Algo corto, para que vayáis conociendo a Alexis
Capítulo 4
(Piso de Richard Castle)
-¿Papá?, ¿papá dónde está la antipática?
Alexis bajó los escalones de uno en uno, en dirección a su padre, guiándose por la fragancia de su aftershave, como siempre hacía. Richard dejó la taza de café en la encimera de la cocina intercambió una mirada con Martha, pensando deprisa.
-Ha salido... a hacer unos recados. Y cielo, no la llames así, por favor.
-Es borde.
-Lo sé… -El escritor se interrumpió cuando recibió un codazo por parte de su empleada, quien además se dirigió con severidad a la niña.
-Apenas hace un día que Katherine está aquí, sé buena con ella.
-Me trata como si fuera un bicho raro –protestó -¿Por qué no puede volver Gina? –Suplicó, haciendo que su padre se atragantara. Martha arqueó las cejas, esperando con interés la respuesta.
-Gina no podía quedarse –se limitó a decir.
-¿Por qué?
-Porque no. Desayuna.
-Ella decía que le encantaba estar aquí…
-Oh, chère, tu padre se encargó de que le gustase aún más…
-¡Martha!
-¿Entonces por qué se fue? Un buen trabajo, sueldo, casa, sexo con el jefe…
-¡ALEXIS!
-A veces lo último no es tan bueno como parece…
-Martha, ni una palabra más –masculló. Luego se volvió hacia la niña –Y tú, pórtate bien con Katherine.
-No la soporto.
-Eso es irrelevante. Sé buena con ella o me enfadaré.
-Seré buena si ella lo es conmigo –respondió cruzándose de brazos, testaruda.
-Monsieur, acéptelo, no puede ganar esta batalla.
-Está bien –suspiró -. Al menos sé soportable, ¿de acuerdo? Nada de asustarla con tus apariciones repentinas.
-Me dijiste que eso te hace gracia.
-Y me encanta cielo, pero dudo mucho que a la antip…
-Monsieur…
-… que a Katherine le parezca divertido. Ahora desayuna–Se levantó dándole un beso en el pelo y fue camino de su despacho, dejándola con Martha.
(En un lugar de París que obviamente no conozco donde se hacen los exámenes de tiro)
Kate esperaba a que la llamasen para hacer el examen. A su lado, dos jóvenes agentes: un chico de poco más de veinte años que parecía a punto de vomitar y una chica que leía nerviosa unos folios que apenas sostenía entre sus temblorosas manos. Dios, ¿yo era así cuando salí de la academia? Miró su reloj por enésima vez, empezando a desesperarse.
-¡Katherine Beckett!
-Gracias a Dios.
Se levantó y entró en la sala donde realizaría la prueba. Allí una mujer le entregó un arma y unos cascos sin decir palabra y se limitó a señalar a la diana con forma humana. Evidentemente, trabajar un domingo para hacerle un favor a alguien de arriba no le había hecho la menor gracia. Chasqueando la lengua se volvió, ignorando su ceño fruncido. Bien, acabemos con esto. Una a una, fue vaciando el cargador de balas justo en el centro de la diana, hasta dejarla completamente agujereada. Sonriendo se giró hacia la funcionaria que observaba la diana con la boca entreabierta. Kate arqueó una ceja y tendió la mano.
(Piso de Richard Castle. Otra vez)
-Aquí tiene.
Richard tomó la licencia y echó un vistazo al arma que la mujer llevaba en la cadera. Después no pudo evitar que una sonrisa se dibujara en su cara ante la expresión triunfal de la guardaespaldas.
-Que rápida –comentó.
-Ahora que ya tengo mi arma… ¿tengo oficialmente el puesto?
-¿Acaso no lo tiene desde ayer?
-No se le veía muy convencido, señor.
-Bueno, supongo que quería asegurarme de que mi hija la aprobase.
-Oh… ¿y cuento con la aprobación de la cría?
Él la miró con humor, aquel gesto de desdén lejos de irritarle le parecía sumamente divertido. –Créame, señorita Beckett, se van a llevar de maravilla. –Miró su reloj y señaló hacia la puerta.
-Alexis ya debe estar lista para salir, le aconsejo que se ponga algo más… tapadito.
-¿Tapadito? –Kate se rio -¿Qué vamos, a misa?
Richard arqueó una ceja, ella dejó de reír al instante. –No –negó.
-Sí.
-Pero…
-Es su obligación.
-¿Misa?
-Es domingo.
-Es una cría.
-Y muy creyente.
-¿Tengo que llevarla yo?
-¿Qué parte de "estar con ella las veinticuatro horas del día" no entiende exactamente?
-Supongo que las misas no durarán aquí menos que en Estados Unidos…
-Supone bien –Miró hacia su escritorio, aguantando la risa -. Será mejor que se vaya ya, no querrá llegar tarde a la casa de Dios.
(Isla de la Cité. Catedral Nuestra Señora de París)
-¿Tenemos que sentarnos delante? –preguntó en voz baja, ante los insistentes tirones que la niña daba a su manga para que avanzase.
-Sí.
-¿Por qué?
-Porque oigo mejor.
-¿Para qué quieres oír? Es una misa, limítate a repetir lo que otros digan.
-Sigue andando, hasta la tercera fila.
-Dios…
-Shhh, no blasfemes.
-Perdona –masculló. Caminó con ella, ignorando las miradas que observaban con reprobación su escote, por muy escaso que fuera. Al mirar al frente observó que las primeras filas estaban prácticamente vacías, sentarse allí para ser el centro de atención de más beatas no era su mayor ilusión. Anduvo dos unas pocas filas más y frenó en seco –Tercera fila, siéntate.
-Aún no hemos llegado –replicó la cría, poniendo los brazos en jarra.
-¿Qué? Claro que sí.
-¿Estás mintiendo en una iglesia?
-No te miento –dijo, con paciencia.
-Aquí no es, hemos andado muy poco.
-Son imaginaciones tuyas.
-Me estás mintiendo –alzó la voz.
-No… baja la voz, nos están mirando.
-Quiero... ir… más… cerca… -Alexis empezó a llorar a pleno pulmón, Kate se agachó, sacando un pañuelo de su abrigo.
-Calla, Alexis, por favor, shhh, nos está mirando todo el…
-Quiero estar cerca… de… Dios… -La niña siguió con su rabieta, su rostro poniéndose colorado. Una pareja de ancianos trató de acercarse, Kate se apresuró a rechazar la ayuda, sacudiendo los brazos para que se marcharan.
-Calla, por dios…
-Y… ahora vuelves… a blasfemar…
-Vale, está bien, de acuerdo, tú ganas, vamos cerca.
-Vale.
Dejándola con la boca abierta dejó de llorar al instante y continuó caminando, hasta sentarse justo en la tercera fila. Kate apretó los dientes, sentándose a su lado. –Cuando salgamos de aquí te vas a enterar.
-¿Quieres otra escena?
-Eres un pequeño demonio -escupió.
-No me vuelvas a engañar –replicó -. No me gusta.
Kate fue a contestarle pero entonces la misa comenzó y la pelirroja estaba completamente centrada en las palabras del cura. Voy a tirarla desde las torres.
