Capítulo 3
Japón se encontraba en una sala enorme, con vidrieras en el techo que dejaban pasar muchísima luz y un par de estanterías llenas de libros a ambos lados. Avanzó por el pasillo que formaban los muebles hasta llegar a un gran espacio circular con varias mesas y lámparas; franqueada por estanterías y con varias salidas a pasillos con más libros en estructura radial.
A Japón, como buen amante de la lectura que era, le comenzaron a brillar los ojos ante la visión de los miles de libros que contenía la biblioteca. Desgraciadamente, tenían que encontrar a alguien, por lo que no podía detenerse demasiado allí. Aún así se prometió pedirle a Alemania que una vez encontrasen a Italia estuviesen allí un rato. De manera que comenzó a buscar a la nación mediterránea con calma por la sala («Este libro tiene un título muy interesante», «Oh, llevaba cuarenta años buscando este ejemplar»). Con mucha calma.
Evidentemente, no encontró a Italia en la biblioteca. Pero sí encontró una interesante estantería con archivos acerca de la mansión, la cual, por lo visto, llevaba abandonada unos cincuenta años. Lástima que saber cuánto dinero gastaban de media en comida, por ejemplo, no les fuera de mucha utilidad.
Algo decepcionado y un tanto resignado, decidió abandonar la sala llena de libros, por lo que se dirigió a la puerta. Pero justo antes de que la abriese, su sexto sentido le alertó y se giró con rapidez. Detrás de él no había nada. Salió de la habitación, extrañado. Sin embargo, la perspectiva d quedarse allí ya no parecía tan halagüeña.
Al volver al pasillo se fijó en que a su izquierda había una puerta escondida entre las sombras. Probó a continuar por allí. Se adentró en un largo pasillo cuya mitad central, en vez de poseer las paredes de piedra, una de las mismas era de vidrio, dejando ver un enorme jardín por la parte trasera. Japón intentó salir, pero la puerta se encontraba cerrada con llave, por lo que tuvo que seguir hasta el final del pasillo. Cuando llegó se detuvo, sorprendido. Oyó algo, una suave melodía atravesaba la puerta que tenía en frente. La cruzó, y el sonido dulce y melancólico aumentó ligeramente el volumen. Pero el resto del pasillo estaba vacío. Sin embargo, la canción parecía provenir de la puerta que tenía a su derecha, de manera que entró en la sala. La melodía cambió para volverse más triste aún.
La nueva sala era sencilla, con un par de armarios a los lados, posiblemente para guardar partituras; y algunas ventanas que permitían al paso de la luz. Descansando en el centro, había un piano de cola negro. Y el pianista, sentado en la banqueta, tenía la cara oculta por la tapa del instrumento. No parecía haber percibido la presencia de la nación.
Extrañado, Japón fue a preguntar quién era y qué hacía allí cuando la melodía cambió y se volvió más violenta y agresiva, pero sin perder el tono de tristeza, como si el compositor hubiese sufrido un dolor desgarrador al componerla. O el pianista mismo.
La canción se detuvo repentinamente y el pianista se levantó. Japón se sorprendió de haberle encontrado allí. Después de todo, reconocería ese rulo en cualquier parte. Italia le miró fijamente con tristeza. Japón, que había comenzado a acercarse, le miró a los ojos y se detuvo, porque esa persona… esa persona…
…esa persona no era Italia…
Desenvainó su katana con rapidez.
—¿Quién eres? —exigió saber.
El falso Italia le miró, sorprendido, y dibujó una media sonrisa. Y se rió. Su risa resoó por toda la habitación. Japón se tensó, preparado en caso de ataque, pero el falso Italia sólo habló.
—…Vaya, qué interesante… Así que te has dado cuenta…
—¿Dónde se encuentra Italia-kun? —replicó la nación oriental.
—…El chico no quiere sabe nada de vosotros… Márchate… ¿O acaso a ti también te han roto una promesa…?
Japón admitió que esas palabras le desconcertaron, pero no tuvo tiempo para reflexionar sobre ellas porque la nación falsa siguió hablando:
—…Veamos que ocultan los cuadros de tu corazón…
Y tras esas palabras el falso Italia salió de la habitación por una puerta lateral. Tras unos instantes de sorpresa, Japón le siguió corriendo. Pero el falso Italia no se encontraba en la otra habitación, y no le podía haber dado tiempo a cruzar la otra puerta; tan sólo había desaparecido.
Japón miró a su alrededor. La habitación, una simple sala de estar con una mesita, varias sillas y los restos de la última hora del té; tenía dos puertas en lugares opuestos: una a su izquierda, que daba al pasillo en el cual había estado antes, y otra a su derecha. Y, al igual que en comedor, en esa sala también había cuadros de Japón. Pero estos eran más concretos; eran guerras entre los shogunes, eran tardes aprendiendo a escribir con China, eran mañanas tranquilas con cerezos florecientes, eran noches oscuras con, quizá, amantes. Eran secretos. Sus secretos.
Japón se tensó al verlo, recordando las palabras del falso Italia: «Veamos que ocultan los cuadros de tu corazón…»
Ese ser, fuera lo que fuera, podía adentrarse en sus recuerdos y mostrarlos a través de los cuadros. Y lo más probable era que también pudiera hacerle eso a Alemania e Italia…Italia. ¿Y si lo que decía el falso Italia era cierto? ¿Y si realmente no quería saber nada de ellos? Después de todo, su comportamiento era bastante errático, y a Japón le resultaba difícil saber qué era lo que pensaba. Lo cierto es que dudó. Pero sus dudas no tardaron en despejarse. Sí, el falso Italia podía tener razón. Pero el hecho de que estuviese intentando manipularlo a través de sus recuerdos, restaba buena parte de su ya de por sí escasa credibilidad. Fue entonces cuando pensó en Alemania. Probablemente ya se había encontrado con cuadros semejantes, y las Guerras Mundiales no habían sido agradables para nadie. «Sea fuerte, Alemania-san» le deseó Japón.
Decidió ignorar los cuadros, o al menos intentarlo. Salió de la sala por la puerta de la derecha y se adentró en un nuevo pasillo. En el centro del mismo, había una puerta que daba a un baño vacío. Al final del pasillo había otra puerta.
La nueva sala parecía ser una oficina. Había estanterías vacías a los lados (probablemente, los archivos que hubieran tenido alguna vez fuesen los que había visto en la biblioteca), una mesa de roble en el centro con un sillón al otro lado y una lámpara. En frente, una gran ventana que iluminaba la habitación, y el suelo se encontraba tapado por una gran alfombra ya descolorida. Afortunadamente, no había ningún cuadro. Quizás la persona que trabajó allí no quería que nada le distrajera. En cualquier caso, resultaba un alivio.
Japón se acercó a la mesa, sobre la cual había varias fotografías. Estas, por suerte, no tenían escenas de su casa, tan sólo eran fotos de personas, presumiblemente los antiguos habitantes de la mansión.
Había un hombre, militar a juzgar por sus condecoraciones y el uniforme. También un mayordomo y un par de sirvientes. Y una mujer sonriente que probablemente sería su esposa. Estos últimos aparecían en casi todas las fotos, mientras que el hombre sólo salía en unas pocas. De manera que, mientras veías cómo pasaba el tiempo a través de la esposa y el servicio, el hombre desaparecía de manera abrupta. Japón, dejando una de las fotos de nuevo en la mesa, intuyó que las fotos trataba de algo importante que le ayudaría a sacar a Italia de allí y saber que era el falso Italia. Entre las fotos encontró una llave con un pequeño texto que rezaba: «Jardín». Japón la cogió y salió por la puerta opuesta a la que había llegado. Apareció en la entrada con la máquina de escribir. Decidió ir primero a la biblioteca. Ya exploraría el jardín más tarde.
Gimió en sueños, y pequeñas lágrimas cayeron de sus ojos. Murmuró nombres ininteligibles. Un frio dedo detuvo el recorrido de las gotas saladas y le acarició la cara. El otro se estremeció, inconsciente.
—…No te preocupes…— le susurró —…Nadie te hará daño, yo te protegeré…
Pareció encogerse sobre sí mismo, pareció despertar al oír la voz hablándole con suavidad. Pero no lo hizo.
—…o…perio…Romano…—susurró en sueños.
Le miró, con los ojos algo entrecerrados.
—…No volverán a traicionarte…—le prometió.
Gimoteó un poco al oír su voz, pero insistió.
—…Sacro…—le llamó de nuevo.
—…Te engañó…—insistió el falso Italia
Permaneció callado un rato.
—…Alemania…ayúdame…—suplicó Italia.
Nada le haría cambiar de parecer.
El falso Italia se convirtió en mujer; y tras lanzar un chillido de frustración, le hundió en un sueño del que no podía despertar.
Cualquier referencia a HetaOni es pura coincidencia, lo juro. Y he terminado contando más cosas de las que tenía planeado...hum
Por cierto, ¿soy yo la única a la que se le hace raro que sea Japón precisamente el que está añadiendo el toque de humor a esta historia? XD
Reviews:
Yess-Blur13: Aquí tienes el capi, bastante antes de lo que yo misma pensaba... Con un poco de suerte, no tardaré mucho en subir el siguiente.
