Iop!
Ah, perdón por tardar tanto -, pero es que me hicieron una operación y necesito estar en reposo cuando no estoy trabajando. Hoy me decidí a terminarlo y aquí traigo el final. Espero que no tenga demasiados errores D:, y si los tienes no duden en señalarlos.
En fin, espero que les guste :D
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Capítulo 4
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1
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Lo observó aparecer en el camino, con la luz del amanecer cubriendo su figura mientras se acercaba. Shiroba sonrió al verlo, pero ocultó ese gesto a sus padres y continuó con las plantas, investigando un brebaje en el que hacía unos meses había comenzado a trabajar. Era algo para acelerar el proceso de sanación, que priorizaba el evitar efectos secundarios. Una ambición que de seguro cualquier curandero poseía y que no había podido dejar de lado, a pesar de que llevaba a cabo sus avances de forma independiente.
Cuando Ren llegó saludó con tanto respeto como solía y evitó enfrascarse en alguna conversación más allá de eso. Nunca había sido alguien demasiado expresivo, pero después de estar con él lo era aún menos, aunque solo con sus progenitores, con sus hermanos solía comportarse de la misma forma. Shiroba entendía ese recato, él mismo había notado el cambio de actitud de sus padres.
El día después de que perdió la virginidad ―y aquella expresión siempre lograba alterarlo― su madre lo trató con tanta ternura como al mismo Aoba. Sus padres lo sabían, era probable que lo hubieran presentido desde antes de que él mismo notara la atracción que sentía hacia quien había empezado a verse como otro más de la familia.
En cierto modo, agradecía que sus papás fueran tan intuitivos, pero resultaba bochornoso. Al menos eran amables con Ren y él con ellos, además, Shiroba estaba seguro de que no se opondrían a una posible relación. Suponía que ya existía algo como eso, incluso si era solo una verdad silenciosa para todos los miembros de la familia; puede que incluso Aoba lo notara.
Su hermano menor apreciaba a Ren, en parte por lo fácil que era que se encariñara con cualquier persona que le pareciera confiable, y en parte porque el mayor solía apreciar sus gestos cariñosos. Cuando Aoba le regaló un adorno floral, muy sencillo pero colorido, de esos que solía hacer todo el tiempo, le pidió que le enseñara a imitarlo para poder regalarle uno también. No era solo una actitud condescendiente de un adulto dirigida a un niño, Ren realmente sentía curiosidad por esos temas y el Seragaki menor no podía sentirse más halagado por ello.
Justo esa tarde esos dos se encontraban armando un castillo con barro, luego de que terminaran su trabajo. Aoba se movía con esmero, colocando la tierra húmeda dentro de distintos recipientes para que tomara forma, después comenzaba a construir las estructuras con estas y finalmente las decoraba con flores, hojas o cualquier elemento que tuviese a mano.
El otro lo observaba interesado cuando Shiroba se colocó tras él, posando sus manos en sus hombros. El mayor lo volvió a ver, pero siguió con Aoba una vez notó que solo había sido un gesto cualquiera por parte del de cabello blanco. Más tarde, Sly y sus padres se unieron a la construcción en un rato que parecía idóneo para juntarse y perder el tiempo antes de la cena.
Aoba ―colmado de felicidad por la audiencia que había alcanzado su juego― se encargaba de acomodar los últimos retoques del que seguro sería su más grande creación hasta el momento.
―Ponle esa flor blanca, bonita, en la punta más alta ―sugirió Shiroba, cuando el niño se quedó viendo la rosa entre sus manos.
―No, tienes que ponerla en esa otra ―señaló Sly―. Ya hay mucho blanco a su alrededor, pon algo rojo.
―Ahí se ve mal ―retó Shiroba, en uno de sus comunes tonos que anticipaban una batalla entre hermanos―. Y no tiene tanto blanco.
―Oh, vaya, parece que toqué un punto sensible ―se burló Sly.
―¡¿Qué me estás queriendo decir?! ―preguntó su hermano, con las mejillas sonrosadas.
―Oh, mira, ¿ves como si hacía falta rojo?
―CÁLLATE ―gritó el mayor, abriendo muchos los ojos y sorprendiéndose al escuchar su propia voz distorsionada.
No estaba enfadado, era una de esas peleas que solían tener cada tanto, pero sin desearlo su voz de pronto había utilizado el scrap, como si lo hubiera poseído. Sin dejar de mostrar sus ojos lo más que le fue posible, observó a Sly mirarlo con el horror inyectado en su mirada, como si tuviera frente a él a un mismísimo demonio. Luego, apretando los párpados con fuerza soltó un quejido y tomó sus orejas con ambas manos. La cabeza le dolía, constantes y punzantes pulsaciones querían volverlo loco, y sintió una sustancia cálida apunto de derramarse por su oído izquierdo.
Shiroba dejó de respirar mientras observaba a su hermano menor y a sus padres tratar de auxiliar a quien solo se encordaba sobre sí mismo. Tenía ganas de llorar, quería gritar que no había sido su culpa, pero ¿acaso no lo había sido? Fue él quien gritó, era por él que su hermano ahora parecía medio inconsciente.
No hubo tiempo para pensar más en eso antes de que su madre le mirara furiosa ―y no importando cuántas veces Shiroba la hubiera visto enojada, ese gesto había sido distinto, se podía descifrar también el pánico atenazándola―. La mujer se levantó y sin dejarlo decir palabra lo golpeó con la palma abierta en el lado derecho del rostro. El sonido de la cachetada resonó en el alrededor que se mantenía en silencio justo en ese instante. Shiroba llevó su propia mano hasta el ardor, para luego mirar al suelo, sin atreverse a dar la cara.
―¡¿Por qué hiciste eso?! ―preguntó su madre, histérica.
Apretó los labios, sin saber qué debería responder, sin saber si existía una respuesta, incluso. No sabía por qué lo había hecho, eso era lo único que se le ocurría; en realidad, no sentía haberlo hecho, había sido como si su cuerpo respondiera a un impulso que provenía de un interior que él ya no controlaba.
Su vista se posó en el cuerpo de su hermano, quien trataba de reponerse para restarle importancia al asunto, pero que, aun intentándolo, parecía tener problemas para mantener el equilibrio.
―¡Shiroba! ―lo nombró Ren, en cuanto notó cómo el mentado se alejaba corriendo, haciendo caso omiso a los llamados.
―Ven con él, no lo pierdas de vista ―ordenó Nain. A pesar de que ese hombre era su jefe, sabía que esa había sido la primera orden real que le había dado.
Ren asintió, dando un último vistazo a Sly, apresurándose a seguir la espalda ya lejana del fugitivo. Si ya amaba el color del traje del otro, lo adoro aún más al echar de ver lo difícil que era perderlo de vista. Era como perseguir una luciérnaga que dejaba su rastro conforme se alejaba. No necesitó mucho tiempo para entender que el hijo mayor de los Seragaki se dirigía a la cabaña en la que él vivía, probablemente había previsto que sería él quien iría en su búsqueda.
La velocidad fue disminuyendo hasta que el otro se detuvo, manteniéndose de pie, con la cabeza gacha. Ren se apresuró a disminuir el espacio entre ellos para llegar en el momento justo y tomar a Shiroba entre brazos. Este se apoyó en su cuerpo, obligándolo a arrodillarse. Parecía cansado, más que agitación por la carrera sus ojos reflejaban pereza. Al menos por un par de minutos permaneció en aquel estado, hasta que la vivacidad volvió a su gesto, y con ella una culpa que se transparentaba en su ceño fruncido. Ren lo arropó con su compañía, abrazándolo sin entender muy bien qué debería hacer. Los leves sollozos que soltaba el contrario le dolían tanto como si fueran propios, pero no hallaba las palabras o las acciones correctas para aliviar el sufrimiento ajeno.
―¿No fue a propósito, cierto? ―cuestionó―. Tu poder se ha activado solo.
Shiroba no respondió, pero su respiración se detuvo para prestar atención a las palabras del otro. Cerro los ojos, formando un gesto amargo, y se levantó al fin, limpiándose los resquicios de las lágrimas en el camino. Ren permaneció de rodillas unos momentos, mirando la reacción contraria antes de reincorporarse también.
―Tienes razón ―concedió―. No fue intencional, tan solo… tan solo es como si el scrap deseara activarse, como si fuese un ente y quisiera provocar mi mal humor. ―Shiroba trago saliva, sintiendo en la garganta la amargura de sus palabras―. No es la primera vez que me ocurre, pero he querido pensar que puedo controlarlo.
Ren asintió, entendía a lo que se refería Shiroba, incluso si no tenía ninguna habilidad similar.
―¿Crees que se volverá cada vez más difícil contenerlo?
Una media sonrisa sin luz se formó en los labios más finos.
―Eres muy listo, Ren.
El mentado no lo sintió como un halago, nada podía hacerlo experimentar agrado si frente a sí el rostro ensombrecido del menor no lograba recuperar el ánimo. Pensó en qué podría hacer, pero fue frustrante concluir que era un tema fuera de sus conocimientos.
―Tal vez podrías buscar consejo en alguien conocedor ―susurro más para él mismo.
―No hay nadie así en esta isla. ―El mayor entrecerró los ojos, presintiendo lo que venía a continuación―. Pero, quizá fuera…
―No vamos a buscar ayuda ahí ―cortó.
―¡Ren! ―lo nombró Shiroba con un tono suplicante.
No era la primera vez que traía el tema a discusión, notaba la curiosidad del otro por el exterior más allá de su hogar, pero prefería que viviera curioso a tener que mostrarle las verdades negras que se desplegaban donde todo era concreto.
―¿Qué es lo que quieres que haga, entonces? ―se resignó el de cabello blanco, sin fuerza para insistir.
Quería darle una respuesta que solucionara algo, sin embargo, no encontró nada. Se mordió el labio inferior sintiéndose impotente, lo más que podía hacer era mantenerlo entre sus brazos y prometerle que estaría cerca de él, por mínimo que eso fuera.
―Solo quédate a mi lado ―dijo en voz baja, acercándolo de nuevo a su pecho, aspirando el aroma de su cabello.
Shiroba lo abrazó también, besando su cuello con mimo, respirando con más calma. Cuando estaba cerca de Ren sentía que no era necesario vivir lejos para experimentar sensaciones que no eran de ese mundo. La protección que recibía a su lado, la sensación de ser amado de manera incondicional. Incluso si algo en su interior gritaba que no podrían continuar así para siempre, deseaba ignorar esa realidad el mayor tiempo posible y tan solo entregarse a la infantil esperanza de que todos los males irían mermando hasta desaparecer.
Se refugió con más necesidad, gustoso de que sus acciones fueran correspondidas. Una pequeña sonrisa se dejó entrever en sus labios y Ren lo acompañó con el mismo gesto en cuanto sus miradas chocaron. Sin embargo, el rostro que antes lucía tan tranquilo de pronto se mostró pávido.
―Buenas tardes ―saludó alguien.
El que esa voz fuese la causante de tal reacción en su compañero, provocó que la odiara aun sin conocer a su emisor. Con una mirada especialmente fría se giró hacia la dirección por donde había provenido aquel saludo. Pudo advertir que las orejas de Ren, siempre erguidas sobre su cabeza, especialmente cuando se sentía feliz, estaban entonces agachadas. También su mirada, la cual permanecía atenta al suelo. Su figura completa estaba sobrecogida, los hombros temblaban levemente, era como si todo su cuerpo se conjugara para externar las sensaciones desagradables que experimentaba.
―Ren ―susurró Shiroba, sin perder la atención en los recién llegados.
Apretó los puños, detallando a los tipos que habían aparecido de pronto. Eran dos, bastante parecidos, de seguro serían gemelos o algo por el estilo. Por un momento le recordaron a Sly y Aoba, pero desechó la idea de inmediato: los gestos de sus rostros lo ponían enfermo, de los labios de cada uno colgaba una sonrisa que, a su modo, resultaba amenazante. Además de eso, las ropas de ambos evidenciaban que no pertenecían a ese lugar, y aunque no eran tan similares, existían ciertos patrones grabados en estas que concordaban con los ropajes que Ren aún guardaba.
―¿Qué diablos quieren aquí? ―interrogó, con una mordacidad que le sorprendió un instante. Luego, pensó que ese tono le iba bastante bien.
―Lamentamos interrumpir su momento ―habló uno de los tipos.
Shiroba afiló la mirada, en las dos ocasiones había hablado el de anteojos. Parecía el tipo de persona que no se sorprendía con nada, su acompañante, también de cabello rubio, solo permanecía mirándolos con un gesto perezoso. Mientras los detallaba notó una sonrisa falsa en los labios del primero.
―Realmente nos hubiera gustado que nos conociéramos de otra forma, Shiroba-san.
El nombrado, e incluso Ren, se alteraron. ¿Cómo era que sabía ese tipo su nombre? Aun si no era una información compleja de obtener, la manera en que lo había dicho… parecía conocerlo más a fondo. Ren se decidió a levantar la mirada por fin, en cuanto lo hizo una electricidad desagradable le inundó todas las extremidades. Mirar esos rostros ahora era más doloroso que en antaño, aun así, lo que le preocupaba en ese instante era el que no se hubieran dirigido a él, sino a Shiroba. ¿Era solo otra manera de torturarlo, o era un interés directo hacia el otro? No deseaba pensarlo. No quería que se acercaran a él, ni a ningún miembro otro de la familia.
Llenó sus pulmones y sostuvo el aire en su pecho. No le hacía gracia la idea, pero tenía que apartar a los demás de esos dos.
―Shiroba, vete ―ordenó con un tono tambaleante―. Ellos me buscan a mí.
―¡¿Por qué dices que te buscan?! ―se exaltó el menor.
No pensaba irse de ahí, no después de notar la reacción de Ren frente a aquellos hombres. Incluso si no comprendía la situación podía entrever lo obvio: lo alejarían de su lado. Le apartarían de la luz que se había vuelto necesaria en su camino.
―Ren es mío ―afirmó con severidad, sin apartar la vista de aquellas dos figuras que se habían acercado un par de pasos.
El lobo sintió el ritmo de sus palpitaciones aumentar, las palabras del más joven lo habían hecho sentir un cosquilleo agradable en el estómago, incluso en esa situación.
―¿Ren-san está contigo? ―preguntó el tipo de anteojos, con una incredulidad fingida que a Shiroba le apestó.
―Ni siquiera lo habíamos notado ―habló por fin el otro, con un tono tan opaco como su gesto.
El mentado se encogió de nuevo. Ese tipo de desprecio era una común táctica de esos dos, y aunque le dolía no tenía tiempo para pensar en sí mismo; sus palabras reflejaban que realmente iban tras Shiroba. No tenía ningún sentido, de todos los escenarios posibles de su captura esa posibilidad era una que no había imaginado.
―Si no vienen por él entonces vienen por mí ―pronunció en voz alta su acompañante―. Pero deben de haberse equivocado de persona, no los conozco y créanme cuando les digo que no tengo ninguna intención de hacerlo. Váyanse.
―Por favor, no nos trates con tanta frialdad, Shiroba-san. ¿Aún no has escuchado nuestra historia, cierto? ―habló de nuevo el primero, con su compacta sonrisa.
―Somos sensibles, aunque no lo demostremos ―agregó el segundo.
―Primero, creo que deberíamos presentarnos. Mi nombre es Virus y él es Trip. Un gusto conocerte.
―Un gusto conocerte ―repitió el nombrado Trip, y un resquicio de sonrisa tan insípida como la de su compañero se dejó ver en sus labios.
―Shiroba-san, no hemos venido aquí con la intención de disgustar…
―¡Pues empezaron muy mal! ―casi gritó. Esos dos le alteraban los nervios.
―Hemos venido a hacerte una proposición ―continúo Virus, ignorando su alegato―. Y sobre todo, hemos venido para que nos prestes tu habilidad.
Tanto Ren como Shiroba mostraron un gesto incrédulo. El de cabello blanco frunció el entrecejo, furioso, ¿es que acaso esos tipos sabían de su scrap?, ¿y querían apoderarse de él? Era un problema tras otro.
―No sé de qué están hablando, ¿están seguros de que están bien de la cabeza?
―Shiroba ―susurró Ren, temeroso de que su acompañante insinuara una provocación tan directa―… no los conoces, no sabes de lo que son capaces.
―Y ellos no me conocen a mí ―aseguró. De nuevo esa furia que le nublaba el juicio comenzaba a desear el protagonismo, y en esa ocasión no le parecía una mala idea dejarla salir.
Virus suspiró, fue un gesto tan plástico como los anteriores.
―Shiroba-san, como te dijimos antes, nosotros no vinimos aquí a crear una guerra. Tan solo queremos hablar, estoy seguro de que nuestros intereses se podrán conjugar adecuadamente.
―¿Y cómo sería eso? ―interrogó.
―Es una cuestión simple: tú tienes una habilidad que puede descontrolarse, nosotros sabemos cómo controlarla. ―Él entreabrió los labios, dudoso, ¿acaso eso era cierto?―. Ven con nosotros y te enseñaremos el mundo más allá de este lugar.
―¿Quién les ha dicho que quiero irme de aquí? ―El tono perdió algo de seguridad.
De pronto se sentía expuesto. La figura de Virus parecía agrandarse conforme los minutos pasaban, y cada que hablaba le daba la sensación de que ellos sabían más de lo que hubiera estado dispuesto a creer. Pero ¿cómo lo conocían tan bien? Nunca los había visto cerca, estaba seguro de que era la primera vez que se topaban, ¿por qué leían sus intenciones tanta claridad?
―¿Sorprendido? ―preguntó Virus, adelantándose de nuevo―. Es normal que lo estés, el que unos extraños sepan tanto de ti… es bueno cuidar en quien confías, Shiroba-san.
―¿A qué te refieres?
¿En quién confiaba? Solo en su familia, estaba claro que ellos no tenían ninguna relación con esos dos. Además de ellos la única persona a quien se había acercado era a Ren… un momento después de concluir eso un frío descendió por toda su columna, hasta cubrirlo por completo. Se giró para mirar a su acompañante, pronunciando su nombre entre dientes. Este portaba un gesto tan perplejo como el suyo.
―El que escaparas de nuestras paredes no quiere decir que nos dejaras atrás, Ren-san. ―Sonrió―. Para empezar, nunca escapaste, nosotros te dimos la oportunidad de salir y seguiste el camino que trazamos para ti.
―¿De qué estás hablando? ―preguntó Ren, con la mirada cohibida, observando a la nada.
―Es una pena. Mira que traicionar a quien más quieres sin darte cuenta. Ya te lo he dicho antes: eres como un amuleto de mala suerte.
―No puede ser… ―comentó en un susurro.
Miró a Shiroba y este le devolvió el gesto. A pesar de ser joven era listo, seguro que había entendido esa conversación a cabos. Le fue imposible mantenerle la mirada, por su culpa ahora sería también una víctima. Había sido utilizado, no fue una coincidencia que los sistemas de seguridad aquel día se mostraran obsoletos, ni que cayera justamente en esa isla.
―Eso es, fuiste algo así como un espía que nos transmitía información ―habló Trip, interrumpiendo su monólogo mental.
―Eres una persona poco confiable ―continúo Virus, quien había dejado de sonreír―. Quienes están a tu lado se encuentran irremediablemente atados a la desgracia.
Shiroba detalló el sufrimiento en el gesto contrario, como si cada palabra abriera una herida que había empezado a curarse al vivir con él y su familia. Recordó sus conversaciones sobre las sonrisas que auguraban solo sufrimiento, y la constante negación de Ren por llevarlo a conocer el sitio donde se había criado. Apretó su mordida con fuerza, y observó casi iracundo a las dos figuras frente a él. Eran los portadores de esas siluetas quienes se habían encargado de convencer a Ren de que merecía sufrir, era por ellos que miraba expectante entre los caminos, temeroso de tener que volver a padecer.
―Largo de aquí ―escupió Shiroba, y su mirada se afiló.
Sintió un cosquilleo agradable inundarle toda la garganta, además de una sensación fresca, como si pudiese tomar una bebida deliciosa luego de una época de sequía. Era la primera vez que usar el scrap le había producido una emoción tan positiva. Más aún, los rostros incrédulos de Virus y Trip le hicieron sentir poderoso.
A pesar de ello, sus gestos se tornaron calmos pasado un momento. Virus se llevó una mano a la oreja izquierda, ajustándose un aparato tras esta.
―Estoy sorprendido. Nos hemos preparado para encontrarnos contigo, pero ni siquiera nuestras herramientas han podido contrarrestar ese poder tuyo; si fuésemos humanos normales probablemente la pasaríamos mal. ―Luego volvió a reír―. Considéranos tus fans, Shiroba-san.
Shiroba chistó, ¿no les había logrado hacer nada?
―Pero, creo que es hora de dejar los juegos. ―Una vez más, la sonrisa se esfumo para dar paso a un gesto oscuro―. Trip, nos llevaremos a Shiroba-san y Ren-san con nosotros.
Por instinto, sus piernas se movieron para colocarse frente a Shiroba. Ren extendió el brazo a la altura del pecho del menor, quien lo observó conmovido. Seguro que entendía lo difícil que era para él plantarle cara precisamente a esas dos personas.
―No voy a dejar que lo toquen.
―¡Ren!
―Shiroba, tú vete. No te preocupes por mí, yo estoy bien, soy resistente.
―¡¿Qué estás diciendo?! Ni siquiera puedes mirarlos directo a los ojos. Tengo que usar mi scrap y…
―¡Eso no funciona en ellos! Te atraparán y harán lo que sea para poder utilizar esa habilidad tuya. Ellos… te harán daño. ―Shiroba notó el tono necesitado del otro, le estaba suplicando que entendiera que de verdad corría peligro.
Pero él ya lo comprendía.
―Chan, chan, chan. ―Escuchó a Trip canturrear mientras se acercaba con una sonrisa maliciosa.
El brazo frente a él tembló, pero continuó en su sitio. ¿Tanto les temía? ¿Tanto mal había tenido que soportar? Miró el gesto perturbado del lobo, decidió que no quería verlo así. No podría salvarse entendiendo que se había sacrificado por él.
―¡Esperen! ―gritó, colocándose ahora frente a quien antes lo protegía. Oyó los alegatos del mayor, pero los ignoró―. Hagamos un trato ―propuso.
Trip se detuvo y se giró hacia Virus. Luego de un intercambio de miradas el segundo lo invitó a continuar con su gesto poco amigable.
―Iré sin resistirme y colaboraré con ustedes, pero solo si dejan a Ren. También quiero que eliminen cualquier contacto con hayan podido tener con él para recolectar información sobre mí. Quiero que sea libre. Si prometen que hacen eso usaré mi scrap y los dejaré investigarlo, no me interesa para que lo necesiten.
―De acuerdo ―soltó Virus, sin siquiera pensarlo.
―¡No puedes hacer eso! ―se exaltó Ren―. Shiroba, no puedes ir con ellos, tú…
―Tengo que hacerlo ―susurró―. Incluso si nos deshacemos de ellos ahora nos buscarán, y lastimarán a mi familia, e incluso si no lo hacen ellos… lo haré yo. ―Ren sintió una punzada al recordar por lo que habían llegado allí, en primer lugar―. Las únicas personas a las que nunca lastimaría es a ustedes, si me quedo aquí me convertiré pronto en una amenaza.
―Entonces iré contigo.
―No, no lo harás, te quedarás aquí y protegerás a mis padres, a Sly y a Aoba. Mi madre tardará algo en entenderlo, pero papá notará que dices la verdad, él tiene esa habilidad.
―¿Y a ti quién te protegerá? ―Apretó sus dientes con fuerza, mientras dos hilos de lágrimas se deslizaban por sus mejillas―. No es justo ―bisbiseó―. Yo no puedo protegerte pero tú sí puedes sacrificarte por mí.
Shiroba se volvió, sonrió con dulzura, acariciando sus orejas, mimándolas entre sus finos dedos, y limpiando las lágrimas que volvieron a resbalarse por las cuencas de los ojos del más alto.
―Eso es porque tú eres mío, cuando acepté que lo fueras también acepté el deber de cuidarte y protegerte. A ti y también a mí, por eso no necesito que te sacrifiques por mí, y no considero lo que hago un sacrificio. Pero tú tienes un deber que yo te he encargado, y debes cumplir con tu deber como yo lo haré con el mío.
Sonrió de nuevo, acariciando las mejillas sonrosadas del contrario, quien asintió, aun con un rostro nublado por la tristeza.
―¿Sabes por qué algunas criaturas son domésticas y otras no? Porque algunas, como los lobos, necesitan libertad para existir; no hay nada que desee más que liberarte de cualquier cadena. Creo que, aun sin experiencia, he sido un buen amo para ti. ¿No lo crees tú también?
Ren besó los dedos largos antes de que estos desaparecieran de su vista y aspiró el aroma que se había vuelto su favorito, tratando de grabarlo en su memoria.
Luego, se dio la vuelta y comenzó a caminar.
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2
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―¿No hay nada que desees llevarte? ―le preguntó Virus, una vez estuvo a su lado.
De cerca lo pudo detallar mejor, al verlos directo notó que, a pesar de tener el mismo color de cabello y ojos, aquellos dos no se parecían en nada.
―No quiero que nada de lo que tengo aquí conozca el lugar a donde vamos ―concluyó, comenzado a caminar, como si ya conociera el camino―. Por cierto, Virus, dame tu chaqueta, tengo frío. ―Tendió la palma de su mano, esperando lo que solicitaba.
―Shiroba-san, ¿has escuchado el mito de Rey Demonio? ―preguntó este, al mismo tiempo en que se deshacía de su prenda para tendérsela al otro.
―¿Rey Demonio?
―Así es. Hay solo un demonio que puede ser el Rey, cuando este vuelve a su hogar, incluso si no lo ha visto nunca, todos saben que es él, y él sabe quién es. Es una bendición y una maldición que pesa sobre su hombro derecho e izquierdo desde que se concibe la idea de su existencia.
―Qué estupidez ―soltó Shiroba.
En varias ocasiones su lobo le había dejado su abrigo y él había disfrutado enrollándose entre el aroma y la calidez que este había impreso en la tela. Pero, no sentía nada de eso ahora, Virus no tenía ni aroma ni calidez qué transmitir y aquello solo le hizo sentir más frío, uno que no tenía relación con el ambiente.
―¿Y a dónde vamos? ―cuestionó sin detenerse.
―A tu verdadero hogar.
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¡Sí era Virus y Trip! XD, todos ganaron chocolates por comentar y apoyar la historia.
Muchas gracias por leerla. Ya tengo en mente una segunda parte (de tres o cuatro capítulos como esta) en la que Shiroba se va con esos dos y conoce a Sei. No es algo sacado de la manga, lo tenía pensado desde el inicio, pero por ahora lo dejo aquí y quizá algún día la escriba.
Muchas gracias de nuevo, y feliz comienzo de año :D
