Capítulo III: Sentimientos encontrados.

-¡Derecha! – Comentaba una voz desesperada, parecía de una mujer bastante robusta y adulta – ¡Ya han sido cuatro horas y no ha aprendido nada! Esto es indignante. He podido enseñarle a un caballo a tener más clase que usted en menos de los días y los meses en que hemos estado trabajando.

Enzo trataba de mirar con las mejores intenciones el, por así decirlo, adiestramiento de esa mujer. Olivier Hemishky, la mejor adiestradora de princesas en el mundo. Se decía que en menos de un mes, podía convertir a una campesina en toda una señorita de clase alta.

Zelda se encontraba apenada, y de cierta forma, denigrada. Suspiró hondo, miró a la señora con un aura tanto de molestia como de amabilidad.

-No soy un animal, señorita – Respiró hondo y luego su mirada se volvió sombría – Soy una persona, como usted, y si desea que haga una cosa, entonces pídamelo como se debe, sin hablarme como si fuera un "algo"

La robusta mujer, ofendida por el atrevimiento de Zelda, se acercó furtivamente a Enzo y luego dijo:

-¡Renuncio! Si está sucia mujer no quiere ser una doncella de sociedad, entonces no le ayudare. Con permiso – Tomó una maleta con sus cosas y salió apresurada de la estancia, perseguida por Enzo.

-S-Señorita Hemishky, ¡p-por favor! Reconsidere la oferta – Antes de decir otra cosa cerró la puerta en la cara del príncipe.

Zelda quedo otra vez avergonzada, sobre todo, sintiéndose culpable de la ida de la mujer robusta. Pero no se iba a dejar de sus malos tratos. Ya había sido suficiente hace tiempo y no era justo volver a lo mismo.

-Lo siento – Comentó ella con vergüenza en su rostro mientras movía sus manos. Enzo le tomó un hombro y sonrió sin ningún gesto de molestia.

-La verdad también me tenía harto – Este soltó una sonrisa. Zelda, de igual manera que Enzo, parecía reír aliviada – Si no puede enseñarte, podría alguien más. Ha vivido bajo este techo incluso antes que mi padre. Sirvió a mi madre y su familia antes que a mi madre.

Zelda abrió los ojos demás ¿A quién se refería? Debía ser una persona bastante sabia por excelencia.

-Es una mujer, así que no hay de qué preocuparse – Terminó el muchacho dejando a Zelda con la expectativa alta. Enzo sabía que Zelda no se decepcionaría de su decisión. Aquella mujer era impecable, con buenos modales y también la cocinera real.

La madre de su mejor amigo, Link Backhood…

Ya habían pasado casi tres meses desde que Link se había marchado. Enzo suponía que en una de esas iba a aparecer como de costumbre, o a dejar un obsequió para Zelda. Tal como había hecho cada mes. Una vez fueron un par de prendas de alta calidad, otra vez se le ocurrió dejar a Enzo un montón de flores, superando el número de aquella vez. Y recientemente una pequeña botella con leche de reserva que había comprado.

Vaya que el joven no paraba de enviarle cosas y notas a la princesa, con sólo pensar que estaría "entrenando" para verse de la alta clase. El entendía aquello, había pasado por ello.

En fin…

Zelda y Enzo caminaban hombro a hombro por los pasillos del castillo. Después de aquella penosa escena en el estudio, decidieron estirar las piernas, y de paso encontrarse con la mujer que le enseñaría los modales a Zelda.

No sabía cómo por su cabeza se le había ocurrido ir primero con una mujer que a primera vista decía dar la talla, y al final ser lo contrario. "Lección aprendida" Pensaba Enzo "Nunca confiar en las apariencias" Teniendo a la siempre fiel Tricia, madre de su mejor amigo y cocinera real por descendencia.

-Te sorprenderá saber quién es esta mujer – Comentó Enzo abriendo primero la puerta de la cocina para que Zelda entrase.

Al internarse en el sitio, Zelda no pudo sentirse más maravillada. Era una amplia habitación, llena de color blanco, utensilios, cazuelas. Personas con prendas adecuadas para la actividad y una mujer en especial dando órdenes a otros mientras preparaba algo.

La mujer estaba tan inmersa en su trabajo que no notó la presencia del príncipe, sino hasta que todos los trabajadores dejaron sus actividades e hicieron una reverencia, para luego proseguir.

-¡Ah…! Príncipe – Hizo también una reverencia mientras miraba al joven curioso – ¿Y esta joven tan hermosa? – Musitó la mujer con una voz ni muy gruesa o muy aguda, eso sí, con algo de sorpresa. La muchachita se avergonzó un instante por sus palabras – ¿Es su prometida?

Enzo rápidamente rectifico aquello y con nervio tartamudeo:

-¡Claro que n-no! – Al sentir que había gritado, el joven aclaró su garganta – Es decir… señorita Tricia, ¿No se enteró de la princesa Zelda? Es esta joven – La señalo con ambas manos, como si fuera una maravilla.

La mujer abrió sus ojos de par en par, sintiendo un escalofrío recorrer su cuerpo con desagrado. Pero calmó su ansia al ver que la joven estaba presente. Respiró profundo y luego saludó con cordialidad.

-¡Pero mira que hermosa sorpresa! A decir verdad ¿Cómo es eso posible? – Preguntó tratando de romper el hielo. En ese instante los tres salieron del recinto para encontrarse en un lugar más privado, el despacho de Tricia.

Ni Enzo o Zelda se atrevieron a decir algo, hasta que Tricia habló.

-¿Y bien? Conozco tu personalidad, hijo, sé que no viniste a enseñarme a tu hermana – Comentó esta con firmeza.

-Es verdad, me conoce bien – el castaño esbozó una sonrisa divertida – La verdad es que me encantaría que pudieras enseñarle a Zelda la etiqueta de una princesa. Tu familia ha pasado generaciones junto a nosotros, es por eso que al menos una parte de tu familia entiende de esto.

La mujer tragó saliva con nervios. Apretaba sus labios con fuerza, escuchando sus palabras una a una, y analizándolas.

-Sí, sé de la etiqueta, podría enseñarle. Pero me temó que… - Antes de terminar de rechazar, la voz de Link resonó en la ventanilla. El muchacho tenía el ceño fruncido y había llegado tan sigilosamente que al hablar escandalizó el ambiente.

-No uses tus argumentos, madre. Argumentos vacíos que al final no pueden ganar – Dijo el rubio con una amarga sonrisa en los labios.

-¡Link! ¡¿Dónde has estado, hijo descarado?! – Preguntó la mujer con preocupación, pero también molestia.

-Donde la gente me necesita – respondió cortante, ni siquiera se atrevió a tocar la mano de su madre – Haciendo lo que se supone el HÉROE debe hacer como elegido – Ambas caras estaban juntas, como dos grandes tifones, queriendo chocar entre sí para demostrar supremacía – ¿Y bien? – Preguntó Link mirando a su madre – ¿Le enseñaras a Su Majestad, Zelda? O ¿Seguirás tratando de ocular el destino? Además, la última princesa Zelda nació en una época de paz, cien años después de la leyenda sobre el Crepúsculo cernido en Hyrule. Nosotros también hemos pasado por paz, estamos pasando por una época de paz, relativa, pero sin la oscuridad verdadera.

Enzo y Zelda se miraron incómodos. Esa pelea de cierta forma les constaba, pero parcialmente. Por un lado, para que su aprobación ayudara a Zelda. Por otro, una discusión del futuro de un hijo.

Las miradas entre madre e hijo eran intensas. Se podía sentir como si lanzaran rayos cada una, ambas fuertes y constantes. Zelda no aguantó más, y con su característica sinceridad se acercó a tocarle un hombro a Link.

-No hace falta que discutas con tu madre, Link. Creo que es mejor que busque a alguien más y… – Cuando se dio cuenta de su situación, de que estaba cerca de él, paró de hablar – y… – Poco a poco se alejó con las mejillas rojas. Link notó aquello, suavizando su mirada y tomándole una mano con delicadeza.

-Se lo suplico, no se alejé – Dijo con una mirada abatida, tomando su mano y parte de su brazo de manera amable – No te alejes, Zelda…

Ella dejo de mirarle con angustia, para sentir nervios en su pecho, apretando sus labios fuertemente sin poder hablar debido a ese extraño sentimiento. Enzo y Tricia pudieron ver enternecidamente la escena. La mujer adulta podía sentir como la mirada de su hijo sufría con tan sólo ponerle los ojos encima, y a la vez, percibía la timidez de la princesa aparentemente vacía.

Enzo por su parte, seguía pensando que Link nunca había mirado a nadie como a su media hermana, y que estaba seguro que aquel sentimiento era más que un simple "gusto" por una mujer. Iba más allá de un simple "me gustas"

Link besó la mano de Zelda, iba subiendo hasta llegar a su cuello, oliendo su perfume con sutileza. Su cabeza había rozado su mejilla, y para Link se había sentido bastante bien.

Poco a poco sus ojos se iban encontrando, llamándose así como el aliento de sus labios, hasta que se dieron cuenta de lo que estaban haciendo, y principalmente la princesa retrocedió avergonzada. Su corazón latía fuertemente, había sido algo demasiado intenso para ella.

Sin dilación, se encaminó apresurada hasta quedar a espaldas de Enzo, guardando su compostura.

Igualmente Link, dejando aquel comportamiento indebido, colocándose al lado derecho de su madre. Avergonzado de igual forma.

-Bueno… en vista de tus argumentos, lo haré, le enseñare a esa chica a ser una princesa con mucho esfuerzo, pero a cambio, deberás regresar a Hyrule y no volverte a ir.

-Madre, sabes que…

-A menos que sea estrictamente necesario… y tampoco deberás irte tanto tiempo ¿Queda claro? – La mujer era fría y dura. Pero durante la ausencia de su hijo, que era poco más de cinco años, ella había hecho lo posible por volver a conseguir un lugar para él en la milicia. Esta vez, teniendo en cuenta su potencial y que era el legítimo héroe, un puesto en la guardia de exploración era más que suficiente para él. Tricia le ordenó ir con el capitán para conversar sobre su retornó.

Al cabo de un rato, Link regresó con una mueca sobre sus labios.

-Ya hablé con el capitán, y me dijo que debido a la llegada de Su Majestad, la princesa, debó quedarme a su lado sin importar qué. Así que mis viajes terminaron – Comentó con cansancio, observando obstinado hacia la ventana – No te preocuparas más – Finalizó sus palabras saliendo de la habitación. Zelda se sintió culpable de aquello. Link no parecía feliz de la decisión de los altos mandos, y en parte era culpa suya.

-Muy bien, en vista de que todo ha sido un éxito – la mujer se levantó de su asiento, al igual que Enzo y Zelda – Empezaremos mañana en la mañana. Vendrá a la cocina a primera hora y me ayudara a realizar algunos deberes. Estudiará unos libros y practicara postura.

Enzo tomó las manos de Zelda y la felicitó por el logro. Y no sólo a ella, si no también, y principalmente, debía felicitar a Link, porque de no estar, no hubiera sido posible cambiar de opinión a su madre.

Y tenía una idea magnífica para hacerlo. Sólo era cuestión de convencer a Zelda por completo. Después de todo, también se lo debía a Link.

Castillo de Hyrule, doce de la noche.

-Link… - Suspiró la chica con resignación en el tono – Hoy te tuve tan cerca y tan lejos, que sentí nostalgia y tristeza a la vez – decía para sí misma sintiendo nuevamente el viento sobre su rostro.

Apretó sus brazos en estrujándose a sí misma. Tratando de experimentar algo que no podría sola aunque quisiera. Mordió uno de sus dedos y comenzó a tocarse fervientemente, imaginando que era su apuesto y apreciado Link…

Hasta que se dio cuenta de lo que hacía y en lo que pensaba.

Pronto recuerdos turbios volvieron a su mente. Gemidos y recuerdos que perturbaron su calma se hicieron presentes. Los rostros de sus atacantes se hicieron vivos en sus ojos, como si los tuviera enfrente.

Paró en seco, con la respiración agitada y algo confundida por sus actos. Sentía que de repente sus lágrimas cubrirían sin dilación sus mejillas, pero sonrió ante el sentimiento, apretó los puños, frunció el ceño y dijo "No…" ahogadamente.

Al decir aquellas palabras, pareciera como si alguien le hubiera felicitado el haber, tan exitosamente, soportado aquel dolor.

-Bueno, ahora si podrá parecer una princesa, aunque ya lo parece – dijo Link sobre el tejado de su habitación, sorprendiéndola.

-Es gracias a ti, Link – Dijo ocultando las lágrimas con una sonrisa. Link lo notó pero no dijo nada. Tampoco iba a decirle que escuchó todo y que se había sonrojado con notoriedad. Aquello le había hecho feliz.

Zelda sentía satisfacción por primera vez, al escuchar que alguien al fin admiraba su mérito. Volvió a su cama, aunque antes de aquello, una bella flor color rojo cayó ante sus manos, con la figura del mismo joven, su enamorado Link, del que recibía obsequios. Esta vez tan sólo era una flor, y una sonrisa que decía "Bien hecho, princesa"

Zelda miró su ida con una ligera sonrisa, sintiendo que de repente el pecho le latió con calidez.

-Gracias – esbozó una sonrisa con dulzura y regresó a su habitación.

...

La noche había sido reconfortante por primera vez, para ambos elegidos de las diosas.

...

Continuará...