Disclaimer: Ningún personaje de Saint Seiya The Lost Canvas me pertenece.

Notas: Gracias por sus amados comentarios, eso me sube el ánimo.


Rapsodia


[2]

Inframundo

.

.

.

La señal que manifestó no era propio en él pero en esa ocasión tenía que correr el riesgo de hacer algo más que un simple susto para alejar a la criatura que osó en destruir su benigna presencia en ese día.

Sabía que debía de armar una buena excusa a su llegada, ya que su señor le dio las órdenes explicitas de cumplir una insignificante misión, algo que quizás fue denigrante para el juez ya que únicamente él se sentía a gusto de cumplir trabajos de un rango aceptable y no uno al que hasta un simple soldado del último rango lograría cometer.

Más Hades fue estricto y aparentemente hubo una razón mucho más poderosa que lo llevó a obligar a Radamanthys en viajar hacia Italia como un único humano para no levantar sospechas en el proceso.

¿El trabajo? ¿Un simple capricho de Alone? ¿O el deseo de hallar ese valioso objeto para Hades?, a la verdad ya ni entendía toda esa situación pero como un fiel súbito solo acató las órdenes de su amo.

— ¿Ya llegamos? —Preguntó la vocecilla infantil que no dejaba de seguirle el paso al imponente hombre—. De verdad estoy muy cansada de seguir. ¿Me llevará a un lugar bonito? ¿Por qué seguimos por este camino? ¿Tendré una casa nueva? ¿Y qué hay de los demás que se han quedado en el pueblo? ¿Por qué me trajo?

El rubio frunció el ceño. Estaba cansado de oír parlotear a la pequeña de cabellos negros y mejillas pecosas, tampoco supo por qué esa niña le siguió aun a pesar de que fue él quien destruyó el pueblo donde ella vivía.

Ambos siguieron por un sendero en medio del bosque, tampoco habían avanzado mucho aparentemente debido a que las hectáreas extensas de dicho lugar provocaban que cualquier individuo se perdiera en el transcurso y, en ocasiones causarles ilusiones falsas.

—Señor Radamanthys—nuevamente habló la menor, se limpió el mentón con una mano y con la otra se sobó uno de sus pies. Lo peor de caminar es cuando no se trae algún calzado—; ¿podemos descansar?

Más el juez siguió de largo puesto que deseaba deshacerse urgentemente de aquella chiquilla sucia, no es como si un espectro fuera el adecuado para ser solidario con una incompetente mocosa pero a diferencia de todos sus camaradas…, él sí poseía un lado bastante trivial. No obstante, a unos seis metros, Radamanthys se detuvo nuevamente solo para evitar que su traje elegante se ensuciara puesto que no usaba su armadura en esos momentos.

No recordaba cuánto tiempo transcurrió pero ya la noche estaba encima de ellos; observó el cielo estrellado así como el oír los sonidos que emitían los animales del bosque aunque le extrañó el no oír a la mocosa. ¿Acaso por fin se desasió de ella? Indiferente a creer que jamás la vería, miró de soslayo hacia atrás con el fin de no presenciarla.

Y entonces su conciencia lo atacó nuevamente. Allí estaba el motivo por lo que dejó que esa pobre huérfana le siguiera los pasos, su mente le azotó por su miserable forma de actuar así como Wyverm que al parecer reclamó por esa cruel manera de su amo.

—Valentine debió llevar a cabo este trabajo.

Gruñó indignado por sí mismo al darse la vuelta para buscar a la pequeña lo cual no le tomó tanto tiempo puesto que la infante se quedó dormida apoyando su cabecita sobre una roca. Radamanthys suspiró. Se quitó el abrigo y cubrió el cuerpo de la chiquilla sin saber qué hacer exactamente.

Tampoco debía de retrasarse puesto que tenía que estar presente para la Guerra Santa. Menos aún en dejar a la mocosa expuesta en un lugar sombrío, donde podía quedar expuesta a manos de algún ser perverso.

—Espero que el señor Hades no se de cuenta de ti a mi regreso—musitó, tomó el cuerpo y lo echó al hombro para llevarlo consigo a su templo—; más aún si la señorita Pandora no nota tu presencia.

A decir verdad, Galia le recordaba demasiado a Pandora sin las pecas en la cara. O era quizás el amor que él profanaba a su señora lo que le llevó a sentir un extraño interés sobre la menor… De esos sentimientos que en un hombre se le llama paternidad. E irónicamente dándose cuenta que le ocurrió en un día cualquiera.