13.-EL RASTRO QUE DEJA LA HUIDA

In time you'll find that some things

travel faster than light

In time you'll recognise that love is larger than life.

Faster than light, Neil Finn

Érase una vez, una chica a punto de ser atacada por maniquíes que habían cobrado vida. De pronto, un hombre de intensos ojos azules le cogió la mano y dijo: "¡Corre!"

Así empezó la historia que se continúa segundo a segundo con el hombre en el sillón de al lado. Ojos marrones, misma intensidad.

Nadie sabe cómo va a acabar. Nadie. Ni siquiera él, que tiene millones de líneas temporales bullendo en su mente. Habéis viajado a través del tiempo y estáis juntos en esa historia, y en no saber cómo va a acabar.

Antes del principio, la chica había vivido 19 años como los viven casi todas las chicas. Tierra, Londres, siglo XXI. Vulgares. Tampoco es que estuviesen mal, es sólo que... No, ahora ya no puedes valorarlos de forma justa.

Antes del principio, el hombre, que no era un hombre sino un señor del tiempo, había vivido 900 años nada vulgares, ni que tú puedas imaginar para valorar. En eso estáis separados.

Más de 900 años, 20. Señor del tiempo, humana. A veces pesa tanto que ahoga. No es que cueste estar en calma con él, como a veces piensas: Te cuesta estar en calma contigo. Empiezan las preguntas y el cómo va a acabar nuestra historia. Las dudas, el miedo, la distancia que os separa, se hacen presentes. Parecen llamar a la puerta; a menudo hay algo importantísimo que hacer y se las puede ignorar. Cuando hay calma no.

El Doctor no es "mayor", su edad está más allá de lo que puedes comprender. Tiene gracia que te fastidiaba que Mickey fuese mayor que tú.

En general lo olvidas, cuentas si acaso con lo que aparenta: cuarenta y tantos antes, treinta y tantos ahora, pero no los 900. Luego chocas contra el hecho, te suelta un "Hace un par de siglos yo estaba..." y tiene que explicar que no fue un viaje al XVIII cuando le preguntas qué demonios hacían ahí los dinosaurios. O conoces a una mujer que podría ser tu madre y que viajó con él cuando tenía tu edad. Tú has viajado en el tiempo, eso confunde más que el que te hable de épocas pasadas o de lugares lejanos.

Lo suyo no es tener pasado, es tener Historia. Una historia completa que da para llenar varias enciclopedias, y te llevaría toda la vida leerlas. Tú tenías un par de diarios con candado y en la mayoría de las páginas no hay más que sueños. En eso estáis muy separados.

Quieres saberlo todo de él, pero sería imposible. No es ya que evite hablar de su pasado a nivel personal, es que no habría tiempo para que te contase todo.

Aunque te gustaría, al menos que se abriese un poco. Porque le quieres, le quieres mucho, más de lo que pensabas se podía llegar a querer a alguien. Le quieres tanto que casi se parece a alguna de esas cosas que has vivido con él y no puedes comprender, no puedes ponerlo en palabras o en pensamientos, es como si fuese más grande de lo que eres, como si no cupiese dentro. Le quieres tanto que sientes que vas a estallar.

En parte sientes que le conoces. Siempre es cercano contigo. En parte sientes que te quiere. Pero no puede ser lo mismo para él. Ni tan nuevo ni tan único. 900 años.

¡Es que son 900! O sea, como desde la edad media o algo así. Más de 900 años, no, no hacía falta que te lo dijese, no es como para pensar que no ha "bailado" nunca.

Desde un punto de vista humano, se podría haber enamorado de por vida nueve veces, como poco.

Por más que lo desees, casi te alegras de que no os acostéis. ¡¿Cuánto sexo cabe en novecientos años?! Por lo poco que sabes, suena raro decir poco dado lo que ocurrió pero, vaya, es poco, él es un maldito genio, al menos en una cosa. No era lo que más deseabas y todo ocurrió muy rápido, pero... un maldito genio. Sí.

Piensas que igual por eso no quiso seguir, dijese lo que dijese. Igual fue que no quiso comprobar que no estabas a la altura. En realidad ni siquiera...

No, fin, ya está, se acabó. No vas a pensar en sexo con él delante, ni siquiera para morirte de complejo de inferioridad.

Intentas concentrarte en la historia que te está contando.

Unos seres que imaginas como peces de colores viajan de planeta en planeta, tres planetas. Puedes ver el triángulo luminoso que forman, a pesar de que van por ciclos, todos juntos, de un planeta a otro en su relato.

El Doctor abre la boca en sorpresa y levanta las manos abiertas a ambos lados de la cabeza, mimetizando la cara de mamá pez, que no es tal, al verlos llegar a través del cielo.

-Porque, aunque te parezca mentira, Rose, es como si nunca se lo esperasen. Y cada vez que sus miles de hijos vuelven atravesando el cielo se quedan así, -repite el gesto.-Todas reunidas en una especie de... playa, dejémoslo en playa, a la que van precisamente para reencontrarse con ellos, pero reaccionan como si no lo supiesen. Ni siquiera sé si lo saben, pero se quedan así, sorprendidas. Es adorable y... No me estás escuchando en absoluto, ¿verdad?

-Sí que te escucho, continúa.-Te esfuerzas en recordar por dónde iba la historia,-Ahora tienen que llegar al tercer planeta.

Parece algo reticente pero continúa. Al parecer es muy importante que entiendas que lo que atraviesan entre ambos planetas no son auroras boreales, pero te puedes quedar con esa imagen.

Es adorable. Con todas sus caras, con todos sus años. No entiendes cómo puede seguir teniendo esa pasión por todo.

Vale que viajar en la TARDIS es vivir de adrenalina, pero en estos pocos momentos en que eres consciente de su edad, de su historia interminable, lo primero que sorprende es la pasión. Aquello de "Todo es nuevo para mí, siempre. Nada es nunca igual." Luego están esos momentos en que se le oscurece la mirada y sientes que ha vivido demasiado, visto demasiado, sufrido demasiado.

La mirada que tenía cuando le preguntaste cómo podía no haberte hablado de Sarah Jane, si era así como actuaba, dejándoos atrás. Y por una vez, una de esas poquísimas veces, no huyó de hablar de sí mismo: "Ver envejecer y morir a alguien a quien..." y sabes que detrás iba un "quieres".

Te preguntas cuántos envejecieron y murieron ante sus ojos antes de que decidiese dejar atrás a Sarah Jane. Aún así es capaz de decir que a ti no te lo hará. Ni llegas al punto de preguntarte por qué a ti no. Sorprende que aún sea capaz siquiera de seguir arriesgándose a acercarse a alguien, a cogerle cariño.

Igual lo que le pasa es que tiene miedo a quererte. Igual en eso, aunque con motivos distintos, estáis también juntos.

"Envejecéis y morís. Yo tengo que seguir viviendo". No lo decía como si el saberlo le restase dolor. Se te ocurre que igual no se enamora, o que no quiere de verdad, o que se recupera pronto. Pero hablaba como si no se hubiese recuperado, en absoluto. Como si fuese una maldición que aceptar, aún en proceso de ser aceptada. La historia con Reinette dando vida a sus palabras.

Está claro que se sigue arriesgando.

Obvio que hay muchas cosas que un ser de más de novecientos años podría enseñarte. Te jode pensar que "a vivir el momento" pueda ser una de ellas.

Es como él vive. Ahora es como tú vives. Siempre hay un "Corre", "vamos", "mira". Atiende, disfruta, ayúdame, salva, protégete, lucha, diviértete. Aquí. Ahora.

Has viajado al pasado, al futuro, al otro lado del universo y más allá. Sin embargo todo ha sido un "Aquí, ahora".

Ahora. No pienses, actúa, decide, no pienses: Siente.

Siempre hacia delante. Es su modo de vida y es maravilloso. Es lo que quieres. Pero no quieres engañarte y sabes que el dolor está ahí. A veces deja escapar un destello de su soledad arrastrada, de todo lo que ha perdido, y te destroza verlo.

En esos momentos el "Siempre hacia delante" parece poco más que una huida hacia delante. Un intento desesperado de dejar las consecuencias en el camino, como una ráfaga tras algo que se mueve a la velocidad de la luz.

No se puede, sin embargo, ir lo bastante rápido para huir de ciertas cosas. Tú y él os mantenéis, seguís ahí cuando la lucha ha quedado atrás. Doloridos y sintiendo.

De cabeza a menudo a otra lucha, otro mundo que salvar. Si os quedáis en calma, con un sólo momento para pensar, aparece la mirada desolada, se pierde la sonrisa. El dolor es presente, es aquí y ahora.

Eso fue lo que ocurrió aquella vez. No lo habías pensado así, pero quizá la gran diferencia aquel día fue que no habíais salvado a nadie, no había nadie más, no había un mundo en peligro. Aquel día sólo estabais tú y él. Os salvó de una muerte segura, sólo a ti y a sí mismo.

Quizá por eso ocurrió. No buscasteis huida hacia delante en otro mundo que salvar: huisteis buscándoos el uno al otro. Quizá tenía razón. Odias pensarlo, pero quizá la tenía. Fue un intento de huir en sexo del dolor presente. Directo a tu vientre, casi comprobando que seguías viva. "La necesidad desesperada de sentirte". Eso lo arrastráis con vosotros, aunque viajéis más rápido que la luz.

La necesidad de aferraros el uno al otro, no es sólo aquello, no es esa la prueba, está en cada abrazo de reencuentro tras cada situación difícil. Es un sentimiento abrumador, va más allá, distinto, mezclado, del cariño o el amor que sientes por él, la sensación de estar viva y no estar sola, magnificada hasta lo imposible.

Ahí le entiendes de nuevo, sientes que es algo más que tenéis en común. Entiendes que se la juegue a sentir tanto dolor por la pérdida con tal de no estar solo. Vivir el momento, sentirlo todo, pero poder abrazar a alguien después.

Estáis juntos en eso.

-No me estás escuchando y no te vas a dormir, ¿verdad?

-¿Era lo que pretendías?, ¿que me durmiese?

-Necesitas dormir, y no puedes dormir. Estás cansada, hecha polvo.

-Tú también estás hecho polvo.

-Soy bueno en eso de no dormir.

Sonríe casi consiguiéndolo, que parezca que no te ha entendido. Pero está en su mirada, un "No sigas por ahí". Tan fuerte que le haces caso.

-Sí que te escucho.

-No lo hacías, te metes en ese cerebro tuyo y das vueltas. Y...ni siquiera sé a qué.

Dos preguntas resumiendo todo aquello a lo que das vueltas. No hay valor para una. Para tu sorpresa, sí lo hay para otra.

-¿Por qué estoy aquí?

-¿Perdona?

14.-DIVERSAS DISYUNTIVAS EXTRAÑAS Y EXACTAS

Rose se irá, o la quieres demasiado. Es una disyuntiva extraña y exacta.

Sueles saberlo. Pronto. Quién va a abandonar y a quién tendrás que abandonar. Las muertes no son predecibles, nadie es perfecto.

Con Rose no lo sabes. Piensas ahora que se irá, prevés la posibilidad de su futuro de vuelta a la Tierra. Hará algo importante y minúsculo, de esas cosas en las que nadie repara. Ayudará a las personas. Enfermera, asistente social, psicóloga. Sabe escuchar, sabe ver a través, sabe entender. Si se va, tienes que acordarte de decírselo. Rose será una abuela que le contará a sus nietos historias fantásticas sobre ti, sus hijos se lo reprocharán.

Rose se irá. Se cansará de ti, se cansará de las normas, de no poder cambiar algunas cosas, se morirá de dolor con las muertes, se ahogará con la responsabilidad. Un día se acercará llorando y dirá "No puedo más. Me voy donde pueda ayudar sabiendo lo que hago". Y tú serás muy fuerte y dirás, "De acuerdo, Rose. Ha sido brillante." Como aquella vez, "Ten una vida fantástica".

O la quieres demasiado. Tanto que no puedes ver que no se irá, tanto que el miedo te vence y te ciega.

Rose se irá, porque tú serás incapaz de dejarla atrás.

-¿Por qué yo?,- se encoge de hombros, tranquila. -Podrías tener a cualquiera, no entiendo por qué yo.

Eres bueno en psicología, eres realmente bueno en psicología, insultantemente bueno. Sabes que a Rose le molesta lo bueno que eres en psicología. Por eso sientes el impulso de levantarte, tenderle la mano asintiendo y darle la enhorabuena por dejarte de piedra.

Sólo que te ha dejado de piedra y no das ni para eso.

-¿Tener a cualquiera?,- te da la risa. Tu concepto no es precisamente que la tienes. Ni siquiera cuando logras no plantearte si se irá.

-Sí. No sé, un físico cuántico o algo así estaría encantado y te entendería todo. Un guerrero valiente y arriesgado. Vale que nadie como tú, pero Jack, mismamente, Jack sabía un montón de cosas y estaba acostumbrado a viajar en el tiempo y era genial y sin embargo...

-No podíamos seguir con Jack, él tenía que arreglar cosas por su cuenta.-Mal tema, lo de Jack no te lo perdona. No te lo perdonas ni tú.-Y los físicos cuánticos no tienen ni idea y... ¡Rose!

-¿Qué? Doctor, lo que te estoy diciendo es muy lógico. ¿Por qué yo? No soy... nada especial, no sé de casi nada, no soy fuerte ni sabia, no soy particularmente inteligente. No estoy a...

El orgullo o el empeño en no llorar la cortan. Intuyes un "...a la altura".

Hay un principio fundamental en la lógica: La lógica puede llevar a conclusiones equivocadas y es complicadísimo explicar de forma lógica por qué son equivocadas.

Rose está siguiendo una lógica aplastante y equivocada.

Quizá Rose se vaya, quizá tú la quieras demasiado, pero desde luego no vas a permitir que se vaya por considerar que no está a la altura. No por semejante estupidez.

-Vamos a plantearlo de una forma sencilla: Estamos hablando aquí y ahora porque tú me salvaste la vida. Millones de personas sobrevivieron en la Tierra porque tú te lanzaste a salvarlos. La historia sigue su curso, los Sicorax no lograron nada, Nueva Nueva York, los cibermen,...

-Lo hiciste tú.

-No. Todo lo que hemos hecho, los dos, desde entonces, incluso todo lo que yo hiciese solo si te fueses, será posible gracias a lo que hiciste tú. Y eso es sólo un caso, sólo un momento en el tiempo, estoy simplificando mucho.

Esperas, con miedo y calma. Todo es más complicado y a la vez así de sencillo. Rose piensa y acaba sonriendo con desdén.

-Fue una casualidad.

-Sí, lo sé, tropezaste en una piedra y caíste contra el corazón de la TARDIS. Le puede pasar a cualquiera.

-Ni siquiera lo pensé.-Lo dice mordiéndose el labio, mintiendo, entre el orgullo y la inseguridad aún de haber hecho una pregunta que sabes le ha costado pronunciar.

-Sí que lo pensaste. Pero, vale, imaginemos que no lo pensaste. Más a mi favor. Por eso, Rose: Te sale sólo. Es como eres. Valiente. Inteligente. Fuerte.

Hay muchos adjetivos más: Empática, compasiva, entregada, brillante, maravillosa, divertida…, pero te esfuerzas en concretar

-No sabías que iba a hacer eso cuando me pediste que te acompañase la primera vez.

-Acababas de salvarme la vida. ¿No me digas que has llegado a ese punto en que ya no recuerdas cuántas vidas has salvado? O cuántas veces. De todos modos, menos mal que insistí.-Finges un escalofrío, casi cómodo ya.

-No seas condescendiente.

-Vale.

-También estuve a punto de cargarme el mundo.

-Ya, sí, bueno. Nadie es perfecto. Es cierto que podías hacerme un poco más de caso de vez en cuando... O siempre. Mejor siempre. Recuerda que estuviste a punto de cargarte el mundo la próxima vez que te pida por favor que no hagas algo.

Esperas, observándola, en silencio. Se retuerce el jersey como si quedase algo.

-Tengo miedo de que alguna vez no pueda,-susurra, como si se avergonzase, como si aún pensase que no está a la altura.-Tú o el mundo, demasiado.

Y vence, a la condescendencia, al cuidado, a todo. Te arrodillas frente a ella, apoyas los brazos sobre sus rodillas, buscas su mirada.

Hay tres cosas que decir: "Yo también tengo miedo a no poder", "Esto es así" y "Por favor, Rose, no te vayas". No, la última era "Puedes dejarlo si quieres, no tienes por qué, no es tu responsabilidad". Te ha pedido que no seas condescendiente: Todo eso ya lo sabe.

Así que sonríes, te tragas los miedos y vas al fondo del asunto. O algo así.

-¿Sabes, Rose? En realidad sólo te pedí que vinieses porque me caíste bien.

Se echa a reír. Apoya la frente contra la tuya. Por un momento crees que va a besarte.

No lo hace. Se separa y retira la mirada, colocándose tras ese límite que tú marcaste.

Sí, Rose se irá o tú la quieres demasiado.

Y, sí, el sexo con ella fue un gran error.

15.-EL AGUA AL OTRO LADO DE LA ARENA ARDIENDO

El sexo con Rose no fue precisamente una buena idea. Da igual lo que todo tu cuerpo y buena parte de tu mente digan al respecto. No lo fue. La buena idea era la otra, la buena idea fue la primera que tuviste, la buena idea era no llegar a tener sexo con Rose. Esa sí fue una gran idea.

Lástima que no ganase.

El deseo estaba ahí. Esas cosas pasan. Debiste verlo mucho antes, en ti y en ella. El primer paso para resistir el deseo es reconocer el deseo. Ese fue tu primer error. Si partes de la base de que fue, sería o será un error. Base de la todavía te cuesta partir. El todavía tiene un significado curioso aquí porque existe una importante evolución temporal en el tema y...

De cualquier modo, Rose estaba ahí y el deseo existía. Ocultándose bajo la necesidad de compartir, la necesidad de sentir, la compañía, su sonrisa, su olor, su personalidad, esa impresionante capacidad para comprender, el modo en que te aceptaba, sus abrazos, sus palabras.

Necesitabas tanto a alguien después de todo lo ocurrido, que encontrarla fue como llegar al agua tras atravesar una playa de arena ardiendo. No hacía olvidar, sólo calmaba. Mucho más que suficiente.

No serías la misma persona si no hubieses encontrado a Rose. No es ya que no estarías vivo, es que serías distinto.

Hasta ese punto llegan las cosas.

Ahí estabais. Viajando de un lugar a otro, de un momento a otro. Rose sonreía y te pegaba su alegría. La chica normal riendo y llorando, lanzándose con brazos abiertos a todo lo que quisieses mostrarle, todo emotividad, pasión, compasión, comprensión, tan viva que hacía daño mirarla. Tan poco dañada y a la vez tan capaz de sobreponerse al dolor, tan fuerte.

Haber acabado queriendo a muerte a Rose no se acerca siquiera a ser una sorpresa.

Era predecible. Lo sabías casi desde el primer momento. Arriesgado, tanto dolor potencial, sí, bueno, ¿y qué? No es ése el modo de ver las cosas. Te lanzaste de cabeza.

Rose, tan cerca. Al principio todo era una cuestión de compañía.

No sabes estar solo, va en la sangre, vienes de una cultura hecha de comunicación. Ningún Señor del tiempo sabe, ahora sabía, estar solo. Otra cosa es que tú estés muy por encima de la media, para rematar, y del percentil 99 igual también. Pero no estáis hechos para estar solos: La empatía carcome cuando no se usa, se vuelve algo oscuro, se traga todo; las ideas no son tan rápidas ni tan certeras cuando nadie escucha; la necesidad de querer se refleja contra sí misma y se transforma en soberbia; la necesidad de ser querido abre grietas en la ética; la falta de contacto reseca la emotividad, la vuelve peligrosa, poco adaptable.

La soledad es una enfermedad grave, y curable. Estabas enfermo cuando conociste a Rose. Y te aferraste a ella como lo que era: una medicina.

Luego fue cuando surgió el tema de salvar a Rose del dolor.

Luego fue también cuando surgió la atracción. Tampoco es que fuese una gran sorpresa, bastante predecible. Por ambas partes. Lo sabías y eso es lo que te recriminas.

Ahora sabes que no habrías llegado a tanto, a sentir tanto, si no hubiese sido ella. Entonces no lo sabías aún. La querías y te quería, todo era lógico, había que protegerla de lo que sentías. De la necesidad arrasadora, del deseo de sentirlo todo a través de ella.

El caso es que, por más que pudieses prever que llegarías a desearla sexualmente, no importaba demasiado porque ésa era la parte fácil.

El sexo era lo fácil de controlar. Y había que controlarlo: El vínculo débil para ti que implicaría un vínculo fuerte para ella. Humana, veinte años, fuertemente emotiva, viajando contigo, tanto tiempo juntos, te tenía cariño, te deseaba: todo sonaba a vínculo fuerte para ella. A ti te era fácil controlar el deseo sexual, al menos mientras no hubiese mejores motivos, al menos mientras pensases que sería malo para ella, que era pronto, que había que tener cuidado. Fácil. Bastaba seguir sus juegos sin dejarle llegar al punto de hacerle daño porque se sintiese rechazada. Fácil. Hasta que cometiste aquella profunda estupidez de dejar de pensar.

Tan fácil que aún te cuesta entender cómo se te escapó de las manos.

Poco antes de conocer a Jack. Planeta Jefersersgo, los Esesteris. Un campo electromagnético había confundido a la TARDIS. Os cazaron nada más salir. Depredadores, no había otro adjetivo para definirles hasta donde sabías.

Un esesteris sujetando a Rose. Sus ojos mirándote aterrorizados y la inmensa garra empezando a clavarse en su hombro, otra sobre su estómago. Dos garras iguales sobre ti.

Y recordaste, una tonta conversación para matar el tiempo años atrás, había sonado a leyenda. No recordabas el rostro de quien te lo dijo, pero sí el tono exacto de voz que inmovilizaba a un esesteris. Podía no haber funcionado. Podías haber fallado el tono. Podía haber sido mentira.

Cuando entrasteis de la mano en la TARDIS sentías a Rose temblar. No la soltaste mientras accionabas los mandos en dirección a un lugar seguro. La TARDIS se detuvo en la Tierra, fue lo primero que se te ocurrió, algún año del siglo XVIII, ni afinaste, algún lugar de Oceanía, primera vía que apareció abierta. Rose temblando en tu mano, dijo

-Estás temblando.

No querías mirarla, mirarla y no ver su habitual sonrisa de alivio que esta vez no estaba ahí.

-Doctor, ¿hemos estado tan cerca como creo?

-Sí.

-Y, ¿me has salvado con una canción?

Un cierto tono irónico, forzado pero lo estaba intentando, ser fuerte, reír. La miraste entonces. Tenía los ojos llenos de lágrimas y una sonrisa, que no le salía del todo, en labios temblorosos.

La abrazaste con todas tus fuerzas.

-Pensé que ibas a morir, Doctor. Esa garra en tu cuello, pensé que lo último que iba a ver antes de morir era esa garra...

No acabó la frase, te estaba besando. Besos cortos, temblorosos y húmedos por toda la cara y el cuello. Sólo cabía una imagen en tu mente: el cuerpo de Rose siendo destrozado, abierto por la garra. Estabas respondiendo ya a un beso profundo, todo fuerza. Una mano en tu cabeza, la otra apretando tu cuerpo contra el suyo.

Cuando la separaste fue para poder retirar su ropa, quitarle la cazadora, quitarle el jersey, levantar la camiseta.

Y fueron tan sólo dos cosas las que lo provocaron todo: La imagen de su vientre abierto en cuatro partes por la garra y que ella, sabiendo que iba a morir, estaba pensando sólo en que la última imagen que vería serías tú muriendo.

Tenías que verla, ver su piel entera, sentir que estaba viva. La piel lisa y perfecta, casi no sabías si la estabas acariciando o comprobando que estaba bien. Entonces un beso tras otro, agarrándola de las caderas, lamiendo su vientre. Gimió, podías sentir su excitación, y eso fue todo. Antes de saber qué hacías habías metido la mano bajo su falda, haciendo espacio casi con brusquedad bajo la ropa. La estabas acariciando aún sin medir, sin pensar, sin buscar puntos exactos o ritmos. Demasiado brusco, seguro, fue eso lo que te paró. Besando el hueso de su cadera, te detuviste, los dedos dentro de ella.

-Sigue, como quieras, lo que quieras. Sigue,-su voz, rota de pura excitación.

Tres opciones surgieron en tu mente:

Primera: Lo que querías como querías. No iba a ocurrir. Ni de lejos con el único motivo de sentir a Rose viva. No por algo así, no con Rose, menos por primera vez.

Segunda: Detenerte. Un beso suave, deslizar los dedos fuera, decir que no, dejar a Rose a medio camino de un orgasmo, aún excitada mientras escuchaba un absurdo discurso sobre los peligros del sexo en el que no creías del todo y en el que ella no creería en absoluto. Sintiéndose rechazada, en el estado emocional en que se encontraba después de lo ocurrido.

Tercera: O sólo eso. Acabar lo comenzado. Ya era tarde para no estar ahí. Sólo permitirte eso, nada más. Seguir, querías, ella quería. Tarde para evitarlo del todo. Y es que ella quería.

Rose.

Cerraste los ojos y pensaste: "Sólo Rose".

Suavidad retirando su ropa, suavidad en cada movimiento, ya precisos, todo objetivo, siguiendo las señales, apenas tiempo para pensar, para siquiera ser consciente, y estaba vibrando sobre tus labios.

Ni siquiera pudiste ver su cara mientras ocurría. Pero ahí estaba, sentándose a tu lado, besándote de nuevo, sus manos en tu cinturón y esa profunda sensación de tristeza venciéndote. La tristeza cuando la mejor opción sigue sin ser una buena opción, ni siquiera evita todo lo que se quería evitar.

El rechazo entonces, retirando sus manos.

-No, no lo hagas.

Confusión en su rostro.

-¿Por qué? Quiero decir, acabas de... ¿Por qué no seguir?

Una pregunta lógica desde su perspectiva. Acababas de. No era como si nunca hubieseis tenido sexo.

-Por favor, simplemente no lo hagas.

Se estiró la falda sobre los muslos y se abrazó las rodillas pensativa.

-¿Es que...no puedes? Parecía que... pero, ¿no puedes?

Le cogiste la mano sin mirarla. Pensaste que era gracioso, los dos sentados en el suelo cogidos de la mano. Algo tan habitual. Hablando de si podías o no. Sabías que iba a ser lo último gracioso en un buen rato. Sonreíste.

-Sí puedo.

-Entonces es que no quieres,-se mordió el labio, claramente dolida.

-Yo no he dicho eso, es más complicado-al mirarla te encontraste el hombro, la herida abierta, poco profunda, pero podía infectarse.-Tengo que curarte el hombro.

-Olvida la puta herida y háblame. ¿Qué es complicado?

Dabas pasos atrás en la línea temporal. Si no hubieses... Si no hubieses seguido habrías llegado a la misma conversación, si no hubieses metido la mano entre sus piernas, si no hubieses levantado su camiseta, si la hubieses detenido en el beso, si la hubieses detenido cuando empezó a besarte,... Pero todos sus besos se dirigían esa vez al mismo momento invariable en el que, con o sin sexo del tipo que fuese, existía la conversación. Hacia atrás, todo acababa en la TARDIS siendo captada por un campo electromagnético. Invariable. El pequeño consuelo de no poder evitarlo.

-Tú y yo, es complicado.

-Oh, venga, dime que no es el típico rollo de que nos llevamos bien y estamos juntos y el sexo lo estropearía todo, -dijo, todo fastidio e ironía.

Ni rastro de ambos en tu voz al contestarle, sólo tristeza y ternura.

-Ese típico rollo es horrible, ¿verdad? Sobre todo en la parte en que es cierto.

Soñaste que podía acabar ahí. Difícil pero posible. Sin embargo, ella se levantó y te apuntó acusadora.

-No me vengas con eso, no me lo puedo creer en ti. Tú siguiendo algo tan asquerosamente convencional. Di que no quieres y ya.

-Vale que no soy fan de los convencionalismos, sólo digo que a veces..., ni siquiera es sólo eso. Es que es distinto.

Entonces empezó su retahíla de preguntas. Sabes que no fue así, pero en tu memoria simplemente estabas sentado mientras Rose hablaba a una velocidad imposible, pregunta tras pregunta: Si no podías con humanos, si nunca lo habías hecho con un humano y te daba miedo, si preferías a los hombres, si no había anticonceptivos que funcionasen, si eras demasiado "algo" y ella no podría soportarlo, preguntas y preguntas rozando y hasta cayendo en el absurdo.

-Rose, basta, no es nada de eso. Y no ocurriría nada, ¿de acuerdo? Es sólo...

Acabó a lo grande:

-Por favor dime que no es el rollo de que sólo soy un simio de pie y no estoy a la altura. No me mientas.

Esa última fue una buena jugada, muy buena, te dieron ganas de aplaudir. Sólo que detrás de la rabia con que lo dijo sólo había una mirada en el suelo, las manos empujando aún más la falda hacia abajo, el labio mordido, las mejillas ardiendo, en definitiva una profunda inseguridad. Humana. Veinte años. No querías decirle toda la verdad, ese pequeño e importante punto de cuánto te importaban los motivos con ella. Que querías que ocurriese y, precisamente por eso, no querías que ocurriese así. Te importaba el cómo y el por qué. Quizá no habías elegido una buena opción, quizá no habías podido pensar otra mejor, quizá no habías sabido detenerte a tiempo, pero desde luego no habías visto el modo de retirar de la ecuación que la causa fuese una respuesta básica al pánico ante la muerte. Si llegaba a ocurrir, tenía que ser por otro motivo.

No querías decirle toda la verdad pero menos mentir. No contestar abriría una brecha aún mayor que la que ya se había abierto. Por supuesto, podías cogerla de la mano y llevártela a la cama. Pero a esas alturas sonaría a compasión. Rose lo consideraría compasión y, aunque no en cualquier otro, en aquel momento casi acertaría. No habías evitado un mal motivo para caer en un peor motivo.

Así que te pusiste en pie, caminaste hacia ella y le cogiste la cara para que te mirase.

-Simplemente no quiero, no me basta, me decepcionaría, ser el tipo que te aplasta contra la pared y te... sólo porque necesita desesperadamente sentirte.

-Ah. Eso.-Fuiste incapaz de decidir si en su gesto había comprensión o confusión.

-Ahora, por favor, ponte la ropa que no tienes y quítate la ropa que tienes porque tengo que curarte una herida. Luego podemos salir, si quieres. Puedes conocer a los Tasmanos, están extintos en tu época, mejor no entramos en quienes tuvieron la culpa.

Te quedaste de espaldas a ella mientras se vestía.

-Y no permitas que el rollo ése convencional funcione. No permitas que lo que ha ocurrido estropee nada.

Silencio terrible hasta que sentiste su mano en la tuya y dijo con seguridad fehaciente.

-Cuenta con ello.

Lo cumpliría. Rose, todo menos convencional, lo cumplió.

Tanto que a veces piensas que el sexo fue un error, te odias por no prever eso, justo por lo contrario a lo que pensabas. Apenas situaciones incómodas, ni siquiera aquel mismo día. Siguió retándote y provocándote pero respetando el límite que le pediste marcar, esperando una respuesta y aceptando por principio que seguiría siendo un No. Ya había habido un No.

Has cambiado desde entonces. No es un sentimiento distinto, es más fuerte, mucho más claro y sientes que mucho menos egoísta. Ya no lo nubla la necesidad de sentir a través de ella. Quieres sentirla a ella. Ese pequeño ámbito más. Y hacerle sentir. Eso de hacerle sentir aparece constantemente, por todas partes. Pero puedes con ello.

Con todo lo que hay, no es cuestión de echar de menos sexo. Podría llegar a ocurrir, crees que aún es pronto. También crees que su deseo, patente en ocasiones, mostrado y ocultado según el momento, sigue siendo poco más que hormonas, adrenalina, peligro, juego, necesidad, estar juntos, simple deriva de la situación. Aunque haya más, con más razón si hay más, es complicado.

No hace falta sexo, puedes con ello, no es para tanto. El sexo complicaría las cosas, es pronto para confiar en que ella no cambiaría su actitud o que no lo vería como un paso hacia un lugar que no puede existir. Que no desearía y vería ahí el principio de una relación distinta.

Es sólo que a veces el deseo grita más, y desearías que no hubiese un "No" aceptado por principio. Y entonces piensas que el sexo fue un error porque logró evitar el sexo. Le hizo tener clara tu opinión y nada claro lo que sentías.