Disclaimer: KOF no me pertenece.
Nota de la desaparecida: ¡Hey! Nos volvemos a ver. ¿Pensaron que no me verían más? ¡Pues no! ¡Aquí vuelvo con un nuevo capítulo! Llegué ami cuota de las 2000 palabras, para el siguiente capítulo tengo como cuota escribir 3000, es algo dificil para mi, pero lo conseguiré, yo lo sé. :']
Oh, por cierto, no hubo ni especial de Halloween ni día del padre, porque A. Me olvidé y B. La inspiración no llegaba. Pero tengan por seguro que para las fiestas verán millones de especiales de Navidad por mi parte, ¡no los entretengo más y ojalá les guste! Los reviews se aprecian desde ya. uwu
4. El tercero en discordia.
Para Hokutomaru ya se había convertido en un habito acompañar a «mamá Mai» a hacer las compras cuando las cosas indispensables en la casa se acababan. Más ahora que ya tenía cuatro meses, y Andy le había pedido de favor que la cuidara siempre que salieran sin él. Y Hokutomaru, como todo buen niño, le hacía caso omiso.
Estaba tremendamente aburrido, le gustaba acompañar a mamá Mai a veces al súper mercado, cuando esta le prometía comprarle un dulce a cambio. Ustedes saben, la mentira que siempre se les dice a los niños para que dejen de protestar, y generalmente era verdad, pero hoy no.
Se quedó viendo una caja de chocolates, diablos, le encantaban esos dulces. Pero sabía que mamá Mai no se los compraría, hoy no habían venido para eso. Suspiró y apresuró el paso para alcanzar a la castaña que seguía con su labor.
—Vamos, Hokutomaru —lo llamó, dirigiéndose a la caja, el pequeño la siguió, mirando embelesado el estante con dulces que había cerca.
Mai golpeaba el piso con la punta de su taco, impaciente. Había sido un día agotador y lo que más quería era llegar a casa, agarrar el pollo frito que había dejado en la mesa de la cocina, ver su programa favorito de las nueve e irse a dormir. Su vida últimamente era monótona, aburrida, quizá se debía a que su reciente trabajo como profesora de tradiciones japonesas que le dejaba poco espacio en su agenda para hacer lo que se le plazca la gana. Nunca había trabajado realmente, siempre que había un nuevo torneo, el dinero que le daban como premio de consolación le servía para vivir bien, sin contar las propinas que a veces ganaba al ayudar a King en el bar por un tiempo. Sin contar todo eso, nunca había probado lo que era trabajar realmente.
Su único consuelo era que cuando cumpliera seis meses dejaría de dictar esas aburridas clases y volvería a casa, para poder consentir a su Andy y mantener el hogar en orden. Ahora que lo pensaba, su «hogar» aún no estaba adaptado para el nuevo integrante. Llevó su dedo indice a sus labios, debía planteárselo a Andy apenas llegara a casa. Tomó la mano de Hokutomaru mientras salía del súper mercado, ambos con bolsas en las manos, iban en silencio, bueno casi, el niño tarareaba una melodía pegadiza que Mai no supo reconocer, pero que luego de un rato se le pegó.
Apunto de llegar a casa, la castaña sintió que era observada. No le tomó importancia, seguro era por el cansancio.
—¿Papá Andy te dijo que saldría? —preguntó, Hokutomaru negó.
—Nope, está viendo televisión en el sofá de la sala —dijo, mientras metía discretamente su mano hacia la bolsa de los postres y sacaba unos caramelos de miel.
A lo lejos, un par de ojos verdes pasto la miraban como si fuese la cosa más increíble que haya visto jamás. Había esperado tanto por esto, y ahora estaba a escasos metros, a punto de cumplir su meta desde hace años. Pero no podía, algo se lo impedía. Más bien, alguien. Y era ese pequeño niño parado al lado de Mai, que tan solo hace unos minutos había escuchado gritarle «mamá». No quería creerlo. No podía hacerlo. Caminó hacia ella, sintiendo con cada paso como si los abanicos de la castaña lo golpeasen hasta perder la conciencia. Y es que por más que no la viera por más de cinco años, sus sentimientos habían permanecido intactos, como el primer día que la vio. Cuando estuvo a una distancia prudente, tocó su hombro, esta no tardó en darse vuelta.
—¿Se le ofrece algo? —preguntó con educación. El muchacho parpadeó aturdido al ver que no lo recordaba.
—M... Mai, ¿acaso no me recuerdas? —preguntó el joven, levemente aturdido.
Hokutomaru se sorprendió de que supiera el nombre de su madre y agarró disimuladamente su navaja de bolsillo que había conseguido en un campamento al que había sido enviado por Mai, al pensar que el niño debía interactuar con otros infantes de su edad.
Por su parte, Mai alzó una ceja, tomó de la mano al niño y se dio la vuelta, dispuesta a irse.
—Lo lamento, pero yo a usted no lo conozco —dijo, restandole importancia a la existencia de ese desconocido.
El corazón del muchacho de ojos verdes comenzó a palpitar con desenfreno, ¡tantos años buscándola y ahora que la encontraba, se iba de sus manos! ¡Otra vez! No podía dejar que eso pasara, no podía... Debía haber algo que la hiciera recordar los tiempos en el que era su fiel enamorado y más fuerte pretendiente ante los ojos de Hanzo Shiranui. Buscó entre sus bolsillos, hasta que tocó algo firme, lo sostuvo fuertemente y exclamó.
—¡Mai! ¡Espera! —la castaña bufó, dándose vuelta para ver qué diantres quería el desconocido ahora, cuando vio lo que sostenía en sus manos, su corazón se detuvo por un segundo—. ¿Ahora me recuerdas? —preguntó el de ojos verdes, con sus ojos bañados por una emoción que jamás nadie le iba a arrebatar.
—¿Dyllan? ¿De verdad eres tú? —preguntó ella, aún sorprendida. Él asintió frenéticamente.
—¡Sí! ¡Sí! Gracias a Hamura* que te acordaste de mi, cariño. —Exclamó, abriendo sus brazos para darle un abrazo, el abrazo que había esperado por tanto tiempo. En su mano derecha aún traía esa pieza de madera que significaba el mundo para él: un abanico hecho a mano, que rezaba en uno de sus costados «cásate conmigo», más abajo estaba escrito con rotulador rojo un gran, y se notaba que fue hecho con furia, «NO».
Mai dio unos pasos para atrás, aturdida aún más por ese «cariño».
—Disculpa, Dyllan, pero creo que te has confundido, lo que sea que creyeras que tuvimos: nunca pasó —explicó pausadamente. El corazón de Dyllan poco a poco se iba haciendo añicos con cada palabra que la castaña soltaba. Se negaba a aceptar que su búsqueda había sido en vano, no podía ser cierto, no ahora.
¿Que nunca habían tenido nada? ¡Esa es la mentira más grande que jamás podrían haberle dicho! Si tenía tantas miradas picaras por parte de ella, sonrojos mutuos, ¡e incluso le había dedicado una canción! No comprendía, de seguro algo fallaba en la memoria de Mai, puesto que la suya recordaba perfectamente como le hacía ojitos tiernos a él mientras entrenaba, o aquella vez que le dio ánimos mientras entrenaba junto a Andy, o cuando... Esperen. ¿Andy?
«Andy...» ese nombre retumbaba en sus oídos junto con las veces que escuchó a Mai lanzar suspiros de una colegiala enamorada al aire por el joven Bogard, ahora todo le cabía. Nunca lo miró a él. Siempre había alguien más detrás suyo que le robaba el amor de su doncella. Apretó los puños con fuerza, sintiendo comezón en sus ojos y una gran vergüenza por no haberse dado cuenta. Inspiró profundamente, tratando de serenarse, su mente era un lío, una fugaz idea cruzó por su cabeza, era alocada, pero quizá jamás la volvería a encontrar y... Y tendría que vivir con esa culpa que lo carcomía y...
—Mai, te amo.
Al demonio.
La mano de la castaña apretó con fuerza la manija de su bolso, procesando lo dicho por el chico. Ok, era normal que los chicos la encontrasen atractiva, por lo general nunca pasaba a algo más que una doble intención por parte de algunos hombres al apreciar su belleza, pero... ¿Amar?
¿Amar?
—Dyllan... Yo... —titubeó, su garganta se había secado de pronto y las palabras no querían salir.
Desde que el extraño hombre había dicho tales palabras, Hokutomaru se había posicionado en frente de su madre instintivamente, no quería que nada malo le pasara, papá Andy le había hecho jurar que cuidaría a mamá y su futuro hermano o hermana, y él no planeaba fallarle.
Luego de tal atrevimiento, el cerebro de Dyllan al parecer aún seguía congelado, puesto que solo consiguió empeorar la situación, para él.
—Tú te... te... ¡Te comiste mi corazón, Mai! —el joven inglés la miró, con sus ojos grises brillando en añoro. La castaña retrocedió, asustada. Hokutomaru amenazaba con atacar al hombre si intentaba algo con mamá Mai, él notó lo incorrecto que sonó todo lo que dijo hasta ahora y se retractó—. Es... quiero decir... Cuando dejaste el dojo de tu abuelo, sentí que me faltaba algo... Y hace meses supe que era: te habías llevado mis capacidades para amar a otra persona. —Mai alzó una ceja, esto le sonaba a una película cliché a más no poder.
—Muy lindo todo este teatro, Dyllan, pero, si no te has dado cuenta, esto te impide llevar a cabo lo que mi abuelo te prometió en su momento —mostró su dedo anular, en donde descansaba un precioso anillo dorado. Dyllan de pronto se puso más blanco de lo normal.
Mai estaba casada. Y no era con él.
—Oh, y esta cosa que ya lleva cuatro meses —señaló su vientre, levemente abultado—, te indica aún más que jamás te amé, ni hay posibilidad de que lo haga. Lo siento.
Entonces, vio como sus sueños y su corazón morían a manos de aquella mujer que se perdía en las puertas del edificio.
El pobre Dyllan jamás volvería a ser el mismo.
Al llegar al apartamento, Mai le quitó las bolsas al niño y las puso en la cocina, lo mandó a ver televisión como recompensa por haberse portado tan bien y como guinda del pastel, le dio un dulce, con la condición, de que no le contara a papá Andy del incidente de hoy. Él prometió no decir nada. Emocionado por este gesto, Hokutomaru saltó al sofá y, saboreando la paleta que mamá le había regalado, prendió la Tv para seguir viendo la maratón de Digimon.
La castaña fue hasta su habitación y se quedó mirando el techo, las palabras de Dyllan aún hacían eco en su mente.
«Mai, te amo».
Ella no amaba al de ojos verdes, su corazón siempre tuvo un amor incondicional y gigante por Andy Bogard, su marido y futuro padre de sus siete hijos. Dyllan no cabía en sus planes. Sí, alguna vez llegó a pensar que el joven inglés era lindo, pero... Andy era Andy, y ella amaba a su rubio, pese a todos los años que la tuvo esperando por siquiera un «te quiero». Ella no amaba a Dyllan, y nunca lo haría.
Los leves toques en la puerta, hicieron que levantara un poco la cabeza, solo para ver a su esposo asomando la cabeza. «Esposo... No me había percatado de lo bien que suena eso», pensó. Andy la vio y sonrió de oreja a oreja, tal y como a Mai le gustaba. El estomago de la castaña dio un vuelco, «Seguro es por el embarazo» se dijo.
—¿Cómo les fue en el supermercado? —preguntó, tomando asiento en la punta de la cama. Mai se alzó de hombros.
—Regular, creo —dijo, sin saber qué podría contarle—. Es el súper, tampoco es la gran cosa —murmuró. Andy rió levemente, en eso tenía razón.
—He estado pensando... —Comenzó, su esposa giró a verlo— y creo que deberíamos ir pensando en mudarnos, ¿no? —comentó. Mai parpadeó unos segundos.
—¿Mudarnos? —repitió—. ¿Por qué? —Andy suspiró.
—Me encanta el departamento, ¿pero no has pensado que sería un poco apretado para los niños?
«Los niños —volvió a repetir—. ¿Debo creer que eso significa que vendrán más?».
—Uhm, supongo —murmuró—. No lo había pensado... Creo que es una buena idea, aunque me gustaría que nuestros hijos hagan ejercicio subiendo y bajando las escaleras, ¡imaginate qué cuerpos llegarían a tener! —bromeó. Andy lanzó una fuerte carcajada.
—Ok, en eso tienes razón —admitió, se recostó a su lado y la miró fijamente—. Me di cuenta de que amo cuando me das la razón, si fueras otro tipo de chica sería al revés —dijo a modo de broma, también. Ambos rieron—. Te amo, Mai. —Un ejercito de mariposas pasó por su estomago, demoliendo todo pensamiento sobre Dyllan al instante.
Ella no amaba a Dyllan, y no lo haría jamás.
[*] Hamura: En una linea temporal que yo me inventé, el primer patriarca del clan Shiranui se llamaría Hamura, es a él a quien Dyllan agradece porque Mai lo recuerde.
