N/A: Introduciendo a un nuevo personaje y además enseñando el plan de Shi, ¡aquí traigo el cuarto capítulo! Estaba inspirada, así que he intentado que fuese largo. Al menos más que los anteriores e.e Espero que sea de vuestro agrado, folks ;D


PERSIGUE LA MAÑANA

Las seis de la mañana. Nada. Las siete de la mañana. Aún nada. Las ocho. Tampoco nada. "¿Es que las ideas deben llegar repentinamente, como un rayo?", se preguntó, revolviéndose en el sofá. No podía dormir. Claro que no podía dormir, ¿cómo dormir en un sofá cuando has estado durmiendo más de dos semanas en una enorme piedra? Shilo no estaba preguntándose eso, sino que se preguntaba cómo haría para que un plan se le ocurriese. Es decir, ya se le había ocurrido, pero ahora debía expandirlo, hacerlo lógico, con sentido y con algún futuro, porque lo único que tenía era que quería y necesitaba sobrevivir. Por su padre, y por Mag, también. Y por su madre. Y bueno, ¿por qué no?, por el mero hecho de no quedar en ridículo ante Graverobber. Otra vez.

Podía haberlo perdido todo, y podía estar sola, y sí, además en un estado deplorable, pero de ahí a dejarse… ¿ganar? -lo que sea- por él, ni hablar. Shilo había estado encerrada diecisiete años en su casa, sin salir, pero no eso no quería decir que fuese imbécil. ¿Algo ingenua? De acuerdo. Pero no era tonta, ni mucho menos, al contrario, era inteligente y sabía que en el fondo sabría cuidar de sí misma.

¿Qué le había dicho Mag? Que persiguiese la mañana, que fuese tras ella, y que no se arrepintiese de nada. Solía arrepentirse de haber salido de casa, pero pensaba en Mag y entonces dejaba de hacerlo. Alguna razón habría para que no tuviese que arrepentirse, seguro.

Se levantó del sofá, y pesadamente se dirigió hacia el enorme vestíbulo, donde estaba la chimenea, y donde un día, Mag, ella y su padre habían discutido por la seguridad de la cantante. Miró hacia las escaleras y consiguió subir por ellas, mirando al suelo, por dónde pisaba, recordándose que antes apenas bajaba esas escaleras. Apenas salía de su dormitorio –por no decir no salía, simplemente.-.

Cuando llegó al pasillo superior, suspiró y miró hacia la puerta de su habitación, abierta. Al entrar admiró el desastre que su furia había provocado; aún había cables sueltos por el suelo, pero los aparatos ya no estaban, se oxidaban abajo, en el cementerio, donde los dejó caer por la ventana. Había peluches por el suelo, y las sábanas estaban aún manchadas de sangre. Sangre ajena, sangre de su padre.

Observó la zona de su armario, donde apenas había colores alegres, que "identificasen a una señorita". De todas maneras, los pocos vestidos que tenía eran los que alguna vez su padre le había regalado, y ya no le venían. De eso se había dado cuenta, de que había crecido, y no sólo en lo que a la altura se refiere. Tal vez porque iba a cumplir dieciocho en pocas semanas. También se había fijado en que algo de pelo asomaba en su cabeza. Aún no había nada apenas, pero lo bastante como para que una sonrisa pequeña surcase su rostro, por unos segundos.

Volvió la vista al piano que había junto a la pared, y de nuevo Nathan vino a su mente, la imagen de ambos riendo mientras Shilo se equivocaba de tecla una y otra vez al intentar tocas Für Elise, de Beethoven. Cuando volvió a mirar las sábanas, pensó en lo que veía, pensó en la sangre, solo en la sangre. La sangre de su padre se derramaba para salvarla y ella se lo pagaba queriendo morir.

Fue entonces cuando el plan, como un rayo, repentinamente, estalló contra su cerebro e hizo que avanzase hacia la cama casi sin saber lo que hacía. Comenzó a quitar las sábanas manchadas, y la colcha morada, también. Quitó las fundas de las almohadas, y la sábana bajera también, para después llevarlo a una esquina. Se acercó al armario y sacó unas sábanas limpias, y otra colcha, de un color rojo claro, que dejó en la silla que había junto a su cama, mientras ponía las sábanas.

Cuando hubo terminado de hacer la cama, se dedicó a recoger lo que hubiese por la moqueta, y lo tiró a la basura. Guardó los peluches en una caja al fondo del armario, y después ordenó su colección de bichos en la estantería, así como sus libros. Se plantó en la puerta y miró la estancia, casi sonriendo de lo satisfecha que se sentía. Sólo había ordenado, pero por algo se empieza si quieres sobrevivir. Pero pese al trabajo efectuado, algo fallaba. "¿Qué es lo que no está bien?", se preguntó, mirando la habitación como si nunca antes hubiese estado allí. Entonces se fijó en las paredes y vio los enormes carteles. Mag en demasiados, y también había fotos, y un cuadro vacío, donde una vez hubo un holograma de su madre que velaba por ella. Cuando se decidió, quitó el cuadro y lo tiró por la ventana también, sin miramientos. Su madre no era un holograma, era un recuerdo que ni siquiera tenía, no podía sentir tanta pena como para no poder tirar su cuadro vacío.

Descolgó todos los carteles y las fotos, y los puso todos en la misma pared, sobre el escritorio donde tenía algunas libretas y algunos libros sueltos. No iba a tirar fotos, ni carteles. El cuadro vacío de su madre sí, pero salía en las fotos, no podía quejarse. No lo haría tampoco aunque quisiese, estaba muerta.

Ante este pensamiento, Shilo decidió que era hora de salir de allí y seguir con su plan. No entró en el dormitorio de su padre, pero sí en el baño y en el estudio/biblioteca, limpiando también allí. Pronto bajó al primer piso, y comenzó a limpiar, y a subir persianas y abrir un poco las ventanas. Estaban en Marzo, no podía ser tan malo abrir una ventana para ventilar el lugar. Cuando entró a la cocina, no se planteó que allí encontrase otro caos mayor: estaba muy ordenada, y era enorme. Sí, parecía que eso era bueno, pero no. ¿Qué había que hacer en la cocina? No sabía cocinar, no sabía qué hacer. Pronto encontró un libro de cocina en una alta estantería de la biblioteca, y no se sorprendió al pensar en que así aprendió su padre. No intentó cocinar, primero quería asegurarse de que había conseguido un orden normal, como en las películas, o como el que mantenía su padre. Cerró las ventanas, y las puertas con llave, para después terminar limpiar algunas cosas rápidamente. Una vez listo, subió de nuevo y cerró con llave el dormitorio de su padre, queriendo dejar ese espacio, sellado y sagrado. No por nada, sino porque no era necesario volver a entrar ahí.

Notó lo sudada que estaba. ¿Tanto había trabajado? Lo mejor era que no se encontraba nada mal, el limpiar la había distraído mucho. Miró el reloj del salón, y vio que eran ya las diez y media de la mañana. Decidió darse una ducha rápida, que no se había dado desde hacía por lo menos una semana. No por pereza, eso estaba claro. Se cambió, poniéndose unos pantalones que encontró en su armario –no recordaba la última vez que se había puesto unos pantalones-, de color azul oscuro, tejanos, recordó, y una camiseta negra que parecía estar hecha de algodón. Se puso la peluca por inercia, pero simplemente se vestía y arreglaba para seguir con su plan. No estaba mal, de momento, había conseguido su principal objetivo: perseguir la mañana. Ahí estaba, a las diez y media de la mañana, con una casa limpia y como nueva, que aparentaba ser de una familia feliz, y en realidad era sólo de ella.

Era así, ahora era su casa. Suya. De Shilo. El problema era… ¿cómo iba pagarla? Porque las casas se pagaban, ¿no? Como no sabía qué pensar, lo dejó correr por ahora y decidió seguir a lo suyo, leyendo el libro de cocina mientras bebía un vaso de leche fría, sentada en un taburete. Hacía un día bonito, podía notar, al mirar por la ventana de la cocina, y aunque normalmente llovía o estaba oscuro, a ella le gustó que ese día fuese más soleado. Representaba para ella que era un buen día para comenzar con su plan de intentar cambiar el mundo. Comenzando por el que la rodeaba.


Los días pasaban y él no encontraba lo que buscaba. ¿Que qué buscaba? ¡Algo que hacer, claro! Su trabajo –sí, el honrado trabajo de robar tumbas para conseguir una droga pura y costosa en el nuevo mundo, y venderla a adictos que parecían zombis-, seguía, y sus clientes seguían apareciendo. Él ganaba algo de dinero, y se iba a su contenedor, en su callejón. La calle era suya también, para qué engañarnos.

Estaba esperando en el callejón de siempre, una noche, cuando una figura se acercó a él lentamente, desde las sombras. Graverobber sonrió cuando distinguió a la figura una vez la luz de la farola bajo la que se apoyaba le iluminó. Alto, delgado y con el cabello de color naranja. No era naranja como las puestas de sol, ni naranja como el naranja natural de un pelirrojo. Era naranja zanahoria, naranja puro y llameante. Tenía pecas, pero muchas pecas, y sus ojos eran de un color marrón avellana, tirando a miel, claros y profundos. No sonreía apenas, pero el ladrón de tumbas pudo ver que algo asomaba por las comisuras de sus labios, finos, pálidos y con algunas pecas. Llevaba una chaqueta larga, de color negro, y unos pantalones largos, de color marrón, rotos en algunas partes.

- El famoso y escurridizo Zeen. – dijo Graverobber, estrechando la mano que había tendido el pelirrojo segundos atrás. – Hace mucho que no nos veíamos, chaval. ¿Qué tal te va? – preguntó, como si le interesase demasiado. Algo le interesaba, pero no había que pasarse.

- Ya sabes, la vida no me trata mal. Me persiguen las mujeres, la comida llueve y sobre todo, mi salud es la mejor. – Terminó, riendo entre dientes amargamente. Graverobber entonces borró su sonrisa y lo miró más seriamente.

- ¿Y cómo está... ella? – preguntó, ladeando levemente la cabeza sobre su hombro derecho.

- De eso venía a hablarte. ¿Hay alguna manera de que podamos parar esto? –preguntó Zeen, comenzando a parecer preocupado y dejando atrás el sarcasmo anterior.

- No has respondido a mi pregunta, chaval. – cortó el ladrón. - He preguntado cómo está ella. – de nuevo, pareció más serio, y esta vez Zeen, tras un suspiro nervioso, sacudió la cabeza.

- Mal, está mal, igual que yo. Peor. – Graverobber chasqueó la lengua y entonces Zeen preguntó de nuevo. – Ahora respóndeme tú, ¿hay alguna manera de parar esto? – Era serio, y lo que le proponía, más.

- ¿Te refieres a… – comenzó. - …dejarlo…? – terminó, alzando una ceja. – Mira, pelirrojo, no es que no quiera veros bien y esas cosas, pero me pagáis porque queréis que os dé lo que queréis, no me pagáis para que os ayude a dejarlo. – explicó, riendo después.

- Si lo que quieres es dinero, te pagaremos. – siguió el muchacho, seriamente. – Haremos lo que sea, pero ayúdanos. Por favor. No podemos recurrir a nadie más. – terminó, acercándose más a él y respirando lentamente, apoyando una mano en el brazo del más alto.

Nunca antes le había ocurrido algo así, y realmente, estaba sorprendido. No es que no le pareciese bien que quisiesen dejarlo, él mismo jamás lo había probado, pero… era raro. ¿Qué se suponía que debía decirle? ¿Que lo llevaría a una clínica? ¿Que lo cuidaría? Eso no era lo que tenía en mente, pero asintió tras un largo suspiro y posó sus ojos azules en los del muchacho.

- Veré que puedo hacer. – al ver la cara de alivio del chico, alzo un poco más la voz, tras haber hablado bajo todo el tiempo. – Pero no prometo nada. – aclaró, señalándolo con un dedo. – Tú y Autumn podéis hacer lo que queráis, pero no os mováis de casa, ni pidáis nada a nadie. Puede que pase a veros más tarde, aún tengo que pensarlo.

- Gracias, muchas gracias. Autumn se alegrará mucho de saber que nos ayudarás. Estará deseando verte, así que, por favor, piénsalo y ven, sería perfecto. – comenzó a caminar hacia atrás, mirando aún al ladrón. - ¡Por favor! – gritó una última vez, al girar una esquina y desaparecer.

Graverobber no sabía en el lío en el que se había metido. ¿Ayudar a dos jóvenes a dejar de inyectarse zydrate? Llevaban dos largos años comprándole la droga. ¡A él! Dos clientes menos. De todas formas, no quería preocuparse, así que pensó que había trabajado bastante por ese día, y desapareció entre las sombras, pensando de repente en la niña, que probablemente y tras no seguir su consejo, estaría muerta.

Por alguna razón, eso no le pareció bien, y tras engancharse a uno de los camiones de basura locales, viajó hasta la casa Wallace, parando en el cementerio. Miró hacia la ventana con balcón y vio luz. Estaba sorprendido, todo sea dicho. Sacudió la cabeza y decidió que no era momento, era tarde y probablemente ella estaría tratando de dormir, como hacían las personas normales.

Claro que él no era normal. Para nada.


N/A: Tacháaan! Lo sé, soy una máquina y subo capítulos así como... ¿un rayo? ¿un disparo de z? (?) el caso es que me inspiro, y de veras quiero continuar con esto, que yo también estoy interesada, eh. Ahí tenéis el cuarto, introduciendo el plan de Shilo para sobrevivir, y también introduciendo a Zeen, el joven pelirrojo que habéis conocido -superficialmente- durante los últimos párrafos. Pronto el quinto capítulo, claro ; ) Besos, dear readers! Reviews, please!