Había pasado una semana desde que comencé el entrenamiento con Miroku y Sango, y las agujetas y el agotamiento mental era ya parte de mi día a día. Había conseguido a duras penas ignorar el agua de la cascada en casi todo mi cuerpo durante horas, y había ganado a Sango en uno de los combates cuerpo a cuerpo que teníamos todos los días. Todos parecían estar orgullosos y sorprendidos de mis avances, pero yo seguía pensando que mi nivel era muy inferior al de mis compañeros.

La semana había sido extrañamente tranquila en el Sengoku. Inuyasha preguntaba a cada rato si percibía algún fragmento de la esfera, impaciente por hacer algo y dar unos cuantos espadazos con Tessaiga. A Miroku se le habían llegado a terminar los nombres de demonios escondidos en aldeas, y, como un disco rayado, había comenzado a repetir los que ya había dicho en otros pueblos.

Aunque todos parecían estar impacientes por algún cambio en el ambiente, yo agradecía la paz. El entrenamiento me robaba mucha energía, y mis ánimos de correr detrás de Naraku estaban bajo mínimos. Suspiré pesadamente mientras agarraba mi mochila. Las orejas de Inuyasha se estiraron y se giraron en mi dirección. Sonreí internamente al darme cuenta de que, aunque él intentara transmitir que todo le daba igual, estaba pendiente de cualquier cosa que nos sucediera.

No había vuelto a hablar con Inuyasha sobre 'el' tema. Era ya un asunto tabú, y ambos pretendíamos darlo por zanjado. El único consuelo era que nuestra relación no se estaba echando a perder: con los entrenamientos había aprendido a canalizar mi tristeza a otra cosa, y, como siempre estaba tan cansada después, no tenía ganas de discutir, y menos con él.

Vuelve, Kagome, ya estás pensando demasiado en el asunto. Sacudí la cabeza y me centré en la bola de arroz que tenía entre las manos. Habíamos parado en una aldea pequeña a petición de Sango, y después de casi tres horas hasta Shippo comenzaba a impacientarse.

- Maldita sea, ¿dónde se ha metido Sango? – gruñó Inuyasha, incorporándose y mirando a los alrededores con el ceño fruncido. Rebusqué rápidamente en mi mochila y le ofrecí sus patatas fritas favoritas.

- Inuyasha, mira lo que traje de mi tiempo. – dije sonriéndole. El hanyou abrió mucho los ojos y olisqueó la bolsa, cogiéndola y abriéndola de inmediato. Shippo se acercó a él y comenzaron a pelear por quién debía comérsela.

Sonreí mientras les observaba. Era tan fácil distraer a Inuyasha.

- ¡Chicos!

Todos miramos al cielo justo a tiempo para ver a Kirara y Sango aparecer y tomar tierra. Sango bajó del lomo de su nekomata y caminó hacia mí con un paquete en las manos y una sonrisa. Sonreí, sabiendo de lo que se trataba.

- ¡Sango, no pensaba que lo dijeras enserio!

- ¡Por supuesto! Anda, ve y pruébatelo

No esperé ni un segundo más y entré a la cabaña donde habíamos comprado el té y el arroz. Pedí usar una habitación privada y una vez dentro, abrí el paquete. Era un traje similar al de Sango: negro, ajustado, y con protecciones en estómago y rodillas de color azul oscuro. La tela era mucho más ligera y transpirable de lo que me había imaginado, y no incomodaba en el cuerpo. Eché de menos tener un espejo cerca, y me conformé con mirar mis propias piernas. Sonreí con malicia al imaginar la cara que pondría Inuyasha al verme con algo tan ajustado y distinto al uniforme.

Agradecí a la dueña de la cabaña y me acerqué a mis amigos. Sango juntó sus manos con satisfacción mientras alababa el buen ojo que había tenido para mi talla. Inuyasha me escaneó con los ojos muy abiertos, sonrojándose al instante y apartando la mirada.

- Adorable Kagome, estás bellísima. ¿Serías la madre de mis hijos? – Miroku me había tomado de las manos mientras la otra se dirigía a mi trasero. Solté una de mis manos de su agarre lo suficientemente rápido como para darle una palmada a su mano antes de que llegase a su destino.

- Miroku, mañana voy a ahogarte en la cascada. – amenacé bromeando. Sango agarró de la oreja a Miroku y comenzó a regañarle.

De pronto, algo dentro de mí palpitó con fuerza. Miré fijamente hacia el norte, de donde provenía esa sensación, y me relajé al identificarlos. Eran los fragmentos de Koga.

- Maldito lobo asqueros… - Inuyasha no pudo terminar la frase al verse aplastado por el demonio lobo. Trató de alcanzarle con las garras, pero Koga ya me había cogido de las manos.

- Kagome, ¿eres tú? Estas bellísima, pareces una verdadera guerrera. – Koga se había acercado más de lo normal, asique retrocedí un paso, sonriendo.

- Hola, Koga. ¿Qué haces por aquí?

- Kagome, pronto derrotaré a Naraku y podremos casarnos

Koga giró rápidamente la cabeza y soltó su agarre, saltando detrás de mí. Inuyasha se interpuso entre él y yo gruñendo y enseñando los colmillos.

- Lobo asqueroso, quítale las zarpas de encima a Kagome. ¿Aún crees que te casarás con ella? Tengo que reconocerte que tienes una gran imaginación.

Koga le ignoró totalmente y se volvió hacia Miroku.

- En el norte no hay absolutamente nada de interés. ¿Habéis encontrado algo?

- Nada, es como si Naraku hubiera desaparecido de este mundo. – respondió el monje.

- Sí, hasta los demonios más débiles están tranquilos.

- Qué desgracia, ni siquiera en el sur hay algo. Tendré que cambiar la ruta de la manada. – musitó el demonio. Koga apartó a Inuyasha y se situó a mi lado de nuevo, sólo para que el hanyou me agarrase y me empujase detrás de él, de nuevo.

Koga juntó su frente con Inuyasha mientras gruñía y enseñaba unos colmillos todavía más largos.

- Siempre en medio, perro. Espero que asumas que Kagome es mía dentro de poco, si no, se te hará difícil venir a la boda.

- Nadie va a ir a ninguna boda, pulgoso.

- Ah, ¿no? Perfecto, Kagome, nos ahorramos buscar comida para un invitado… - Koga comenzó a olisquear a Inuyasha – Sarnosito, espero que estés cuidando bien a mi mujer.

Inuyasha gruñó e iba a responderle cuando decidí que estaba absolutamente harta de esta situación.

- ¡Siéntate! – Koga se apartó para no caer junto a Inuyasha y le miró con suficiencia desde el suelo.

- Nos veremos, preciosa. – dijo Koga, guiñándome un ojo y desapareciendo, de nuevo hacia el norte.

Cuando Koga desapareció de la vista, miré a Inuyasha con todo el enfado que pude expresar, cerrando ambas manos en puños. Esto no podía estar pasando, era surrealista.

- ¿Quién te crees, Inuyasha?

El hanyou parpadeo varias veces, sorprendido, y se alejó un paso de mí. Podía sentir cómo el enfado crecía dentro de mi como un torbellino imparable, impulsado, además, por una gran tristeza. Todo mi ser pedía liberarse, gritarle hasta quedarme sin voz, y llorar de rabia absoluta.

- Kagome…

- Sabes cuánto me está costando sobrellevar lo que vi, Inuyasha, y sabes que, aunque me dolió, lo acepté desde el primer momento. – su rostro seguía mostrando sorpresa, y eso me enfureció todavía más. - ¿¡Es un ni contigo ni sin ti, Inuyasha!? ¿¡Quién eres para ponerte de esa forma con Koga, o con cualquiera que muestre interés en mí!?

Ahora sí que sabía de lo que le estaba hablando, pero yo no podía parar. Miré mi propio cuerpo y me sorprendió ver cómo una luz rosada lo rodeaba. Mis ojos, manos y cabeza ardían como nunca antes lo habían hecho, e Inuyasha retrocedió otro paso más, esta vez con la mirada triste.

- Estoy cansada la pelea de siempre con Koga, como si yo no supiera hablar o rechazar por mí misma, y tuvieras que interceder tú. Estoy harta de ser la única que parece saber que tú y yo no somos nada. Estoy cansada de aguantar que un día me trates como si fuera especial, y que al otro decidas que Kikyo es la que te importa. ¡No te voy a permitir que actúes como si fueses mi pareja si otros hombres hablan conmigo, cuando al poco tiempo eres capaz de olvidarte de mi existencia! Esperé por mucho tiempo una decisión por tu parte, ¡y la tomaste hace poco, por si lo has olvidado! Trato de dejar de pensar en ti como lo hacía, para verte como un amigo, ¡y parece que te gusta verme sufrir, Inuyasha! ¿No te das cuenta de que me ilusionas, para luego dejar que muera de tristeza?

Sí, acababa de declararme formalmente a un chico por primera vez en mi vida. Y no para decirle cuánto le quería, sino para que supiera que mi amor por él me hacía sufrir. Qué bien.

Inuyasha había bajado la vista y su flequillo ocultaba sus ojos. Eso me dio fuerzas, pues no podría habérselo dicho mirándole a los ojos.

- ¡No puedes tenernos a las dos, Inuyasha! ¡Olvídate de mí!

Algo dentro de mí se rompió, y toda la energía que había estado conteniendo salió disparada de mi cuerpo, impactando contra todo lo que tenía cerca. Alcancé a ver cómo Miroku levantaba una barrera de protección con su bastón, protegiendo a Sango, Shippo y Kirara de la onda rosada que se extendía. Inuyasha no estaba cerca de Miroku, por lo que recibió completamente el impacto, cayendo al suelo gritando. Cerré los ojos fuertemente y me abracé a mí misma, conteniendo la energía, y cayendo de rodillas al suelo.

- ¡Kagome!

- ¡Inuyasha!

Sango y Shippo me agarraron de los hombros. Abrí los ojos poco a poco y pude ver cómo Miroku ayudaba a incorporarse a Inuyasha. Observé con horror lo que había hecho: ahora Inuyasha era humano. Había purificado la energía demoníaca de Inuyasha como si fuera una noche de luna nueva.

- Por suerte, mi barrera ha resistido el ataque. De no haberlo hecho, Shippo y Kirara hubieran sido purificados por completo. – dijo Miroku mientras me observaba seriamente. – Inuyasha ha tenido suerte de ser sólo medio demonio. Sango y yo sólo habríamos sentido una agradable sensación.

No podía creer lo que acababa de hacer. En un ataque de ira había puesto en peligro las vidas de mis compañeros. Inuyasha me miró, con sus ahora ojos negros, con mucha más tristeza que antes.

- Lo siento, Kagome. – dijo mientras se levantaba con dificultad. Se acercó a mí y me tendió la mano, ahora, sin garras. – Tenemos que hablar.