Apestas.
Una canción pegajosa resonaba en el lugar, el día pintaba a ser caluroso, casi abrumador, sobretodo para quienes iban en avión, como dos chicos camino a Europa.
—¡Apesta! -se quejó Juudai, arrugando la nariz ante el olorcillo de la colonia del tipo de enfrente, que se había extendido inexplicablemente hacia atrás.
Su acompañante se sonrió antes de ponerle un dedo en los labios, debido a que no buscaba problemas.
—¿Y si te dijera que yo también uso la misma? -y le ofreció el cuello para que aspirara el aroma.
—Entonces diría que tú apestas bien.
Las risas sofocaron cualquier conversación en el avión.
F I N
