Capítulo 4 No saber el camino ¿Molesta, verdad? Es algo que no puedes soportar, que nadie entiende porque la vida te ha hecho tan difícil situación. Diciéndolo de un modo en el que lo entienda todo el mundo, tienes que decidir si ir a una tienda donde todo es más barato, o a una en la que te dan muestras gratis por cada vez que compras en el local, evidentemente no vale hacer cuentas para saber qué es más barato. Bueno, esto no viene a cuento. Yo estaba en el polideportivo de mi localidad. Estaba hablando con mi amigo Neon y nos dirigíamos a abandonar la pista cubierta de balonmano. Neon es un chaval de mi edad, es un poco más bajo que yo pero era más rápido, eso no me agradaba cuando jugábamos a cualquier deporte. Nos encantan casi todos los deportes que hemos practicado, como el fútbol, el baloncesto, el tenis, el pádel, el balonmano o el baseball. Además de los mencionados, a mi me gusta el ajedrez, si lo consideran un deporte, aunque a Neon no. Y a él le gusta el rugby aunque a mi no. Él llevaba la pistola de bolas que le modifiqué para que tuviese la potencia de un franco profesional. Le gustaba fanfarronear de ella y siempre la llevaba en su mochila. Escuchamos como una explosión a nuestras espaldas. Desconcertados, giramos y recibimos un fuerte empujón con el que caímos al suelo. Alzamos la cabeza y vimos un monstruo de metal gigante, que casi llegaba al techo del polideportivo Saqué lo que yo llamaba brazalote, el brazo mecánico que mencioné mucho antes. Buscamos la manera de parar el robot, mientras yo le daba descargas eléctricas con la batería del brazolete, Neon intentó que sus balines atravesasen las partes más frágiles como tuberías de suministro. Neon hizo un hueco en un cable del brazo del robot, y se me ocurrió darle una descarga allí. Y como resultado el robot cayó al suelo con un sonido estridente pero corto. De el salieron dos personas vestidas con uniforme militar negro, un hombre y una mujer. Al parecer, mis habilidades habían llegado a malos oídos. Los dos sacaron dardos tranquilizantes e intentaron atraparme. Mi arma era mucho mejor que doscientos dardos y más con ayuda. Pero me quedé de piedra cuando más y más hombres y mujeres como los de antes salieron de sus escondites y le dispararon a Neon. Cargué el brazolete de gas tranquilizante para jugar a su rollo. Los siguientes 10 minutos fueron apasionantes, y vi como uno a uno iban cayendo todos los hombres, pero tenía que ser el último hombre en pie el que me dejase en el suelo. No sabia donde estaba cuando me desperté. Estaba en una silla maniatado. No recordaba nada de lo pasado pero estaba tan confundido que no me sentía raro. Un oficial con muchas medallas en su uniforme se puso en frente mía. Parecía valorarme y me miraba con una sonrisa de oreja a oreja. Me estaba hablando, pero yo medio dormido, no me enteré de nada. Cerré los ojos. Cuando me di cuenta, no podía respirar, me entró frío y estaba mojado. Abrí los ojos y el oficial tenía un cubo en la mano. Estaba claro que me habían echado un cubo de agua. -¡Echa cuenta! No pude evitar la risa. -Estas en peligro, deberías ser tu el que se preocupe por este asunto y no yo. Pero como este asunto es de tu incumbencia, y tu lo eres de la mía, a mi también me importa. Te están persiguiendo. -¿Quien- pregunté asombrado-? -Solo te puedo decir que es gente peligrosa. Me fijé en que seguíamos en el polideportivo, en la misma pista cubierta. Con los mismos destrozos que antes, pero me pareció raro que no hubiese llegado la policía. Antes de que el oficial continuase su discurso, el techo empezó a resquebrajarse y a desmoronarse. De él salió una nave voladora parecida a un barco. Al mismo tiempo, el lugar cambió de forma, ahora parecía un lugar de aislamiento. Una sala enorme vacía con paredes azul oscuro. De la nave salió un oficial idéntico al otro pero con el uniforme de la marina. -Elio, ven conmigo- fue lo primero que dijo. Justo después me desató. -No, Elio, el es esa persona tan peligrosa. Debes venir conmigo. -No le eches cuenta. Yo vengo a ayudarte.