IV. PARTE CUATRO

SOFIA, BULGARIA - DOS HORAS DESPUÉS.[i]

Las diferencias comenzaron a notarse apenas pisaron suelo búlgaro. Lo primero fue que el grupo se separó, apenas descendieron de la nave. La mitad de los agentes abordó una furgoneta negra, con rumbo desconocido, mientras que Sherlock, Irene y Leyla abordaron un automóvil que los trasladó bastante lejos del centro de la ciudad. La joven se despidió de ambos y descendió, luego de cerca de media hora de viaje. A unos quince minutos después, Adler y Holmes arribaron a su destino definitivo.

La otra diferencia significativa es que el apartamento en Sofía era considerablemente más amplio y cómodo que el que habían dejado atrás en Bakú, lo que, desde el punto de vista de Irene podría significar que ese era su nuevo hogar, pero ¿Por cuánto tiempo compartiría Sherlock ese espacio con ella?

-La habitación está arriba, por si quieres dejar tus cosas o… descansar. - Comunicó el detective, tras verla algo perdida. - Prepararé algo para comer.

- Gracias. Voy a… - La Mujer señaló las escaleras, e iba a agregar algo, pero en ese momento, no supo qué.

Irene subió y se encontró con una vista panorámica que le dejaba ver exactamente en qué punto de la ciudad se encontraba, el cielo, amenazante y una inmensidad que a veces le parecía demasiado. Se cambió los zapatos y comprobó, que tal y como en Azerbaiyán, el armario estaba lleno de ropa, las sábanas de la cama limpias y un nuevo juego de toallas descansaba en el baño. Bajó a los pocos minutos, y se encontró con que Sherlock había preparado un par de sándwiches que parecían tener todos los ingredientes que había encontrado en la nevera. Y que la nevera había sido llenada recientemente.

Ambos comieron en silencio. Un silencio incómodo; como si Sherlock quisiese hablar, pero no pudiese, o no supiese como hacerlo; como si Irene quisiese saberlo todo, pero no tenía claras las preguntas.

- ¿Hay algo que pueda hacer por ti? -Preguntó ella, finalmente, sin saber mucho de dónde había salido esa idea.

Sherlock la miró. Una expresión similar a la que le había dado esa tarde, con un poco de contención.

-La próxima vez recuérdame no mezclar mostaza Dijon y tártara. Es demasiado. - Replicó él, alejó su sándwich a medio comer y entrelazó sus dedos bajo su barbilla.

- Bueno, considerando las circunstancias, en serio espero que no haya una "Próxima vez" -Contestó ella, con gracia.

Sherlock sonrió más para sí mismo y la miró de reojo. Se puso de pie y caminó hasta la sala, cruzándola por completo y acercándose a la ventana.

- Probablemente va a llover esta noche. - Comentó Irene, varios minutos después, acercándose al hombre.

- Espero que no demasiado, tengo que tomar un vuelo mañana. - Respondió él, mirando al piso.

Entonces Irene entendió, podría haber jurado que todo, y quizás no estaba tan lejos de la verdad. Él se iba a marchar, inevitablemente, siempre lo supo, de hecho, ambos lo sabían, ¿Qué era lo que tanto le complicaba?

- Me voy a la cama. Supongo que tú también necesitas descansar un poco, así que, te dejo.

- Avísame si necesitas algo, ¿ok?

Irene subió y se cambió de ropa con cuidado. No es que tuviese mucho dolor, es sólo que todo el movimiento del día, el cansancio, sus emociones revueltas; y bueno, también el dolor, le eran incómodos. Ajenos, casi. Una pesada mochila que se había amarrado a su espalda y no sabía cómo quitar. Pensó en pedirle un analgésico al detective, pero entonces, se recordó que ella era fuerte. Y sobre todo, que ella podía ser fuerte sin él. Y él se marcharía, al día siguiente, sin importar nada.

-oOo-

No habían pasado más de veinte minutos desde que Adler había subido al cuarto cuando decidió ir por un vaso de agua al baño. Hacía frío y quizás era la única razón, o tal vez había veinte más, pero el punto es que no podía dormir. Volvía con el vaso medio lleno cuando escuchó pasos en la escalera.

- ¿Sherlock? - Preguntó, casi con susto.

- ¿Te desperté? - Interrogó la voz del detective, casi pidiendo permiso.

- No. Ven.

Segundos más tarde, el hombre estaba ahí, mientras Irene dejaba el vaso sobre la mesita de noche del lado derecho de la cama.

- Pensé… Mejor dicho, recordé que no te entregué ningún analgésico y que aun podrías estar sintiendo dolor. - Explicó el hombre, mientras mostraba el frasco en sus manos.

Sherlock tenía puesta una camiseta blanca y pantalones de franela; lo que hacía inevitable que Irene se cuestionase si a él también le costaba dormir, y qué se podía hacer al respecto.

- No. Es decir, no tanto como para tomar algún medicamento, gracias. - Replicó ella. - Pero si me sería útil algo para dormir. - Agregó, caminando hacia el hombre.

- Seríamos dos, pero creo que no puedo ayudarte con eso. No había nada en el kit que nos dejaron. - Explicó el hombre. Entonces Irene hizo un gesto de resignación, mientras el detective dejaba de todos modos el frasco de pastillas sobre la mesita de noche. - Pero ¿quieres que te traiga algo? ¿Leche, quizás?

- Oh, no. No te preocupes. Asumo que el ruido de la lluvia me ayudará a dormir. - Replicó ella, con un dejo de sarcasmo al final.

- No está llov… - Ella lo interrumpió dejando un dedo suavemente sobre sus labios.

Por casi un minuto estuvieron en silencio, mientras progresivamente se oía con más fuerza el ruido de la lluvia. En el techo, las ventanas y la calle. Entonces Irene sonrió y fue consciente de la suavidad de los labios del hombre bajo la piel de su dedo.

- Lo siento yo… - Dijo, nerviosa. Y luego de mirar sus labios dirigió su vista a los ojos del hombre. Vaya, estaban cerca. Y aun así, no terminó la oración.

- Está bien. -Dijo él, apenas con un hilo de voz.

El aire de sus palabras bailó en torno a la figura delgada del índice de Irene y ella desplazó su mano a la mejilla del detective, con cuidado. Como si fuese él quien acababa de ser rescatado de una muerte casi segura.

Y entonces, las manos del hombre estaban sobre las caderas de Irene y la mano libre de ella estaba en el pecho de Sherlock, sintiendo que su corazón se podía salir en cualquier momento.

Quizás fue un trueno. Quizás fue sólo viento muy fuerte. La cosa es que cuando sus labios se encontraron, la tormenta exterior se intensificó; tal y como al interior del apartamento, ya no habían reparos que valiesen ni excusas que esgrimir.

Antes de que hubiese tiempo para arrepentirse, Irene le sacó la camiseta a Sherlock, lanzándola bastante lejos. Él levantó su cara desde la barbilla y le dio un profundo beso. Entonces, inclinándose un poco, llevó sus manos hasta los muslos de la Mujer, justo al límite de su camisón. Y lo levantó, retirándolo por completo. La miró por una fracción de segundo, para luego; lento y delicado, besar su cuello y continuar bajando, hasta que sus rodillas tocaron el piso y sus labios estaban sobre su vientre. Como si literalmente, se arrodillase ante ella. Y apoyó su frente sobre el abdomen de La Mujer, para luego mirarla hacia arriba y ponerse de pie, de forma que, mientras lo hacía, se las arregló para levantarla y llevarla hasta la cama. Y una vez ahí, la desnudó por completo y volvió a recorrerla con besos, como si quisiese que esa noche jamás terminase. Tal vez porque sabía que era el fin del mundo. Tal vez porque afuera ya no llovía y ella no podría dormir.

Irene se acercó a él y ayudándose en el apoyo que los hombros del detective ofrecían, cerró la última distancia entre ellos. Se miraron a los ojos mientras pudieron, se besaron y acariciaron, y mientras su sexo se intensificaba, las gotas de lluvia volvieron a visitar la ventana, para sorprender un gemido escapar de sus labios, casi al unísono y el leve temblor de sus cuerpos, mientras sus respiraciones peleaban por volver a su ritmo natural. No se soltaban, no se dejaban. Hasta que las sensaciones ajenas a ellos, volvieron inevitablemente a sus cuerpos. El frío, el dolor físico; las ideas dando vueltas en sus cabezas.

- Al final no era la gran cosa, ¿verdad? - Dijo Irene,en algo parecido a un susurro y miró con una sonrisa a Sherlock.

Él rió abiertamente y se ayudó de su peso y posición para acompañar la espalda de Irene hasta alcanzar la cama, para luego recostarse a su lado, aun con vestigios de su risa.

Y es que por supuesto que era gracioso. Había sido un momento que quizás ambos recordarían para siempre. Y no, no solo porque fuese la primera vez que habían tenido relaciones; era por la sincronía, la conexión de sus cuerpos. Y por los malditos sentimientos que ya no se podían callar más.

Sherlock pensó en quizás responder con otra broma, pero sólo se acomodó para abrazarla y darle un beso en la frente. Con seguridad, la mano de Irene se apoyó en el pecho del hombre. Quizás ya no costaría tanto dormir.

Después de varios minutos de silencio, la voz de Irene, más segura de lo que ella realmente se sentía irrumpió el silencio:

- ¿Aun te vas mañana?

- Si. - Respondió él, con prisa y se levantó, como si quisiese escapar de ahí, de eso que ahora tendrían que hablar.

Pareció perdido por una fracción de segundo, pero finalmente tomó su ropa interior de algún lugar y se dirigió al baño. Irene se sentó en la cama y buscó su pijama, sin entender lo que había pasado ni porqué.

Él tenía que saber que ella entendía como esta clase de cosas funcionaba. Que la gente iba y venía, de una cama a otra y que era muy complejo para explicarlo, pero a la vez tremendamente simple como para complicarse de la forma en que él lo había hecho. ¿Era por los sentimientos, la vulnerabilidad? ¿El defecto químico del lado de los perdedores?

Holmes finalmente volvió, encontrando a Irene, sentada en la cama, expectante.

- Voy a… abajo… quizás quieras dormir y… - Comenzó a explicarse el detective, mientras se ponía los pantalones.

- ¿Por qué? - Preguntó ella, molesta, con los brazos cruzados en su pecho.

- Irene, no. Tengo… tomaré un vuelo mañana y tú tienes que descansar y aun hay muchas cosas que…

Ella reconoció su expresión, de Bakú, de Karachi. Esa forma de mirarla que era miedo y angustia; que era ternura y rabia.

- No. Detente, sólo… detente- Reclamó ella, enérgica, y antes de que el hombre pudiese decir otra palabra, ya iba en sus rodillas y lo abrazó, casi arrastrándolo de vuelta a la cama. -No… Por favor… ¿Puedes solo…? Solo por una noche, ¿Puedes hacer lo que quieres y no lo que debes? - Las manos de Sherlock se encontraron en la espalda de la Mujer y su rostro fue a esconderse en su cuello. - Está bien, amor mío, todo va a estar bien. Sólo ven aquí, quédate conmigo.

Entonces, Irene lo guió con cuidado hasta la cama y levantó la ropa, haciendo espacio para ambos.


[i] De acuerdo a mi investigación, el tiempo que le toma a un vuelo llegar de Bakú a Sofia es de poco menos de una hora, sin embargo, considerando que aun faltaban cosas por hacer antes de despegar, y por un tema de comodidad literaria (stop me, please) creo que es una aproximación bastante cómoda para ustedes y para mí.