Le provocaba una sensación extraña.

Mila se frotó los brazos, pese a que estaban cubiertos por la tela de su blusa y continuó empacando, la montaña de ropa a un lado de la maleta abierta daba la ilusión de que era más ropa de la que en realidad estaba apilada. La pelirroja apostaba que, a lo mucho, llenaría la mitad de la maleta, y exagerando.

Tras el tercer escalofrío, la mujer resopló y se giró a mirar a su esposo, que la observaba recargado del marco de la puerta, con expresión sombría.

—¿Piensas ayudarme en algún momento?

—Yuuri odia la idea.

—¿De que me ayudes?

—De la mudanza —Viktor se mordió el labio inferior—, a su edad...

—Yuuri es un niño maduro que comprende perfectamente nuestros motivos, Viktor —Mila le arrojó una prenda hecha bolita que aterrizó sobre el hombro derecho del platinado—, ¡ah!, ¡cinco puntos!

—Mila, esto es serio —Viktor se quitó la prenda, un traje de baño de cuerpo completo color blanco, y enarcó una ceja hacia su esposa.

—Zona cálida, mucho sol y quizá un bronceado luego de nadar en la piscina —le guiñó ella.

—Nuestro hijo quiere quedarse, Mila.

—Serán solo por un par de años —la pelirroja se acercó a recuperar su traje de baño—, tres a lo mucho. Y Yuuri ya sabe inglés, lo pulirá.

—¿Tiene que...?

—Sí, Viktor —Mila lo miró muy seria—, tiene que entrar a una escuela común y corriente. No más tutores privados como cuando era un bebé.

Renegando, Viktor masculló su acuerdo.

Nunca podía ganarle a esa mujer.

Por algo la había escogido como madre de su hijo.