TRES AÑOS DESPUÉS
······GUINEVERE······
"¡Ygranna! Jovencita, ¡vuelve aquí en este instante!"
Gwen trató que su voz sonara amonestante, de verdad que lo hizo. Pero no pudo disfrazar la carcajada cuando su hija finalmente entró en su visión, mirando alrededor debajo de un seto con ojos abiertos e inocentes.
"Pero mami, las tortugas son muy bonitas," dijo la niña entusiasmada, mirando a Gwen implorante. Su cabello rubio, que Leah había colocado en adorables tirabuzones hacia una hora, estaba lleno de barro, y sus brillantes ojos azules se marcaban en contraste con los manchurrones marrones de tierra seca en sus mejillas. Gwen se impresionó de que ella se las hubiera apañado para hacer eso en los últimos dos minutos en los que no la había visto –una reprimenda estaba en la punta de su lengua, pero cuando se la encontró con una amplia sonrisa, Gwen estaba acabada. Le devolvió una cálida sonrisa mientras Ygranna preguntaba, "¿Puedo tener una?"
"Oh cariño," dijo Gwen suavemente, arrodillándose frente a su hija –notando por primera vez las tres tortugas, que ahora se alejaban y desaparecían bajo el seto. Ygranna rastreó sus movimientos con los ojos pero no hizo ningún movimiento para pararlas, simplemente girándose hacia Gwen con la misma mirada suplicante que antes.
Gwen besó su pelo suavemente, cuidándose de evitar las manchas de barro. "Pero si te llevas una adentro, no será capaz de jugar con sus amigas. ¿Eso es lo que quieres?"
Las cejas de Ygranna se juntaron en una perfecta imitación de Arthur, y le dio a su madre una mirada tan seria como la que sólo un niño podía dar. "No," dijo solemnemente, con todo el sentido común de alguien de tres años. "Nunca podría separar al rey Uther del resto de su familia."
Gwen ignoró el pequeño espasmo que esas palabras le produjeron, y aliso el pelo de su hija en vano, sonriendo y entrando en el tema más seguro. "¿Llamaste a una de tus tortugas como tu abuelo?"
Los ojos de Ygrannas e arrugaron cuando sonrió orgullosamente. "Bueno, padre siempre dice que el abuelo era duro por fuera pero blando por dentro. Como una tortuga."
Gwen rio y cogió a su hija, sin importarle llenarse de lodo todo el traje también. "De veras que eres demasiado lista para tu propio bien, ¿sabías?"
"Sí," dijo Ygranna radiantemente, palmando el cabello de Gwen como ella había hecho antes con el suyo. "Las tortugas me lo dijeron."
Gwen sólo rio una vez más y la llevo de vuelta al castillo.
"¡Milady!"Exclamó Leah nada más verlas aparecer en la entrada, corriendo hacia ellas y fijándose en el estado de sus vestidos. "¿Dónde habéis estado? ¿Por qué tenéis ese aspecto? ¿Qué ha pasado?"
Gwen giró los ojos e Ygranna rio. La sobreprotección de Leah era muy dulce, pero a veces era algo sofocante. "Estabamos jugando en los jardines."
"Con las tortugas," suplió Ygranna amablemente.
Leah alzó una ceja, y Gwen suprimió un resoplido. La joven doncella había estado pasando claramente demasiado tiempo con Gaius. "Bueno," dijo, su voz manchada con desaprobación, "Afortunadamente, ya he preparado el baño para ambas. Confío en que recuerde que el banquete comienza en una hora."
El rostro de Ygranna decayó inmediatamente, y se encogió ante su madre. "Oh, ¿tengo que ir? Porfa, madre, ¿no puedo quedarme en mi habitación y jugar?"
Si Leah no le estuviera dando esa mirada, Gwen probablemente se lo hubiera permitido, sólo por una vez. Como fuera, ella simplemente tocó con un dedo suavemente la punta de la nariz de su hija, sonriendo. "No, Ygranna, conoces tus deberes. Eres la princesa de Camelot, se espera tu presencia."
Ygranna suspiró fuertemente y puso un puchero realmente adorable –otra facción sacada de Arthur –pero no ofreció más protestas. Realmente era una niña muy inteligente, reflejó Gwen.
Gwen le pasó Ygranna a Leah a regañadientes, que ya tenía los brazos extendidos expectante, y siguió al par mientras ascendían a las cámaras que Gwen aún compartía con Ygranna. Suprimió un suspiro; no debía aparentar vacilación sobre atender esta fiesta delante de su hija –tenía que predicar con el ejemplo, después de todo.
Pero la verdad era que Gwen quería ir al banquete tanto como Ygranna. Ha llegado a odiar estas funciones con tanta pasión, pero sabía que no había forma de saltárselo. Su ausencia, o la de su hija, sólo alentaría a más habladurías.
Realmente, pensó Gwen, considerando todas las cosas, podría haber sido peor. A primera vista, Ygranna era casi la misma imagen que su padre, y mucha gente lo valoraba. El que no se pareciera en nada a su madre era poco común, claro, pero no completamente inaudito.
Pero después de pasar cinco minutos en la compañía de Ygranna… bueno, las otras similitudes llegaban a ser casi imposibles de ignorar (y dios sabía que Gwen lo había intentado con lo mejor de ella). Cualquiera que hubiera conocido a Merlin, y que sabían lo que ellos tres habían hecho para ocasionar el nacimiento de la niña, empezaría indudablemente a preguntárselo. Y Gwen lo odiaba. Odiaba las miradas de escrutinio, los sutiles comentarios y preguntas, odiaba tener que sentarse ahí expuesta y tener a la gente pensando sobre ello, quizás incluso intuyendo la verdad, mientras ella tenía que sonreír y comportarse como la reina que era.
Y temía el día en que también Ygranna notaría esas miradas. Cuando registrara algún comentario de pasada, y empezara a preguntárselo como muchos extraños hacían ya. Cuando hiciera preguntas para las que Gwen no tenía respuestas.
El banquete de esa noche no sería diferente, Gwen lo sabía. Pero lo superaría, como siempre hacía, porque era un pequeño precio a pagar por todo lo que tenía. A veces, no podía creer todavía en lo afortunada que era, por la perfecta hija a la que podía abrazar y darle un beso de buenas noches, y amarla como si fuera suya. Pero Ygranna era su hija, en todos los sentidos menos en la sangre.
A veces por la noche, cuando Gwen estaba en ese lugar entre despierta y dormida, y perdía el control de su mente, sus pensamientos volaban hasta Morgana, y se preguntaba si su vieja amiga y señora habría sido diferente si hubiera sido amada de esta forma; si Uther la hubiese reconocido como hija y tratado como tal.
Y a veces, Gwen extrañaba realmente a Morgana, como había sido. Ella habría sabido que decir para dispersar las preocupaciones de Gwen. Le hubiese hecho olvidar sobre las visitas de esos altaneros nobles; de que lo que fuera que murmuraran entre ellos no debería importarle porque ella era mucho mejor de lo que ellos serían nunca. Morgana definitivamente sería mejor compañía que Leah, la tan leal y servicial doncella que Gwen había tenido por los pasados tres años.
Sí, Guinevere había considerado a Leah una muy buena y leal amiga. Pero no era nada comparado con lo que compartía con Morgana –y últimamente, considerando como había crecido la distancia con su marido, Gwen necesitaba realmente esa cercanía.
Al menos tenía a Ygranna. La niña era una radiante e increíble presencia en todas las vidas que tocaba, y la mayoría de los días espantaba la soledad. Pero a veces Gwen se sentía sobrecogida por lo sola que realmente estaba –su padre se había ido, su hermano se había ido, Morgana se había ido… y Merlin se había ido. Pese a todo, Gwen y Merlin habían sido buenos amigos, y su ausencia había dejado otro espacio vacío en su vida –incluso aunque pensara que preferiría ese particular espacio a la alternativa.
Aunque, meditó, quizás si Merlin no se hubiese ido, su marido no hubiera llegado a ser tan… bueno.
Ella nunca se quejó. Tenía a Ygranna, y era más de lo que hubiese esperado. Gwen levantó alta la cabeza, una gentil sonrisa en sus labios. Esa era la única forma en que cualquier forastero debería ver a la reina de Camelot –contenta y compuesta.
Morgana estaría muy orgullosa de ella.
······ARTHUR······
El banquete de esa noche era inusualmente un caso leve.
Pero al menos su hija parecía tener un buen día, pensó Arthur irónicamente.
Sentada en una silla alta al lado de Gwen, Ygranna estaba siendo toda una princesa, usando la cubertería apropiada y todo. Ella siembre se quejaba por tener que atender estos eventos, pero Arthur sabía que en verdad los disfrutaba –miraba alrededor de la sala imperiosamente, con una verdaderamente hermosa expresión de arrogancia en la cara. Severamente esperaba que no la hubiera sacado de él, pero tenía que admitirse que probablemente lo hubiese hecho.
Su hija parecía contenta, aquí, mirando desde arriba a los adultos mientras estaba en su propio sitio. Sólo tenía tres años, pero Arthur ya sabía que un día sería una gloriosa reina. Estaba muy orgulloso de ella.
Cuando Ygranna notó que la estaba mirando, le sonrió y le dio un guiño extremadamente exagerado como si dijera, No te preocupes papá, no estoy realmente enojada con ellos, antes de educar su expresión y nivelar una fulminante mirada en la dirección de un visiblemente confundido noble de Kent.
Arthur resopló en su copa, ignorando la familiar punzada que sentía cuando su hija le miraba de esa forma. A veces, mirarla era como verse en un espejo, pero otras veces…bueno, era como mirar a alguien más, alguien en quien preferiría no pensar justo ahora. Había estado de buen humor, después de todo.
Por la esquina del ojo notó que Gwen lo miraba curiosamente, pero la ignoró, girándose en su lugar a conversar con Lord Bowman, el invitado de honor de esa noche.
"¿Estáis disfrutando de vuestra estancia en Camelot?" preguntó educadamente Arthur.
Bowman le sonrió graciosamente. "En efecto, su Alteza. Lo hace muy familiar," dijo, sus ojos mirando más allá del hombro de Arthur mientras inclinaba su cabeza respetuosa y presuntamente a Guinevere.
"Se lo agradecemos," respondió Arthur, alzando su copa en reconocimiento del superficial halago y tomando un pequeño sorbo de vino.
"Y si puedo añadir," dijo Bowman, sus ojos centelleantes. "Su hija es encantadora. Tengo tres en casa, pero ninguno tan bien portado como la adorable princesa Ygranna."
La sonrisa de Arthur fue más genuina ahora. "Ah, bueno, mi esposa se merece todo el elogio de ello, Mi Lord. Me temo que mi propia influencia no es de ayuda."
Eso era absolutamente cierto. Arthur e Ygranna pasaban mucho de su tiempo juntos con espadas de madera o en caballos de batalla –Leah (que regañaba a Ygranna cada vez que arrugaba sus ropas) había estado inconsolable cuando los descubrió por primera vez, rememoró Arthur con alegría.
Escuchó a Gwen reírse cortésmente ante ese comentario, y se sintió un poco culpable por haberla excluido obviamente de la conversación –pero sabía a donde iba a ir. Siempre empezaba con cumplidos, y entonces…
"Discúlpeme por decirlo, Mi Lord," dijo Bowman, callado ahora mientras se inclinaba ligeramente al lado de Arthur, no hubo otro sonido más que el ligero susurro de la tela y supo que Gwen se había girado abruptamente, notando a donde estaba yendo la conversación y haciendo su mejor intento de ignorarla, como siempre hacia –"pero la joven Ygranna podría haber sido cortada por su semejanza."
La sonrisa de Arthur era forzada cuando replicó, "Se lo agradezco, Lord Bowman." Déjalo ya, idiota, añadió en silencio.
El idiota no lo hizo, por supuesto. "Tiene su complexión, su pelo, sus ojos, su sonrisa…" ( en verdad, quería decir Arthur, eso no era exactamente cierto. Pero por supuesto, no podía decir tal cosa, no ahí, no con Guinevere escuchando) Bowman sacudió su cabeza. "Si no lo conociera mejor, podría decir que-"
"Pero lo hace," dijo Arthur firmemente, no importándole sonar rudo. Bowman pestañeó, confundido por haber sido cortado a mitad de frase. Pero claro que él no podía realmente objetar, mientras hablaba con el rey de Camelot. "Y creo que estoy empezando a sentir los efectos de este vino significativamente." Los ojos de Bowman miraron la copa de Arthur, que estaba casi llena. "Voy a tener que darle las buenas noches, Lord Bowman."
Y se levantó, oyendo el barullo de las sillas mientras el salón se levantaba con él; algunos de los nobles estaban todavía masticando su comida. Arthur levantó una apaciguante mano. "Por favor, continuad con la diversión en mi ausencia," dijo magnánimamente. Las sillas volvieron a retumbar y las conversaciones entrecortadas reaparecieron.
Gwen le estaba mirando, con expresión inescrutable. Arthur imaginó que probablemente estaba pensando algo como, Oh, no te atrevas a dejarme aquí con este idiota. Pero no podía importarle mucho justo ahora.
"Ygranna, hora de dormir," llamó en su lugar, e Ygranna –que había estado mirando a la corte levantándose y sentándose con gran interés –saltó fuera de su silla a la vez, radiante.
"Sí, padre," dijo audiblemente. Ella sólo lo llamaba así en eventos oficiales o cuando Gaius o Leah estaban alrededor, Arhthur notó con divertimento. Le tendió la mano, y ella la agarró, y con un corte asentimiento hacia Gwen, escoltó a su hija fuera del gran salón, ignorando las miradas que recibían en su camino. Oh, sí sus mazmorras fueran lo suficientemente grande, los encerraría a todos. No es como si alguien pudiera protestar; él era el maldito rey.
¿A quién estaba engañando? Esas ideas se habían esparcido hace mucho tiempo, aunque la persona que las había dispersado ya no estuviera aquí. Arthur ni siquiera había enviado a nadie a las mazmorras desde hacía años.
En su lugar miró a su hija, que corría con sus pequeñas piernas para mantener su paso. Lo bajó, lanzándole una sonrisa. "¿Te has divertido hoy, Anna?"
Ella le sonrió, como siempre hacía cuando la llamaba por su privado apodo. "Oh sí, papi. He fingido controlar a la gente."
Arthur rio. "Dices eso ahora. Sólo espera hasta cuando tengas que hacer todas las decisiones difíciles."
"Te tendré para ayudarme," replicó fácilmente, y el corazón de Arthur se contrajo; no sabía cómo responder a eso. Llegaron a las escaleras y Arthur se inclinó para coger a su hija en brazos. Ella bostezó audiblemente, inmediatamente recostándose contra él. Su dormilona sonrisa tan dolorosamente familiar, Arthur tuvo que mirar a otro lado.
"¿Papá?" preguntó después de un momento, y sus ojos se encontraron con los de ella. No, esos ojos no son los mios para nada.
"¿Sí, princesa?"
"¿Qué significa querer a alguien?"
Arthur parpadeó, saliendo inmediatamente de su ensimismamiento. "¿Qué? ¿Por qué me estás preguntando eso?" preguntó desconcertado.
Ygranna sólo se encogió de hombros, sus brazos serpenteando alrededor de su cuello. "Oí a Irena, de las cocinas, decirle a Robbie, el chico del establo, que ella no le quería, mientras estaba en los jardines. Ellos no me vieron. Pero yo no lo entendí, porque Robbie dijo que la quería. Y tú siempre me dices que yo debo amar a la gente porque ellos me aman. ¿Así que por qué no debe querer Irena al chico del establo también?" el final de su barboteo fue puntuado con otro bostezo, y ella se hundió más contra él, sus ojos cerrándose. Arthur se preguntó si podría dejarlo pasar y no contestar.
¿Por qué tenía que ser tan lista a sus años? Arthur estaba parado, en momentos como ese, de cuan inusualmente brillante era Ygranna realmente. Se preguntó de dónde sacaría esa sabiduría.
Después de pensarlo un momento, dijo quedamente, "Hay diferentes tipos de amor, cielo. Algunos nunca flaquean, como el de nuestra gente por ti. Es por eso que tú siempre deber devolverles ese amor. Como mi amor por ti nunca flaqueará, o el de tu madre." Paró, acariciando su pelo con su mano libre mientras consideraba sus palabras. "Pero algunos amores no son tan fuertes después de todo. No son importantes, es algo que la gente dice a veces para conseguir lo que quiere." Miró hacia abajo a su dulce y transparente carita; estaba tratando y fallando de mantener sus ojos abiertos. "A veces puede ser duro decir la diferencia. Pero yo siempre estaré aquí para ayudarte a hacerlo. Lo prometo."
Los ojos de Ygranna estaban cerrados ahora, pero ella sonreía contra su pecho. "Sé que lo harás. Y yo también te ayudaré a ti, papi," dijo, y Arthur se inclinó para besar su cabello suavemente, sintiendo su amor por ella aumentar en ese momento.
Mientras se acercaban a los aposentos, Arthur estaba seguro de que Ygranna se había dormido en sus brazos. Pero cuando se estiró para abrir la puerta, Ygranna le miró parpadeando. "¿Qué tipo de amor tenéis tú y mami?"
Arthur paró, su mano en el pomo de la puerta. Después de un quebrado segundo, recordó moverse, y empujar la puerta, entrando en la dorada habitación dónde los planetas giraban lentamente, en un confortante arco sobre la que ahora era una pequeña cama de cuatro postes en el centro del cuarto.
Besó a su hija de nuevo, colocándola en la cama y desatándole los zapatos, ayudándola a ponerse su ropa de dormir en silencio.
Y puso sus mantas sobre ella, Ygranna agarró su mano, mirándolo al borde del sueño pero aun buscando su cara. "¿Papi?"
Arthur suspiró. "Tú madre y yo nos queremos mucho," contestó, besándola en el nacimiento del pelo otra vez y viéndola sonreir suavemente, cerrando sus ojos y durmiéndose instantáneamente.
Entre mentir a su hija y romperle el corazón, Arthur sabía que nunca sabría la mejor opción. Pero pensaría en esos dilemas a su tiempo, esperando decir siempre las palabras que a Ygranna les causara menos dolor.
Y a veces la verdad era demasiado complicada para explicársela a un durmiente e inocente niña.
"Buenas noches, Anna," susurró, sus ojos volando al tapiz como siempre hacían. El búho, por supuesto, siempre estaba ausente. No lo había visto por tres años, y estaba empezando a pensar que nunca lo volvería a hacer.
············
Cerrando la puerta suavemente tras él, Arthur no se sorprendió de encontrar a Guinevere al otro lado –claramente se las había arreglado para escaparse del banquete tan pronto como había podido.
"¿Está durmiendo?" preguntó, su tono silencioso.
"La acabo de meter en la cama," confirmó Arthur. Gwen le sonrió tenuemente; parecía tan cansada. Arthur quería preguntarle como se las había manejado con Lord Bowman, pero se encontró incapaz de reunir la energía para importarle. Realmente, sólo quería ir a dormir, y sabía que Gwen quería lo mismo.
En momentos como este, Arthur odiaba como habían llegado a ser con el otro –Ygranna era verdaderamente lo único que tenían en común en estos tiempos.
"Perfecto," dijo Gwen, como si pudiera leer sus pensamientos. "Buenas noches entonces, Arthur."
"Buenas noches, Guinevere," contestó silenciosamente, y ella se inclinó para besarle en la mejilla; una acción superficial, sus labios apenas rozaron su mejilla.
Entonces se giró y se adentró en la cámara sin mirar atrás, la puerta cerrándose tras ella.
Ya no había ninguna cuestión sobre compartir una habitación; ellos habían abandonado la pretensión de querer dormir en la misma cama no mucho después del nacimiento de Ygranna.
Arthur permaneció fuera de la puerta un momento, tratando de recordar el tiempo en el que realmente creía estar enamorado de su esposa. Sabía que la había querido de verdad, pero ahora se encontraba con que no podía evocar la emoción.
Arthur suspiró, y empezó el largo descenso a sus aposentos.
Se esforzaba en recordar cuando las cosas no estaban torcidas entre ellos. Incluso en los años que estuvieron felizmente casados, antes de todo esto, sabía que había habido una sombra sobre el amor que compartían. Siempre había habido alguien a quien Arthur había querido más.
Al menos ahora, él y Guinevere tenían un confortable entendimiento: si nada más, siempre habían sido un buen equipo, y esta era la forma de gobernar el reino y criar a su hija.
Y él la quería, se recordó. Siempre había querido a Gwen, y siempre lo haría –pero su amor por ella se sentía cómodo y viejo, habitual. Había sido fácil convencerse de que ese era el tipo de amor que un hombre profesaba a una mujer, hasta que descubrió la verdadera pasión que el amor podría conllevar. Y sus sentimientos por Gwen eran una tenue imitación de eso; no podía ser tan tonto como para creer que ella había sido el único verdadero amor que esperó que fuera.
Mirando atrás, Arthur supo que debería haberse dado cuenta mucho antes. Quizás cuando la vio enamorarse de Lancelot, y se preguntaba silenciosamente si su amor por él podía ser correspondido. Quizás cuando una parte de él se preguntaba si realmente se había casado con ella por amor, o para probar algo a su padre muerto. Oh, la había amado con todo su corazón, de eso no tenía duda. Pero ese verdadero amor no había estado con Gwen, la chica que era, sino más bien con Guinevere, la reina que podría ser. Había estado enamorado de todo lo que ella portaba –amabilidad, justicia, honestidad y gracia.
Después de que Merlin dejara Camelot atrás, Guinevere había sido tan gentil y de tanto apoyo para Arthur como él esperaba de alguien con ese tipo de disposición. Pero sabía que ella sentía un deber obligado tal y como él lo hacía; ese temprano afecto y deseo que ella sintió por él, el cual los había juntado pese a todas las objeciones, se había perdido en algún punto a lo largo del camino. Probablemente sobre el tiempo en que se encontró realmente con que él estaba verdaderamente enamorado de otro.
Arthur se preguntaba si ella seguía pensando en Lancelot, quizás deseando haber huido con él cuando tuvo la oportunidad. Se preguntaba que habría hecho él, si ella lo hubiera hecho. Se hubiese alterado, seguramente. Pero lo hubiera dejado pasar. No sería una cáscara vacía de un hombre, tres años después. No como era ahora.
Pero no era tan simple como eso: Arthur tenía una hija que proteger, un reino que gobernar, y el no podía darse el lujo de desbaratarse. Por lo que Gwen y él persevarían, juntos, porque debían. La peor parte es que Arthur no estaba ni siquiera algo alterado por el arreglo. Estaba funcionando para ellos, y eso, de alguna forma hacía su vida menos complicada.
Pero entonces, pensó mientras pasaba la puerta de la cámara adjunta a la suya, que había estado vacía e intacta por tres años, Arthur se estaría mintiendo a sí mismo si dijera que no extrañaba ninguna de esas complicaciones.
Merlin se había marchado hacía tres años, pero el dolor en el corazón de Arthur no se había disipado.
No era que Arthur no entendiera porque se había ido Merlin. De hecho, odiaba admitírselo incluso a sí mismo, pero eso ciertamente había hecho las cosas más fáciles.
Gwen, por una parte, había estado visiblemente más relajada desde que escuchó la decisión de Merlin de irse con los druidas indefinidamente. Eso le permitiría conectar con Ygranna de una forma que Arthur temía no hubiese hecho de otra forma, si Merlin hubiese estado compitiendo por el afecto de la niña (y de Arthur).
Y la corte, por otra parte, no había mostrado resistencia ante el nombramiento de Ygranna como su princesa, pese a que ellos sabían o sospechaban sobre su parentesco. Arthur no estaba seguro de que hubiera sido así si Merlin hubiese estado alrededor –después de todo, se estaba haciendo cada vez más obvio día a día que ellos estaban relacionados.
Honestamente, todos decían siempre lo mucho que se parecía Ygranna a Arthur, pero pasando a un lado el pelo rubio, él pensaba que era una pequeña y femenina versión de Merlin. Y a veces dolía, un poquito, mirarla y ver la sonrisa de Merlin directa a él, o sus ojos mirándole con completo amor y confianza.
Mientras que todas las razones por las que Merlin se había marchado eran válidas e irrelevantes, Arthur se encontró con que no le importaba ni un poquito ninguna de ellas. Deja al pueblo hablar, pensaba viciosamente mientras abría la puerta de su cámara con un poco más de fuerza de la necesaria. Déjalos decir lo que quieran. Él quería a Merlin aquí, dónde pertenecía. Con él, y con su hija.
Los ojos de Arthur cayeron en su abarrotado escritorio, dónde la pluma y la tinta yacían abandonadas junto a un pergamino en blanco. El cual había mirado compulsivamente por más noches de las que podía contar –pero ninguna palabra salía.
Había intentado encontrar las palabras para traer a Merlin de vuelta. Había intentado pensar en un mensaje que le transmitiera, que convenciera a su caprichoso hechicero de que volviera. Pero las palabras no salían, y nunca había sido capaz de escribir la carta. Y esa noche no sería diferente, reconoció, girándose de su escritotio y listo para irse a la cama.
Nunca había buscado otro sirviente, y solía colocar sus cosas por sí mismo.
No siendo capaz de alejar su mente de la carta, Arthur trató de razonar con su indecisión: después de todo, no es como si supiera a donde enviar la carta, aunque encontrara las palabras adecuadas para hacerla. Merlin no había dado indicaciones de dónde iba a estar exactamente, y nadie –ni siquiera Gaius –había oído de él desde que se fue.
Arthur estaría preocupado, pero una mirada a los encantamientos que seguían en la habitación de Ygranna, a los planetas giratorios y el tapiz que cambiaba reflejando el mundo exterior, y sabía que Merlin debía seguir vivo como mínimo. Tenía que creer que si nada cambiaba, lo sabría. Lo sentiría, seguramente. ¿No era eso lo que suponía que era el verdadero amor?
Verdadero amor. Era irónico, pensó Arthur, que finalmente pudiera entender esas palabras, justo cuando lo había perdido. Pero entonces, se recordó a sí mismo, él tenía a Ygranna ahora. Y era un tipo de amor diferente, pero no menos poderoso.
Arthur estaría bien, tanto como su hija estuviera a su alrededor recordándole el futuro por el que debería luchar, para asegurárselo.
·····GUINEVERE······
El verano estaba empezando a declinar, dejando lugar a los tonos rojos y amarillos, en su lugar.
Arthur y Guinevere estaban andando por el bosque, Ygranna felizmente entre ellos, sus manitas entre las suyas.
Leah y Leon caminaban a una respetable distancia tras ellos, claramente tratando de darle a la pequeña familia algo de privacidad pero todavía ofreciéndoles protección y ayuda cuando la necesitaran. Gwen intentaba no escuchar su conversación, pero no podía evitar una sonrisa mientras Leon una vez más intentaba incómodamente flirtear con la pobre y despistada Leah. Miró y pilló la mirada de Arthur, y él rodó los ojos con complicidad antes de mirar a otro lado.
Por un momento su fácil compañerismo se sintió como los viejos tiempos, y Gwen se permitió disfrutarlo.
Ygranna estaba cantando una canción sin sentido, probablemente de su propia invención, desarmando las hojas mientras pasaba. De vez en cuando ella se tiraba chillando en deleite mientras Arthur y Gwen obedientemente levantaban sus brazos, permitiendo a su hija flotar un momento en el aire, pretendiendo volar antes de que sus pequeños pies tocaran el suelo nuevamente.
Gwen recordaba haber visto a otros padres hacer eso con sus hijos cuando era joven; pero habiendo crecido con un solo padre, ella nunca había podido disfrutarlo. Sospechaba que Arthur tampoco había tenido la oportunidad nunca, y tomó con mucho placer poder hacer esta pequeña cosa por su niña.
Sin importar lo que pasara en sus vidas, Ygranna no era más que amada, y Gwen estaba inmensamente orgullosa de ello.
Fue entonces cuando los bandidos atacaron.
Gwen jadeó mientras Arthur miraba alrededor, cogiendo a Ygranna y empujándola a los brazos de Gwen, diciéndole "¡Corre!" ates de desenvainar su espada y saltar frente a ella, Leon apresurándose en su ayuda.
Ygranna jadeó en sorpresa pero afortunadamente no gritó ni lloró cuando Gwen se giró y empezó a correr. Leah fue hasta ella, y Gwen sintió su corazón bombear en su pecho, oyendo las espadas chocar tras ella. Bandidos, ¿tan cerca de Camelot? No podía creerlo.
¿Cuántos habría? No lo sabía. Todo lo que sabía es que necesitaba llevar a Ygranna de vuelta a Camelot ahora.
Pero antes de que pudiera pasar más de una docena de árboles, dos hombres más saltaron frente a ellas, mostrando los dientes y mirándolas como si fueran un festin para devorar. Los ojos de Gwen se abrieron y se giró, pero habían dos hombres más tras ella.
"¡Arthur!" llamó desesperadamente, pero mientras podía seguir escuchando las espadas chocar, no podía ver ni a su marido ni a Leon. Oh, ¿por qué no habían llevado más guardias? Eran estúpidos, pensando que estaban a salvo. Lágrimas desesperadas aparecieron en sus ojos, pero se esforzó en retenerlas; necesitaba permanecer fuerte.
En sus brazos, Ygranna giraba su cabeza, mirando a los hombres que avanzaban hacia ellas con ojos asustados y abiertos. Y Gwen no podía soportarlo, no lo haría, lucharía con uñas y dientes para salvar a su hija si pudiera… pero las lágrimas seguían llegando, porque sabía que no podía. Era inútil.
"Hola, cosita," dijo el bandido más grande y feo, lascivamente. Gwen notó con horror que se dirigía a su hija.
"¡Mantente atrás!" una temblorosa voz aclamó tras ella, y Gwen sintió un profundo arrebato de afecto por su valiente y tonta doncella. Estos hombres podrían matar a Leah sin pensarlo un segundo, ambas lo sabían, pero aun así ella se mantenía en pie peleando.
Pero el feo hombre ni siquiera pareció escucharla. Sus ojos se movieron de Ygranna a Gwen, la observó evaluándola. "tenemos a su marido ocupado. Sólo somos vos y yo ahora, Milady." Dijo la última palabra con tanta burla que hizo a Gwen erizarse con furia.
"Puede ser," se encontró a si misma diciendo –no sabía que le iba a venir encima, pero necesitaba a Ygranna a salvo. "Sólo deje que mi doncella se lleve a mi hija. Así podrá ser… sólo nosotros, si vos queréis." No bajó la mirada, ni cuando su cara mostró una cruel y lasciva sonrisa. Los pocos dientes que tenían eran negros y rotos.
"Bueno, ¿no es una proposición acogedora?" sus palabras fueron acompañadas por una burla reverencia, y los otros hombres se carcajearon estúpidamente. Gwen no podía respirar, no podía pensar. Acéptalo, quería decir, oh por favor, sólo cógeme y deja a mi hija ir. "Pero," dijo él, mirándola especulativamente, "eso tendrá que esperar, preciosa. No eres tú lo que estamos buscando." Y sus ojos cayeron en Ygranna otra vez.
La sangre de Gwen se congeló. "¿Quién os envía?" preguntó, aunque mientras decía las palabras, ya creía saberlo.
"Oh, la bruja no nos dio un nombre," se encogió de hombros el hombre, moviéndose excesivamente cerca. "Sólo suficiente oro para asegurar que le devolviéramos el precio. Así que dánosla, mujer estúpida. Puede que te deje vivir… después."
"¡Nunca!" gritó Gwen. Moriría antes de dejar que Ygranna cayera en los brazos de Morgana. "¡Arthur!" llamó de nuevo, desesperada, "¡Arthur! ¡Leon! ¡quien sea!"
El hombre dio otro paso hacia ella y su mano colisionó con su cara tan duramente que la hizo tambalear; Ygranna gritó por el pánico y Gwen sólo la abrazó más fuerte. Ygranna empezó a ser estirada lejos, pero Gwen no la dejaría ir, tendrían que matarla…
"¡Déjame ir!" chillaba Ygranna, revolviéndose salvajemente en el agarre de Gwen, y Gwen sollozaba en serio ahora; la sangre brotaba de su cabeza y difícilmente podía ver, pero sentía a su hija más y más fuera de su agarre, y la aferró desesperadamente. "¡Papi, mami, ayudadme!" Ygranna continuaba llorando, "¡para, déjame ir! He dicho, ¡DÉJAME IR!"
Y Gwen se quedó en completo shock, la presión dejándola de repente, se tambaleó hacia atrás –y entonces fue el silencio; su hija sollozando en su propio agarre y los sonidos de su respiración eran los únicos por un largo e imposible momento.
Gwen abrió los ojos, parpadeando para alejar la sangre, y mirando a su alrededor en shock. Leah estaba tirada en el suelo a unos pocos pasos, parecía que había sido noqueada. Miró más allá para ver a Arthur y Leon en la distancia, girando en círculos con sus espadas alzadas, ambos con cara de confusión.
Finalmente giró su cabeza, mirando a Ygranna que seguía retorciéndose en sus brazos, jadeando.
Los ojos de la niña brillaban dorados.
"¿Mami?" preguntó Ygranna, girando su ardiente mirada hacia Gwen. "¿Qué ha pasado? ¿A dónde han ido?"
Gwen sólo podía mirarla en silencio, una mezcla de asombro y terror en su cara.
······ARTHUR······
"Ella está bien, Sire," le dijo Gaius a Arthur, sonriendo a Ygranna amablemente mientras le ayudaba a ponerse una túnica por su cabeza. Después de meter los brazos por las mangas saltó del catre inmediatamente, corriendo a coger una araña que había visto escurriéndose antes. "No hay heridas, ni efectos prolongados de los que hablar."
Arthur pasó una mano por su cara con frustración, ignorando el suspiro de alivio de Gwen a su espalda. "¿Estás seguro, Gaius? No la viste. Lo que hizo…"
"fue magia muy poderosa," accedió Gaius, asintiendo gravemente. "Especialmente para alguien tan joven. Pero se lo digo de nuevo, la princesa está bien." Debería dejarlo ya, por supuesto. Pero Arthur no podía dejarlo ir, necesitaba estar absolutamente seguro de que Ygranna estaba bien. "Realmente," masculló Gaius después de un momento, "ella está mejor que bien. esto verdaderamente explica mucho."
"¿Qué quieres decir?" preguntó Arthur.
Gaius se encogió de hombros. "Ygranna siempre ha sido una niña muy brillante, para alguien tan joven, no podéis negar que ha estado hablando y comportándose como alguien mucho mayor. Sobrepasar la inteligencia corriente es muy común en niños que tienen alguna habilidad mágica. Podéis recordar que Lady Morgana era igual," añadió, con una ceja levantada, y Arthur frunció el ceño –pero privadamente reconocía eso, sí, Morgana había sido molestamente inteligente cuando eran niños.
"Pero aún no lo entiendo," habló Gwen de repente. Había estado callada hasta ahora. "Gwaine y Percival dijeron que encontraron a los bandidos yaciendo inconscientes al filo del otro lado de los bosques oscuros. Eso son millas, Gaius. Y habían ocho."
Gaius volteó su paciente mirada hacia ella. "En efecto. Nunca había oído de un hechizo de transportación tan efectivo, especialmente hecho sin un conjuro."
Hubo silencio en la habitación por un momento, y los ojos de Arthur recayeron en Ygranna. Ella aún seguía la araña, ahora subiendo las escaleras a la pequeña habitación dónde, una vez, Merlin dormía. Por supuesto, Ygranna no lo sabía. Pero no se escapó de su atención que cada vez que visitaban el estudio del médico, la niña siempre acababa en esa habitación de algún modo. Era como si fuera atraída por ella.
"Gaius, ¿qué hacemos ahora?" preguntó quedamente Arthur, aun mirando a Ygranna jugar alegremente, el trauma de la mañana ya olvidado para la pequeña.
Pensando que ya sabía la respuesta, pero necesitando que Gaius lo dijera. Nada más que por el beneficio de Gwen. Arthur no podía ser quien lo sugiriera, por mucho que quisiera.
Por el sonido frustrado que hizo el doctor, Arthur pensó que Gaius sabía probablemente que pasaba por la cabeza de Arthur. Pero no fue sin un largo suspiro en su voz que el médico finalmente dijo, "Ygranna tiene magia. Es muy poderosa. Necesita a alguien que le enseñe como controlarla, antes de que algo como esto vuelva a pasar. Ella necesita…"
"A Merlin."
Arthur se giró a Gwen, saliendo de sus pensamientos al oír el sonido de su voz. Ella le devolvió la mirada con una nivelada y determinada expresión. "Oh vamos, Arthur," dijo, sonando casi afectuosa por un momento. "Ygranna le necesita. ¿Qué tipo de madre sería si no viera eso?"
Él la quiso mucho en ese momento.
Desde la habitación de Merlin, oyó la clara y resonante voz de su hija llamarle, "Papi, ¿qué es un Merlin?"
Gwen alzó una ceja hacia él, y vio la resignación allí. Tomó aire profundamente, no rompiendo el contacto cuando dijo, "Merlin es un amigo. Va a venir de visita."
¿Fue un pedazo de pena lo que vio en los ojos de Gwen? Arthur no quería examinarlo muy de cerca. Nada ha cambiado, se recordó. Si Merlin siquiera responde a la llamada… si ellos descubren un modo de comunicarse con él… sería porque Ygranna le necesitaba. No por Arthur. Esto no era sobre ellos.
Gwen fue la primera en romper el contacto visual, girándose a Gaius. "¿Confío en que le mandes las noticias?"
"En seguida, Milady," dijo Gaius respetuosamente. Al menos él estaría encantado de ver a su antigio protegido nuevamente, pensó Arthur. Ahogó la excitación de la anticipación que sintió. Nada ha cambiado.
¿Quién le decía que Merlin no había seguido adelante, de todas formas? Hubo un tiempo en el que Arthur casi esperó que Merlin encontrara una chica con la que estar, sólo para hacerse más fácil de convencer que no había nada entre ellos… debería ser del mismo modo, ahora.
Y después de todo, Merlin había sido el único en irse; había sido el único dispuesto a alejarse de Arthur, incluso después de que Arthur le rogara que se quedara –y estaba seguro de que lo único que haría a Merlin querer volver sería Ygranna.
Y, pensó, mirando culpablemente a Guinevere, ¿No era así cómo se suponía que debía ser?
