ALBUS (1)

El anciano director ordenó los papeles de la mesa agitando la varita. El aparato mágico que canalizaba su poder mermó considerablemente su energía; si seguía utilizando la magia para las tareas más cotidianas a su edad, algún día ocurriría una desgracia.

-Dichosos los ojos – la voz de Severus Snape lo sobresaltó, y se giró para ver mejor al profesor de pociones, que se recostaba sobre el marco de una puerta -. No es muy normal ver a alguien que está muerto.

-Severus, sabes tan bien como yo que esta farsa tiene un motivo de ser. Que utilizarás un Expelliarmus en vez de la maldición asesina dice mucho de ti, y me brinda la oportunidad de ayudar a Harry a culminar con éxito su tarea – la voz de Dumbledore sonaba tranquila mientras observaba al antiguo profesor de pociones, y su supuesto asesino -. Me has elegido a mí antes que a Tom, y esto será muy importante.

-Aunque ello conlleve el alargar mi misión, ¿no es así? – el tono de enfado de Severus Snape no se ocultaba bajo una falsa amabilidad.

-Por el bien del mundo mágico, sí – replicó Albus con calma.

-Ya, y el bien del mundo mágico va a arruinar mi vida, ¿te das cuenta de lo que estás haciendo? – en esta ocasión era desesperación lo que abrazaba con fuerza las palabras del falso mortífago, impregnándolas de cobardía.

-Sabes que lamentablemente no hay otra opción.

-No, no la hay – coincidió Severus - ¿Me dejas hacerte un comentario que es posible que te ofenda?

-No te lo guardes.

-Cada día que pasa te pareces más a Tom Sorvolo Riddle de lo que te imaginas – la cruda realidad golpeó a Albus como un mazazo, aunque no sabía de que se extrañaba, siempre había sido así.

-Sin duda alguna – replicó el anciano director -. Al fin y al cabo, es mi alumno más talentoso. Ni siquiera Harry tiene tanto potencial como él, y eso me asusta. Porque cuando los herederos de Godric Gryffindor y Salazar Slytherin se junten, no importará de quien desciendan, sino más bien sus propias habilidades como muggles.

-Pero coincidirás conmigo en algo, Albus. Potter es astuto, más que cualquier Slytherin, y sumando esa astucia al alta estima de la que se rodea Voldemort, aún podemos ganar la guerra. Además, has arriesgado todo por Potter, y aún ahora tus últimos años los estás dedicando a ayudarle. Algo tendrá.

No pudieron concluir la conversación, pues el ruido de la gárgola al comenzar a deslizarse hacia arriba obligó a Severus Snape a convocar a una escoba por la ventana por la que había caído Albus, mientras el anciano se aparecía en Privet Drive.

Le había costado años comprender la seguridad del castillo, y otros tantos para conseguir burlar su seguridad, pero al final era algo que siempre acababa valiendo la pena.

Se sentó en un banco esperando a Severus, que debería estar a punto de aparecerse él también.

Un fogonazo de luz verde le indicó que no era así. Albus Dumbledore cerró los ojos con fuerza y se apareció en el número doce de Grimmauld Place.

Un sonoro crack indicó que alguien estaba apareciéndose allí también. Dumbledore se vio obligado a volver a aparecerse en Privet Drive, conjurando a su alrededor varios hechizos de protección en cuanto llegó.

Pero nada ocurrió. Ningún rayo mágico lo atacó, y pudo desmantelar toda la enorme red defensiva que había formado a su alrededor.

Severus Snape le esperaba sentado en un banco, con la figura de un mortifago tirado a sus pies, con los ojos fuera de sus orbitas.

-Me obligó a hacerlo. Lo lamento mucho, profesor – se excusó Snape.

A Dumbledore no le gustaba nada que nadie tuviera que matar, pero sabía que si era estrictamente necesario, podía aceptarlo. Había aprendido a convivir con aquello.

-Eso no importa ahora. ¿Te descubrieron al huir de Hogwarts? – preguntó el director, ignorando el cadáver y sentándose junto a Severus.

-¿Con quién crees que estás hablando? – preguntó Snape, egocéntrico.

-Con un antiguo mortifago que fue profesor de pociones y jefe de la casa Slytherin durante catorce años en el colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, agente doble que ayuda a la Orden del Fénix a terminar de una vez por todas con Lord Voldemort. Créeme cuando te digo que lo tengo bien presente – replicó Dumbledore, guardando la varita en su túnica.

Observó a Severus Snape desde detrás de sus gafas de medialuna con curiosidad. Apoyó una de sus manos en el hombro del ex-mortifago y se recostó.

-Necesito que me hagas un favor – pidió, mirando al frente, viendo una luz constantemente encendida en el número cuatro de Privet Drive.

-Dígame, profesor.

-Necesito que ayudes a Harry a destruir todos los Horrcruxes. Yo también lo haré, pero esa debe ser tu primera prioridad. ¿Te ha quedado claro?

-Por supuesto, profesor. Puede confiar en mí.

Pero antes de que pudieran continuar con la charla, un frío sobrehumano inundó el parque, descendiendo la temperatura a menos de cero grados.

El director volvió a sacar su varita y conjuró un Expecto Patronus en dirección a la casa de Harry, volando hacia allí un fénix plateado, mientras la cierva de Severus Snape ahuyentaba a los dementores que se cernían en torno a ellos.

De pronto, Dumbledore cerró los ojos, sin conjurar ningún hechizo. Pero su conciencia le abandonó, viajando junto al fénix que volaba en dirección al número cuatro de Privet Drive, acabando con cuanto dementor se cruzara en su camino. Y entonces lo vio.

Harry Potter estaba sentado en torno a una mesa con dos hombres junto a él. Uno al que Dumbledore no conocía de nada, pero el otro le sonaba demasiado. Tenía una mano de plata, regalo de su antiguo señor, y aún antes había pertenecido a la casa del león y se había juntado con James Potter, Sirius Black y Remus Lupin, creando los famosos merodeadores.

Peter Pettigrew estaba escribiendo a una velocidad sobrehumana, rasgando con la pluma el papel, mientras los otros dos negaban o asentían, pero no parecían en absoluto alterados ante la aparición de Pettigrew allí junto a ellos.

Albus llegó a dudar de si la mente de Harry Potter se encontraba al máximo de sus capacidades, sin que nadie hubiera sustraído o borrado nada, pero así parecía ser.

De pronto, Dumbledore ya no era un fénix plateado, y se encontraba tirado en el suelo debido a una reciente caída.

-¿Está usted bien, profesor Dumbledore? – preguntó Severus Snape, ayudándole a levantarse.

-Por supuesto. Simplemente he ido a comprobar el estado de Harry. No parece haberle ocurrido nada.

-Me alegro.

-No lo hagas antes de tiempo, amigo mío. Peter Pettigrew está con él. Al parecer en son de paz, ¿pero quién sabe que puede llegar a hacer esa rata?

-No creo que haga nada. Ahora mismo está con Potter, y él no le quitará un ojo de encima. Recemos por ello. Esperemos que tu favorito no meta la pata ni se vuelva a equivocar con la gente que tiene cerca.

-Recemos por ello, Severus. Recemos por ello – repitió el director, mirando hacia las estrellas.