Año 1980

La calle se estaba vaciando rápidamente. La gente a pesar del viento cálido y refrescante que reinaba en el ambiente no quería arriesgarse. Demasiadas noticias poblaban El Profeta sobre personas que desaparecían sin dejar rastro. Sin embargo, hay una persona que merodea entre las casas, envuelto en las sombras se acerca sigilosamente hasta una taberna de cochambrosa fachada. Un letrero, con la cabeza de un puerco, gotea sangre constantemente anunciando el nombre del establecimiento.

La figura encapuchada no duda en entrar por la puerta desvencijada, a pesar de sus intentos no evita que las bisagras y el marco chirríen cuando entra en el oscuro pub. En la barra, un hombre alto, de barba blanca pero sucia, le observa por encima de las gafas oscurecidas por el candor de una vela cercana. El encapuchado inclina aún más la cabeza dándole un galeón al tabernero.

Un mudo asentimiento y delante del encapuchado se sirvió una copa de whiskey de fuego. El tabernero se alejó a limpiar las mesas, siempre girándose de vez en cuando para vigilar al nuevo cliente. Este miró el vaso roñoso y el líquido putrefacto y desistió de bebérselo por el bien de su estómago. Echó un vistazo al dueño y se escabulló en cuanto tuvo oportunidad. Subió unas escaleras empinadas hasta la zona de huéspedes.

Allí, más cauteloso, se acuclilló y avanzó lentamente por el pasillo. Se detenía en cada puerta y escuchaba con atención. Tuvo que quitarse la capucha para oír mejor, mostrando un rostro aguileño y un pelo grasiento y pegado a la piel.

Sus ojos negros no quitaban ojo de las escaleras temiendo que el dueño subiera por ellas para echarle antes de conseguir la información que necesitaba. Había escuchado por casualidad que Dumbledore se reuniría en ese andrajoso hostal con una interesada en el puesto de adivinación. Conocía lo suficiente a Dumbledore para saber que no creía en ese campo, y si en general desechaba a gran parte de los interesados en la enseñanza, con los adivinadores no solía concederles ni una oportunidad.

Sin embargo Sybil Trelawney tenía no solo una entrevista: el propio Dumbledore se desplazaba hasta Hogsmeade para conocerla. Severus era demasiado inteligente para ver en ello un simple hecho fortuito y tenía una quemazón en la nuca que le decía que allí ocurría más de lo que parecía.

Se detuvo ante la última puerta, no estaba bien cerrada. Se escuchaban voces en el interior. Snape se acercó lo máximo posible, intentando que el suelo de madera no crujiera bajo sus pies. Agudizó el oído y permaneció en absoluto silencio.

—…El único con poder para derrotar al Señor Tenebroso se acerca…, nacido de los que lo han desafiado tres veces, vendrá al mundo al concluir el séptimo mes… —la voz gutural que se escuchaba no se asemejaba a la de Dumbledore y Snape era incapaz de ver a Sybil Trelawney hablando de esa forma. No era capaz de ver el cuerpo que había visto en fotografías, pronunciar con semejante voz de ultratumba. Quiso seguir escuchando pero una mano le arrojó contra la puerta haciéndole entrar estrepitosamente en la habitación para luego ser arrastrado fuera de ella por el pie. Vio fugazmente a Sybil y Dumbledore. La primera no reparó en su presencia, el segundo le miró por encima de sus gafas de medialuna con una expresión indescifrable.

Se dio la vuelta en el suelo y vio como el dueño de Cabeza de Cerdo tiraba de él por el pasillo y escaleras abajo. Sintió cada escalón como un latigazo en la espalda que se arqueaba peligrosamente con cada golpe. Lo peor vino cuando se vio levantado en el aire y lanzado fuera del establecimiento. Snape desenfundo la varita, aun aturdido por el viaje. En cuestión de segundos se vio desarmado por un hombre que no parecía haberse duchado en días y con un pestilente olor a cabra.

Acorralado y vencido no dudo en lanzarse por su varita que aun rodaba por el suelo y desaparecerse antes de que le acertase algún hechizo.

Lo primero que notó fue el tronco de un árbol aplastándole el pecho. Se había desaparecido en plena caída y la inercia le lanzó contra el árbol al aparecerse de nuevo. Se quedó resollando, tirado en el suelo de algún bosque mientras trataba de retomar la serenidad y el hilo de pensamientos.

Estuvo dando vueltas a lo poco que había oído y visto. No era propenso a creer en lo que decían los adivinos, y menos de una farsante venida a menos como Sybil Trelawney. Conocía sus antecedentes, la había estudiado mucho desde que supo de la reunión. No dudaba de la honestidad de su abuela pero era un don que no había persistido en las generaciones siguientes. Al menos eso es lo que había ocurrido hasta esa noche. Sybil nunca había hecho una predicción correcta.

Repasó mentalmente los testimonios robados a sus más allegados y ninguno parecía especialmente impresionado. Todos hablaban de su aparente obsesión con las calamidades. Sin embargo había llamado la atención de Dumbledore por algo. Podría tratarse de una coincidencia y Dumbledore aceptó por cortesía, pero Severus no opinaba igual. Lo que había escuchado hacía unos minutos era, sin duda alguna, una profecía de verdad. Y una que el Señor Tenebroso tenía que escuchar en seguida.

Se levantó de un saltó, quitándose a golpes las hojas y la tierra que se le había adherido a la túnica. Agarró con fuerza la varita y pensó en Malfoy Manor. No se desapareció, algo le decía que tenía que pensar las cosas antes de actuar. Algo en la profecía no le gustaba. Le picaba la cabeza, como si un insecto se hubiera colado por su nariz y estuviera correteando por su cerebro.

"…vendrá al mundo al concluir el séptimo mes…"

Concluir. Séptimo. Mes.

¡Lilly!

No, no podía referirse a Lily. Tenía que ser otra persona, no podía ser Lily. No su Lily. Todo apuntaba a ella.

En ese momento maldijo su obsesión. Si no hubiera seguido tan íntimamente a Lily no sabría de su embarazo. Lo hizo, no escatimó esfuerzo en asegurarse que Lily estuviera a salvo, al igual que no dudó en intentar que Potter cayera en todas las emboscadas posibles. Y ahora estaba sentado en un bosque, sabiendo que Lily había tenido un hijo al finalizar el mes de julio y con una profecía que hablaba del que destruiría a Voldemort y que nacería el séptimo mes.

No era una situación agradable. Severus se puso a caminar entre los árboles mientras se golpeaba rítmicamente los labios con la varita. Repaso toda la información que tenía sobre la orden. "…nacido de los que le han desafiado tres veces…". Solo había otra pareja que encajará en la descripción y que estuviera embarazada: Los Longbottom.

No era una buena noticia para ellos. Snape no sintió lastima, ya era peligroso enfrentarse a Voldemort, ya se habían puesto solos en su punto de mira. Snape solo les daría prioridad. Debía encontrar el modo de que el hijo de los Longbottom fuera el único posible. Le costaba pensar en ellos pero tendría que darle una profecía tergiversada al señor Tenebroso.

Podía ocultar su existencia pero eso era aún más peliagudo. Además, no era el único espía del Señor Tenebroso. No tardaría en recibir noticias de la profecía, lo mejor era darle toda la información y manipular una porción para que se enmascarase con la verdad.

"El único con poder para derrotar al Señor Tenebroso se acerca…, nacido de los que lo han desafiado tres veces, vendrá al mundo antes del trigésimo primer día del séptimo mes."

Snape respiró hondo y calmó sus pensamientos para construir su fortaleza de frialdad alrededor de lo que tiene que esconder. Su escudo mental está listo cuando por fin decide desaparecerse. Ha tomado una decisión. Ha tomado la única decisión posible. No puede ver otra salida. Aún no.