Summary: Bella es arrastrada por Alice a entrar en un Sex-Shop; y para sorpresa de ella se encuentra con un dios griego que le hará descrubrir lo que es el sexo. Minific. EdxBe Lemmon...


Disclaimer: Twilight y sus personajes no me pertenecen; sólo ésta extraña idea...


Capítulo 4: "Sentimientos"

Irremediablemente sonó el teléfono y Bella se quedó sin aire sólo de pensar las palabras que Edward le habría dicho si éste no hubiese sonado.

Ella siguió todos los movimientos del chico y desafortunadamente escuchó la conversación; no es que ella se molestase en entender lo que la chica llamada Tanya decía, si no que se oía a leguas. Se sentía molesta y decepcionada... Edward le había dicho que no tenía novia, pero esa chica hablaba como si ellos tuvieran algo; quizá eran amigos con derechos, eso suele pasar. Pero él ni siquiera la había mencionado y Bella no pudo evitar sentirse usada.

Los labios de Edward formaron una fina linea, su enfado era evidente. Isabella, estaba decepcionada y no le miraba sino que mantenía su vista incómodamente al suelo. Advirtió que sus expresivos ojos chocolates habían perdido su luz y ahora estaban fríos.

Lo más increíble es que Tanya seguía parloteando insaciablemente, pero él no la escuchaba; es más, todo pensamiento lógico le abandonó al ver el rostro desolado de Bella.

– Tanya, no tengo tiempo para ésto – rugió Edward colgando ferozmente el auricular.

La chica se sobresaltó e inevitablemente vio la mirada furibunda que Edward le enviaba. Se acercó rápidamente a ella, junto al sofá y le intentó trasmitir con sus orbes verdes sus sentimientos: que Tanya no significaba nada, que él no traía chicas a casa a menudo, y mucho menos que en su trabajo se dedicara a seducir a las clientas...

Pero Isabella, no le creyó y de nuevo, se sintió herida. Aunque no tuvieran ningún tipo de acuerdo, se sentía traicionada. James le había engañado en innumerables ocasiones y el daño que le había provocado aún seguía en su pecho. Y Edward no le iba a engañar, no se iba a dejar pisotear por él.

Buscó en la sala su bolso. ¿Dónde demonios lo había dejado? – se preguntó Bella nerviosa, con la única intención de marcharse.

Edward siguió su mirada y se irritó de que quisiera marcharse. ¡Era absurdo! No la iba dejar escapar por la maldita llamada.
Los dos se levantaron; Bella había encontrado su bolso encima de la gran mesa caoba y sin mediar palabra fue a recogerlo. Él la siguió y cuándo Bella iba a girar para salir por la puerta éste la detuvo anteponiéndose a su movimiento.

– Bella escúchame.

– No pasa nada, Edward – dijo con voz calmada. – Déjame pasar.

– ¡No! – gritó exasperado.

– No me apetece estar aquí, y no me puedes retener – amenazó con voz temblorosa.

– Te dejaré ir, si tú quieres, pero antes hablemos. Deja que te explique.

La penetrante mirada del chico envolvió a Bella. Ella no quería ceder, quería marcharse y no pensar en él; pero dentro de ella deseaba que la retuviese, que le explicara todo lo que quisiera para que al fin, se quedara.

– Vale – dijo Bella suavemente queriendo parecer indiferente. – Hablemos.

Isabella caminó hasta el comedor y Edward la condujo al sofá. Deseaba volver minutos atrás en el tiempo, para no haber cogido el teléfono y tener a Bella en sus brazos, acunándola.

– Bella, lo que ha ocurrido hoy ha sido especial, no sabes cuánto. No suelo tener relaciones con desconocidas y...

El teléfono otra vez...

Bella se levantó de un salto y antes que él pudiera decir nada ella explotó.

– Quizá no suelas tener relaciones con desconocidas, pero está claro que tienes a alguien. Y yo no me voy a interponer, ¿sabes? No soy de esas... Esto ha sido un error, un jodido error y de haberlo sabido no hubiera pasado nada.

Edward sintió cómo la rabia invadía en su cuerpo. Y sin dejar de mirarla arrancó de cuajo el teléfono y lo lanzó contra otra pared, dejando así, de sonar.

– ¿A sí que ahora te arrepientes? ¡No hay nadie, joder Bella! Eres demasiado impulsiva, Tanya fue algo en un pasado sí; pero nada que ahora nos tenga que preocupar.

– ¿Me llamas impulsiva, cuándo acabas de estampar tú propio teléfono?

Bella no lo demostró, pero estaba asustada. La ira de Edward la había dejado paralizada.

– ¿Te arrepientes? – preguntó acercándose peligrosamente a Bella, y pillándola tan desprevenida que se balanceó hacia atrás, cayendo en el sofá.

Edward se subió rápidamente en él y expuso su rostro a pocos centímetros de los labios de Isabella. La deseaba de una forma enfermiza...

– Responde – susurró exhalando repetidamente.

La cercanía que había entre ellos dificultaba toda la razón que Bella podía tener. Le deseaba, y sentir su dulce aliento en sus labios no ayudaba en absoluto. Y entonces, Edward acortó la distancia y la besó.

Éste beso, lo significó todo. Para él, ella era la única, y haría todo lo que fuera por tenerla, por no dejarla escapar. Y, tenía miedo. Miedo de lo que estaba sintiendo, de sentirse tan vulnerable por una desconocida.

Y Bella le correspondió el beso ardientemente. Se intentaba engañar a sí misma pensando que Edward le haría el mismo daño que su ex en su día le había hecho. No había estado con nadie más, y no quería estarlo, hasta hoy. Hasta que una pasión irresistible les había sorprendido a los dos.

Las caricias no se hicieron rogar y Isabella palmeó todo su cuerpo, acariciando cada porción sin abandonar sus labios en ningún momento. El auto-control del chico se debilitaba cada vez que Bella movía los dedos por su pecho. Se sentía completo y podría haber continuado hasta el final, pero no quiso que fuera así y deshizo el tórrido beso besándole cada centímetro de su cara. Nariz, mejillas, párpados... hasta llegar a los labios, regalándole un último y casto beso.

Edward se sentó correctamente y esperó a que Bella lo hiciera -aún tenía sus ojos cerrados- y cuando lo hizo sus mejillas irradiaban un hermoso sonrojo que a él le hizo sonreír.

– Quédate está noche, déjame conocerte... –murmuró con voz dulce acariciándole su tibia mejilla.

– Claro – susurró ella mirándole a través de sus pestañas, intimidada.

Edward la puso en su regazo y volvieron al juego de las 20 preguntas.

– ¿Tienes hermanos? – preguntó Edward acariciando con su nariz su cuello.

– No, soy hija única – rió Bella abrazada a él, acariciando su cabello. –¿Y tú?

– Tengo una hermana, en verdad la has conocido.

– ¿Qué? – habló Bella sin entender.

– La tienda es suya, mi hermana estaba atendiendo a tu amiga.

– ¿Esa chica rubia tan guapa? – murmuró Bella sonrojada. – Es verdad, se parece a la de la foto...

– Sí, pero tú eres muchísimo más guapa que ella – sonrió Edward mirándola a los ojos con una gran determinación.

– Sí, lo sé – dijo Bella mientras rodaba los ojos.

– Está claro que no te ves con claridad.

Edward se levantó con Bella entre sus brazos y caminó hasta alguna habitación. Ella feliz sólo sonrió y anudó sus tobillos a la cintura de él.

Llegaron al baño y ella se desconcertó del motivo por lo el cual estaban allí, pero esperó que Edward dijese algo.

Él la soltó y la dejó delicadamente al suelo y la hizo girar hacia el espejo, abrazándola por detrás.

– ¿Qué pasa?

– ¿Te ves ahora mejor? ¿Lo hermosa que eres?

Bella miró a su reflejo y le sorprendió ver ese brillo en sus ojos. Las mejillas más sonrojadas que normalmente, y los labios rosados por los besos maravillosos que Edward le había dado. Reconoció contenta, que la chica que mostraba el reflejo era muy diferente a la chica que tantos complejos tenía.

Se giró para ver a ese chico tan impredecible que estaba junto a ella. Abrazándola, notando su calor en cada poro de su cuerpo y sintiendo de nuevo la excitación en su cuerpo. Sin aún poder creer que estaba con él y que no era un precioso sueño que su subconsciente había creado...

La madrugada dio paso al amanecer y juntos en la cama lo admiraron. Esa noche, no volvieron hacer el amor, pero si caricias furtivas que ninguno de ellos quería ni podía evitar. Estuvieron hablando de sus vidas y familias... Anhelando conocer cada pequeño detalle de sus vidas.

Años atrás, cuando Bella era un bebe de dos años, su madre Renné se divorcio de su padre y huyó al soleado Phoenix, en busca de paz. Vivieron allí por 14 años, hasta que un fatídico accidente arrebató la vida de su atolondrada madre. Fue entonces cuando tuvo que regresar a Forks, con Charlie. Éste la extrañaba muchísimo, sólo la veía un mes de las vacaciones de verano. Comenzaron una convivencia cómoda. hasta que a los 22 años ella se instaló en su propio apartamento. Isabella, no veía su vida interesante y prefería callar y dejar que otros hablasen; pero Edward quedó fascinado.

Bella era extremadamente fuerte, y explicaba sus vivencias con total normalidad y sencillez. Cada instante que pasaba con ella, la admiraba más y más.

La vida de Edward, en cambio, en muchos aspectos fue más dura. Perdió a su padre en un batallón de combate justo antes de nacer, por lo que no tenía ningún recuerdo de él. Y su madre, siempre fue un ángel con Rosalie y con él. Esme les apoyaba y les consolaba; nunca les faltó nada.
Hacía cosa de tres años, había estado muy enferma y se temía lo peor. Pero finalmente se recuperó e inició una relación con el médico que la estuvo atendiendo: Carlisle.

Acabaron hablando de sus gustos musicales y literarios. Fue reconfortante descubrir que tenían varios autores y canciones favoritas en común. Eran las 5 de la mañana, y Bella no pudo evitar bostezar. No se aburría ni mucho menos, Edward le era sumamente interesante, pero había sido un día tan agotador...

– Deberías dormir.

Bella le miró e intentó con todas sus fuerzas resistirse al siguiente bostezo que amenazaba por escapar de sus labios.

– Tampoco me muero de sueño – mintió indiferente. – Quiero saber más cosas, por favor...

La mirada enternecida que le dio, dejó a Edward paralizado. ¿Cómo ella tenía tal efecto en él? Si le pidiera la luna, el no dudaría en bajársela, le daría todo lo que estuviera en su mano para contentarla.

Suspiró audiblemente y se acercó a ella, sus suaves labios a punto de tocarse. Bella se estremeció y le aguantó la estupefacta mirada de el chico.

Sus labios se juntaron tiernamente, trazando caminos ya conocidos, succionando los lugares que a ambos les hacia jadear. Edward arrebató la ropa a ella despacio y cuándo estuvo en ropa interior, atacó su cuello, mordiéndolo juguetonamente.

– Edward...

– Debemos parar – suspiró él.

– ¿Qué? – inquirió ella contrariada.

– Es tarde – dijo apoyando su frente con la suya. – Ha sido un largo día.

– ¿Ese es tu único argumento?

– Por favor, no destruyas mi auto-control.

– No lo haré – jadeó ella rozando su erección, metiendo la mano dentro del pantalón que Edward usaba de pijama.

El gruñido que vocifero Edward hizo estremecer a Bella. Edward le suplicó de mil formas que se detuviera, se lo rogó repetidas veces, pero ella nunca lo hizo. Siguió acariciando a Edward hasta lo imposible y éste antes de que el orgasmo le abrumara, tumbó a Bella bajo su cuerpo y le quitó el ya tan conocido conjunto azul. Se deshizo de su pijama y le introdujo un dedo en su sexo. Isabella se sorprendió y se abrió más para él, anhelando sentirle más dentro de ella. Él, no tardó en bombearla a fondo y masajearle el clítoris, excitándola sobrecogedoramente.

En un instante, Edward se colocó el preservativo y se adentró en ella. Agradecido de notarla tan empapada, esperando por él. Consiguieron llevar un ritmo agradable y placentero para ambos. En ésta ocasión, no fue tan imprevisto como en el almacén o en el coche, si no que fue lento y delicado. Los dos se acarician fervientemente y se daban placer sin cesar, alargando el preciado momento para cuando llegaran al éxtasis. Y así fue.

Bella se sintió abrumada por las sensaciones que estaba sintiendo. Hacia escasas horas estaba dispuesta a irse, decepcionada por el desconocido que había cambiado a su vida y ahora, estaba volviendoa hacer el amor con él. No acostándose con él – se dijo Bella feliz de ver la gran diferencia.

Edward la besó por última vez en la 'noche' y le preguntó divertido.

– ¿Ahora dormirás o aún no estás demasiado cansada?

El cuerpo le temblaba por el glorioso orgasmo que había tenido y asintió avergonzada con la cabeza. Él se separó lo justo para deshacerse del preservativo, y arropándolos con las cobijas abrazó a Bella. Sabía que él aún no dormiría, y no lo hizo. No hasta que ella lo hiciera primero.

Sus rasgos eran femeninos y agraciados, su piel era tersa hasta lo inimaginable y un poseía cuerpo de muerte, con tantas curvas que hasta podía marearse. Pero no era eso lo que le robaba el habla, no. Eran sus cálidos ojos. Tan expresivos que creía que con el tiempo podía leerlos.

Le apartó unos cuantos mechones que se habían quedado pegados en la frente. Y comenzó a tararear una nueva creación. Totalmente improvisada, pero que le hacía pensar en ella y deseaba comenzar a componerla de verdad, a escribirla sobre papel; pero no se iría de su lado, no aún.

Bella dormía en su duro pecho con su cabeza cerca de su corazón y las manos de él rodeándole por la cintura. Antes de que los brazos de morfeo la llevaran, se preguntó como había estado tanto tiempo sin él, como había podido sobrevivir sin saber de su existencia...


R&R.

K.