Después de ir a una aburrida reunión de ex alumnos de mi pareja, aquí estoy.

Belle: Si, puede ser que haya puesto un poco más de diálogo. Y en cuanto lo del jacuzzi, lo de la película pasa en la serie original y yo quería describir cómo se les ocurrió hacerlo, ya que no lo cuentan en Metalocalypse.

Guest: A mí me parece curioso que hayas leído algo mío antes. ¿Cómo conocí la serie? Una amiga me pidió hacer un fanfic sobre ellos, pero como no conocía el fandom, me pasó los capítulos. Hice el fic "En lo más profundo del océano" para ella. Y me terminé enganchando a la serie XD. Espero seguir viendo tus reviews por aquí.

Capítulo cuatro

Los negocios son negocios

Tres días después, Dorian hizo acto de presencia en Mordhaus.

Entró en el despacho de Charles, acompañado de un Klokater, vestido con un traje similar al del manager, pero de color gris paloma y corbata negra. Sus brillantes ojos azul oscuro y su cálida sonrisa no habían cambiado. De no ser por las leves arrugas alrededor de sus ojos y unas pocas canas en las sienes, Charles juraría que su antiguo compañero de universidad no había envejecido.

—Creí que estabas, ah, en Francia —saludó el manager, desviando la vista de la computadora. Notó que el hotelero llevaba una caja del tamaño de una de zapatos dentro de una bolsa plástica, la cual apoyó en el suelo con delicadeza.

—¿Así me saludas, Charlie? —reprochó Dorian, con una mueca y rodeando el escritorio para darle un abrazo tan fuerte que casi lo deja sin aire.

—Supongo que vienes a hablar sobre, ah, Alex —el manager sacudió su traje para acomodarlo. Era como si se vieran por primera vez en muchos años. Tal vez estuviese así porque no estaban ni Athena ni Alex a su alrededor.

—En parte —Dorian se acomodó en la silla—. También vengo por negocios ¿Lo has pensado? ¿Lo que hablamos hace unos días?

—Sí. No me parece mala idea, pero, ah, no creo que pueda aceptar tu ofrecimiento de pagarme la mitad ahora y la otra parte si esto funciona

—Vamos, Charlie, amigo —Dorian se inclinó hacia adelante—. No soy un presentador de un programa de mercadeo que quiere venderte una SuperAspiradora 3000 que probablemente ni necesites. Soy un confiable, simpático y buen mozo dueño de una pequeña cadena de hoteles que quiere triunfar en el malvado mundo del negocio turístico. Ellos tienen a sus mentirosos esbirros que embarran el buen nombre de uno y taxistas secuestradores de clientes. Pues bien, yo tendré a Dethklok. No podrán contra mí con semejante pedazo de publicidad.

—La amistad no vale aquí, Dorian —le dijo Charles, en tono severo y algo incómodo porque lo había llamado Charlie—. Aquí sólo vale el dinero y la buena publicidad. Que hayas sido, ah, compañero mío en la universidad y mi cuñado, no te da derecho a que me pidas que tire mi dinero por la ventana por los viejos tiempos. Hace diez años que no sé nada de ti.

—Nueve años, en realidad —corrigió Dorian, sin perder su sonrisa—. Tuve dos hijos más, mi matrimonio se va por el caño, mis hoteles crecen lentamente y podría aplastar al Sheraton con unos lujosos zapatos italianos si me das una mano, Charlie.

—¿Y qué beneficio saco de esto?

—¡Eres hombre de poca fe! —exclamó, agitando los brazos como si fuera un fanático religioso—. Estoy seguro al cien por ciento que esto funcionará. Todos los hoteles se fundirán o se asociarán conmigo, si saben lo que les conviene. Tus muchachos podrían alojarse gratis en mis habitaciones. Bastarían semanas, repito, semanas, para darte la otra mitad. Si no lo hago, puedes mandar a tus verdugos para que me rompan las piernas y me golpeen el escroto con bates de beisbol con alambres de púas… ¿Qué me dices?

Charles escudriñó la mirada de su ex compañero de universidad, pensativo. Dorian tenía sus ojos fijos en la superficie del escritorio, casi como si estuviera hipnotizado.

—Sabes que, ah, de no cumplir con el pago, haré algo más que mandarte a que te rompan las piernas —advirtió el manager. Dorian despegó los ojos del escritorio, saliendo de su trance.

—Totalmente —respondió.

Charles tomó su lapicera y escribió unos números en un cuadrado de papel amarillo.

—De acuerdo, Dorian. Esto es lo que podría llegar a costar contratar a Dethklok —dijo, extendiéndole el papel. Dorian lo tomó y lo leyó. Sus pupilas se dilataron un poco al ver los números.

—¿Esto es el total, verdad?

—No, es la mitad.

Dorian se aflojó el nudo de la corbata

—Podría costearme la mitad de esto, supongo —murmuró—. Claro, si sólo pudiera vivir en el bosque durante dos meses, cazando ciervos con un cuchillo. Tal vez si me lo dejaras en cuotas…

—No puedo hacer eso, Dorian

—Considéralo al menos.

Charles desvió brevemente su mirada hacia la pantalla de la computadora.

—Ya lo he considerado ¿Cómo va tu hotel en Francia?— agregó, para cambiar un poco el tema.

—No muy bien. La próxima vez, contrato estadounidenses. Los obreros franceses ya hicieron tres huelgas. Me hubiese sido más barato arremangarme la camisa y hacerlo yo —suspiró Dorian—. En fin, aceptaré pagarte lo que me propones, con amenazas incluidas, en cuanto pueda juntar el dinero. No te vas a arrepentir, Charlie.

—Eso espero.

—Y ya que terminamos de hablar de negocios, ¿cómo está mi sobrina favorita?

—Es, ah, la única sobrina que tienes.

Dorian sonrió ampliamente. Él siempre había sido así de alegre, desde el día que lo conoció, cuando ambos compartían el cuarto en la universidad de Columbia, casi veinte años atrás.

—Por eso digo que es mi favorita. Tengo un regalo para darle, ¿dónde está?

—En su cuarto. Puedo mandar a uno de mis Klokaters a que lleve hasta ella.

—¿Por qué no me acompañas tú?

—Tengo trabajo que hacer, Dorian —suspiró, como si fuera un padre que intenta explicarle pacientemente a su hijo por qué debía trabajar en lugar de jugar.

—Acompañado de una copa de tu asqueroso brandy ¿Aún lo sigues tomando, amigo?

—Sí.

—Siempre has sido un animal de costumbres —rió—. De acuerdo, que tus verdugos me acompañen.

Charles se arremangó apenas el puño de la camisa y llamó a un Klokater a través de su reloj comunicador. Apenas habían pasado treinta segundos, cuando uno de ellos apareció en la puerta.

—¿Llamó, Maestro Offdensen?

—Quiero que acompañe a Dorian hacia la habitación de Alex —ordenó. Dorian levantó la caja que había depositado en el suelo y se marchó junto con el Klokater. Cuando Charles retomó su trabajo, notó que le faltaba su birome.

—Oh, Dorian —murmuró, meneando la cabeza


Alex estaba acostada en la cama, enfrascada en uno de los libros que se había llevado consigo en la maleta. La verdad, no tenía mucho que hacer. Cuando estaba sola, leía, escuchaba algo de música o practicaba contorsiones en la espaciosa habitación. La verdad, se estaba aburriendo bastante y ya no sabía que más hacer para entretenerse.

Escuchó un golpeteo en la puerta. Alex se levantó con un quejido y estiró su espalda, haciendo que sus vertebras crujieran agradablemente. Pensando que tal vez era Charles o uno de esos tenebrosos empleados encapuchados, abrió la puerta con lentitud. Pero en cambio, vio la sonrisa de su tío Dorian.

—¿Puedo pasar?—dijo. Alex sonrió por primera vez en varios días y abrazó con fuerza al hombre, apretando la cara contra su saco.

—¿Vienes a buscarme? —preguntó inocentemente con la voz rasposa, aunque en el fondo sabía que la respuesta sería negativa.

—No, cariño, tengo muchas cosas que arreglar —acarició la cabellera rojiza de Alex—. ¿Aun sigues sin querer hablar con la gente de la casa? — preguntó.

—¿Y de que quieres que les hable? —dijo Alex, separándose de su tío y frotándose el cuello. Cada vez que la voz brotaba de su boca, sentía una irritación en la garganta.

—No te estoy pidiendo que seas su mejor amiga, lo que pido es que hagas tu estadía aquí lo mejor posible. No interactuar con nadie no te va a servir de nada, excepto dañar tu voz y volverte una amargada —Alex frunció levemente el ceño—. ¿Lo ves? Te estás pareciendo a tu tía Athena.

—No es verdad —gruñó ella, chasqueando la lengua

—Este lugar es enorme, querida. De seguro habrá muchas cosas interesantes con las que puedes entretenerte durante…

—Charles me abandonó para poder ser manager de esos cinco tipos y volverse asquerosamente rico —le respondió con dureza—. Estoy aquí porque tú lo obligaste a que lo hiciera. No quiero saber nada con él ni su estúpido grupo.

Dorian miró a Alex con una leve tristeza en sus ojos.

—En el fondo, tu padre te quiere mucho —le dijo, apoyándole una mano en el hombro—. Tal vez puedas aprovechar este tiempo para conocerse y darse cuenta de que pueden llevarse muy bien. Y Charles no te ha abandonado por Dethklok. Lo conozco lo suficiente como para saber que no fue ese su motivo, cariño.

Alex se quedó en silencio. No le gustaba contradecir a su tío, pero no lo entendía. Su padre había prometido regresar por ella. Y nunca lo hizo. Sólo lo veía en la televisión, a cientos de kilómetros de su promesa, ocupándose de su trabajo, totalmente ajeno de que, en una casa de Maine, una niña de seis años esperaba a que su padre apareciera por la puerta y volvieran a estar juntos, como cuando su madre vivía. Ya era tarde para formar un lazo de padre e hija, porque Charles ya no era su padre. Tan solo era… un extraño. Pensaba preguntarle cuáles serían esos motivos, pero el carraspeo de Dorian la sacó de sus pensamientos.

—Casi me olvidaba, tengo un regalo para ti —Dorian le entregó una caja con agujeros en la tapa. Al abrirlo, vio a un pequeño gato gris que dormía profundamente. Alex, emocionada, lo sacó de allí con cuidado y lo abrazó contra su pecho. El animal se despertó a medias y se refregó un poco.

—Es hermoso, tío —murmuró ella, acariciándole la suave cabecita con un dedo.

—Es una hembra. Así no te sientes tan sola. En unos días traeré tus cosas de la casa, así te sientes un poco más cómoda.

—Está bien. Pero no traigas todo. No es como si me quedara a vivir aquí para siempre.

—De acuerdo. Sólo lo indispensable para sobrevivir: Una carpa, una escopeta…

Alex soltó una risita. Dorian también rió un poco con ella.

—Tengo que irme, cariño. En un par de días llegarán tus cosas. Pórtate bien.

—Lo intentaré.

Dorian miró con ternura a su única sobrina y se marchó de la habitación. Alex depositó al animal en el suelo y dejó que recorriera el lugar.

—No te preocupes, gatita. Ya nos iremos de aquí —le susurró.

Tuve que borrar una escena donde hablaba sobre el director de Océano de Sangre, pero como no aportaba nada al capítulo, lo borré. Tal vez haga un drabble de eso. Nos vemos el próximo domingo.