Se acercaba la hora de acostarse y Sirius estaba cada vez más nervioso
– ¿Ya lo tienes todo organizado?—preguntó James, los 4 amigos estaban sentados en la sala común de Gryffindor, en unas butacas muy cómodas cercanas a la chimenea.
—Así es, he hablado con Peeves para que entretenga a Flich en la torre de astronomía, y he puesto caramelos vomitivos en el zumo del prefecto de Ravenclaw, se va a pasar todo el día en el baño—en la cara de Sirius se dibujó una sonrisa maliciosa— nada va impedir que Rebeca llegue al lago para buscar la fluriana matilla.
— ¿Y luego qué vas a hacer?—preguntó Peter curioso
—Paciencia chicos, dejar trabajad al genio. James necesito que me prestes tu capa de invisibilidad.
—Ya sabes dónde está, cógela tú mismo—respondió James recostándose sobre la butaca y sacando su snitch.
—Muchas gracias. No me esperéis despiertos.
—Tranquilo que no lo haremos. No te metas en líos—advirtió Lupin sonriendo a sus amigos y levantándose para subir a la habitación— mañana quiero levantarme pronto. Buenas noches.
—Buenas noches—lo despidieron todos al unísono.
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Sirius se movía con precaución entre la hojarasca procurando no hacer ruido. Iba cubierto con la capa de invisibilidad y seguía de cerca a Rebeca, que como bien había dilucidado Black había ido a buscar las algas para hacer la poción de Slughorn.
—Que ganas tengo de ver su cara de tonta cuando descubra que la fluriana matilla es solo un invento—pensó para sus adentros.
La Ravenclaw llegó a la orilla del lago y empezó a quitarse la ropa. Sirius sacó la cámara de fotos.
Vestida tan solo con unas bragas y un sujetador Elena se zambulló en el agua y comenzó a buscar la fluriana matilla pero para su decepción no encontró nada. Sirius sacaba una foto detrás de otra.
Después de 20 minutos por fin se dio por vencida y salió del agua arrugada y titiritando, con un hechizo se secó la ropa interior y se vistió.
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Mientras tanto en un lugar cercano Hagrid abría la puerta de su cabaña y dejaba salir a la mantícora que había permanecido atada a una viga de la cabaña.
— ¡Corre Manti! ¡Disfruta del lago, ahora no hay nadie, eres completamente libre!
La mantícora no había entendido ni una de las palabras del guardabosques, pero al verse libre de ataduras comenzó a correr en dirección al lago.
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Sirius esperó a que Rebeca pasara junto a ella para quitarse la capa, lo que provocó que la Ravenclaw diera un salto hacia atrás y gritara asustada.
—Buenos días Rebeca ¿Cómo tú por aquí? Incumpliendo las reglas si no me equivoco.
— Al igual que tú, majadero.
—No insultes, queda mál en una señorita como tú—replicó Black saboreando cada palabra—Incumplir las normas es costumbre en mí, pero en ti… Parece que te estás volviendo una chica muy mala.
— ¿Qué quieres de mí?— espetó Rebeca roja de la rabia
—De ti nada… Espera ¿no me digas que estabas buscando la fluriana matilla—Rebeca bajó la cabeza— Ya veo que he dado en el clavo ¿Y por qué aquí? ¿No me digas que has estado escuchando conversaciones ajenas?—Sirius estalló en una sonora carcajada. Por su parte la Ravenclaw que ya había entendido el engaño se encaminó de vuelta al colegio a paso rápido.
—No tan deprisa. Creo que esto podría interesarte—explicó Sirius corriendo detrás de ella.
Al oír el tono amenazante de su interlocutor Rebeca frenó en seco, y miró hacia las fotos que Sirius le mostraba, su rostro se quedó blanco al verse a ella misma en bragas y sujetador entrando en el lago y nadando en éste.
—Si no me das los apuntes de historia de la magia, mañana por la mañana el colegio aparecerá empapelado con estas fotos.
Rebeca estaba a punto de llorar, alguna lágrima solitaria se le escapa por la mejilla pero aun así levanto la cabeza y musitó:
—Haz lo que quieras, no te voy a dar esos malditos apuntes— y terminó la frase escupiendo a la anonadada cara del Gryffindor. Rebeca aceleró el paso para volver al castillo.
—Será orgullosa la niñata ésta—estalló Sirius sin moverse de donde estaba— mañana no será tan valiente cuando su foto aparezca por todo el castillo. Lo lamento, pero no me ha dejado elección.
Desde su posición Sirius veía como Rebeca se alejaba cada vez más. Pero su furia desapareció y su sangre se heló cuando observó como una gran bestia se abalanzaba sobre la muchacha. Sacó la varita y echó a correr hacia ella.
Se quedó de piedra cuando comprobó que la inmunda bestia era una mantícora. Rebeca gritaba arrojando toda clase de hechizos, pero sus manos le temblaban y su varita se balanceaba, impidiendo todo esto que los conjuros fueran a dar en el blanco.
La mantícora se dispuso a lanzar púas envenenadas, pero Sirius se lanzó justo a tiempo sobre Rebeca para apartarla de la trayectoria de las púas. Luego empezó a lanzar hechizos a los ojos de la bestia recordando que había leído en algún sitio que sus ojos se parecían a los de los dragones.
—Rebeca corre—gritó, pero la chica siguió agazapada detrás de un árbol sin mover un solo músculo.
Un colazo derribo a Sirius y lo dejo seminconsciente en el suelo. La mantícora se acercó para morderle la pierna, pero Sirius lanzó un hechizo que acertó exactamente en el ojo de la mantícora, que gimió de dolor y dio tiempo al mago para levantarse y echar a correr en dirección al colegio, llevando casi a rastras a Rebeca.
Hagrid llegó minutos después a las cercanías del lago alentado por los gritos, y consiguió calmar a la desesperada bestia a la que guio a las inmediaciones del bosque cerca de su cabaña.
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—Me has salvado la vida.
—No ha sido nada—negó Sirius quitándole importancia a su heroica pelea con la mantícora—Sirius Black siempre sobrevive a toda clase de bichos.
—Eso será porque tú eres un bicho peor que ellos— bromeó Rebeca con una risita nerviosa.
—Puede ser.
—De todas maneras gracias.
—No hay de qué.
—Espera aquí un momento—la chica corrió escaleras arriba dejando al Gryffindor completamente desorientado. 15 minutos después cuando Sirius creía que no iba a volver reapareció con varios pergaminos en la mano.
—Siento el retraso, no conseguía resolver el acertijo para entrar en la torre.— Sirius levantó una ceja con cara de no entender nada— no importa, aquí tienes los apuntes de historia, cópialos y devuélvemelos mañana.
—Gracias— respondió Sirius sonriendo ampliamente.
—Es por Lupin, no por ti. Me gusta ese chico.
—No te preocupes yo se lo diré.
—No se te ocurra decirle nada, porque si no te echaré de comer a las mantícoras.
—Mantendré mi boca bien cerrada, no vaya a ser…— El Gryffindor sonrió ampliamente y camino hasta el retrato de la dama gorda.
— ¿Qué horas de llegar son estas, jovencito? Ya estaba durmiendo.
— Chocolate amargo— pronunció la contraseña Sirius haciendo caso omiso a los reclamos del cuadro.
Una vez en la sala común saco 4 pergaminos, 4 plumas y hechizándolas todas consiguió que las 4 se pusieran a copiar los apuntes de historia de la magia al unísono.
Bostezando sonoramente subió por las escaleras de su dormitorio. Había sido un día agotador.
