Escaparon de los guardias con facilidad gracias a Alyna. Tenía un extraño conocimiento de los callejones de Puerto Real que provocaba en Fward y Arthur un sentimiento de idiotez. Al fin y al cabo, ellos se habían criado en esta ciudad. Cuando por fin pudieron sentarse a descansar, Alyna y Arthur negociaron sobre el 'contrato'. Ningún precio había suscitado a la mujer.
-Si os ayudo a vosotros dos…
-Tres. –Reclamó Fward.
-Así, lo siento Lewis. Si os ayudo a los tres, vosotros tenéis que ayudarme.
-¿En qué, en tus robos de poca monta? –Arthur habló. Se notaba el cansancio que tenía de la huida anterior.
-Ese robo era necesario. Necesitaba una cosa y ellos se negaron a dármela.
-No querrás decir 'necesitabas una cosa y como no podías pagarla decidiste cogerla por tu cuenta'.
-Míralo como tu quieras, señor 'Sarcasmo', pero no seré vuestra guardaespaldas a menos que me ayudéis a conseguir unos ingredientes.
-¿Para? –Fward habló de nuevo.
-Una pócima que estoy fabricando. Si no me ayudáis, despedíos de mercenarios. Con las ofertas que me habéis dado, no contrataréis ninguno.
Arthur sabía demasiado bien que Blackstorm los tenía bien cogidos a los dos. Y por lo que había visto que podía hacer, puede que el trato le saliese barato. Todo dependía de lo que estuviese buscando.
-Muy bien, trato hecho Blackstorm, pero antes necesito saber una cosa.
-¿Cómo sabía lo de la cazadora?
-Correcto.
-Bueno, he de admitir que no sabía que era eso por lo que me queríais, pero se demasiado bien que situaciones como la sucedida en la tienda suelen ocurrir por cosas importantes, y dado que eso era lo más importante en la ciudad probé suerte.
-Para si podías conseguir una oportunidad de conseguir ayuda para lo tuyo.
-Si una chica con el pelo blanco y ojos esmeraldas capaz de invocar martillos y demás roba una tienda, la gente la reconocerá a primeras de cambio. Pero dos tipos corrientes como vosotros…
-No vamos a robar para ti, muñeca.
-Lo sé, te delata tu aspecto de no haber roto un plato. –Blacktorm elegía perfectamente la entonación de cada palabra para aumentar el grado en el que Arthur se sentía insultado.
Arthur resistió y siguió.
-¿Tienes alguna información que nosotros no tengamos?
-En realidad sí que la tengo. Desde que me fui de mi tierra hasta que llegué aquí he escuchado muchos rumores y noticias. Al parecer, un montón de asesinatos extraños han sucedido por medio mundo.
-¿A quién asesinan?
-Cazadores de demonios, bárbaros, magos… un tipo de persona que normalmente debería de poder valerse en este tipo de situaciones.
Arthur se quedó sorprendido. Si lo que decía estaba relacionado con la muerte de la cazadora de Puerto Real, entonces se estaban enfrentando a algo mucho mayor de lo que pensaba. Muertes en medio mundo de cazadores y otros guerreros igual de capaces. Fward estaba aterrorizado de la idea de enfrentarse a algo así, pero el único pensamiento de Arthur era el de continuar la investigación. Y así hizo.
Cuando Fward y Lewis estuvieron listos, se dirigieron inmediatamente a ver el contacto de la cazadora en la ciudad. Y como trabajaba en una tienda de alquimia, tal vez pudieran conseguir alguno de los extraños ingredientes que Blackstorm solicitaba. Cuando llegaron a la tienda, no les pareció nada del otro jueves. La tienda tenía dos pisos, con ventanas solo en el segundo, con una puerta aparentemente reforzada. Fward tocó inmediatamente la puerta para llamar al dueño, pero no contesto nadie. Lewis hizo lo mismo que su dueño, pero tampoco paso nada. La puerta estaba cerrada a cal y canto.
-Se habrá ido a su casa.-Dijo Fward.
-No, los alquimistas suelen vivir en la tienda o el taller donde trabajan. Así no pierden el tiempo en trivialidades.
-Pues ya me dirás como entramos.
La respuesta para Arthur era obvia. Y aparentemente para Blackstorm también, pues se quedó mirando las ventanas como Arthur.
-Estáis de coña.
-No. Ayúdame Fward.
-¿A qué?
-Si me cogéis y me levantáis, debería de ser capaz de llegar a la ventana.
-No, no no no no no no, no pienso…
-Calla y levántale. –Blacktorm cogió de una pierna a Arthur y esperó la colaboración de Fward. Resignado, cogió de la otra pierna a Arthur y le subieron entre los dos. En efecto, Arthur pudo llegar hasta la ventana, pero el cerrojo estaba en la parte de arriba de esta y sus brazos no llegaban. Suerte que Lewis estaba para ofrecer ayuda, subiendo ágilmente por el cuerpo de Arthur hasta llegar a los brazos y abriendo el cerrojo con los morros. Arthur se quedó maravillado de la habilidad del conejo, que volvió al casco de Fward casi al instante.
Con la ventana abierta, Arthur se coló en la casa, aunque se dio un golpe en la cabeza con el cuelo al entrar. Al ver a su alrededor, descubrió que había entrado directamente al dormitorio del alquimista. La habitación era pequeña, con una cama, velas y una estantería. La puerta estaba abierta, dejando a la vista un pasillo y la escalera que daba a la parte de la tienda.
Arthur se desplazo por la habitación, intentando hacer el menor ruido posible. Los tablones de madera crujían y chirriaban a sus pies, uno a uno. Cada paso de Arthur se llenaba de nerviosismo e impaciencia. Le resultaba hasta doloroso el lento ritmo que llevaba, pero no sabía quién podía haber en la casa. Cuanto más se acercaba a la puerta, más apreciaba la oscuridad de la parte inferior. Una oscuridad densa que a Arthur le recordaba a las nieblas que se hacían en las montañas cercanas a la ciudad. Y eso no era una buena señal, ya que significaba que no iba a poder ver lo que se le acercara. Se le ocurrió coger una vela, pero no apreció nada con que encenderla. Estaba solo y a punto de adentrarse en la boca del lobo. Llegó finalmente a la puerta y asomó lenta y cuidadosamente la cabeza. En pasillo solo conducía a dos habitaciones más: Arthur se imaginó que la más cercana tanto a la escalera como al dormitorio era el retrete, así que se dirigió a la otra. Abrió la puerta, dejando visible una especie de biblioteca privada. Las estanterías estaban llenas de libros, la mayoría de fabricación de pociones por lo que pudo observar Arthur. En medio de la biblioteca había una mesa ¡con una vela encendida!
-Alabada sea la Luz. –Susurró para si mismo.
Se acercó lentamente, la cogió y se dirigió al cuarto del retrete, con paso más seguro y decidido. La vela no daba mucha luz, pero Arthur era suficiente para no quedarse acojonado en un rincón.
''CRUNK''
La madera que pisó Arthur crujió horriblemente y casi le dio un ataque de pánico hay mismo, pero de milagro no pasó nada. Ese instante bastó para bajarle los humos a Arthur. Tras esto, llegó sin problemas al retrete, y como ya había adivinado, no encontró nada de interés allí.
Con la parte de arriba inspeccionada más o menos, Arthur se resignó a bajar por las escaleras. Arthur acercó la vela a la niebla, que se apartó rápidamente de la llama, aunque aún así Arthur se pudo ver nada. Reuniendo fuerzas, bajó el primer escalón.
El escalón crujió incluso con más fuerza que los tablones del dormitorio, pero con el valor que había reunido Arthur decidió seguir bajando. Arthur llevaba la vela por delante de él, guiándole en todo momento. Uno a uno, bajó los escalones. Finalmente consiguió ver el suelo, y con alegría de haber vencido a la niebla bajó los últimos escalones y pisó el suelo
''
Al pisar el suelo, un sonido horrible le entró en la cabeza a Arthur. No podía ni pensar de lo fuerte que era y su cabeza parecía a punto de explotarle. Arthur cerró los ojos intentando concentrarse, pero no resultó. Era terrible. Intentó gritar, pero no podía ni escucharse. Cayó de rodillas contra el suelo del dolor, cogiendo la cabeza con la mano libre que tenía. Estaba convencido de que aquí se acababa todo. El sonido cada vez era más fuerte, destruyendo su razón y cordura. Y no podía hacer nada para impedirlo. El dolor crecía y crecía. Arthur sabía que en algún momento se le iba a caer la vela y entonces sería cuando no tuviera ninguna posibilidad. Su suerte estaba echada, pero no quería aceptarla. Estaba a punto de derrumbarse del todo. No había nada más que hacer.
-Hola.
Con una palabra, el sonido y el dolor desapareció. Arthur volvió a poder pensar, y no había tirado la vela al suelo. Sin embargo, aquella palabra había surgido de su cabeza. Estaba aliviada y lleno de alegría de no haber muerto, pero al mismo le había surgido un mismo misterio que resolver.
-¿Quién… cómo has?
-Oh, no te preocupes. Soy un experto en hacer este tipo de cosas. Parece ser que el alquimista tenía una trampa preparada para intrusos. No habrías muerto, pero te hubieras quedado cata tónico de no ser por mí.
La voz era seductora, pero al mismo tiempo imponente. No podía describirla muy bien, pero podía distinguir perfectamente cada palabra que decía.
-Gracias.
-No hay de qué, tranquilo. Ahora estás a salvo.
-¿Quién eres?
-Considérame tu ángel de la guarda. O un amigo, si lo prefieres, que te hace visitas de vez en cuando. En todo caso, haré lo posible para que no te maten, sin que me des nada a cambio.
-Muy amable por tu parte. ¿Tienes un nombre por el que te pueda llamar, nuevo amigo?
-Por supuesto, todo el mundo tiene un nombre. Mi nombre es…
La voz se detuvo un instante, como si se lo estuviera pensando. La voz volvió, proclamando su nombre.
-Mirakodus.
La voz desapareció, con el sonido de la puerta principal reventando de repente y dejando pasar a Blackstorm y a Fward.
Fward y Blackstorm se quedaron esperando fuera tras haber ayudado a Arthur a entrar. No se oía ningún ruido en la tienda.
-Así que… eres una Nigromante. –Dijo Fward, seguramente para iniciar una conversación.
-No te lo crees. –Blackstorm miró fijamente a Fward con sus ojos esmeraldas. Ahora que Fward se fijaba, las esmeraldas de sus ojos le parecían estrellas. Perfectas, ardiendo con una luz que duraba millones de años y que hacia a cualquier hombre soñar con los cielos.
-Es que nunca había escuchado hablar de Nigromantes mujeres, y mucho menos que usaran martillos.
-Bueno, digamos que no soy una Nigromante normal. En mis aventuras, conseguí una fuerza impresionante gracias a la experiencia y la práctica, por lo que ahora uso martillos cuando no quiero usar mis conjuros y hechizos.
-Pues no se te nota músculo.
-A la mujeres de Harrogath tampoco, y podían levantar alabardas del tamaño caballos.
-¿Has estado en el Norte? –Fward no pudo contener una especie de alegría inconsciente de la que Lewis se contagió. ¿Tal vez finalmente pudiera conocer cosas de su patria más allá de un par de borrachos en una taberna?
-Estuve sí, aunque no por mucho.
-¿Por qué?
-Es… -Blackstorm se quedó en tensión un momento, como se hubiese tenido una pesadilla. Apartó la mirada de Fward y se quedó mirando a la tienda, intentando ausentarse. -…difícil de contar. Estuve allí en una época muy dura para todos. Aún recuerdo la sangre de la batalla y el ruido de las armas chocar. La sensación de estar rodeada por todas partes, con toda tu ayuda amurallada tras los muros de una ciudad. La sensación de estar apunto de morir…
Fward se quedó escuchando. Blackstorm definitivamente debía de haber pasado por algún tipo de batalla y todavía no le resultaba fácil hablar del tema. La Nigromante volvió la mirada a Fward, dibujando una sonrisa con sus bellos labios.
-No te preocupes. Por suerte tenía pociones de curación de sobra por aquel entonces.
Sin embargo, no pudieron continuar la conversación al escucharse un grito proveniente de la casa. El grito era obviamente de dolor.
-¡Arthur! –La preocupación de Fward afloró sin ningún tipo de bloqueo. –¡Tenemos que ayudarle!
-Lo sé. –Los dos de dirigieron rápidamente a la puerta. Fward golpeó la puerta con todas sus fuerzas con la pierna sin resultados. Luego intentó empujarla y arremeter contra ella con el hombro. No sirvió de nada.
-¡Arthur, voy a sacarte de ahí dentro! –La preocupación aumentaba en Fward y en Lewis. Los gritos se hacían más agónicos.
Pero de repente se hizo el silencio. Fward ya se imaginaba lo peor.
-¡Aparta! Para este tipo de situaciones se necesita un toque femenino.
Fward siguió la orden. Blackstorm se colocó a unos metros delante de la puerta, preparándose para algo.
-Te voy a enseñar un truco que aprendí en mi tiempo con los bárbaros. Ponte detrás de mí.
Fward se colocó detrás de la chica. Blackstorm cogió todo el aire que pudo y lo soltó con un grito abrumador y que con unas palabras que Fward no había escuchado nunca.
-¡FUS RO DAH!
El grito se convirtió en un trueno que hizo temblar las paredes de la casa y reventó la puerta con una fuerza abrumadora. Fward no pudo evitar imaginarse el momento con un cantar épico, con un coro legendario cantando al son de los instrumentos de una orquesta.
-Y lo he hecho sin gastar ni una gota de maná. –Dijo triunfalmente. –Es una de las grandes habilidades de tu raza: Los gritos de guerra. Desgraciadamente es el único que me sé.
Automáticamente ambos entraron en la tienda. Y allí vieron a Arthur, encorvado y de rodillas, con una vela en la mano. Y al lado de este, a unos pocos metros del mostrador de pociones, el cadáver de un viejo con una espada atravesándole el pecho.
-Creo que hemos encontrado a tu alquimista, Arthur.
