Todos los personajes pertenecen a Hidekaz Himaruya, sin ánimos de lucro.
Capítulo IV
Apenas se dio vuelta, Heracles se percató de que no sería sencillo que Sadiq quisiera regresar con él. Antes de entrar a la parte del dormitorio y baño, volvió a mirar al turco. Tomó una bocanada de aire, porque realmente estaba preocupado por no poder salvar su relación. Vio en los ojos de aquel que todavía le amaba, pero que quizás no estaba dispuesto a perdonarlo…
Sin embargo, si hubiera reaccionado de una forma distinta, ahí si se hubiera sorprendido. Al menos, ahora estaba seguro de que aquel continuaba siendo el Sadiq que había conocido mucho tiempo atrás.
De todas maneras, no iba a darse por vencido ni bajar los brazos tan fácilmente. Estaba seguro que luego de que le terminara de contar toda su travesía, abriría su corazón. Iba a hacer lo que fuera necesario, para abrir esa bóveda que estaba cerrada con tanto sigilo. Decidió que se ducharía rápidamente para poder continuar de inmediato su relato.
Después de media hora, Heracles regresó al balcón, completamente refrescado. El turco apenas lo miraba de reojo, todavía molesto por la actitud que aquel había adoptado hacía unos breves instantes. De hecho, estaba a punto de volver a reprocharlo por eso pero el heleno se le adelantó, por lo que tuvo que volver a cerrar la boca.
—Te contaré el resto —dijo con una voz pausada y muy tranquila, a pesar de que el ambiente estaba lejos de ser armonioso. Heracles ladeó su cabeza, intentando de cierta manera, adivinar qué era lo que estaba pasando por la cabeza de su ex. Pero sabía que era imposible, sobre todo, porque Sadiq era un tanto impredecible.
—Vamos a la sala —Sadiq dejó escapar una especie de gruñido y luego entró al piso, golpeando suavemente al otro por el hombro. No le quiso dar demasiada importancia a ello, simplemente había sido un roce accidental.
El griego siguió al otro hasta el lugar donde éste había dormido. Sadiq, impaciente, arrojó la sábana y la almohada al suelo, para poder tomar asiento. Francamente, no sabía qué podía esperar de lo que le iba a decir Heracles. No estaba seguro si quería escuchar que se había acostado con otros hombres o algo por el estilo. ¿Qué haría si se lo confesaba? Iba a explotar de celos como mínimo.
Sacudió su cabeza de un lado a otro. No era el momento para estar pensando en ello. Ahora debía prestarle atención o tratar de hacerlo. Sadiq se hallaba sentado en uno de los extremos del sofá, mientras que Heracles ocupaba la otra. Ambos volvieron a examinarse el rostro, hasta que finalmente el griego miró hacia otro lado.
—Bueno… Supongo que quieres que te cuente lo que ocurrió luego —comentó mientras que se estiraba y miraba hacia el techo.
—¡Ya es hora, maldita sea! —reclamó éste, quien estaba a punto de colapsar por culpa de la impaciencia que le estaba carcomiendo. No podía esperar un segundo más para ello.
—Bueno…
Conforme pasaron los días desde que Francis le había hecho la sugerencia, Heracles parecía cada vez más convencido de ir de viaje con aquel. Para ser sincero, aquel sitio era demasiado pequeño y siempre se había preguntado si había algo más en la vida aparte de lo que tenía. ¿Acaso se estaba conformando al quedarse al lado de Sadiq?
A su indecisión, debía añadirle que últimamente andaba discutiendo demasiado con aquel. Si no discutían por el pago de la renta, discutían por el hecho de que Heracles quería adoptar un gato y Sadiq se rehusaba, utilizando cualquier excusa que encontraba, a sabiendas de que al griego le encantaban los felinos. Este último nunca había logrado comprender por qué su pareja no le podía complacer en ese sentido.
Además de que las cuestiones de la cama no andaban en buenos términos. Mientras que el griego tenía un apetito bastante voraz, el turco carecía de las ganas para satisfacerlo, incluso de tocarlo. Si llegaban a hacerlo una o dos veces por semana, siempre era por incentivo del muchacho de ojos verdes. ¿Acaso no sentía más atracción por él?
Así, considerando todos esos problemas en la convivencia, Heracles finalmente aceptó la propuesta del francés. No tenía nada más que perder. Estaba aburrido de su vida y realmente no sabía qué pensar de Sadiq. Por lo que, considerando las opciones que tenía, había decidido que lo mejor para él era alejarse del turco por un tiempo.
Ese mismo mes, Heracles renunció a su trabajo de profesor de Filosofía y…
—¡Aguarda un momento! —exclamó Sadiq, interrumpiendo la narración del griego.
Éste se limitó a suspirar, pues le exasperaba cuando aquel le cortaba su historia. Sin embargo, luchaba por comprender que aquello era necesario para que el turco pudiera entender del todo la razón por la cual se había ido.
—¿Renunciaste y no me avisaste en lo absoluto? ¡¿Qué rayos estabas haciendo entonces cuando me decías que te ibas a dar clases?! —exclamó furioso. Mil cosas se le pasaban por la cabeza y ninguna de ellas era agradable. Estuvo a punto de golpear la mesa central, pero se abstuvo y simplemente cerró su puño.
—Pues… —Heracles se rascó la barbilla por un buen rato y luego contestó—: Me iba al parque a leer hasta que fuera la hora de regresar a casa —Se encogió de hombros, restándole importancia.
El turco suspiró a la vez que le devolvía una mirada iracunda. ¿De cuántas cosas más tenía que enterarse? Durante esos últimos meses antes de la partida del heleno, había creído que la relación estaba bien. Más que perfecta, inclusive. Sin embargo, ahora venía a enterarse de que le había mentido y no solamente una vez, sino varias.
—Entonces, ¡¿me mentías cuándo me decías que me amabas?! —Al darse cuenta de que había subido su tono de voz, quiso tranquilizarse. Quería mostrarse lo más frío y distante que le era posible, pero ocultar lo enojado y decepcionado que estaba era imposible. Deseaba borrar ese sentimiento que le estaba carcomiendo por dentro, arrojarlo lejos para no volver a experimentarlo.
Sin embargo, cuando veía al griego directamente a sus ojos verdes, parecía que conseguía tranquilizarse tan sólo un poco, lo suficiente para no terminar explotando y mandar todo al noveno círculo del infierno. Se acomodó en el sofá, tirándose por el respaldo a la vez que buscaba la forma de lidiar con la información que le estaba proporcionando el otro.
Heracles, por su parte, trataba de ser lo más paciente que podía.
—No. Eso… —Se secó el sudor que le corría por la cara para luego fijarse en el otro —. Eso no ha cambiado. Te sigo amando, idiota —explicó, a sabiendas de que eso tal vez no sería suficiente. Después de todo, solamente eran palabras.
Sadiq sólo gruñó como respuesta al griego. Le parecía increíble que fuera capaz de decirle eso, pero no quería continuar discutiendo al respecto. Después, le hizo una seña para que prosiguiera con su historia. Estaba tan irritado que ni siquiera le miró al otro.
—Bueno, como iba diciendo antes de que tú… —Respiró hondo y se tragó las palabras, ya que él tampoco estaba de muchos ánimos para pelearse a esas alturas. Prefirió continuar con su historia sin rechistar.
Heracles había decidido que, si iba a viajar con Francis por toda la región, lo mejor era renunciar a su empleo. Aunque le dolía un poco, no podía estar atado a un compromiso al cual sabía que no iba a poder cumplir. Además de eso, retiró todos sus ahorros del banco y comenzó a prepararse para la travesía.
Un par de semanas antes de emprender el viaje en cuestión, volvió a reunirse con el francés, quien ya sabía acerca de su decisión. Decir que éste estaba feliz, es muy poco. Por un tiempo, había creído que el griego iba a acobardarse y rechazar su propuesta, pero al saber que había aceptado, sonrió como nunca antes lo había hecho.
Se reunieron en el mismo lugar en donde se habían encontrado la primera vez que hablaron de esto. Francis se hallaba sentado en el mismo sitio mientras bebía el mismo café de aquella vez. Y otra vez, el griego había llegado tarde.
—Lo siento —dijo Heracles calmadamente a la vez que tomaba su asiento. El otro no le dio mucha importancia a ello, estaba casi seguro de que acababa de despertarse de su siesta y que había salido a último momento. Pero eso no le importaba en lo absoluto, pues tenían un asunto pendiente del cual tratar.
—¿Estás seguro de que quieres emprender este viaje? —Indagó el francés luego de beber un sorbo del café —. Una vez que salgamos, ¿quién sabe cuándo regresaremos? —Hizo un gesto con los hombros, para mostrar que ni él estaba seguro de ello.
—Sí —Ya se había decidido y no había nada que le pudiera detener. Ni siquiera, si Sadiq se enterara y le pidiera que se quedara. Estaba convencido de que necesitaba viajar y ver el mundo por sí mismo, antes de que fuera muy tarde. Quizás sonaba bastante cruel, pero… Pero era lo que en verdad sentía.
El francés dejó escapar una ruidosa carcajada, mientras que el resto de los clientes de esa cafetería lo miraban. No esperaba que su respuesta fuera tan firme, pero al menos ya no tendría que estar peleando y buscándole razones para que le acompañara. Ahora, ya contaba con un compañero de aventuras.
—¿Qué tal si nos vamos el próximo mes? Así tendrás tiempo de ir sacando tus cosas del piso que compartes con Sadiq, de a poco. Supongo que él no tiene la menor idea de todo esto —Le sugirió para luego encogerse de hombros —. Puedes dejar tus pertenencias en mi caso, si quieres —. Le ofreció al darse cuenta de que Heracles estaba dudando un poco.
—¿De verdad? —preguntó éste, quién se mostró gratamente sorprendido por la oferta del rubio.
—Sí, por supuesto. Sólo que deberías hacerlo de a poco —comentó —. No querrás que Sadiq se diera cuenta fácilmente de que tus pertenencias han desaparecido de una manera tan brusca, ¿verdad? —A Francis se le iluminaron los ojos azules, a la vez que observaba con mucha atención la reacción del griego.
Pero Sadiq volvió a interrumpir la historia de Heracles, esta vez, con un ataque de furia. Se levantó y comenzó a dar vueltas por la habitación, tratando de articular las palabras que mejor describían lo que sentía en ese instante. Heracles solamente observó cómo su ex se paseaba y le dio la impresión de que los ojos de aquel se habían encendido como llamas en una fogata.
—¡Sabía que no me estaba volviendo loco! ¡Sabía que tus cosas estaban desapareciendo! —exclamó mientras que continuaba dando vueltas por la habitación. Luego, se detuvo y tras pensarlo un buen rato, señaló a su huésped —¡Me estabas mintiendo, en la jodida cara! ¡Tuviste el maldito descaro de hacerme creer que estaba loco!
Heracles continuó escuchando el arrebato del otro, en silencio. Lamentablemente, no estaba en posición ni en condiciones de contradecirle. Principalmente, porque Sadiq tenía toda la razón del mundo. Y si bien, no le resultaba para nada agradable, intentaba soportarlo lo mejor que podía y con toda la paciencia que tenía.
Luego de estar gritando por un buen rato, el turco se tiró encima del sofá. Estaba completamente agotado y le dolía bastante la garganta, pues había gritado de sobremanera. Cerró sus ojos, como si estuviera deseando que todo esto se tratara de una maldita pesadilla de la cual no podía despertar. Pero no, era demasiado real.
—Maldición… —murmuró mientras que seguía recostado sobre el sofá. No sabía si quería continuar escuchando lo que el otro tenía por decir. ¿Cuántas cosas más le confesaría? Volvió a respirar de manera profunda. Quizás era mejor así, al menos, podría darle un fin a aquella relación de una vez por todas.
Heracles se levantó de inmediato y se dirigió al balcón. Aun no le había contado qué rayos había pasado en la travesía que había emprendido con el francés y ya reaccionaba de ésa manera. De todas maneras, sabía que debía proseguir con su historia. Era lo menos que podía hacer por el turco, luego de causarle tanto daño.
Sin embargo, antes de que pudiera decir palabra alguna, Sadiq abrió la boca. Había una pregunta que le estaba rondando por la cabeza desde hacía un tiempo y que ya no podía esperar por su respuesta. Ya ni siquiera le importaba disimular los celos que le oprimían. ¿Qué más daba?
—¿Tuviste algo con ese idiota? —indagó mientras que cerraba sus puños con fuerza y seguía mirando hacia el techo. Honestamente, no se animaba a mirar a los ojos del griego, pues temía que la respuesta fuera afirmativa.
—¿A qué te refieres? —Heracles intentó hacerse del tonto.
—¡Sabes muy bien a qué me refiero, imbécil! —exclamó molesto —¡¿Te acostaste con él, sí o no?!
¡Gracias por leer~!
