muchas veces.

Al momento que el vídeo cargó, prácticamente Grantaire fue empujado al otro lado del sofá por el rubio que ocupó la pantalla concentrándose para entender aquellas palabras. Aunque por otro lado agradecía no comprenderlo, porque parecía que aquello era todo un chiste.

Puso el vídeo de nuevo, y se compadeció la muchacha que tenía que traducir aquello al lenguaje sordomudo. Cuando terminó, cerró la pantalla, como deseando no contagiarse de esa forma de hacer política, si se podía denominar así, y se volvió a Grantaire, el cual parecía estar a punto de hablar.

—Ni se te ocurra decir que haga lo mismo en la próxima huelga.

Grantaire cerró la boca, negando con la cabeza antes de levantarse para seguir poniendo la lavadora, aunque desde la cocina escuchó como Enjolras volvía a poner el vídeo.


El Comuna de París del título hace referencia al último capítulo de Luz de bengalas, aroma a petardo.