Any-chan15: Para serte sincera, no sé bien bien que es esto. Cuando lo escribo, no pienso en que es más bien pienso en representar sus sentimientos mediante el relato porque de su relación lo que más me atrae y me intriga es el preludio a la historia que nos muestra el anime y el manga. Quiero entender como se querían o como nacía, así que hago mis propias hipotesis sobre ellos y lleno los vacíos que nos dejan con mi propia imaginación. Sinceramente me gusta el significado que le has dado tu ya que me has dado un pequeña perspectiva.

Y para acabar me gustaría dedicarte este. Que en mi opinión, es de mis favoritos ya que busco una nueva persepectiva de dichos sentimientos.

¡Espero que te guste!


"Érase una vez,

Un ángel buscando el caos,

y un demonio buscando la paz.

Ambos se encontraron.

Fin."

Por un lado Elizabeth, era un ser hecho de luz. Era brillante y pura. Era la personificación de la belleza y la delicadeza del mundo que pisaban. Ella proporcionaba serenidad a todo ser que conocía y hacía nacer sentimientos cálidos en los corazones de los que la rodeaban. Irónicamente, el ser por el cual Elizabeth perdería la cabeza; el ser al cual Elizabeth se había entregado en cuerpo y alma no era otro que la personificación de la oscuridad. Meliodas, siendo el lado contrario, tenía los pies cosidos a la miseria e incluso la disfrutaba, disfrutaba crearla y verla suceder ante sus ojos. No mostraba piedad, porque en su vocabulario tal palabra no existía. Aún y así, Meliodas no pudo evitar sentirse atraído hacía la deidad, quién parecía ser el polo opuesto de su existencia. Ella era el norte de la brújula del destino y él era el sur. O eso parecía.

Un sabio, una vez dijo que solo hay tres cosas que no pueden ser ocultas de ninguna de las maneras. El Sol, cálido y vivo, que ilumina la faz de la tierra y tras cada atardecer promete asomar en los cielos al amanecer. La Luna, fría y distante, que adorna el cielo lúgubre cuando el Sol desaparece, cada noche. Y la verdad absoluta.

Y no la verdad de que ambos estaban locos el uno por el otro. Si no la verdad más absoluta en lo referente a su existencia: ambos encajaban.

Meliodas y Elizabeth encajaban como las piezas de un puzzle. E aquí el secreto de todo puzzle. Para encajar de manera perfecta se debe ser diferente, se debe ser opuesto; más sin embargo, al mismo tiempo debe haber un punto de unión, debe haber cierta similitud entre las piezas, porque si no fuese así las piezas de distintos puzzles podrían mezclarse, desordenar el puzzle original y no importaría ya que igualmente este se vería completo. Y por cada puzzle que existiese habría infinitas resoluciones, infinitos resultados. Y eso simplemente no es verdad. En el mundo hay infinitas piezas, y en este caos y desorden de piezas diferentes hay una que encaja contigo. Solo una. Justo como ellos solo encajaban entre ellos, cosa que confirmaba la verdad que yacía en lo más profundo de sus seres, en lo más profundo de sus instintos primarios: la deidad y el demonio no eran tan distintos como dejaban ver.

Ser Diosa, traía una infinita serenidad al pecho de Elizabeth. Brindar paz y luz al mundo, ser el símbolo de la esperanza de la guerra implicaba vivir con una sensación de calma recorrer su venas. Sin embargo, por mucho que se lo negara cada día al despertar, cada noche al caer en brazos de Morfeo, para ella eso no era suficiente. En su interior había un fuego que luchaba ser liberado, se trataba de un ardor que buscaba quemarla por dentro y a veces parecía que por fuera. Luchaba por domarlo, controlarlo e incluso exterminarlo de su sistema, con tal de que sus iguales no lo vieran ya que temía que si las diosas lo veían, si su madre lo veía, se convertiría en una paría, repudiada por su própia especie. Pero este estaba bajo su piel y se negaba a abandonarla ya que, era parte de lo que ella era. Era parte de su identidad.

Ser Demonio, significaba disfrutar del fuego del infierno, significaba llevar oscuridad y destrucción al mundo. En si, ser Demonio, significaba que tú no buscabas la paz ya que era ciertamente un concepto antónimo, sin embargo, destruír la paz y iniciar una guerra que traerá muerte, sangre y frío te traía una sensación de paz y disfrute. Durante años de mera existencia, eso le sirvió a Meliodas, es más se lo creyó. Sin embargo, sus siete corazones siempre supieron la verdad. Esa paz que traía consigo el hecho de ser Demonio, era falsa. No había paz en la destrucción, no había paz en la lucha. Al menos no para él. Daba igual cuanta sangre derramara en los campos de batalla, daba igual cuántas vidas arruinara y destrozara usando su poder. Daba igual cuánto le divertiera el mal que hacía nacer con sus manos. Nunca había sido feliz. Ya que a pesar de que los conceptos diversión y felicidad iban cogidos de la mano, a la par del significado de mal y Demonio; en un fondo eran dos palabras distintas, opuestas incluso para Meliodas, ya que la diversión no siempre traía consigo la felicidad. Anhelaba esa paz de la cual hablaban los manuscritos y leyendas, esa paz que hacía que un ritmo pausado se introdujera en el corazón (corazones en su caso) y creaba una sínfonía, esa paz que dejaba tus extremidades flotar antes de caer en la bruma del sueño. Anhelaba sentirla en su pecho por muy contraria que esta fuese al ideal de su especie. Anhelaba hacerla parte de él, sin embargo era imposible. Tal vez por eso, a pesar de divertirse destruyendo y sembrando el caos, Meliodas nunca fue feliz.

No fue hasta Elizabeth que vio y aceptó la verdad que nacía y moría cada noche en lo más profundo de su cabeza. Y no fue hasta Elizabeth que la sintió. Estar con ella, quererla le trajo la única y verdadera paz y con esta calma y serenidad, llegó la felicidad que en lo más profundo de su alma había buscado sentir.

Y así Meliodas comprendió su verdad, él era un Demonio, nadie podría negarle sus raízes pero no era como el resto. Su existencia iba más allá de la mundana felicidad que proporcionaba ser lo que era. Su existencia se perdía entre los dedos de la paz que Elizabeth creaba con su exisencia simultánea.

Querer a Meliodas, traía consigo una bendición, al mismo tiempo confundible con una maldición. Al colarse este bajo su piel desde su primer encuentro, el fuego dentro de Elizabeth se volvió indomable. Los sentimientos que el Demonio hacía nacer en ella, se mezclaban y transfiguraban, con ese fuego prohibido que nacía en lo más profundo de su alma, avivándolo, haciendo estragos en su interior, quemándola por dentro de manera ardiente y destructiva, no obstante al mismo tiempo eterna. Durante la negación, pensó que la consumiría viva y que se vería ahogada en la ceniza que creaba su propio fuego pero una vez, todo salió de su pecho nunca se había sentido mejor.

La verdad de Elizabeth, era que su ser buscaba caos en pequeñas medidas y lo disfrutaba. Disfrutaba el griterío que miles de voces, disfrutaba el desorden de la humanidad, lejano a la verdad ídilica del orden que creaban las Diosas. Ella era un ideal de Diosa en toda regla, un Diosa que buscaba el pecado que era el caos. Y querer a Meliodas, le proporcionaba ese caos que tanto deseaba en su interior y con este caos ardiente llegaba la felicidad.

Ella vio paz en su caos. Y él vio caos en su paz. Y ambos le proporcionaron al otro su absoluta verdad y con esta llegaba su felicidad. Una felicidad que había nacido de manera prohibida o más bien diseñada para ellos, para así encajar.