Capítulo 4: Impide que solo tenga ojos para ti
Inventé una excusa para llevarme a Kagome de la escuela. Ni aunque estuviera demente hubiese dejado que la vieran con los ojos rojos para que se burlaran de ella. Kagome se aferró a mí con todas sus fuerzas sollozando, partiéndome el corazón con sus lágrimas.
Una parte de mí —no sabía realmente cuál— se sentía increíblemente herida de que ella llorara por otra persona. A mi modo de ver, ella estaba profundamente enamorada del estúpido de Ryo Chitoge, lo cual era una verdadera parada en el estómago.
Al estar en mi casa y dejarla acostada, durmiendo, en mi cama, llamé a su madre para decirle que ella pasaría la tarde conmigo, explicando sin dar demasiados detalles la razón por la que nos fuimos antes de la escuela. Como siempre la señora Higurashi me sorprendió confiando ciegamente en mí y dejándola a mi cuidado.
Me quedé sentado a los pies de mi cama mirándola dormir, velando su sueño, sabiendo que cada vez que se dormía triste o preocupada tenía pesadillas. Cuando se movió y descubrió su pierna me quedé sin respiración. Era demasiado doloroso intentar ser solo un amigo —casi hermano— con la chica a la cual amabas de una manera completamente diferente. Mi deseo y mi moral se enfrentaron cuando la vi flexionar la pierna. Tenía tantas ganas de besarla, de pasar mis labios por su piel y dejarle grabado en la memoria mi tacto. Era un adolescente como cualquiera y por lo tanto tenía fantasías como otros chicos de mi edad, la diferencia es que ella era la única que las poblaba todas, no otras chicas, no mujeres de revistas o de películas.
—Soy tan patético… —murmure mientras besaba su rodilla, sin poder resistir el impulso. Con toda la suavidad de que la que me vi capaz, paseé mis manos por su pierna sintiendo su suavidad, sin llegar más lejos que la rodilla. Era un pervertido, pero uno que sabía sus límites. Cuando la escuché suspirar me aparté de ella de inmediato sintiéndome como una completa basura. La conocía tan bien que sabía que tenía el sueño pesado y ese conocimiento lo adquirí porque, al igual que ahora, jamás pude resistirme a tocarla mientras dormía, claro que con ciertos límites.
Me levanté de la cama y miré hacia la ventana, observando como el sol se ocultaba por el horizonte, dándome cuenta que había pasado demasiado tiempo adorándola como de costumbre.
A veces me preguntaba ¿por qué las chicas nunca se enamoraban de los chicos que estaban enamorados sinceramente de ellas?
Si la vida fuera justa, Kagome ya estaría enamorada de mí, porque estaba seguro de que nadie la amaba como yo lo hacía —aun cuando lo que decía sonaba a un típico cliché de alguien despechado—.
No tengo ningún recuerdo feliz en el que ella no estuviera presente. Desde que la conocí mi vida literalmente se había llenado de color. Ella me había cambiado sin saberlo y me había aceptado como el niño problemas que siempre fui. Nunca le di miedo y jamás me rechazó cuando en algún momento fui grosero con ella, al contrario, ella siempre se quedó a mi lado y sin darme cuenta me robó el corazón siendo un niño.
Nunca hubo nadie en mi vida. Todo mi mundo giraba en torno a ella, Kagome me sostenía en el mundo y le daba un sentido a todo. Y aunque a veces discutíamos por mis arrebatos y por su absurdo sentido de inferioridad, nos teníamos el uno al otro siempre.
Salí de mi cuarto llevándome una mano a la cara, mientras dejaba escapar mi llanto silencioso. No era la primera vez que lloraba por no sentirme correspondido por ella, pero ahora era peor. Una voz en mi cabeza me decía que en su momento de vulnerabilidad yo podía hacer que se enamorara de mí, pero yo no quería hacer eso y me frustraba. No quería que me amara solo porque era su única opción, sino que quería que me amara por sobre todo lo demás. Golpeé mi cabeza contra la puerta dejando correr mis lágrimas. Caminé hasta el baño y miré mi reflejo en el espejo.
— ¿Qué hacer? —me pregunté. Yo le había ofrecido a Kagome ser lo que ella quisiera que fuera, no importaba qué cosa; sin embargo, aunque la oferta que le había hecho debería darme miedo porque me podría destruir completamente, no sentía el menor arrepentimiento por decir aquello. Yo la amaba y estaba dispuesto a todo por verla feliz, aunque eso no significaba que yo no tuviera deseos egoístas también— a veces no sé si soy una increíblemente buena persona como dice Kagome o soy un completo imbécil como dice Miroku…
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— ¿En verdad te sientes preparada para ir a la escuela? —le pregunté al día siguiente cuando pasé a buscarla. Kagome me miró a los ojos y me sentí casi como si levitara —"carajo soy tan estúpido" —.
—No estoy para nada preparada —me confesó con una leve sonrisa intentando mostrarse valiente.
¿Alguien se preguntaba porque la amaba? Era esa absurda terquedad suya y su determinación a enfrentar las cosas aun cuando tuviera miedo lo que hacía que siempre me enamorara de ella otra vez. Estiré la mano para tomar la suya entre la mía y le sonreí orgulloso de ella.
—Sabes que podemos saltarnos las clases de hoy… —ofrecí. Kagome cerró los ojos por un momento apretando mi mano. Cuando los abrió vi una gran desesperación mezclado con anhelo al mirar nuestras manos unidas. Por un segundo me sentí confundido por ello hasta que esa mirada desapareció.
—yo… yo… —al escucharla balbucear supe que ella realmente no estaba preparada para ver la lastima y la burla de nadie. Ella era extraordinariamente fuerte todos los días para soportar todo lo que la molestaban desde que la conozco, cualquier persona ya se hubiera vuelto amargada o algo peor, pero en ella siempre prevalecía su corazón generoso. Entendía que ahora no tuviera la misma fuerza de siempre.
—ya sabes que el parque de atracciones inauguró un juego… sería genial ir cuando no habrá tanta gente haciendo fila… —Kagome me sonrió y asintió sin decir más. Ella sabía mis intenciones.
—Gracias…—me sonrojé sin poder evitarlo cuando me abrazó repentinamente— no sé qué haría sin ti…
La miré sin saber que decir, sintiéndome más idiota que nunca. Solo pude soltar un "keh" al verme impedido de decir algo más inteligente. Kagome me llevó dentro de la casa, directo a su habitación, donde había una muda de ropa mía en caso de que yo me quedara en su casa.
Nos cambiamos el uniforme a toda prisa, y entre risas cómplices nos fuimos lo más silenciosos que pudimos de la casa Higurashi sin que nos vieran. Cuando bajamos corriendo las escaleras del templo Kagome reía como hace tiempo no la escuchaba y me sentí el ser más feliz de la tierra al saber que yo era en parte la razón de su risa feliz.
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Estuvimos todo el día divirtiéndonos en cuanta atracción se nos puso por delante. Kagome odiaba los juegos de altura pero nunca se negaba a subir a uno porque sabía que a mí me gustaban. Gastamos todo el dinero que llevábamos encima en comida basura y alguna que otra chuchería que no pude evitar comprarle. Cuando me gané un oso panda de peluche en un juego de fuerza y se lo di, parecía casi que Kagome daría un salto mortal hacia atrás de lo feliz que estaba al tenerlo con ella. Recorrimos todas las atracciones, tomados de la mano y pude escuchar las murmuraciones de varias personas que creían que hacíamos bonita pareja, lo que provocó que tuviera una estúpida sonrisa en mi cara por el resto del día. Al llegar la noche todavía estábamos en el parque de diversiones, y ya le había avisado a la señora Higurashi que otra vez Kagome estaba conmigo —para así evitar que se preocupara—. La última atracción era la rueda de fortuna, un juego exclusivo para parejas y la razón principal por la que no nos habíamos subido ahí primero. Miré a Kagome para ver que me decía ella pero solo me devolvió la mirada entre temerosa y expectante.
—uhm… —cuando vi que no me salió la voz, tosí nerviosamente intentando recuperar un tono normal y volví a intentarlo— ¿subimos?
—s… —Kagome abrió los ojos de par en par mirando detrás de mí. Enseguida me volteé y un gruñido se me escapo al ver al estúpido de Chitoge con sus amigos y al trio de perras. Nos miraban de lo más extrañados y tuve un momento de satisfacción por lo mismo.
Kagome me apretó la mano y la miré, estaba asustada y muy pálida, rogándome con la mirada que nos fuéramos, pero no podía darle esa satisfacción al bastardo y a esas perras.
—confías en mí, ¿verdad? —le pregunté mirándola fijamente y hablando en un tono bajo.
—Siempre —me dijo con tanta confianza que sentí que me temblaban las malditas piernas.
—Entonces seré en este momento tu escudo —Kagome me miró extrañada pero asintió— y seré lo que ahora necesitas que sea… —sentí a mi corazón correr una loca carrera cuando mi plan fue asimilado por el resto de mí. Por el rabillo del ojo vi cómo se acercaban a nosotros el grupo de idiotas y las perras con una sonrisa burlona. Miré a Kagome suplicándole con la mirada que no impidiera lo que tenía en mente— solo mírame a mí…
—Inuyasha… —me dijo en un pequeño suspiro y ya no lo pensé más.
Tomé su cara entre mis manos y la besé despacio pero con toda la seguridad que tenía. Uno de mis brazos se envolvió en su pequeña cintura, mientras que mi otra mano sostenía su mejilla al besarla. Me sorprendió que Kagome me devolviera el beso sin sobresalto, pero en mi nube de felicidad no pensé en la razón detrás de eso. La estreché contra mí, perdiéndome en ella y olvidando todo lo demás. Sentí que pasaron segundos al separarnos y a la vez sentí que llevaba siglos con ella. No pude apartar la mirada de sus ojos, olvidándome que primeramente había hecho eso para dejar en claro a los "putos" que ella no estaba herida para nada y que me tenía a mí. Kagome me miraba alucinada, con tanta adoración en sus ojos que me sentí humilde a la vez que me sentía poderoso.
Sin dejar de mirarla y tomando de rehén a su pequeña mano la llevé conmigo a la rueda de la fortuna sin pensar en el mundo que nos rodeaba. Kagome parecía estar igual que yo, pues solo me veía a mí.
No teniendo ni una idea de cómo llegamos, estábamos ya sentados y la rueda había comenzado a girar. No había soltado en ningún momento su mano y ella jamás hizo un ademán de soltarme. Me acerqué a ella lo más que pude y ella parecía igual de atraída que yo, ya que hizo lo mismo.
—Kagome yo…— quise decir algo, disculparme, confesarme… alguna cosa, pero Kagome me rodeo el cuello con los brazos y me besó con tanta pasión que por un minuto me sentí completamente perdido. Cuando pude reaccionar Kagome se estaba separando de mí con una mirada tan dolida que supe al instante que se sentía rechazada. Sin pensar en nada la agarré de los hombros y la besé con toda intención de que supiera lo que ella me provocaba. La adoré con mis labios y le mostré la pasión con mi lengua. Sintiéndome un idiota por no prestar atención a los consejos de Miroku con respecto a los besos. Solo la había besado a ella y a nadie más y no tenía idea de si lo hacía bien y le gustaba, pero sus pequeños suspiros me decían que sí, así que sintiéndome más seguro de mí mismo que nunca en la vida dejé libre a mi pasión y la besé para decirle que la amaba.
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Kagome estaba sentada a mi lado, con su cabeza apoyada contra mi hombro y su mano entrelazada con la mía. Nada fuera de lo que hacíamos siempre pero que ahora se sentía muy diferente, como si ambos estuviéramos más unidos que nunca.
—No quiero despertar… —la escuché murmurar. Bajé la mirada hacia ella y la vi mirar a la ciudad llena de luces con una pequeña sonrisa y una mirada ilusionada. Me sentí idiota y muy confundido por sus palabras.
— ¿piensas que esto es un sueño? —pregunté dudoso.
—No sería la primera vez… —confesó en un murmullo y sorprendido la vi sonrojarse.
—Kagome…—una extraña alegría me embargo y me llené de esperanza al escucharla. ¿Ya había soñado algo así? ¿Con nosotros como protagonistas?
En ese momento me di cuenta que el paseo había terminado y no pude decir nada. Nos bajamos tomados de la mano, y feliz vi que ambos teníamos una estúpida sonrisa en la cara. Pero todo acabo cuando Ryo estuvo frente a nosotros mirándonos como si no nos conociera. Enseguida me di cuenta que nos había estado mirando todo el tiempo. Me tensé de inmediato recordando que el beso solo había sido para salvar el orgullo de Kagome y que ella no estaba enamorada de mí, sino que siguiéndome el juego. Un puñal se incrustó en mi pecho pero hice lo posible por ocultarlo con burla y arrogancia.
—no pensé que fueras un puto mirón, Chitoge —le dije lleno de ácido y crudo odio— ¿a lo mejor quieres una foto?
—Yo… —me dijo balbuceando como idiota— no sabía que… ustedes dos…
—Chitoge-kun —cuando escuché a Kagome hablarle un odio me lleno el cuerpo, unos enfermos celos y unas tremendas ganas de darle una patada en el culo a Chitoge y gritarle a Kagome que no tenía que decirle nada al bastardo.
—Kagome-san pensé que… —intentó decir pero lo corte.
—Para ti es Higurashi, nunca la llames por el nombre —le advertí dando un paso hacia él. Kagome me sujeto del brazo con fuerza mirándome fijamente, pero no le devolví la mirada por miedo a que pudiera ver mi rabia y mis celos— y no tienes que pensar nada… ella está conmigo.
—pero ella… kago… Higurashi-san dijo que yo… —sonreí maliciosamente al ver que se corrigió en su modo de llamarla. Era un marica miedoso.
—lo que haya dicho carece de importancia, ella está conmigo ¿eso no te dice nada? —Kagome se abrazó a mi brazo, bajando la cabeza y ocultándose. Yo me erguí en toda mi estatura y lo miré con altanería— no vuelvas a acercarte a ella. Lo que dijo no era cierto, solo fue para darme celos y lo consiguió, aunque hayas sido tan estúpido como para creértelo. Solo lamento que los demás lo malinterpretaran y se burlaran de ella por algo que nunca fue así —Kagome se levantó de golpe en mitad de mis palabras y me miraba tan sorprendida como si la hubiera pillado con las manos en la masa. Le lancé una mirada confusa y ella parecía querer meter su cabeza en un agujero y desaparecer—. Vámonos… —dejé al idiota ahí sin mirar atrás, sin ver si Kagome miró atrás o si el idiota seguía mirando. Había visto al grupo de perras escuchar toda la conversación y sabía que había sonado muy creíble y que la actitud de Kagome lo confirmaría todo.
Caminé sin parar ni un momento, hasta que escuché jadear a Kagome y me di cuenta que no había pensado en ella. Me detuve de golpe y me di vuelta para mirarla y pedir disculpas, pero la dejé recuperar el aliento. Cuando ella se levantó y me miró sentí como se me hacía un nudo en el estómago por la forma en que lo hacía. Cuando la vi abrir la boca pensé enseguida que me regañaría.
—Inuyasha… —me dijo nerviosamente— lo que dijiste en el parque yo…
—Solo era actuación —solté de golpe. Lleno de miedo porque me rechazara y me odiara por ello— necesitabas sacarte a esos de encima y fue lo mejor que se me ocurrió… sabía que ellos lo iban a creer… traté de ser lo más convincente posible…
— ¿actuación? —Me preguntó con una voz tan herida que sentí que se me hacía un nudo en la garganta— ¿todo fue una mentira?
—Por supuesto —atiné a decir sin pensar y enseguida me arrepentí— quiero decir… yo… —pero era tarde, Kagome me miraba con los ojos llenos de lágrimas y con sus puños apretados a los costados— Kagome…
—Pues gracias por eso —me dijo levantando la cabeza y mirándome furiosa y herida. No podía entender que había pasado, pero ahora si sentía que había sido yo quien la lastimó y no entendía por qué— pero no vuelvas a hacerlo nunca más… no quiero la lastima ni la simpatía de nadie —Kagome pasó corriendo por mi lado dándome un empujón y yéndose a toda prisa.
Cuando recién atiné a reaccionar y a seguirla ella ya había desaparecido. Me detuve en la cancha de baloncesto que había en el camino a nuestras casas y le di un golpe a uno de los muros de ladrillo que la rodeaban.
— ¿Por qué? ¿Por qué tenía que joderlo todo?
Todo había ido bien hasta que apareció el bastardo. Parecíamos una verdadera pareja y ella estaba más feliz que nunca, pero en cuanto el bastardo apareció todo había quedado arruinado.
Lo peor era que no sabía si había sido realmente él quien arruinó todo o si había sido yo.
Pero por alguna extraña razón…
Creo que había sido yo.
