Los personajes no me pertenecen.
Cap. 4
El profesor que nos daba la primera clase del día siguiente no había podido asistir, así que Emmett y yo nos acomodamos en una de las mesas que estaban al lado del edificio principal, él no parecía tener intención de hablar (estaba muy ocupado enviándose mensajes de texto con quien sabe quién) así que fue mi turno de iniciar conversación.
- ¿Cuándo sabrás los resultados de las pruebas de Futbol?
- Emm… no lo sé, creo que mañana – dijo sin despegar la vista del pequeño celular.
- ¿Emmett?
- ¿Ah?
- ¿Vas a pasar toda la hora haciendo eso?
- ¿Haciendo qué? – inquirió sin levantar la mirada. En un rápido movimiento le quite el aparato de las manos. Él tardó unos segundos en reaccionar.
- ¡Oye! – exclamó molesto. – ¿Por qué hiciste eso?
- Porque no pienso soportar que me ignores durante todo el tiempo que tenemos libre – contesté usando el mismo todo de voz.
- Vaya, si que tienes mal carácter – farfulló. Pretendí no haberlo escuchado.
- ¿Con quién estabas hablando que era tan importante? – pregunté.
- Con Daniel
- ¿Daniel? ¿No está en clases?
- No – dijo como si fuera lo más obvio del mundo – Está en el campus de alguna universidad importante, ha estado haciendo recorridos por todo el país para ver cuál le conviene más.
- Oh – asentí con la cabeza. – ¿Por eso faltó el lunes?
- Exacto – confirmó Emmett. – Ahora, si me permites, quiero mi celular de vuelta.
Le devolví el celular y espere pacientemente los quince minutos que tardó en dejar la conversación con Daniel. Cuando por fin terminó me preguntó si alguna vez había intentado entrar en algún equipo de Futbol en mis anteriores escuelas. Reí entre dientes recordando la experiencia.
- Solo una vez lo intenté… aunque sería más apropiado decir que me obligaron a hacerlo, en el primer entrenamiento me dieron una paliza, literalmente, y nunca he querido repetir la experiencia.
Emmett soltó una carcajada.
- ¿Cuántos años tenías?
- Creo que trece, regresé a casa medio cojo y con el ojo morado.
- Eso es tener mala suerte – dijo riendo, sin poder evitarlo me uní a él. Se sentía bien tener un amigo con el que podía simplemente ser yo mismo. Era extrañamente relajante.
El resto del día pasó volando, las siguientes clases me parecieron inusualmente rápidas y el receso pasó entre una serie de amenas y superficiales pláticas. Antes de poder siquiera notarlo, manejaba hacia la casa de los Pullman con Rosalie tarareando la canción que sonaba en el radio.
Haberles contado nuestra historia a los Cullen y a Bella y Daniel había aligerado mucho el ambiente. Nos sentíamos en confianza con ellos y podíamos bajar un poco las barreras. Veía a Rose mucho más relajada, no había dejado su actitud altanera, pero la había cachado varias veces durante el día hablando animadamente con Alice sobre las marcas de ropa más importantes del momento.
A Rosalie siempre le había interesado la moda, pero nunca había tenido realmente la oportunidad de hablar con alguien acerca de ello. Lo había intentado varias veces conmigo, pero desistía cuando notaba que no estaba entendiendo ni una palabra de lo que decía. Lily había sido otra de sus opciones, pero las veces que la veíamos eran tan contadas que prefería hablar con ella de temas más importantes. Me alegraba que finalmente hubiera encontrado a alguien con quien comentar el asunto.
Mientras conducía pensé en la posibilidad de ir el fin de semana a buscar algún empleo de medio tiempo. No era totalmente necesario, pero siempre me había gustado tener un poco de dinero ahorrado para nuestros gastos personales, y ahora que se acercaba el momento de independizarnos completamente el dinero se hacía aún más necesario.
Sabía que en el momento en el que cumpliéramos dieciocho la herencia que nuestros padres habían dejado pasaría a estar completamente a nuestra disposición. A excepción del auto (que nos dieron cuando cumplimos dieciséis y pudimos sacar el permiso de conducir) a lo largo de los años nos habían ido repartiendo algunas de las posesiones personales de nuestros padres que no se habían perdido en el incendio. Pero todo el dinero que estaba en diversas cuentas de ahorro no sería nuestro hasta dentro de unos meses. No podía esperar para que eso sucediera.
Elizabeth y Jonathan Hale, nuestros padres, habían sido exitosos abogados, y, como tales, habían hecho su testamento desde muy temprana edad. Con el paso de los años le hacían algunas modificaciones, pero la esencia era siempre la misma. Todas sus pertenencias pasarían a ser nuestras en el momento de su fallecimiento, y si éste sucedía antes de nosotros tener la mayoría de edad, serían entregadas en el momento en que cumpliéramos dieciocho.
Una de las pocas cosas que nos habían dado era un desgastado libro que encontraron en el despacho de papá, se trataba de una novela policiaca que no había tenido mucho éxito en ventas, pero que de todas formas era estupenda. Desde el momento en el que llegó mis manos cuando tenía doce lo había releído cada vez que tenía oportunidad, en parte porque la historia era increíble y en parte porque pertenecía a mi padre. Me hacía sentir más cerca de él. Decidí empezarlo otra vez en cuanto llegáramos a casa, en la escuela no nos habían encargado deberes y no teníamos mucho qué hacer por las tardes.
Estacione el auto justo enfrente de la casa y ayudé a Rosalie a bajar, luego, con paso despreocupado, nos encaminamos a la puerta. Los Pullman nos habían dado una copia de las llaves el primer día que llegamos, solo fue hasta tiempo después que me di cuenta de que en realidad no lo habían hecho en un gesto de confianza, sino porque ellos casi nunca estaban en casa y no era su intención dejarnos afuera.
Al entrar nos sorprendió el ruido del televisor. Nos miramos sin saber muy bien qué hacer a continuación. Rosalie me hizo un gesto con la cabeza, dándome a entender que tendríamos que entrar a la sala y ver qué era lo que estaba ocurriendo. Intentando no hacer ruido caminamos el par de metros que nos separaban de la estancia.
En el salón se encontraba el Sr. Pullman sentado en uno de los sillones, con las piernas cruzadas y puestas despreocupadamente sobre la mesa, viendo las noticias. Rose carraspeó un poco para hacernos notar. El Sr. Pullman (nunca nos había dicho su nombre) se giró sobresaltado.
- Oh, son ustedes, pasen, pasen, Ashley está terminando de hacer la comida.
Rosalie y yo nos sentamos, sorprendidos, en el sofá de dos plazas.
- Quería hablar algo con ustedes – dijo él apagando la televisión y bajando las piernas de la mesa. – Hay algunas reglas que tienen que seguir mientras estén aquí.
Tragué en seco y tome la mano de Rosalie, esto no se veía nada bien.
Las doce. Observé el techo de nuestra habitación y solté un largo suspiro, me quedé en esa posición por un momento que me pareció eterno. Esperando que el reloj hubiera avanzando bastante moví mi mano para que quedara frente a mis ojos. Las doce con tres minutos.
- Maldición – murmuré. Había estado intentado por poco más de una hora.
Me levanté de la cama y caminé hacia la ventana que estaba al lado del lugar donde Rose estaba profundamente dormida. Con cuidado de no despertarla corrí un poco las cortinas. Había luna llena, y todo estaba en el más absoluto silencio. Recargué mi frente sobre el cristal, ni siquiera me inmuté por lo frío que estaba, me estaba cayendo de sueño, pero por alguna desconocida razón, no podía dormir. Rosalie se quejó un poco, giré mi cabeza rápidamente, pero seguía dormida, solo estaba soñando. Suspiré y volví a recargarme en el vidrio.
El Sr. Pullman había sido muy claro con eso de las reglas. Nada de traer amigos a la casa, por ningún motivo y en ninguna circunstancia. Entre semana la luz se apagaba a las once y nada de ruidos después de esa hora., los fines de semana, el toque de queda era a las doce. Y cada que fuéramos a algún lado tendríamos que avisarles a ellos.
Mi aliento empañó la ventana. Con lentitud subí la mano y dibujé una carita. Los ojos, la nariz, y la boca… ¿feliz o triste?. Al final simplemente hice una raya horizontal. Suspiré, otra vez, y mi pequeña obra de arte fue borrada como por arte de magia. Se me escapó una pequeña sonrisa.
Al día siguiente tendríamos que contar nuestra historia otra vez, pero ahora, a una completa desconocida. Y además, si queríamos su ayuda, también deberíamos de contarle, más específicamente, qué es lo que había pasado en los últimos años. Hogares adoptivos, familias extrañas, injusticias, orfanatos… todo. Eso no iba a ser fácil. Rosalie y yo guardábamos esas historias con celo, y ahora tendíamos que contarlas así nada más. No me imaginaba a mi mismo haciendo eso, nunca lo habíamos hecho. Supongo que porque nunca habíamos tenido a alguien a quien realmente le importara. Pero, ¿realmente le importaba?. No podíamos estar seguros de eso. Ni siquiera habíamos visto a la mujer. Me pasé una mano por la cara.
Estaba frustrado y el cansancio me impedía pensar bien. Regresé a la cama arrastrando los pies y me metí bajo las cobijas. No me moví en lo que restaba de la noche.
Amanecí con un profundo dolor de cuello y unas marcadas ojeras. Oía el sonido de la regadera, así que supuse que Rosalie se estaba bañando. Me senté en la cama, me estiré y pasé mis manos por mi cabello, la noche en vela me había pasado factura. Con desgana me deje caer de nuevo sobre la almohada y cerré los ojos.
- Jazz
Me quejé, me moví y no contesté.
- Jasper, en serio, vamos a llegar tarde.
Alguien me zarandeó un poco y por fin abrí los ojos. Rosalie estaba sentada a mi lado.
- ¿Qué pasa? – murmuré.
- Pasa que te quedaste dormido y ahora se nos está haciendo tarde para llegar a la escuela.
Me senté en la cama con un movimiento brusco. Rose puso sus manos en mis hombros.
- Tranquilo, Jazz, no es muy tarde, solo debes de apurarte un poco, ¿de acuerdo? – Dijo mientras pasaba una mano por mi cabello – Ahora ve a bañarte, tu ropa está sobre el lavabo.
Asentí, y todavía medio dormido me tambalee hasta el cuarto de baño. Entre en la regadera sin dejar que el agua corriera el tiempo suficiente como para calentarse. El agua helada bastó para despertarme del todo. Me di una ducha rápida y luego me vestí mecánicamente, sin ser realmente consiente de qué era lo que estaba usando.
Rosalie me esperaba sentada en la orilla de su cama. Levantó la cabeza cuando se percató de que ya había acabado.
- Eso fue rápido – dijo.
- ¿No dijiste que tenía que apurarme?
- Sí, pero no esperé que te apuraras tanto – rodé los ojos ante su afirmación. Con una mano seguía intentando secar mi cabello, si salía con éste totalmente mojado me congelaría. Rose se levantó y caminó los pocos pasos que nos separaban, me quitó la toalla de las manos y la cambió por la suya que ya estaba más seca. – Si lo haces con una toalla mojada no servirá de nada – me reprendió mientras comenzaba a hacer el trabajo ella misma.
- Hiciste un verso – susurre. Rose se detuvo.
- ¿Qué?
- Hiciste un verso, una toalla mojada no servirá de nada – dije acentuando las terminaciones que rimaban. Rosalie rió.
- Eres raro – comentó mientas comenzaba a secar mi pelo otra vez.
- Claro – respondí con sarcasmo. – Tú eres la que está obsesionada con que todo tu guardarropa convine y yo soy el raro.
- ¡Oye! – se quejó, dándome un manotazo en el brazo. Yo froté la zona afectada como si de verdad me hubiera dolido. – Que tenga gusto por la moda no quiere decir que sea rara.
- Eso es lo que tú crees.
Ella no contestó, en su lugar me pasó un cepillo para que me peinara y metió en su mochila algunos libros que le faltaban. Cuando acabé la ardua tarea de intentar dejar mi pelo presentable tomé mi mochila y la esperé en la puerta para bajar a desayunar.
La escuela había acabado, y ahora seguíamos a los Cullen hacía su casa. Ambos estábamos nerviosos. Rose movía su pierna de arriba abajo una y otra vez, lo que sólo conseguía que yo estuviera aún más alterado. Sin dejar de ver al frente puse mi mano sobre su muslo, parando el insistente vaivén.
- Lo siento – masculló – estoy nerviosa.
- Lo sé, yo también.
- ¿Qué le diremos? – preguntó, parecía asustada.
- Le contaremos la historia tal y como se la contamos a los chicos – hice una pausa – y si hace preguntas se las responderemos lo mejor que podamos.
- Lo haces sonar tan fácil.
- Va a ser fácil – afirmé. Sentí como Rosalie clavaba su mirada en mí.
- Ni siquiera tú crees eso – me encogí de hombros, restándole importancia a su mordaz comentario. No hablamos en lo que quedaba del camino.
Nos detuvimos frente a una gran casa blanca. Rosalie me miró, afligida. Yo tomé su mano en un gesto de apoyo. Ella estaba pensando lo mismo que yo, la casa tenía gran parecido con la que teníamos cuando éramos niños. La que quedó totalmente destruida por el fuego. Después de una última silenciosa mirada baje del auto.
- ¿Estás bien, Jasper? – Preguntó Edward dándome una palmada amistosa en el hombro – estás algo pálido.
- ¿Pálido? – Se mofó Emmett – parece que acabas de ver un fantasma. – Alice y Edward soltaron unas risas ante su comentario.
- Estoy bien – murmuré – solo un poco nervioso, nada del otro mundo.
- Tranquilo – dijo Alice comenzando a caminar de espaldas hacia la puerta – Esme los amará, estoy segura.
Rosalie se posicionó a mi lado y juntos avanzamos hacia la puerta.
Hola!
Finalmente estoy de regreso, lo siento mucho por la tardanza, pero entre las vacaciones y mi falta de inspiración me costó bastante tener este capítulo listo.
Espero que les gustara, a mi me gustó bastante escribirlo :D
Muchisimas gracias a todas las que dejaron review, agregaron a alerta y/o a favoritos, me han hecho muy feliz :D. Hay algunas que dejaron comentario sin tener cuenta, o, en todo caso, sin estar en ella en ese momento; a mi me gusta reponer a todos los reviews, pero en esos casos me es imposible, así que si no tienen cuenta y les gustaría que les conteste pueden dejarme su mail o algun lugar en el que pueda hacerlo, recuerden poner la dirección separada por espacios porque si no lo hacen la página la borra (prometo solo usar la dirección para eso y no dársela a nadie más sin su consentimiento).
Una vez más muchas gracias, y espero que hayan disfrutado este capítulo, si es así,me gustaría que dejaran review, estoy abierta a críticas siempre que sean respetuosas y con buena intención :).
Prometo no tardar tanto para la próxima actualización.
Un Saludo.
Nos leemos.
