¡Hola de nuevo!
No pude dejar de pensar en una idea que me dio el o la user anónimo F, acerca de ver a nuestra querida Elsa de un modo más oscuro. He de reconocer que la idea me encantó, aunque obviamente quedaría un poco OoC. Aún así, me animé a hacer otro oneshot bastante larguito con esta premisa y bueno... ¡espero que lo disfruten! Aunque mi historia anterior no tuvo tanto éxito. xD
Y F, si estás leyendo esto, espero llenar en algo tus expectativas. Mi creatividad no alcanza para un longfic pero ójala que al menos el siguiente escrito te convenza. Te lo dedico especialmente a ti. ;)
Bueno, la cosa aquí para que sea más sencillo de entender, sucede un poco distinta a la película. Elsa sale del calabozo y Anna logra encontrarla, antes de que Hans le mienta con eso de que esta muerta. Sin más preámbulo, disfruten.
Disclaimer: Si Frozen me perteneciera estaría viviendo en medio de Disneyland, conduciendo naves de utilería de Star Wars, peleando con espadas láser y embriagándome con Mickey Mouse dentro del castillo de la Cenicienta, o algo así. Pero no, entonces, solo utilizo los personajes de Frozen para entretenerme un rato. Todos los derechos van para la empresa del ratón.
Invierno Eterno
Ante ella, el cuerpo sin vida de la princesa terminó de transformarse en una agonizante réplica hecha enteramente de hielo. No había llegado a tiempo para salvarle. Jamás habría podido averiguar cómo hacerlo, porque su maldición, esa que le arrebatara la mayor parte de su infancia y que ahora había sumido al reino entero en un invierno sin fin, siempre sería la peor de sus cargas.
La reina cayó de rodillas ante la forma congelada de su hermana en el suelo y dejó que el dolor se apoderara de ella. Ya no tenía nada porque seguir adelante. Un grito profundo salió de sus labios al tiempo que la tormenta a su alrededor, se volvía más fuerte.
Anna le había encontrado a duras penas entre la nieve, abrazándose a sí misma y temblando ante el frío que se extendía por su cuerpo. Su cabello se había vuelto tan blanco como el manto que cubría el fiordo y su piel, reflejaba el hielo que ahora corría por sus venas encaminándole inevitablemente hacia la muerte. La mirada de amor incondicional que había visto en sus ojos, antes de dar su último aliento, sería el último gesto de bondad del que fuera testigo, porque ella había sido tan diferente al resto del mundo. Ella había sido noble y le había querido, aun siendo una abominación.
Elsa había escapado de los calabozos de palacio, pensando tan solo en dejar todo aquello atrás. La princesa habría sido una mejor gobernante, querida y no temida por su pueblo; seguro. Nada de eso era posible ya.
Sollozó amargamente, preguntándose que sería aquello que Anna había querido decirle antes de caer al suelo hasta congelarse. Su mirada tenía una mezcla de miedo y determinación, como si intentara advertirle de algo. ¿Qué era lo que había sucedido después de que abandonara su fortaleza de hielo y llegará de nuevo a Arendelle?
Escuchó pasos detrás de ella pero no se molestó en darse la vuelta. Si era alguno de los soldados que venía a darle muerte, aceptaría su castigo sin negarse a ello. Ella merecía morir después de todo. Quería morir.
—Reina Elsa—la voz que le habló con aquel tono severo hizo que un escalofrío le recorriera la espalda. Irónico, siendo que el frío jamás había llegado a molestarle.
Pero aquel hombre siempre le había dado mala espina por alguna razón inexplicable, desde que Anna se lo presentara como su presunto prometido y ahora que lo sabía ahí, no podía evitar sentir algo tan fuerte como desconcertante. Era odio.
Al principio, la intensidad de aquella sensación la sorprendió, pues ella jamás había odiado a nadie. A pesar de su aislamiento, dudaba que su corazón pudiera albergar algo tan oscuro como ese sentimiento. Que equivocada estaba. Ahora más que nunca estaba consciente de que el mundo que le rodeaba era cruel y también, de que había perdido a la única persona por la que sería capaz de sentir amor de verdad. Algo se había roto dentro de la Reina de las Nieves. Ya no se sentía capaz de amar.
Elsa abrió los ojos encontrándose tan solo con la inmensidad del manto estrellado. Se hallaba en lo más profundo del bosque, muy lejos del palacio y de Arendelle. Lentamente se incorporó contra el frondoso árbol debajo del cual, había estado durmiendo desde la puesta del sol. Hacía tan solo algunos días desde la tarde en que había perdido a su hermana y ni en sueños, los recuerdos dejaban de molestarla.
Fijo su expresión vacía en un punto en medio del oscuro paisaje, tratando de no sentir, aunque la culpa y las memorias jamás se irían. Estaba consciente de que a partir de entonces, jamás podría estar en paz consigo misma y se lo merecía.
De alguna manera sabía también que no era justo. Ella no había pedido nacer de la manera en que lo había hecho, llevando a cuestas un poder que había causado tanto daño. Nunca había pretendido volverle la espalda a su propio reino, aunque las circunstancias no le dejaran hacer otra cosa. Todos le temían y por primera vez se encontró pensando, que tal vez la oscuridad era su destino.
Ocultarse en el bosque había sido su último escape, después de lo sucedido en el fiordo. Por supuesto la persiguieron. Una comitiva de soldados le había dado alcance en el lugar, tratando de herirla al igual que en su castillo de hielo. No había podido evitarlo. Estaba harta de ser odiada de aquella manera y ella también sentía odio hacia todos ellos, hacia sí misma y hacia todo lo que le rodeaba. De modo que esa vez no había dudado un solo instante en defenderse sin mostrar remordimientos.
Resultaba más fácil, después de haber tomado una vida.
Caminando con sigilo entre los árboles y la nieve, Elsa salió hasta un paraje tenuemente alumbrado por la luz de la luna. En la noche, los bosques que delimitaban el reino ofrecían una vista perturbadora, pero había decidido dejar de sentir miedo. Distinguió la silueta de una persona sentada en la hierba y cuyo pelo rojizo brilló tenuemente entre la escasa iluminación.
—Reina Elsa, ¿qué está haciendo despierta?—preguntó al verla mientras se ponía de pie y se le acercaba.
La aludida retrocedió un paso ante el intento por aumentar su cercanía y le dirigió una fría mirada.
—¿Tuviste otra pesadilla?—los ojos verdes del hombre la observaron con algo de consternación, al ver que no le daba ninguna respuesta. Había dejado de lado las formalidades además, pues últimamente le hablaba más a menudo de igual a igual.
Claro que ellos no eran iguales, pensó Elsa con desprecio al tiempo que apretaba los labios en una línea fina.
La muchacha desvió la mirada hasta algo que se encontraba en la mano derecha del pelirrojo. Reconoció el objeto como una de las armas que portaban sus propios soldados. Una daga afilada y con elaborados diseños en el mango. La misma que por poco atravesaba su corazón cuando sus perseguidores la habían dado alcance dentro del bosque.
—¿Debo preguntarme como llegó eso a sus manos, príncipe Hans?—le cuestionó gélidamente, mientras volvía a devolverle la mirada.
Él esbozó una sonrisa torcida mientras alzaba levemente el estilete.
—Se lo arrebaté a ese soldado cuando agonizaba en el suelo. Él no lo necesitará más—respondió con algo de ironía en su voz—. Pensaba dártelo apenas amaneciera. Ya sabes… por si las dudas—añadió extendiéndoselo cuidando de darle la vuelta para que pudiera agarrarlo por el mango—. Toma.
Elsa siguió observándolo fijamente antes de tomar el arma de manera cautelosa. No confiaba en él. Aquel hombre había demostrado ser manipulador y tan sádico como quienes habían intentado matarla en el pasado. Durante los días en los que le había hecho compañía mientras se dirigía a lo más espeso del bosque, había tenido tiempo para conocerlo un poco mejor. Y cada detalle que descubría, cada detalle que menos le gustaba.
Hans hizo una inclinación con la cabeza y volvió a ocupar el sitio donde se hallaba sentado antes, esta vez con ella tomando asiento en una roca próxima a él. Más allá, bajo la sombra de otro conjunto de árboles, se hallaba su caballo, Sitron, a quien se había encargado de alimentar antes de que se tumbara a descansar en medio del manto de nieve que rodeaba todo el sitio.
—Aunque quisiera, temo que no siempre podría estar cerca para protegerte—le explicó Hans tranquilamente, con aquella sonrisa de lado que tanto detestaba—. Es mejor tomar precauciones, ¿no crees?
La joven estuvo a punto de espetarle que no necesitaba de su protección, puesto que ya contaba con sus poderes de hielo, pero se contuvo de hacerlo. Aunque eso fuera cierto, sabía que aún tenía problemas para controlar su "don". Y de cualquier manera, el príncipe había resultado serle útil en su nuevo e improvisado escape.
Sus pensamientos se volvieron más turbios al recordar el enfrentamiento en el bosque. Había creado una barrera de hielo para mantener a raya a sus enemigos, pero ellos no habían tardado en quebrarla para aproximarse más. No pudo detener los rayos helados que salieron de sus manos, para convertirse en agudos puñales que encontraron lugar en varios de sus atacantes. Los alaridos de dolor y el derramamiento de sangre, fueron tan solo el comienzo de aquella batalla. Y de pronto ya no podía dar marcha atrás.
Se había convertido en una asesina. Y extrañamente, no sentía culpa por ello. O al menos no la misma que le atormentaba al pensar en Anna.
"Ellos se lo merecían", había pensado momentos después, cuando un silencio sepulcral se había hecho presente y los cuerpos inertes de al menos quince hombres se hallaban desperdigados por el suelo. "Ellos me obligaron a hacer esto".
Elsa sacudió la cabeza levemente para alejar aquellas memorias y miró de reojo al sureño, que se había recostado para mirar las estrellas. Al parecer, él tampoco conocía lo que era la culpa pues en ningún instante había mostrado señales de estar arrepentido o atormentado.
Luego de haberla encontrado en el fiordo, frente a la estatua de hielo de su hermana, Hans la había rodeado con los brazos para obligarla a levantarse. Inmediatamente le había instado a correr hacia el lindero del bosque, pues sus soldados no tardarían en llegar al darse cuenta que había huido del calabozo. Ese en donde él mismo la había puesto.
En ese instante no lo pensó mucho. Solo sabía que no dejaría que la apresaran de nuevo. Permitió que el príncipe la subiera a su caballo para escapar a todo galope, dejando atrás el cuerpo sin vida de la única familia que le quedaba. Tal vez fue en aquel momento en el que había decidido vengarse de quienes le habían hecho daño.
Suspiró con cansancio. A esas alturas, Arendelle debía estar fuera de control con el invierno azotando sin descanso y la gente descontenta. Y ahora no tenían un gobierno establecido. Lo más probable era que los hombres de Weselton ya hubieran advertido a reinos cercanos de lo que sucedía en su territorio. Una invasión o la guerra incluso, eran consecuencias que comenzaba a barajar. Sin embargo no le importaba. Había tomado ya una decisión de lo que haría a partir de entonces.
—Iré a la montaña de nuevo—anunció escuetamente, después de un buen rato en el que ninguno de los dos había dicho nada—. Quiero estar en mi palacio otra vez.
—No es prudente—le dijo Hans volviendo a mirarle—. Ese es un lugar que no van a descartar si te siguen buscando. Incluso no me sorprendería que tuvieran guardias listos ahí, esperando.
—Eso no me interesa—habló Elsa con voz cortante—. He dicho que iré—agregó en el mismo tono, dándose cuenta por el rabillo del ojo de la expresión ensombrecida de él—. No te lo estoy preguntando—espetó, adelantándose a su reclamo.
Hans compuso de nuevo una sonrisa torcida y otra vez miró hacia el cielo.
—Muy bien, Su Majestad—no le pasó desapercibida la nota de sarcasmo con que pronunció dichas palabras—. Partiremos al amanecer.
La rubia monarca no dijo nada. Muchas veces se había planteado el preguntarle porque la seguía. Ahora, Arendelle y sin duda las Islas del Sur (y a saber cuántos reinos más, si surgía un conflicto), podían considerarlo un traidor. Ella misma no se explicaba que era lo que lo motivaba a permanecer a su lado, aunque sí que tenía sus sospechas.
El trono por ejemplo, era la primera razón que contemplaba para justificar sus acciones. Claro estaba que dadas las circunstancias, era más que razonable que los ciudadanos de Arendelle no la reconocieran como su reina. Naturalmente, debían detestarla, algo que ya le tenía sin cuidado. Su poder como gobernante había dejado de interesarle desde el fallecimiento de Anna. Tal vez desde mucho antes.
Si Hans tuviera la oportunidad de deshacerse de ella, en cualquiera de aquellos momentos, podría regresar como un héroe y reclamar la corona que le había sido designada a la reina. Un plan muy razonable y acorde a él, desde luego. Tal vez, incluso podría detener el invierno al exterminarla.
Resultaba extraño que en todo el tiempo que habían pasado a solas, no hubiera mostrado la más leve intención de atacarla. Aun así, Elsa siempre mantenía su guardia por lo alto. Incluso cuando dormía y las pesadillas acudían a su cabeza, estaba lista para lanzar un mortífero rayo de hielo, ante el más leve movimiento por parte de él que pudiera despertarla. Y sin embargo nunca había sucedido.
¿Por qué estaría aguardando tanto, si tuviera intenciones de matarla? ¿Serían otras sus intenciones? ¿Qué es lo que estaba ocultando?
Fueran cuales fueran sus planes, Elsa no le tenía miedo. Estaba lista para deshacerse de él, en cuanto dejara de servirle o revelara algún propósito siniestro. Hasta el momento, se había beneficiado de su compañía para sobrevivir entre aquellos parajes tan peligrosos.
Sus ojos azules volvieron a lanzarle una discreta mirada de desdén, solo para darse cuenta de que el joven había cerrado sus ojos. No sabía si se encontraba dormido o tan solo había aprovechado para relajarse, pero se dio cuenta de que en verdad aborrecía esa expresión tranquila que cruzaba por sus apuestas facciones.
Elsa lo odiaba. ¡Todo era su culpa! Había sido su absurdo compromiso con Anna el hecho que lo había desatado todo. ¿Acaso creía que podía engañarla? Desde el inicio de aquella propuesta, había desconfiado sobre los objetivos que tenía con su hermana. Y ella, inocente e ingenua como era, le había creído siempre. Y ahora, por su culpa la había perdido. Por su culpa había expuesto sus poderes y todos se habían vuelto en su contra. Jamás podría volver a tener un sentimiento bueno para con los demás.
La nieve continuaba arreciando con fuerza cuando emprendieron el camino hacia la montaña. Hans agradeció el hecho de conservar aquella gruesa capa que durante casi toda su estancia en Arendelle, le había protegido de las inclemencias del clima. Aquel era el invierno más crudo al que se había enfrentado en toda su vida, pero con todo y eso, sacó fuerzas de no sabía dónde para continuar con su ascenso por la montaña.
Aquel sitio era demasiado peligroso para viajar a caballo, con los barrancos y la acumulación de nieve, y los posibles lobos que podían estar rondando cerca. Por ello, al haber adelantado gran parte del trayecto había desmontado de Sitron, con el propósito de guiarlo por el camino mientras continuaba a pie. Elsa mientras tanto, continuaba a lomos del animal y no había pronunciado una sola palabra desde que se habían puesto en marcha.
De vez en cuando, miraba hacia atrás para comprobar que se encontraba bien y solo le veía la misma mirada ausente y melancólica que había portado la mayoría del tiempo. Al verla ahí, con su apariencia frágil y pequeña, y tan solo llevando aquel ligero vestido azul, a veces se le olvidaba que no le molestaba el frío y sentía el impulso de volverse para cubrirla con su capa.
Afortunadamente se había contenido a tiempo en todas esas ocasiones. Había notado que la joven desconfiaba bastante de él, aunque no lo hubiera expresado en voz alta. No la culpaba. Era una muchacha inteligente después de todo.
No obstante y para su propio asombro, sus planes de exterminarla habían quedado atrás hace tiempo. Todavía ansiaba ser rey más que nada en el mundo y echaba en falta el peso de una corona sobre su cabeza. Pero sus prioridades se habían ajustado muy drásticamente, desde el momento en que la había visto defenderse de los hombres de Weselton en su palacio de hielo.
Hans tenía que admitir que, al principio, la envidia y la ambición no le habían permitido darse cuenta de la atracción que sentía por la reina de Arendelle. Incluso al estar presente en su coronación, había tenido el presentimiento de que detrás de aquella chiquilla tímida y reservada se ocultaba algo más. Y con el tiempo, su interés se había vuelto más grande.
Ella era tan distinta a su hermana y a la vez, tan parecida a él mismo. Y encontró tantas similitudes entre ambos que no pudo evitar enamorarse.
Él nunca había sentido lo que era el amor de verdad. Años soportando la frialdad de doce hermanos que no se interesaban en él, le habían hecho refugiarse en la soledad y ocultarse entre sus ambiciones, esperando que algún día pudiera estar por encima de cada uno de ellos. Jamás se había preocupado por alguien más que no fuera él mismo; si acaso su caballo, Sitron, era la única criatura en la tierra con la que tenía consideración.
Pero hoy era diferente. Sabía que tenía que ser amor lo que sentía por Elsa, pues con nadie más su corazón había latido tan fuerte y no había otra persona en la que pensara día y noche, aún en contra de su voluntad. Sabía que amar a alguien era la mejor manera de adquirir una debilidad y desviarse de sus propósitos, pero no podía evitarlo.
Sobre todo porque a pesar de eso, ella le serviría para alcanzar sus objetivos. Ganarse el corazón de la reina no iba a ser una tarea sencilla, pero no le importaba tomarse su tiempo para hacerlo. Aún con todo su egoísmo y su ambición, aún con sus mentiras y su manipulación, deseaba demostrarle que la quería y que le permitiera reinar a su lado. Se había dado cuenta de ello desde el momento en que la dejó inconsciente en el calabozo del castillo, después de haber regresado a Arendelle.
Esa era una acción que aún recordaba con algo de arrepentimiento, pero que había sido totalmente necesaria. Mantener las apariencias ante los demás y protegerla, habían sido su única preocupación.
Y Hans no podía negar que le gustaba todo de ella. Le gustaban su belleza y su carácter frío y reservado. Le gustaba el inmenso poder que emanaba de su persona y él siempre se había sentido atraído por el poder. Tenía que estar destinada para él.
Por eso no había dudado en matar a aquel guardia en el bosque, al ver la daga en su mano y como se había abalanzado contra la joven, aprovechando un momento de distracción. El arma no llegó a tocarla. En cambio, el soldado había caído al suelo al verse atravesado por su espada, con un grito agudo de dolor. Hans había disfrutado acabar con él y observar su lenta agonía.
No sentía remordimiento, como tampoco lo había sentido al dejar a la princesa encerrada en aquella estancia fría del castillo, con su corazón a punto de congelarse y una mirada dolida en sus ojos.
Manipular a Anna fue la parte más sencilla de su plan y aunque verla morir más tarde en el fiordo, había resultado escabroso, no se hallaba arrepentido.
La vida era para las personas fuertes. Eso era algo que le habían enseñado sus hermanos, con los múltiples golpes y pruebas a los que le habían sometido sin descanso durante su infancia y adolescencia. Uno no podía detenerse a pensar en los demás, a menos que le reportaran un beneficio propio.
Una parte de él sentía lástima por Elsa, pues el sufrimiento por su único ser querido era algo que se había hecho patente entre los días que permanecieran ocultos en el bosque.
Pero la verdad es que ni siquiera eso importaba. Alguien fuerte como ella, aprendería a olvidar una vida insignificante. No necesitaba más a su pequeña hermana, ni a nadie. Ahora lo tenía a él y eso era suficiente. Él se encargaría de protegerla de todo el mundo. Le ayudaría a gobernar.
Cumpliría su sueño de ser rey.
Las ruinas del palacio de hielo se dejaron ver, conforme se acercaban a lo más alto de la montaña. Aún de aquella manera, la construcción no dejaba de emanar cierto esplendor.
Elsa se aproximó hasta el balcón de su derruido palacio, una de las pocas estancias que se habían quedado de pie tras su último enfrentamiento en el lugar. Para su sorpresa, no se había topado con guardias esperándole, ni sufrido percances de ningún tipo. Quizá habían dejado de buscarla. O tal vez estaban preparando algo peor.
No le interesaba ya que la persiguieran. Ni su trono, ni su gente. Ni siquiera ella misma. Todo se terminaría muy pronto. El invierno que asolaba Arendelle sería el más duro e inclemente de todos. La nieve enterraría todo su dolor y resentimiento, y se llevaría con ella a quienes le odiaban y temían. Alguna vez ese fue su mayor temor. Ahora era lo único que quería llevar a cabo.
Detrás de ella, escuchó pasos subiendo las escaleras. Transcurrieron unos segundos antes de que escuchara al príncipe llamándola por su nombre.
Lentamente se dio la vuelta para mirarlo, preguntándose si ese sería el momento en el que le desvelara sus verdaderas intenciones. La expresión decidida en los ojos verdes de Hans le hizo confirmar sus sospechas. Estaba preparada para cualquier cosa.
Esperó pacientemente a que él se acercara hasta quedar a tan solo un palmo de distancia. Y entonces se sorprendió por sus palabras.
—Daría mi vida por ti, Elsa—le confesó con honestidad, provocando un momentáneo destello de confusión en los ojos de la rubia—. Te seguiría a donde quiera que fueras. Llegaría hasta donde fuera, solo para estar contigo.
Nada cambió en la expresión de la joven, quién solo continuó mirándolo de manera neutral. Hans se atrevió a tomar una de sus manos para sostenerla entre las suyas.
—Nunca había sentido lo que siento por ti—prosiguió aproximándose, de tal manera que pudiera inclinarse y apoyar su frente contra la de ella—. Nadie más ha sido capaz de hacerme sentir de la forma en que lo tú lo haces. Eres la única para mí.
—Anna… —susurró la muchacha manteniendo la vista en sus orbes esmeraldas.
Él negó con la cabeza.
—No—dijo dándole un suave apretón en la mano—. Lo siento. Mucho me temo… que nunca estuve enamorado de ella—declaró con cautela.
Elsa sintió una punzada de rabia en su interior y la temperatura descendió un par de grados, aunque el sureño ni siquiera dio muestras de percatarse de ello.
—Quise mucho a tu hermana—le escuchó mentir con un tono que pretendía ser triste—y fue fácil confundir mis sentimientos en ese entonces. Pero la verdad es que nunca he sabido lo que es amar a alguien. No lo sabía—levantó una de sus manos hasta tocar su pálida mejilla y su pulgar dejó una caricia sobre el pómulo—, hasta que te encontré.
La reina contuvo la respiración después de escuchar sus palabras y un resentimiento muy profundo le recorrió las venas.
"Hipócrita", pensó al tiempo que intentaba discernir la mentira en sus ojos. Tenía que reconocer que la manipulación y el engaño eran algo muy natural en Hans. Inclusive en ese instante en que se hallaba mirándolo tan de cerca, le era difícil hallar algún rastro de deshonestidad en su mirada. Era casi como si estuviera siendo sincero.
—Eres la única persona que me importa, Elsa—le dijo y sintió más fuerte que nunca, el contraste entre la calidez de la palma de su mano y su fría mejilla—. Te amo—aquellas palabras también le sorprendieron a él—. ¿Me crees, Elsa? Por favor, dime que me crees—rogó tras un prolongado silencio por parte de ella, que solo se mantenía contemplándolo callada y con una expresión muy difícil de descifrar.
Su ausencia de palabras le hizo sentirse más ansioso que nunca y entonces, colocó la mano que le tenía sujetada justo sobre su corazón.
—¿Lo sientes?—le preguntó manteniendo su pequeña palma presionada en aquel lugar—. Solo tú me haces sentir así.
"Qué extraño", pensó Elsa mientras sentía como, en efecto, los latidos del príncipe se movían en un ritmo fuerte y acelerado.
—Nunca dejaría que nadie te hiciera daño, Elsa—dijo Hans—. Aun cuando todos estén en tu contra. Soy el único que no te teme. El único que siente amor por ti—se inclinó para plantarle un beso en la comisura de los labios y ella se tensó ante el contacto—. Y juro que te protegeré, no importa lo que pase. Yo siempre cuidaré de ti.
La muchacha parpadeó un par de veces sin moverse de su sitio, antes de oírlo hablarle suavemente.
—Dime algo, Elsa. No me dejes así.
El tono suplicante en su voz terminó por sacarla de su trance y con cuidado, alzó la cabeza hacia él. El pelirrojo instintivamente se inclinó un poco más al percatarse de su movimiento y ella hizo el ademán de besarlo. Sus labios se detuvieron muy cerca de los del hombre, quien cerró sus ojos ansiando que terminara con la distancia.
La risa fría y melodiosa que dejó escapar volvió a traerlo a la realidad, provocando que abriera sus orbes y viera como la reina se alejaba de él.
—Oh Hans—murmuró ella gélidamente con una leve sonrisa en su rostro—. Si tan solo alguien te amara.
Una punzada fría y dolorosa estalló en su corazón, sobre el que todavía mantenía la mano de Elsa apretada. Soltándola, se tambaleó pesadamente antes de dejarse caer hasta el suelo, sintiendo como si tuviera hielo en vez de sangre en las venas. De pronto le costaba respirar.
Hans ahogó un gemido de agonía mientras veía de reojo como ella se alejaba de él y la mirada de desdén que le dirigía. Había bajado la guardia. Sabía que iba a morir después de aquello y el peso del fracaso se volvió abrumador sobre él. Había fallado. Todos sus planes y sus anhelos jamás se llegarían a cumplir. Pero no era eso lo que más le asustaba y le causaba dolor.
Había deseado con tanta ilusión ser amado por la joven, que ahora bajaba la escalinata de hielo del palacio sin mirar atrás. Había creído encontrar en ella a alguien igual a él, alguien que podría comprenderlo. Se suponía que iba a ser suya.
Entonces se dio cuenta de que en el fondo, lo único que siempre había querido era sentir amor de verdad. Sentir lo que era ser amado con sinceridad por alguien especial.
El frío continuó extendiéndose por cada extremidad de su cuerpo. Mientras se perdía en la inconsciencia, lo último en lo que pudo pensar fue en que tan bello había sido esperar el beso que estuvieron a punto de compartir. Ahora sabía lo que la princesa había sentido al verse traicionada por él. Y la traición era lo que más le pesaba mientras se congelaba lentamente.
La Reina de las Nieves se quedó de pie en la entrada de su castillo destrozado, con la mirada fija en su reino, visible en la lejanía. El lugar en donde había perdido el último resquicio de bondad que había en su corazón. Sería temida y detestada, pero nunca la verían llorar otra vez. Sabía que había llegado la hora de abrazar sus dones, aunque estos la llevaran por un camino oscuro y del que no tendría retorno.
El invierno nunca se terminaría en Arendelle.
Bueno, eso fue bastante largo, pero ójala hayan aguantado leerlo completo.
¿Qué opinan? ¿Fue Elsa lo suficientemente malvada? La verdad me costó un poco hacerla así, por más que la idea me gustará. Para justificar el OoC, añadí lo de la muerte de Anna porque me pareció que ella debía pasar por algo realmente fuerte como para que le estallará todo ese odio dentro. Y sí, lo lamentó por haberla asesinado. D: No tengo nada en contra de ella, fue solo para la historia. ¡Y hey! Es solo un oneshot. ¡Luego puede resucitar en otra historia como Kenny! :D
¿Y el final? ¿Qué les pareció? Me di cuenta de que todos los oneshots anteriores terminaban igual: con un beso robado. LoL. Así que era necesario cambiar eso.
Ya saben que cualquier comentario, bueno o malo, me lo pueden hacer saber. Sigo abierta a nuevas ideas para escribir sobre esta pareja, así que sí hay algo en especial que quisieran ver acerca de ellos... ¡anímense y veremos que puede hacerse, criaturos!
¡Abrazos congelados! ;)
