Capítulo 4

Era una voz clara y armoniosa, como la de un ángel o la de una soprano. Una luz apareció delante de mí y pude ver con quien estaba hablando.
Era una hermosa mujer, joven, quizá de veinte años. Sus cabellos eran blancos y largos, adornados con joyas plateadas. Sus ojos eran azul hielo, profundos, pero indicaban sabiduría. Sus ropas, llenas de detalles y bordados, también eran blancas, con numerosas cintas en el pecho, cubierto con un corsé. Resplandecía en aquella oscuridad.
- ¿Quién eres...? – pregunté, asustada.
- No tengas miedo. Mi nombre es Light.
- ¿Li-Light?
- Sí – me sonrío cordialmente y se acercó a mí -. Y tú eres Réquiem.
- ¿Cómo...?
- Oh, querida, sé mucho sobre ti. Pero dime... ¿es acaso ese tu verdadero nombre?
Escondí la cabeza en el suelo, fijándome en la chica de ojos verdes. No, por supuesto que no lo era. Pero... ese era el nombre de quién era yo ahora.
- Entonces, no puedo criticarte... Todos tenemos nuestro pasado... Y nuestros recuerdos...
- ¿Por qué has venido, Light?
Ella dio un par de vueltas a mi alrededor y después me miró con seriedad.
- Tu oscuridad era tan fuerte que casi tu corazón cae en ella. ¡Debes aprender a controlar tu dolor, pequeña!
- ¿De qué me estás hablando...? – de repente, recordé aquella oleada de imágenes -. ¿Mis recuerdos?
- Algo te atormenta, ¿no es cierto? Y por eso le das la espalda a la luz, te crees que no eres digna de ella... Es normal, los malos suelen vestir de negro – tiró suavemente de mi camiseta de tirantes -. Pero no te preocupes. Él te ayudara...
- ¿Él? ¿Qué él? – me estaba temiendo lo peor.
Lea.
Solo esas tres letras... por las que estaba formado su nombre... me hicieron mirar repentinamente tras de mi. Me llevé la mano a la boca. No podía ser verdad...
Lea. Estaba detrás de mí, a apenas veinte centímetros de mí. Sus ropas negras y rojas, en combinación con su cabello largo y rojizo, lacio y sedoso. Sus ojos verdes, seguían en su sitio, irresistiblemente cruzados con dos cicatrices verticales.
- ¡Lea! – exclamé yo, intentando abrazarle, pero desapareció como una ilusión. ¿¡Qué estaba pasando!?
- Era solo un recuerdo.
Miré con rabia a Light, pero ella me hizo callar posando un dedo en mis labios. Después río grácilmente e hizo aparecer un cetro plateado.
- Bien, pequeña, es la hora.
Apuntó con el cetro a mis manos, haciendo que un halo blanco apareciera en ellas. Espirales de luz grisácea recorrieron mis brazos, provocándome escalofríos en toda mi piel.
En ese momento, apareció una hermosa llave, como la de Roxas o aquel chico. Era plateada, y realmente tenía aspecto de llave antigua, como las que abren un gran portón; pero de un metro de largo. Una enredadera negra de pinchos iba por toda la hoja y la empuñadura se asemejaba a un corazón, con una barra en medio para poder cogerla. Un pequeño llavero tintineante, mostrando otro corazón partido en dos, se encontraba enganchado a la llave. Ilógicamente, la llave era más grande que el llavero.
- Ya quería tener yo una de estas... – murmuré, divertida.
- Escucha, pequeña. Eres una joven muy extraña. Tu corazón se encuentra en equilibrio solo cuando la oscuridad y la luz se hayan a partes iguales dentro de él. Por eso te encontraste tan mal aquí. Al igual que otros humanos, podéis moveros por la oscuridad, pero tú necesitas la luz para poder vivir. Para poder amar – me sonrojé -. Y para poder luchar contra ellos.
Un sincorazón apareció y yo corrí hacia él, como tirada por la llave. Sin realizar ningún movimiento, la llave se blandió sola con mi mano aún sujetándola y destrozó al sincorazón con rapidez.
- Ve. Lea te espera.

Como si de un sueño se tratara, desperté otra vez mojada y fría en el suelo del Mundo Inexistente, con un Axel casi desmayado y magullado encima de mí. "Oh, mierda... ¿Por qué no conservaré los objetos de los sueños?" pensé, cuando vi el resplandor plateado de la llave. ¡Bien!
Una hormiguita de considerable tamaño se abalanzó sobre Axel, pero no consiguió hacerle nada dado que la había derribado. Clavé con fuerza la espada en la acera, formando una onda expansiva que hizo desaparecer los sincorazones de nuestro alrededor. El pelirrojo no respondía y eso me daba mala espina, pero un silbido metálico me distrajo. Ya lo había escuchado antes.
Todos los sincorazones desaparecieron cuando el sonido se repitió unas cuantas veces más. Una lluvia invertida de corazones rosáceos se alzó al oscuro cielo negro, mientras seguía lloviendo. El fino sonido de las gotas contra el cuero de nuestras capas y los leves gemidos de dolor de Axel era lo único que podía percibir en aquellos instantes.
- ¿Ves como al final eras otra niñata de las llavecitas?
Me giré, sonriente, aún empuñando la extraña espada en mi mano. Se trataba, cómo no, de uno de los irónicos comentarios de Sefirot.
Se acercó a mí con sus andares ágiles, algo más ligeros que los de Cloud, pero del mismo estilo. De verdad me recordó a él y recordé también mi falta de consideración al no mencionarle nada... Uy... que fallo...
- ¿Qué haces por aquí, angelucho? – le pregunté, mientras él me revolvía el pelo. Me encantaba que todos me tratasen como una niña pequeña.
- La oscuridad me llama, pequeña... Y aquí había toda una convención de hormiguitas tenebrosas...
- ¿Tú también las llamas hormiguitas?
- ¿Qué son si no?
Axel emitió un fuerte quejido. Se había apoyado sobre la espalda y se agarraba con fuerza el estómago. Su capa estaba rasgada por los bordes y su rostro expresaba mucho sufrimiento. Me acerqué a él rápidamente, agachándome y dejando la llave en el suelo. Le acaricié la frente, ennegrecida de la suciedad del suelo.
- Tengo que llevarte con Xemnas, Axel... – murmuré.
- ¡No...! – emitió otro gemido -. Si... descubre que has fallado... Me mandará que te destruya...
- ¿¡Por qué!?
- Es obvio... Los traidores deben ser destruidos...
- Pero yo no pertenezco a la organización... Además, no puedo dejarte aquí, estás herido.
- Mi corazón no sufrirá ningún daño... no tengo – rió su propia gracia y se apoyó en mi hombro para levantarse.
- Vamos, pelirrojo, levántate ya – le grité, enojada. Él no parecía partidario a moverse, cuando Sefirot le apuntó con la katana en el cuello.
- O le haces caso o acabaras más herido.

Él se incorporó del todo y yo sonreí al angelucho, cuando se quedó mirándome, esperando algo por mi parte. ¿Un gracias, tal vez?
- Em... ¿Sefirot?
- Vamos, estoy seguro de que lo has visto.
Se refería a Cloud. Sí, claro que le había visto... ¿pero realmente había sido en Bastión Hueco? León me había herido, me habían llevado a su casa y Night nos había teletransportado desde allí hasta nuestra casa... Quién sabe...
- La verdad... uno de sus amigos me disparó por la espalda... y no sé si su casa seguiría en Bastión Hueco.
- ¿Dónde te dispararon?
- En el cañón.
- Entonces, vivirán por allí. Probablemente te vieron conmigo y creyeron que estábamos relacionados o algo así... Que cabeza chocobo tiene Cloud...
Axel levantó la mano y la bajó rápidamente. No entendí para qué hacía eso, cuando frente a nosotros el espacio se rasgó verticalmente y apareció un portal dimensional de color negro.
- Va-vámonos, por favor... – murmuró él.
- Bueno, Sefirot, me debo ir. Este hombrecillo puede ponerse peor si sigo hablando contigo... – sonreí a Sefirot y traspasé el portal.
Era una sensación extraña. Moverse por el vacío, la nada, oscura. Temporalmente, eran dos o tres segundos, pero no sabía donde iríamos a parar. ¿Cómo saberlo? ¿Acaso había alguna certeza de saber que íbamos a salir...?
¿...en mi habitación?

Por suerte, mi equipaje contaba con un botiquín preparado para curar heridas de oscuridad, como bien podían ser las heridas que formaba un sincorazón al atacar. Abrí uno de los maletines encima de mi cama, donde estaba sentado Axel. Cogí un ungüento y unas vendas, un poco de algodón y me situé frente a él. Ahora también me tocaba hacer de enfermera para él. Sí que me daba problemas...
Le agarré por la barbilla mientras le limpiaba los rasguños de la cara. No eran muchos, lo peor lo tenía en el labio inferior. Su chaqueta estaba tan deteriorada como la mía; vaya materiales baratos que se gastaba la peña. Fue una suerte que estuviera tan rajada, podía limpiar sus heridas sin necesidad de desnudarle. Lo que me faltaba, encima eso.
Sin embargo, Axel seguía mirando al suelo, con gesto solemne... y triste. Creía saber por qué era, mientras por el rabillo del ojo, el reflejo de mi llave me distraía ligeramente.
- ¿Por qué no utilizas un hechizo de cura, como lo hacen todos los de las llavecitas? – me preguntó al rato.
- ¿Hechizos de cura?
- Sí... ¿no has usado nunca la magia?
- ¿Me ves con cara de bruja?
Él rió momentáneamente, después tosió con fuerza. Estaba hecho polvo. Y era por mi culpa, ya que si no me hubiera protegido con su cuerpo, ahora estaría muerta, o peor, descorazonada. Intenté distraerme en otras cosas, pero no podía; acababa de vivir un episodio muy fuerte de mi vida y no era como para quitarle importancia.
- Estás preocupado por Roxas...

Él se giró con el rostro lleno de amargura.
- Está con uno de vuestra organización, no debes temer.
- Era un infiltrado, no seas niña. ¿Y si lo único que quería era matarle?
Me senté con las piernas cruzadas en la cama, junto a él.
- Roxas es un incorpóreo, ¿verdad?
- Sí...
- ¿Quién es su sincorazón?
- Sora... – murmuró él, algo sorprendido.
- ¿Quién es ese?
- ¿¡No sabes quién es Sora!? ¿¡El niñato de la llavecita que con un pato y un perro se dedica a cerrar mundos!? – negué con la cabeza -. Pues... a diferencia que los demás... Sora sigue vivo y con su corazón impoluto...
- Eso quiere decir... – por la mucha información a la que había accedido, sabía que una persona y su incorpóreo... – Si el chaval es amigo de Sora...
- Es su mejor amigo, se llama Riku.
- Entonces, ¡Riku quiere a Roxas para unirlo con Sora!
- ¿¡Qué!? – exclamó Axel, levantándose -. ¡Si se une con Sora, Roxas desaparecerá!
- No exactamente, más bien estará completo dentro de Sora...
- ¡Pero no le volveré a ver!
Me dejaba helada la forma en la que pretendía cuidar a su único amigo. Sorprendentemente, estaba comenzando a comprender que los incorpóreos pueden ser muy diferentes a sus sincorazones... Y Axel me lo estaba demostrando segundo tras segundo.
Sin embargo, me seguía recordando demasiado a Lea... por tanto, seguía doliendo la forma en la que echaba de menos de esa forma a Roxas... y no se acordaba de mí.
- ¿Qué quisiste decir con "no pienso dejar escaparte otra vez"?

Las gotas de lluvia era lo único que se escuchaba en mitad de la noche. Axel intentaba buscar una respuesta que darme a aquella pregunta tan bien formulada... y que aún intentaba creer que la hubiera dicho yo.
- Era como sí... recordase un momento de mi vida... algo extraño...
- Desde luego... que yo sepa, no nos hemos visto antes... quitando lo del cañón... – "Mentirosa.".
- Oye, ¿y tú de dónde sales? – preguntó él, como si fuera tan normal.
- ¿A qué viene eso? Deberías descansar, Axel, tienes el cuerpo hecho trizas.
- Bah, me recupero rápido, soy más fuerte que Marluxia...
- ¡No te metas con Marluxia!
- ¿Qué pasa...? ¿Te gusta el afeminado?
- ¡No te pases que te la cargas, Axel!
Él se venció hacia atrás de la risa. Se estaba burlando en mi cara y eso no lo soportaba. Cogí la llave y le amenacé con pegarle con ella, pero escapándoseme la risa. Era demasiado graciosa aquella situación.
- Eres una criaja... – me reprochó él, deteniendo la llave y lanzándome al otro lado de la habitación de una patada.
Derrapé en el suelo y me dispuse a atacar otra vez, con fiereza reconcentrada. Me hervía la sangre el pelirrojo, era una cosa divertidísima... Cuando fui a atacarle, me puso la zancadilla – le hubiera matado en aquel instante – y caí sobre la cama, casi dándome en la cabeza.
- Idiota, no te mates, que me dejas sin diversión... – me regañó él.
- Maldito pirómano sádico maniaco...
- Por favor, vas a hacer que me sonroje... Venga, ya es tarde para jugar... – se tomó la libertad de darme un beso en la frente y abrir otro de sus portales para marcharse.

Aquella noche volví a soñar con Night.

Y lo que no sabía es que muy pronto volvería a verle.