Capitulo 4 Astas Blancas
No es difícil estar encerrada. Por lo menos no para mí. He pasado casi toda mi vida oculta entre paredes, y por fortuna este camarote es lo suficientemente cómodo y espacioso para permanecer así mientras cavilo en las posibilidades que puedo disponer para salir viva de esto. Sola, en medio del océano, encerrada en un navío con ese hombre horrible que intentó matarme.
¿Podría robar un bote y remar de vuelta a Arendelle?... no. Ni siquiera es necesario robar un bote, yo misma podría solidificar un barco entero, tres veces mas majestuoso y grande que este. El problema sería saber que curso seguir si no dispongo de brújula, un catalejo o un astrolabios... ¿A quién podría engañar? aunque los tuviera, no se siquiera seguir los vientos, las mareas o entender lo indispensable de astronomía para guiarme por medio de las estrellas. Paso una mano por mis cienes intentando sosegar la jaqueca que he estado sintiendo desde que desperté.
He sellado la puerta de acceso con un muro de hielo sólido, por lo que he pasado las últimas horas creando fractales con hielo, como garabatos en un papel; sin otro propósito que el de tener las manos ocupadas en algo como un pasatiempo que me ayuden a pensar en un buen plan para salir de aquí.
No he estado al tanto del tiempo, en algún punto la luz del avanzado atardecer penetra directamente por la ventana del camarote y colorea el resto de la habitación de un ámbar vainilla, tan dorado como el océano mismo reflejando el sol del ocaso. Alzo la vista, cuando noto que un halo de luz parpadea en la escarcha que cubre el marco de la ventana, provoca un peculiar efecto prisma, disparando hilos de ámbar hacia variados rincones del camarote. Es hacia la estantería de libro dónde un resplandor particularmente llamativo tintinea con mas fuerza. Arrastrada por la curiosidad comienzo a husmear los títulos en las pastas.
—"Economía Avanzada", "Política monárquica", "Historia de las Islas Nórdicas", " Leyes Políticas", "Mapas y Mares de los siete reinos"—Leo en voz alta. Es evidente que este camarote no pertenece a cualquiera, quizá estaba adecuado para algún académico.
Un título me llama la atención sobre el resto—"Normas de Etiqueta para caballeros".
Estiro la mano para tomar aquél libro. Noto enseguida que una página está marcada bajo un separador. La sección del libro se titula:
Vals
…
"La firma de un buen bailarín son sus manos firmes pero su tacto delicado"
Enarco una ceja. ¿Quién requeriría esta clase de libros?, tan rápido cómo formulo la pregunta una traviesa voz en mi cabeza me susurra: ¡TU!. Sintiéndome tonta pero curiosa, ociosa pero interesada, continúo leyendo. Quizá algo pueda aprender de esto.
El caballero tiene, por obligación, que comenzar el baile ofreciendo su mano izquierda, si la mujer deposita su mano derecha representa asentimiento.
El vals se baila con una pose elegante y erguida. La espalda debe mantenerse a todo momento recta mientras que los brazos, hombros y caderas permanecen inmóviles.
¿Eso es posible? ¡Me parece humanamente absurdo! Intento por un momento dar media voltereta siguiendo la descripción del libro y me veo a mi misma como un tieso palo de escoba.
…Como norma inamovible, es el varón quien debe dirigir y guiar todos los movimientos…
Sacudo mi cabeza con desaprobación por estas absurdas reglas. Decido que he tenido suficientes consejos de "Normas de Etiqueta para Caballeros", Cierro aquél libro y lo regreso a su lugar.
Pronto siento que mi estómago está gruñendo. Exige comida. Ahora que lo pienso no recuerdo haber comido nada desde que salí de Arendelle, y de eso, según las palabras de Hans, fue hace tres días, posiblemente sea lo que me provoca esta incesante jaqueca.
Obligada por el hambre, desvanezco el muro de hielo que tanto me había costado decorar. Salgo sigilosa del camarote, intentando no hacer ruido y pasar desapercibida.
Por primera vez bajo a cubierta. Veo un par de soldados charlando animadamente mientras miran el mar. Me escurro sin que ellos me vean. Cruzo de popa a proa, en casi todo momento escondiéndome entre los mástiles de la vista de cualquier ojo presente. De alguna manera puedo llegar al otro lado y dar con la cabina de cocina.
Doy un par de toques tímidos; En vista de que nadie responde me doy la libertad de entrar. Abro el primer barril que tengo de frente. ¡Quesos!. Siento que así se debería sentir el amor a primera vista. Nunca pensé que el aroma del queso podría parecerme mas exquisito.
Tomo un cuchillo y parto un trozo que muerdo casi al instante. Al principio recatadamente, de un bocado pequeño, pero no tardo en engullir el resto. Me llevo a la boca dos trozos grandes que meto a empujones entre los dientes. Saboreo con sumo placer su textura cremosa y su sabor acentuado a sal, leche y manteca. Cuando lo paso por la garganta cierro los ojos y relajo el cuerpo. Comida, exquisita y deliciosa comida.
—Nada se compara al queso de cabra hecho en las islas del sur—Me sorprende desde el umbral de la puerta Hans. Pillo su silueta, altiva y sombría, de brazos cruzados y apoyado al marco de la puerta con un indiscutible porte de arrogancia pura.
Me enderezo y desarmo mi expresión de placer para intercambiarla por una mirada dura y seria.
—¿Va a estar vigilándome durante todo el viaje, Excelencia?—Cuestiono con seca diplomacia. Es la segunda vez que salgo del camarote, y curiosamente el príncipe no tarda en aparecer. Concluyo que me sigue celosamente, y dado su historial, sé qué eso no es algo bueno.
—Me alegra que salga de esa cabina—Opina el chico.
—Sí, seguro—musito sarcásticamente sin mirarle a los ojos.
Hans avanza hasta una canasta y saca una hogaza de pan. Se instala justo a mi lado, invadiendo el trecho que intento mantener entre nosotros
—¿Le molesta si tomo "esto" prestado? —Pregunta señalando el cuchillo con el que partí previamente el queso.
Pero no espera a que dé una respuesta. De un momento a otro ,veo, con horror, que empuña el cuchillo y por un instante este pasa tan cerca de mi que me recorre un escalofrío que surca de mi estómago a la nuca. La última vez qué le vi con una hoja de metal punzo cortante en sus manos, fue cuando la blandía para clavármela en la espalda.
—En realidad, sí que me da gusto verla salir— Afirma mientras toma la hogaza de pan y, con una naturalidad suave e incluso elegante, rebana cuatro piezas de ella. —Es por qué cuando usted está fuera puedo volver a entrar a mi cabina personal—Explica ahora untando crema en las caras de las cuatro rebanadas de pan.
— ¿He estado utilizando su cabina? —Exclamo escandalizada, casi ofendida, con un deliberado horror en mi tono. No logro concebir cómo es que hasta ahora me había sentido "segura" el mismísimo dormitorio del hombre que me aterra.
— No podía instalarla en el camarote general con el resto de la tripulación, tenía que descansar en el lugar más propio para una una dama de su alcurnia—Dilucida resuelto y lógico, en tanto desmonta un trozo de carne embutida y salada de la choricera colgante.
Me acomodo un par de cabellos sueltos tras las orejas. —Le agradezco el gesto—Digo finalmente aún sin doblegar la frialdad de mi tono.
Hans comienza a partir rebanadas delgadas de lo que parece jamón reseco de puerco.
—Como usted comprenderá, majestad, en esa cabina almaceno mis pertenencias personales.
—Es evidente—Respondo hosca, recordando así el libro que previamente hojeé sobre el vals.
—Por lo tanto tendré que pedirle amablemente que considere mí situación, y no bloqueé la puerta con hielo—Solicita aquél clavándome un par de pupilas verdes.
Me aclaro la garganta antes de responder—Me temo, excelencia, que eso no pasará—Determino con firmeza.
Hans, quién ahora se encontraba acomodando las rebanadas de jamón sobre el pan, apoya ambas palmas sobre la mesa frustrado, aspira fuertemente armándose de paciencia y exhala aflojando el cuello. Retoma la compostura y continúa acomodando las rebanadas de jamón.
— ¿Qué solución propone majestad?—Pregunta sereno.
—Que me lleve de regreso a Arendelle—Condiciono casi enseguida, enfrentando directamente su mirada verde con mis pupilas azules —Estamos a cuatro días de distancia del reino.
—No puedo llegar cuatro días tarde a mi boda—Argumenta mientras parte el queso de cabra en un par de tajadas gruesas.
—En ese caso, usted deberá entender que, por precaución y seguridad, mantendré el camarote bloqueado—Decreto, jactandome con cinismo de la extraña ventaja con la que me siento en esta negociación.
—¿Seguridad y precaución? —Exclama satírico levantando la vista por breves segundos—Con todo respeto, la que podría matar a cualquier persona con sólo tronar los dedos, es usted.
—Con mayor razón debería replantearse el curso del barco y llevarme de vuelta a Arendelle—Respondo rápidamente
—Si lo hago, llegaría retrasado a mi boda y ese es un lujo que no puedo permitirme—Excusa elevando su tono de voz entre gruñido y gruñido. Advierto que estoy provocando que salga de sus cabales.
—Llegar cuatro días retrasado a la boda o pasar el resto del viaje sin acceso a sus pertenencias, usted decide. —Determino triunfal, en un visaje petulante y desafiante.
Aprieta las cejas y aspira aire, enfadado. Sospecho que rasgo el umbral de su paciencia y eso sólo me hace sentir mas poderosa.
—Quizá la mejor solución sea instalarla en algún lugar disponible del navío—Propone con hostilidad—En nuestro calabozo hay mucho espacio—Amenaza.
—¿Llevaría a la invitada de honor de su boda en el calabozo?—Cuestiono burlona—Eso sería sumamente sabio, sobre todo por el convenio que tiene el reino de su prometida y Arendelle; Seguro su futuro suegro le encantará saber de tal gesto.
—¿Dónde quedó su código de honor?—Me pregunta recriminador—¡Debería estar agradecida!. Si no fuera por éste navío usted estaría en un bote, perdida en alguna parte del océano.
— ¿Tengo algo que agradecerle?— Cuestiono ofendida—No me ha dicho la verdad sobre lo que le ocurrió a mi tripulación y se niega a llevarme de vuelta a Arendelle... me tiene cómo prisionera.
—Usted es una invitada—Aclara—Y como tal no puede exigir desviar el rumbo de una embarcación; tampoco negarme la entrada a mi camarote personal... en mi propio barco.
—¡Tengo mis razones, excelencia y no hace falta recordádselas!, ¿Creé que puedo respirar tranquila si usted está cerca mientras duermo?
Tras mis últimas palabras él decide guardar silencio, noto su pecho inflarse y desinflarse, y sus ojos fulminándome con rabia. Sin apartarme la vista estira su mano y toma el preparado que estaba haciendo sobre la mesa, parecen ser un par de emparedados de puerco y queso de cabra. Los posa sobre un plato y me los entrega.
—Buen provecho— Se despide enfadado, y sale de la cocina apretando los puños.
Una vez él fuera, inhalo profundamente...mis manos tiemblan como hojas en la brisa y me desplomo sobre una silla. Disimular el terror de su mirada fue mas extenuante de lo que jamás había pensado, y ahora me arrepiento de haber tentado los límites de la paciencia de ese hombre. Fue osadamente estúpido … e imprudente. Hice enojar al único hombre que tiene el poder de re-direcionar el curso del barco...y no tengo idea de ahora cómo poder negociar el regreso a mi hogar. Me llevo ambas manos a la frente reprendiendome por todo lo que acababa de ocurrir.
Miro el preparado que recién a emplatado el señor Westergüard para mi, y a primera instancia lo rechazo alejando el plato con desprecio. Pero mis entrañas burbujean y una voz en mi cabeza me implora que lo coma. ¿Comer algo que ha elaborado Hans? ¡tengo miedo de que incluso pueda estar envenenado!. Pero mi estómago se niega a escuchar razones, ruge y se retuerce exigiendo alimento. Finalmente sucumbo ante el pan y el queso. Comienzo a comer insultando con descaro mi orgullo: La reina de las nieves, perdiendo toda la dignidad por un par de sándwiches.
...
Vuelvo al camarote principal para darme cuenta que Hans ha tomado una docena de cosas. Entre sus libros, el manual de caballero, papeleo sobre su escritorio, algunos de mapas, un sextante y un par de gabardinas. Me alegro que lo hiciera. Entre menos tenga que acudir aquí en busca de algún objeto menos exigirá un entrar a la habitación, y entre menos exija entrar a esta habitación, menos tendré que verle la cara.
Cierro la puerta y, firme a mi orgullo, bloqueo la entrada con un muro de hielo.
Me paseo sobre la estantería y estudio los títulos de los libros que el príncipe consideró menos importantes para llevarse consigo. Me inclino por leer uno que habla sobre geografía y exploración. Busco entre el papiro de sus páginas algún mapa que muestre Arendelle.
Encuentro en un capítulo titulado "reinos vecinos" la mancha que representa mi reino. muestra a un costado el escudo bisecado entre el púrpura y el verde, y entre ellos la amapola de nuestro reino. Con el dedo trazo la distancia que hay desde la mancha que representa Arendelle y el otro conjunto de machas que hacen lo respectivo con las islas del sur. Está retirados ambos reinos a escasos centímetros el uno del otro, a diferencia de las tierras Albanas, que es un estrecho de media hoja entre estas y mi hogar.
Suspiro con tristeza y me hecho a la cama. Siento que una lagrima recorre mi mejilla y antes de caer ésta se solidifica en hielo.
Busco en el libro el apartado de "información adicional" dedicado a brindar cualquier información sobre mi reino. Y aunque pequeño y muy básico, los pocos renglones invertidos a la descripción, son suficientes para zambullirme entre las palabras y ofrecerme algo de consuelo.
No tardo en caer rendida al sueño con el anhelo ferviente de volver a abrazar a mi familia.
Pronto unos pasos se acercan al camarote...
La puerta se abre y suelta un rechinido. Alguien entra a la habitación, lo sé, por que sus pasos retumban en el suelo ...y caminan lentamente a la cama.
"Larga vida a la Reina" me susurra una voz masculina, lúgubre y triunfal. Se trata de Hans. Estoy paralizada de miedo. Viste su abrigo azul obscuro, y sus ojos me miran fijamente con una sonrisa macabra. Sin darme tiempo de moverme, desenvaina su espada y la encaja sobre mi estómago.
Despierto de golpe. Exhalando agitada, como si acabara de correr varias millas a toda velocidad. Miro la puerta del camarote, aún está sellada con el hielo sólido que yo misma erigí.
—Fue sólo un sueño—Me susurro aún agitada. Me llevo las manos a la frente obligándome a calmarme—...sólo un sueño— me repito entre exhalaciones.
A los pocos segundos, cuando logro recuperar el aliento, escucho una melodía de violín que se alza entre el sonido del mar y el crujir de la madera del ambiente marítimo. ¿Un violín?... un reconfortante y bello violín. Por alguna razón la melodía logra dibujarme un gesto positivo. Uno que surca fugazmente mi rostro.
La música es pasiva y melódica. Melancólica al principio pero paulatinamente se convierte en una poderosa tonada osada, romántica, exótica e intrépida...a punto de llegar a un climax se detiene en seco.
Sonrío, jamás había escuchado un ritmo más bello, ¿Qué es esa música?. El violín comienza una vez más con esa melodía desde un principio. Suave y melancólica.
Arrastrada por la curiosidad, salgo del camarote y sigo los rastros musicales.
Proviene debajo de la cubierta.
Me aventuro a bajar los escalones hacia el pañol inferior, iluminado por ventanas de medio círculo dónde llega a filtrarse la luz de la luna. Hay barriles, cañones y cuerda a lo ancho del barco, y también unas escaleras que conducen a un pañol más abajo. Veo que hay un par de paneles espaciosos, adivino por las hamacas que en ellos parecen alojarse la tripulación del barco. Del lado contrario hay otra habitación de dónde parece provenir la melodía.
Camino cautelosa. No quiero hacer ruido, así que me muevo con sigilo. Cuando me topo con la puerta, poso mi oído lentamente en la madrera. El violín se escucha con mayor claridad y junto con él, una voz.
—"un dos tres, un dos tres"…—Dicta un hombre.
Asomo un ojo por el cerrojo y pillo a un violinista, el autor de aquella melodía.
—"Un dos tres y vuelta".
Pestañeo un par de veces y ladeo la cabeza. Intento adivinar que ocurre detrás de aquella habitación.
Distingo al propio Hans a través del orificio metálico, parece estar practicando un baile con… ¿Una mujer invisible?.
Esto es extraño. Por primera vez le veo el cabello fuera de su sitio, con un aspecto desalineado sin su acostumbrado saco, el moño de la corbata deshecho y la camisa remangada a los codos.
Miro escrupulosamente su postura, recordando las indicaciones de aquél estúpido manual para caballeros. Debo reconocer que hace parecer las instrucciones del "porte erguido y elegante" como algo sencillo y natural. Sus hombros y cadera no se mueven, como si fuera madera sólida. Sus botas se trasladan con la gracia y sutileza de un gato. Un paso atrás, un paso al costado, un paso frente y vuelta, cada movimiento coordinado fielmente al violín. Cuando la música cambia de acorde, Hans toma por la cadera a su pareja invisible, la levanta, gira y la posa en el piso.
La imagen de Albana, la prometida de Hans me llega a la memoria y solo vaticino un desastre. Espero, por la dignidad de aquella niña, que los brazos de Hans sean lo suficientemente fuertes para lograr levantarla por la cintura, como veo que supone formular ese paso de vals.
El violín se detiene en seco nuevamente, una vez más, sin llegar al clímax.
—Parece que tenemos público, majestad—Habla el violinista y pronto me aparto de la puerta escondiéndome abruptamente de un brinco. No puedo sentirme más estúpida.
Hans abre la puerta de par en par. Al mirarme su expresión se torna molesta y apática, semejante a aquella mirada fulminante con la que me despidió en la cocina.
—¿Se le ofrece algo, Majestad?—Pregunta con frialdad, un par de gotas de sudor le surcan el rostro.
Maldición… ¿Que podría decir para justificar mi inoportuna intromisión?... ¿Que lo estaba espiando porque me gustó la música? Eso se escucharía tan ridículamente estúpido.
—La..Lamento interrumpir sus lecciones—Logro vocalizar invirtiendo todos mis esfuerzos en disfrazar mi vergüenza. —Quería hablar con usted príncipe, pero veo que está ocupado— Miento torpemente, pero creo que lo he librado bien. Asiento la barbilla y doy media vuelta dispuesta a regresar al dormitorio lo antes posible.
—Tengo tiempo—Responde Hans invitándome a entrar con su mano.
¡Por los malditos infiernos!
—…John, la reina Elsa. Reina Elsa, John—Me presenta sin mucha cortesía a aquél misterioso violinista.
Una vez que entro a ese camarote el músico se acerca a mí y me dirige una reverencia elegante.
—Es un honor majestad—Saluda diplomático. El porte de aquél músico me inspira la confianza suficiente como para disipar todo recelo que pude haber tenido con los tripulantes de este barco.
—El honor es todo mío. Por lo que he escuchado fuera de la puerta, es un músico muy talentoso—Le expreso con honestidad. Siento un alivio poder dirigirme a otra persona que no sea ese príncipe engreído.
—…Músico, bailarín, maestro, esgrimista y jinete—Enumera Hans —John es mi tutor personal.
—Un hombre lleno de talentos, me sorprende que domine tantas áreas—Digo maravillada.
—Nada comparado con su habilidad de controlar el hielo mi lady—Responde jovial y amistoso.
—Bien, reina—Hans Interrumpe, mientras propina un trago de vino y se apoya al borde de una mesa —¿De qué quería hablar?.
Me tomo un par de segundos antes de que un puñado de buenas ideas se formulen en mi cabeza.
—Sobre su petición en la tarde—Se me ocurre decir —Quizá podemos llegar a un acuerdo.
— Y ¿Qué acuerdo propone?.
Ladeo la cabeza ante una idea que me aborda espontáneamente, y además es extrañamente extraordinaria... una de la que podríamos llegar sin problema a un acuerdo razonable.
—Dejarle un par de horas disponibles, sólo para usted—Manifiesto —Para que pueda hacer todo lo que necesite: Escribir, cambiarse de ropa, leer... Pero cuando llegue el turno de dormir la puerta permanecerá bloqueada.
Hans se gira hacia su mentor buscando una opinión ante la propuesta. John, en respuesta, alza las cejas y se encoge de hombros, expresando que unas horas es mejor a nada.
—Me parece razonable—Acepta el príncipe de las Islas del Sur.
— cambio— Continuo —El barco deberá parar en el puerto más cercano, y me brindará una escolta para que desde ahí regrese a salvo a Arendelle—Dictamino.
El pelirrojo enarca una risa sardónica, una que me provoca dudar del propio trato que acabo de proponer. —Me parece justo—Acepta Hans extendiéndome la mano.
La facilidad con la que ha aprobado mis términos hacen que una arumadora desconfianza se apodere de mi. Ya no estoy segura si debería cerrar un trato con él...una alarma de advertencia se alza en mi cabeza y me recuerda que el hombre que tengo de frente es un falaz profesional, quizá el peor de todos. Pero mis opciones son escasas, tener asegurado un puerto dónde desembarcar es mi única alternativa para regresar lo antes posible a casa. Aun que algo recelosa, opto por finalmente estrechar su mano.
—Reina Elsa—Escucho que me llama esa extraña y ronca voz del violinista, John— ¿Nos deleitaría con su compañía? —Pregunta. Invitándome a quedarme, pero adivino su intención.
Pretende romper el hielo, quizá usar este reciente trato como un pretexto idóneo para labrar un poco de confianza entre los dos. Pero sencillamente no lo veo posible. Estar cerca de Hans me pone los pelos de punta. Cada vez que sus ojos me miran me embargan los escalofríos, me siento atiborrada de una intolerable incomodidad.
—Yo… no quiero seguir interrumpiendo sus lecciones—Declino. Y veo que lo hago con algo de gentileza sólo por la presencia de John, parece un buen sujeto.
—¿Interrumpir?, todo lo contrario majestad—Insiste el del violín—Hans necesita una pareja para ensayar, y ya que es la única mujer abordo, su compañía nos ayudaría enormemente.
—Sólo un baile—Secunda Hans. Posa el vino sobre la mesa y se encamina hacia mi, ofreciéndome su mano izquierda con cortesía. Escudriño esa mano cómo si fuera portadora de una enfermedad contagiosa.
—Me temo señor que yo no bailo—Expreso con apatía. Como suelo rechazar a todo aquél que alguna vez me ha invitado a bailar. Pero procuro que en esta ocasión mi apática y firía voz, a la par de la acuchillante mirada, sea tan gélida como el propio hielo que expiden mi piel.
John es un personaje que es mencionado en el film como "el mejor amigo de Hans". Posiblemente Hans llegó a hablarle sobre él a Anna.
Las libertades que me he tomado con este personaje para el fic con las siguientes:
NOMBRE: John Knudsen
EDAD: 35 a 48
OCUPACIÓN: Es el tutor personal de Hans. (Anteriormente fue tutor de algunos de sus hermanos mayores)
John, como tutor de Hans, terminó fungiendo también como consejero y voz de la sensatez del príncipe. Una especie de "Pepito Grillo". Quiere a Hans casi como un Hijo y Hans pareciera que le corresponde igual, como un padre y un mejor amigo.
LINDAS! UN ABRAZO. Gracias por leer mi fic!
