Disclaimer → Twilight pertenece a Meyer y la idea a amatista1986. Yo solo la he redactado con mis palabras.
Capítulo IV – Primer día
Sea lo que fuere, no podía ser nada bueno. Y por eso, ella iba a proteger a Edward de todo mal.
Porque ella ya lo apreciaba como a un verdadero amigo.
Al día siguiente lloviznó toda la mañana. No salieron de la casa y se dedicaron a poner a Bella al día de todo lo que una humana debía saber, desde el uso del televisor, un teléfono móvil, una cámara, una radio, una calculadora, ¡hasta un bolígrafo! Casi se rió de ella al ver su cara de asombro al presionar el bolígrafo y ver que escribía.
Edward le dio también unas clases generales de un poco de todo. Geografía, Historia, Matemáticas, Literatura, Biología, Química, Física...
Bella demostró ser capaz de arreglárselas bastante bien en la mayoría de las asignaturas, así que Edward se dio por satisfecho. La luna salió al fin y Bella esperó nerviosa la llegada del día siguiente, en el que por fin iba a mezclarse con los demás compañeros de Edward.
Por fin, tras casi doce horas, llegó el esperado día de Bella. Edward, al contrario, no quería llevarla al instituto. Estaba lleno de asquerosos adolescentes hormonales que no harían nada más que babear al verla.
''¿Y acaso no eres tú uno también?'' le espetó su conciencia. ''Yo soy diferente'' le respondió Edward.
A primera hora de la mañana, Bella y Edward se levantaron al respectivo toque de los relojes de sus habitaciones. El ángel se levantó nerviosa, sobre todo porque sabía que cuando estaba nerviosa se volvía torpe, pero eso la ponía aún peor.
Cogió el uniforme del instituto, descolgándolo con cuidado de la percha. A ver si ahora con su mala suerte rompía una de las costuras y tenía que llegar tarde el primer día para arreglarlo. Lo contempló con atención, y no pudo evitar pensar que era bastante feo. Lo componía una camisa blanca y una falda escocesa de color negro y caqui, todo conjuntado con una chaqueta de traje, estrecha, de color caqui. Lo único que se salvaba eran los zapatos de cuero negros, planos, cómodos, decorados con una hebilla plateada. No era lo que más le apetecía ponerse en aquel momento, pero no había otro remedio.
Se metió en el baño con el uniforme en la mano. Procuró tranquilizarse y decirse que no podía ser tan malo. Solo era el primer día de instituto. Nada más. Solo era el primer día en un lugar que no conocía, rodeada de gente que no conocía, que podía estar controlada por demonios, y solo era un nuevo entorno al que adaptarse. Nada, no era nada, se dijo a sí misma.
Con Odette había asistido a varios días importantes en la vida de su protegida. Su primer día de colegio, de instituto, de universidad... Pero no era lo mismo que experimentarlo por sí misma. Siempre había una gran distancia entre la teoría y la práctica, tal y como lo demostraban sus odiadas matemáticas.
Procedió suspirando a lavarse la cara y a ponerse el uniforme, de su justa talla. Se contempló con el ceño fruncido la inmensa mata desordenada que era su cabello y trató de adecentarlo un poco con el cepillo. Con un pasador de carey se recogió el cabello de la parte de delante hacia atrás, para evitar que se le echara sobre los ojos. Se miró en el espejo y contempló con gesto crítico el peinado, pensando en sí duraría hasta el final de clases. Luego se encogió de hombros y salió del baño, decidiendo que no importaba. Cogió la mochila que reposaba a los pies de su cama y bajó a desayunar con Edward.
Éste estaba preparando el desayuno. La saludó con una sonrisa y ella le correspondió con otra. Ambos tomaron el desayuno en un silencio cómplice, pero ligeramente incómodo. Edward no sabía qué esperar de un ángel que iba a empezar el instituto, y Bella seguía nerviosa, sintiéndose especialmente torpe.
Al terminar, Bella fue a dejar un poco de agua y pienso en el comedero de Jacob, que aún la miraba desde su privilegiada posición en el cesto que tenía Edward en el salón para que durmiera. Cogió otra chaqueta para protegerse del frío y se reunió con Edward en la puerta.
Frunció el ceño al ver que se había vuelto a poner aquellas horribles gafas de culo de botella, que le desfiguraban completamente los ojos y la cara. Le sentaban fatal y se las ponía a pesar de que parecía no necesitarlas. No se las había puesto en todo el día de ayer ni las había echado de menos. ¿Por qué se las ponía entonces?
Decidió no preguntar, llegando a la conclusión de que si era algo importante ya se lo contaría él más adelante.
Desgraciadamente, ya sea por destino, azar o simple casualidad, se encontraron con la señora Mallory justo antes de entrar en el coche.
Lydia Mallory era, según Edward, la ''jefa'' de la ''Asociación de Señoras Entrometidas de Forks''. La ASEF, para abreviar. Se lo había ganado a pulso. No había chismorreo del que ella no estuviera enterada, no había rumor que no hubiese pasado por sus labios, siempre pintados de un horrible rosa chicle.
Aquella mañana no fue diferente. Los ojos maliciosos, repasados varias veces con un rímel exagerado, contemplaron a Edward y a Bella mientras él la ayudaba a subir al Volvo, abriéndole caballerosamente la puerta. Se acercó a ellos haciendo resonar sus tacones sobre la acera.
—¡Oh, Edward, querido! —Aquel era un detalle que el aludido detestaba: la señora Mallory siempre lo llamaba ''querido'', sin importar que él le dedicara una discreta mueca de incomodidad—. ¡Qué bueno verte tan temprano por la mañana! Y... tan bien acompañado. ¿Quién es? ¿Es una nueva compañera de curso?
—Sí, señora. Me llamo Bella Swan —respondió, usando el apellido que Aro le había dicho que a partir de ahora sería el suyo. Le ofreció la mano a Lydia, que la observaba con ojos bien abiertos. A Edward le pareció que la examinaba con ojo crítico. Al estrecharlos, el muchacho se dio cuenta de que pensaba que no era nada del otro mundo, una chica bastante normalita, aunque tuviera su encanto. Casi quiso reírse, pero hubiera quedado muy raro y apretó los labios.
—¡Encantada, querida! Y, perdona que te pregunte, ¿cuánto tiempo vas a quedarte?
—Al menos hasta que termine el curso. Y después me iré a la Universidad que vea mejor —sonrió el ángel.
—Muy bien, muy bien. ¿Dónde te estás quedando? ¿Has venido con tus padres? Tal vez sería adecuado que un día de estos vengáis a mi casa a cenar.
Edward pensó que ya era pasarse de la raya. Bella no parecía tener la intención de cortar con la cháchara de la señora e iban a llegar tarde. Decidió intervenir.
—Mire, señora Mallory —la aludida le miró con interés—. Se lo diré porque siempre ha sido muy amable conmigo.
Bella abrió los ojos alarmada y le pegó un discreto pisotón a Edward, que no pareció haberlo notado. ¿Acaso iba a delatarla? ¡Pues iban bien! Ella, jamás de los jamases, se pondría en evidencia.
—El padre de Bella está de viaje de negocios y ella no podía quedarse sola en Chicago. Y como nuestras familias se conocen, mi madre decidió que podía venirse a vivir conmigo hasta que terminara el año.
Parecía tan serio, tan sinceramente afligido, como si esperara la desaprobación de la señora Mallory, que hasta Bella le hubiera creído nada más verle la cara.
—¡Oh, por supuesto que lo comprendo! —su expresión se tornó maliciosa al comprender que había sido la primera en recibir a la nueva del pueblo, además de la historia que había detrás—. Pero, ¿y tu madre, querida?
—Desapareció cuando yo era una niña —esta vez fue el turno de Bella actuar. Bajó la cabeza y fingió estar sumamente triste.
—¡Lo siento mucho, querida! Y... ¡Oh, vaya! Son ya casi las ocho. Bueno, muchachos, ustedes váyanse al instituto, yo también tengo unos asuntos que atender. ¡Hasta luego y bienvenida al pueblo, Bella!
—Gracias, señora Mallory.
Se subieron al coche y se despidieron de la mujer, que ya saboreaba las mieles que le otorgarían el nuevo chisme.
Una vez el coche arrancó y perdieron de vista a Lydia Mallory, Edward y Bella prorrumpieron en estruendosas carcajadas.
—¡Oh, Edward, no sabía que fueses tan buen actor! —exclamó Bella entre lágrimas de risa.
—Lo mismo digo, Bella. Aunque me dijiste que los ángeles no mentían, ¿no? —sonrió él, controlándose.
—Una pequeña mentira piadosa por el bien de mi misión. ''El fin justifica los medios'' —recitó Bella aún riendo.
—Cierto.
—Pero, ¿por qué se lo contaste a la señora Mallory?
—Porque tarde o temprano todo el pueblo se hubiera enterado. Y qué mejor que se entere por medio de la jefa de la ASEF.
—Perfecto, justamente lo que yo quería: llamar la atención de todo el pueblo –ironizó–. ¿Qué es la ASEF?
—Asociación de Señoras Entrometidas de Forks —Edward le guiñó un ojo, provocando las risas de Bella de nuevo.
Al llegar al instituto se habían calmado. Atrajeron las miradas mientras caminaban al interior del edificio, y los murmullos se extendieron a su paso, propiciados por chicas envidiosas.
—Mírala, ¿cuántos botes de crema crees que se habrá gastado?
—Ni un sólo grano, eso es imposible...
—No, mejor mírale el pelo. Pedazo nido de pájaros...
—¿Por qué irá con Masen? ¿Cómo es que conoce a ese asqueroso perdedor?
—Imposible. Le habrá pedido que le indique el camino, nada más...
Así continuaron hasta la entrada. Bella estaba sonrojada por la atención que estaban llamando, pero se esforzaba por caminar lo mejor posible y no tropezar. No tuvo demasiada suerte. Justo cuando creía que lo había hecho bastante bien para ser su primer día, tropezó con el molesto escalón de la puerta.
La cara (estaba segura) se le había puesto como un tomate demasiado maduro. Oyó risitas disimuladas a su alrededor y la mano amable de Edward apareció en su campo de visión.
–¿Estás bien?
–¡Claro que sí! –respondió, levantándose de un salto.
Las risas quedaron lejanas en el mismo momento en que entraron por la puerta del instituto. Como todo un caballero, Edward le abrió la puerta a Bella y la dejó pasar primero. Pasaron por secretaría para recoger el horario del ángel, mientras los demás alumnos miraban con curiosidad a los recién llegados.
—Eres nueva, ¿verdad, querida? —preguntó mientras imprimía el nuevo horario de Bella.
—Sí, señora. Acabo de llegar al pueblo.
—Bienvenida, cariño. Espero que te sientas muy a gusto con nosotros.
—Gracias.
Se giró para recoger el horario de Bella y lo agitó para secar la tinta. Se lo recortó con unas tijeras y se lo entregó al ángel junto a un mapa, indicándole por dónde debía ir.
Bella le agradeció el gesto con una sonrisa y se marchó con Edward.
—¿Cuáles son tus clases? Deja que las compare con mi horario —preguntó Edward mientras sacaba su horario.
—Pues... A primera hora Literatura, Geografía a segunda, Historia... Después el almuerzo, Biología, Trigonometría y Gimnasia —masculló Bella—. ¡Menuda maravilla! Matemáticas y deportes en un solo día.
Edward se rió mientras revisaba su horario y lo comparaba con el de la chica.
—Si quieres te ayudaré con las matemáticas en casa.
—¿En serio? Deberás tenerme más paciencia que un santo —aseguró Bella alzando las cejas.
—¿Crees que bromeo? Sabes que puedo explicártelo perfectamente. A menos, claro, que... prefieras copiar —le ofreció él con el mismo gesto. Bella negó con la cabeza, risueña.
—Te arrepentirás enseguida —murmuró Bella, aunque Edward no la oyó.
El joven le devolvió el papelito impreso a Bella.
—Bueno, lamentablemente solo coincidiremos en Biología y Trigonometría. Pero creo recordar que Alice tiene casi las mismas clases que tú, y alguna compartirás con Jasper, me imagino.
—¿Qué clase te toca a ti?
—Historia, con Jasper. Mejor vayámonos ya. El edificio tres queda a la izquierda, no creo que te pierdas —le indicó Edward sonriendo.
—¡Claro! Nos vemos en el almuerzo, traidor, que tan rápido quieres que me vaya —se despidió Bella.
El muchacho solo rió. Bella se le quedó mirando, preguntándose cuando se quitaría esas gafas que obviamente no necesitaba.
Decidió irse antes de llegar tarde el primer día.
Conforme avanzaba hacia su primera clase, Edward fue perdiendo su sonrisa. Cuando llegó por fin a donde le estaba esperando Jasper, éste le preguntó pícaramente:
—¿Cómo te lo pasaste en el paseo de ayer, Edward?
—Oh, vamos, no seas malpensado. No me molestes tan temprano.
—Tienes razón —se rió su amigo—. Ya me lo contará Bella. Por cierto, ¿dónde está?
—Tenía Literatura.
—¿Con Alice? —tanteó Jasper.
—Supongo.
Entraron y se sentaron en el mismo pupitre, como siempre, en una de las esquinas de la clase. Siguieron comentando banalidades entre ambos, pero entonces se les acercó Emmett McCarty... de nuevo.
—¿Qué tal, cuatro-ojos?
Edward no se dignó ni a mirar siquiera a su compañero de estudios, que de nuevo había prescindido del uniforme y se había presentado con una chaqueta de cuero y unas botas militares.
—¿Sabes? Dicen que hay una chica nueva en el instituto. Me han dicho que es tan guapa como un ángel.
''Si tú supieras...'' pensó Edward para sí.
—Todo el mundo... cuenta que le has estado indicando el camino esta mañana. Pobrecito Eddie, seguro que se había hecho ilusiones. Siento destrozártelas, pero... Es chica va a salir conmigo y no va a mirarte dos veces siquiera —finalizó Emmett riéndose.
Otros dos amigos suyos, Mike y Tyler, le corearon como dos hienas. Edward le miró, con cara de póker. Al final, los tres se marcharon de nuevo, dejándolos solos.
—¿Por qué no les has dicho que Bella vive contigo? —inquirió Jasper divertido.
—¿Por qué no dejar que se caído solo de su nube? O mejor, ¿por qué no dejar que sea Bella quien le empuje? Así la caída será más dura —rió Edward.
—Tienes razón —concedió Jasper riendo con él.
Lauren se acercó entonces a ellos, apoyándose en el pupitre para mostrar su escote.
—Bueno... Edward, ¿me dejarás los deberes? Ya sabes, para que los copie.
El muchacho, que desde el sábado se sentía diferente, más valiente, negó con la cabeza inocentemente.
—¡Lo siento mucho, Mallory! Pero ya le había prometido a Alice que compararía los resultados con ella. Lo siento de verdad.
Lauren se irguió y miró a Edward desde arriba.
—¡No cumplir con lo prometido no es de caballeros! —le espetó.
—Que yo recuerde —intervino Jasper—. Edward no te prometió nada. Dijo que lo haría, pero se le olvidó que había quedado con nosotros primero.
—El profesor está a punto de entrar. ¿Por qué no vas a tu sitio?
Lauren enrojeció y se retiró, humillada. Jasper miró a Edward asombrado.
—¡Bien hecho! Ya era hora de que la pusieras en su sitio. Ya verás, Alice va a dar saltos de alegría.
—Sí, ya lo sé. Pero, no entiendo porqué, me siento diferente. Más... fuerte.
Jasper sonrió.
—Lo he notado. ¿No será por Bella? —preguntó arqueando las cejas.
—¡No digas tonterías, Jasper! —repuso Edward mientras enrojecía.
Pero pensó que su amigo seguramente tendría razón. Vivir con un ángel... Tendría que sacar lo mejor de él, ¿no?
Mientras, con Bella...
El ángel, a pesar de lo pequeño del instituto, había confundido las indicaciones de Edward. Ella aún se orientaba según las enseñanzas de la Ciudad, es decir, por norte, sur, este y oeste. Había relacionado la izquierda con Este, pero, obviamente, se había equivocado. Y por otro lado, el mapa que le había dado la secretaria no tenía ni pies ni cabeza. Lo contemplaba con el ceño fruncido mientras esperaba alguna indicación de dónde podía estar el edificio tres, hasta que chocó con alguien.
Se cayó hacia atrás y una desagradable voz, demasiado aguda, le espetó:
—¡Mira por dónde vas!
Era una chica rubia, con un escote de infarto y unos increíbles zapatos de tacón aguja. Se marchó contoneando las caderas y Bella la miró sorprendida: ¿tanto había cambiado el mundo desde que cuidaba a Odette? ¿De verdad se habían perdido las buenas costumbres y la educación?
—No le hagas caso. Siempre es así.
Era Alice. Le sonreía amablemente y le tendía la mano. Bella la aceptó y le sonrió a la amiga de Edward.
—Buenos días, Alice.
—¡Buenos días para ti también, Belly-Bells! No dejes que esa amargada de Jessica te estropee el día.
—No lo haré —sonrió Bella.
Alice, alegremente, le quitó el horario a Bella.
—¡Tienes Literatura, como yo! Venga, vámonos. Ya casi va a sonar el timbre y el edificio tres está en la otra punta. Por cierto, ¿cómo has llegado hasta aquí? Edward suele aparcar muy cerca de allí.
—Pues... meheperdido —musitó muy rápido, avergozada.
Alice la entendió de todas maneras, debido a su propia costumbre de hablar muy rápido, liando las palabras, pero no se rió de ella.
—Sí, ese condenado mapa que dan no siempre es muy claro... Me pasó lo mismo el primer día.
Bella la miró con curiosidad mientras se encaminaban con rapidez de vuelta al edificio tres. Apenas quedaba gente en el parking y muchos se apresuraban a sus respectivas clases.
—Pero... ¿tú no has vivido siempre aquí?
—No. Me mudé con mis padres cuando tenía quince años, un poco después de que llegara Edward. Él llegó con dieciséis, creo. Estaban hartos de tanta ciudad y mi madre se hallaba al borde de un ataque por aquellos días. El médico le recomendó reposo, mucha calma y tranquilidad, y... ¡Voilá! Aquí nos tienes.
—Comprendo —asintió Bella, aunque sentía curiosidad por la madre de Alice.
Llegaron al edificio tres y entraron en la clase. El profesor ya se encontraba allí, pero no las castigó ni les dijo nada.
Personalmente, a Bella le pareció un castigo que le obligara a presentarse a todo el mundo. Para colmo de males, tropezó con la correa de una mochila mientras corría a ocupar la silla que había al lado de Alice.
Las risas fueron acalladas por el profesor, pero Bella se sentía observada y le ardían las mejillas. Afortunadamente, mientras iba avanzando la clase, los demás alumnos se fueron olvidando de ella.
Bella respiró aliviada al darse cuenta de que podía sobrevivir en aquel entorno. Ya había pasado tres horas en el instituto y no le había ido nada mal. Solo el profesor de Literatura la había obligado a presentarse a la clase e Historia y Geografía se le daban francamente bien. Ahora se dirigía con Alice a la cafetería, para comer con Edward y Jasper, que las esperaban allí.
—¡Buenos días, Eddie! ¡Jazz!
—Ya son buenas tardes, Alice —le corrigió Edward.
—¡Bah! ¡Vamos, Bella! Eres un poco lenta, ¿no?
—O tú eres demasiado hiperactiva —le replicó Bella sonriendo.
Los cuatro entraron en la cafetería, con Bella en la retaguardia. Cuando iba a entrar, una mano le obstruyó el camino. Bella la analizó como le habían enseñado en la Ciudad.
Una mano grande, de hombre. Uñas cortas, mordisqueadas, mal cuidadas: una persona nerviosa, con poco interés por la higiene de sus manos. Pequeños callos, ya duros: habituado al trabajo manual, tal vez de algún deporte, pero definitivamente no se debía a la escritura. Un corte y una quemadura, ¿a qué se deberían? Un pequeño tatuaje en la muñeca, con la imagen de un serpiente en espiral; lo que los humanos definían ahora como rebelde.
—Buenos días, preciosa.
Bella sintió el instintivo impulso de fruncir el ceño y decirle que se apartara.
—Buenas tardes —le respondió mirándole.
Un muchacho alto, de grandes músculos, imponente, avasallador. Cabello rizado, con grandes cantidades de gel, dos pequeños hoyuelos en las mejillas y unos ojos azules chispeantes, burlones y maliciosos, pero no crueles.
Se debía de haberle quedado mirando más tiempo del normal, porque Emmett echó la cabeza hacía atrás y rió.
—¿Te gusta lo que ves, nena?
Enrojeciendo al darse cuenta de que estaba atrayendo la atención de la gente y de que Edward la miraba con intensidad, trató de pasar.
—Perdona, pero me están esperando. ¿Me dejas pasar?
—No, aún no. Creo que no hemos empezado bien. Me llamo Emmett McCarty. ¿Y tú?
—Bella Swan, encantada. Ahora si me dejas pasar...
''Se está haciendo la difícil'' rió Emmett internamente, convencido de que iba a caer en sus brazos.
—Supongo que me habrás visto, estaba en tu clase de Historia. Me has parecido la chica más guapa del lugar y he querido conocerte. Deduzco que te habrás fijado en mí.
—No, lo siento, lo cierto es que no. Acabo de empezar a conocerte —repuso Bella hastiada—. ¡Déjame pasar ya, por favor!
—Aún no he terminado —dijo molesto.
Una mano dio dos pequeños toques en su hombro. Enfadado, se dio la vuelta y miró a Edward.
—McCarty, ya te ha dicho que la dejes pasar —dijo el muchacho, más frío que de costumbre.
—¡No te metas en esto, gilipollas!
—¿Gilipollas? ¿Por qué te insulta, Edward? —preguntó Bella asombrada de que alguien pudiera llevarse mal con su protegido. No era la máxima expresión de la amabilidad, pero no era mala persona. Muy generosa, de hecho.
—¿Edward? ¿Le llamas por su nombre? Entonces le tendrás confianza, ¿eh? Habrás visto entonces que es un perdedor y que deberías juntarte con otros.
—Gracias por el ofrecimiento —replicó Bella secamente—. Pero prefiero estar con gente con un coeficiente intelectual por encima del 0.
No era un insulto propiamente dicho, pero Emmett supo captar el deje levemente despectivo. Furioso, perdió el control y cogió del brazo al ángel.
Edward vio en primera fila cómo a Bella le surgía un escudo blanquecino de la piel y Emmett retiraba la mano espantado, como si se hubiera quemado.
—Espero sinceramente que se te haya quitado la absurda idea de volver a tocarme sin mi permiso, ¿lo entiendes o te hago un dibujito? —le espetó Bella con crudeza.
Emmett se sujetaba la mano y rechinaba los dientes. A Edward le parecía que guardaba un ridículo parecido con los malos de las películas cuando le dicen al héroe: ''Volveré''. La gente aún seguía mirándoles, pero poco a poco se iban dando la vuelta, para observarlos más discretamente.
—¡Muy bien, Bella! Ese idiota necesitaba que alguien le pusiera en su sitio —le felicitó Alice, casi saltando.
Jasper le sonreía, convencido de que la chica era la pareja ideal para su amigo. El problema era: ¿a Bella le gustaba Edward? Le tenía cariño, sin duda, pero ¿dónde acababa la fraternidad y empezaba la atracción? ¿Bella se hallaba cerca o lejos de ese límite?
Se dirigieron a comprar el almuerzo, y mientras Alice dudaba entre una ensalada de frutas o una de pollo, Edward susurró, sin inclinarse hacia Bella para no atraer sospechas.
—¿Qué fue lo que ocurrió con McCarty? Creía que solo podías usar tus poderes conmigo. Me siento decepcionado de haber perdido ese privilegio —bromeó—. Estoy seguro de que el orgullo de McCarty ahora mismo debe estar descansando en paz.
Bella se rió discretamente para no llamar demasiado la atención.
—No usé mis dones —explicó—. El Padre nos dio una protección especial. Ningún ángel puede ser agredido por ningún humano, ni físicamente ni psicológicamente. Se espera que todos los ángeles sepan defenderse en el segundo plano, por supuesto.
—Comprendo —respondió Edward sorprendido—. Pero eso no me lo explicaste la otra vez. Y entonces... ¡no te podían haber atacado los ladrones! ¡¿Me mentiste aquella vez en el bosque?
—¡No grites! Y no te mentí. Solo... se me olvidó mencionarlo —aclaró esbozando una sonrisa inocente.
—Ya, seguro —replicó Edward riendo entre dientes—. Pero, ¿cómo explicaremos las heridas de McCarty?
Fue el turno de Bella para reír, mientras se acercaban a elegir.
—Hum... Quiero una manzana y un sandwich de atún —pidió mientras sonreía a la chismosa mujer que la estaba atendiendo y que la miraba sin pudor alguno—. Gracias —le dijo tras coger lo que había pedido.
Edward, que había pedido un trozo de pizza y un refresco, insistió en saber lo que ocurriría con Emmett. Siguieron a Jasper y Alice a través del comedor, ya que la muchacha había ido corriendo con la bandeja para acomodarse en la mesa que había elegido.
—En realidad el escudo solo pudiste verlo tú, por ser mi protegido. McCarty tampoco lo vio, pero sintió su presencia, como si fueran llamas. La herida no está infligida en su cuerpo, sino en su alma, en su espíritu.
—¿En su espíritu? —repitió Edward.
—Cada vez que alguien realiza una mala acción, cada vez que siente odio, rencor, envidia, es un daño que se está haciendo a sí mismo, ¿comprendes? El espíritu se resiente por ello, se va haciendo más y más pobre, y pierde mucha fuerza. Aclarando, yo no le he herido en el espíritu. Más bien he curado el daño que se ha causado a sí mismo sintiendo rencor hacia mí. El escudo ha sanado las heridas de su alma. Por eso, el dolor que siente es siempre proporcional a la magnitud de la fuerza de sus sentimientos. Sin embargo, lo que haga después de esto ya no es cosa mía ni de nadie. Seguramente ha vuelto a dañarse al enfurecerse cuando ha sentido que lo humillaba, pero yo no puedo contra eso.
—¿No sería entonces inútil lo que has hecho por él? ¿Por qué Dios nos dio sentimientos entonces?
—Olvidas que Él, lo que los humanos llaman Satán, Lucifer o el Demonio, también tuvo que ver en la creación. ¿Por qué entonces hay humanos que matan sin necesidad? ¿Por qué hay odio, guerras? O, yendo a un plano más natural, ¿por qué hay terremotos, volcanes que destruyen el hábitat de los animales que viven en él? ¿Por qué no es todo blanco y negro, por qué está el color gris? La creación es obra de la ''colaboración'' —hizo unas comillas en el aire— del Padre y de Él. Por eso nada es blanco y negro, sino gris. Si decides ser más claro o más oscuro, es decisión tuya, pero nunca eres totalmente malo, ni totalmente bueno. El ying y el yang lo explica muy bien. Aunque todo sea blanco, o negro, siempre hay algo del otro en cada uno de ellos. Solo el Padre es totalmente blanco, y solo Él es totalmente negro, ¿comprendes? Los sentimientos también son así. La alegría, la felicidad, el altruismo, la generosidad y todo lo bueno lo creó el Padre, pero la ira, la envidia, el odio, el miedo lo creó Él.
—Entiendo —musitó Edward mientras meditaba las palabras del ángel.
Llegaron a la mesa donde les esperaban unos ansiosos Alice y Jasper.
—¡Hasta que al fin llegáis! ¿De qué estabais hablando? —inquirió mirando alternativamente a ambos.
Bella se removió incómoda mientras cortaba el sandwich con manos ligeramente temblorosas. Edward comprendió que no había medias tintas en lo que acababan de hablar y que sería incapaz de mentir en condiciones.
—Bella me estaba hablando de cómo estaba su padre. Hace tiempo que no lo veo y le estaba preguntando.
—Ah. ¿Cómo está?
Bella procuró ser lo más sincera posible.
—Muy bien, pero últimamente está algo deprimido.
—Oh, lo siento. No debí preguntar.
—Nada, no me ha molestado.
Jasper miró a Bella.
—La última vez no tuvimos mucha oportunidad de conocernos. Dinos algo más de ti. ¿Cuáles son tus aficiones?
Alice se alzó prontamente a protestar.
—¡Así no es divertido, Jazz! ¿Por qué no jugamos a las veinte preguntas? Nosotros hacemos una pregunta, Bella la contesta; ella pregunta, nosotros respondemos.
—Suena bien —asintió el ángel.
—¿Por qué no? —dijo Edward encogiéndose de hombros.
Alice juntó las manos debajo de su barbilla y miró a Bella con una sonrisita ladeada.
—Empiezo yo. Vamos a ver...
—¿Por qué no mejor comienzo yo? Vosotros me hicisteis muchas preguntas la última vez, ya me toca a mí.
Jasper asintió de acuerdo y Alice accedió, reticente.
—Empecemos. ¿Cuáles son vuestras aficiones? ¿Qué os gusta hacer en vuestro tiempo libre?
—A mí me gusta ir de compras y ver la televisión —admitió Alice, un poco avergonzada—, sobre todo dibujitos animados. No puedo evitarlo, me encantan, sobre todo las series japonesas. Por otra parte, diseño ropa cuando estoy inspirada.
Jasper sonrió.
—No creas que las musas de Alice tienen un horario fijo. Aparecen a cualquier hora, y si eso incluye hacer una pequeña anotación rápida de un vestido en una hoja de actividades que hay que entregar al profesor, lo hace sin dudar.
—Fue un caso aislado —repuso la aludida con aplomo.
Jasper se rió, pero no le respondió.
—Yo prefiero, en cambio, dar paseos, correr, escuchar música y practicar con mi guitarra. A veces también me gusta dibujar...
—¡Y lo hace de maravilla! —apostilló Alice.
—Gracias. Pero dibujar no me apasiona. Me gusta como hobby, pero no viviría de ello.
Edward levantó las cejas al ver que le miraban.
—Todos sabéis ya lo que me gusta. No tiene sentido que lo repitamos y también sabemos lo que a Bella le gusta hacer en su tiempo libre. ¿Por qué no le hacéis una pregunta diferente?
—Está bien.
Alice hizo un puchero y rodó los ojos, incitando a Bella a reír a carcajadas. No lo hizo, pero sonrió ampliamente como no lo hacía desde hacía tiempo. Le dolía la cara de tenerla estirada, pero era un dolor que le gustaba.
—Bueno, Bella, ¿cómo se llaman tus padres?
—Mi padre... —Edward se preguntó qué se inventaría para responder a esa pregunta peliaguda. Según sabía, Dios no tenía nombre, pero...— se llama Carlisle. Mi madre se marchó al nacer yo y nunca supe cómo se llamaba.
—Oh, lo siento.
Edward le miró con fijeza y Bella resistió el impulso de rodar los ojos. Quedaba muy claro que desconfiaba de su respuesta, pero ya tendría tiempo de explicarle, ya en casa, que Carlisle significaba ''desde la ciudad amurallada''. La Ciudad estaba recubierta por una cúpula que impedía el ataque de Ellos, de modo que se entendía que el Padre era alguien que la vigilaba ''desde la ciudad amurallada''. Le había parecido el nombre más razonable, en todo caso.
El papel de su madre lo había ocupado el ángel que la encontró cuando despertó por primera vez en la Ciudad. Era de figura femenina, casualmente, y la había llevado amablemente al Registro. Después había desaparecido, se había marchado, y Bella no supo más de ella. Básicamente eran verdades distorsionadas, jamás del todo mentiras. Ella era incapaz de mentir, se le daba muy mal fingir. Pero se decía que los ángeles guerreros sí sabían actuar y hacían lo que hiciese falta por conseguir su objetivo.
—Pues mi madre se llama Elle, y mi padre, Jonathan. Unos apasionados de ''Alicia en el País de las Maravillas'' —rió Alice mientras guiñaba el ojo—. Pero no de la nueva película de Tim Burton, aunque es muy buena, por supuesto, sino del libro de Lewis Carroll.
—Mi madre es Christine Whitlock y mi padre Adrian —contestó Jasper.
—¡Te toca a ti hacer la pregunta, Bella! —exclamó Alice.
—Pues... ¿qué queréis hacer en cuanto salgáis del instituto?
Jasper se puso una mano en la barbilla.
—Sinceramente... Yo quiero hacer muchas cosas. Quiero viajar y visitar a mi tío favorito en Italia, desde que se mudó no lo he visto demasiado. Y después querría estudiar en Harvard, o en Dartmouth. Aún no lo tengo muy claro, pero creo que me decantaré por Psicología o Psiquiatría. Realmente no he pensado en otra cosa.
Alice parecía ansiosa por tener el turno de palabra.
—¡Yo quiero viajar y conocer el mundo! No me reduciré a un solo país, yo conoceré lugares exóticos. Quiero ir a Francia, a Finlandia, a Suiza, a la India, a Egipto, a China (siempre he sentido curiosidad por saber si es verdad que todos los chinos son iguales), a Argentina, a España, a Holanda, a Inglaterra, a México y a Siberia. Pero claro, todo eso lo haría después de haber estudiado mi carrera. Yo tengo un objetivo fijo y es estudiar Diseño de Moda en Harvard. ¡No admitiré nada menos! —exclamó Alice.
—Vaya, Alice —comentó Edward sorprendido—. Comprendo que quieras ir a Francia, a Inglaterra o incluso a China, pero, ¿Siberia?
—Vivir una vida de esquimal durante una semana —afirmó Alice—. Sería una magnífica experiencia, ¿no?
—Lo será mientras no se te congelen los dedos y se te caigan —masculló Edward.
—Aguafiestas —gruñó Alice.
Jasper solo sonreía, divertido, y miraba de reojo a Alice de vez en cuando. Bella vio esas miraditas y no pudo evitar sonreír también. ¿Qué habría de malo dar un empujoncito a esos dos? Ya planearía algo.
—¿Y tú, Bella? ¿Qué quieres hacer?
El ángel lo pensó detenidamente antes de contestar. Si la misión se alargara por espacio de varios años más...
—Me gustaría estudiar algo en lo que pudiera ayudar a la gente. Quien sabe, Medicina o Enfermería...
Una sensación de déjà vu. Había oído, dicho o hecho algo similar antes, pero ¿cuándo? En la Ciudad no había nada similar, los ángeles no necesitaban médicos...
Se puso la mano en la frente, un poco impresionada aún, pero no dijo nada.
A ojos de Alice, Jasper y Edward, sin embargo, se había quedado pálida de repente e incluso parecía jadear un poco.
—¿Bella? ¿Te encuentras bien? —inquirió Edward preocupado, posando una mano en el hombro del ángel.
—Sí, perfectamente. Solo... Solo ha sido un mareo.
—¿De verdad? Podemos llevarte a la enfermería si quieres —dijo Alice preocupada.
—En serio, no es nada —insistió Bella.
Jasper interrumpió a Alice cuando estaba a punto de volver a presionar al ángel.
—Está bien, no te llevaremos a la enfermería, pero todos nos quedaremos más tranquilos si sales a tomar un poco de aire y te tomas algo con azúcar. A ver... ¿No te has empezado aún el refresco, Edward? Podemos dárselo a Bella. Se sentirá mejor.
—Claro.
Edward cogió la lata y condujo a Bella hacia el exterior, donde caía una suave llovizna. Jasper cogió la mochila de Bella y les siguió junto a Alice. Las miradas de los curiosos, la gran mayoría, le siguieron mientras salían a los patios. Bella respiró profundamente y se tomó la Coca Cola que su protegido le estaba ofreciendo. Alice la miraba con nerviosismo, y en su mente empezó a nacer una pequeña idea...
—¿Estás mejor, Bella? —preguntó Jasper.
—Sí, sí. Ya se me ha pasado. Por cierto, ¿qué hora es?
Edward miró su reloj para contestar.
—Ya es casi la hora de volver a clases. Creo que ahora toca clase de Biología, ¿no es así?
—Claro, pero creo que a mí me toca Historia con Jefferson y a Alice, Ciudadanía. Estaréis vosotros solos —dijo Jasper guiñando un ojo.
Bella se sonrojó fuertemente y Edward le dio un disimulado codazo a su amigo, que lo esquivó con la maestría que dan los años de experiencia, en tal caso, los años esquivando los codazos de Edward.
En el interior tocó la campana que anunciaba la vuelta clases. Edward y Bella se dirigieron juntos al edificio dos mientras se separaban de Alice y de Jasper, que los saludaron burlonamente con la mano.
La clase pasó rápidamente. El profesor Banner apenas dio una explicación muy superficial acerca del nuevo tema que iban a dar y puso unos cuantos vídeos en el proyector para ilustrar lo que había dicho. El profesor no obligó a Bella a presentarse a sus compañeros y el ángel tuvo el presentimiento de que ambos se llevarían bien.
Edward, mientras el profesor explicaba, arrancó silenciosamente una hoja de su libreta y le escribió una nota al ángel.
''Aburrido, ¿verdad?''
Bella, azorada, había cogido un bolígrafo y le había respondido:
''¡Edward! No es momento para notitas.''
''Cualquier momento es bueno. Sobre todo cuando está hablando Banner.''
''No digas eso. Es un hombre agradable.''
''No lo niego.''
''¿Entonces?''
''Habla demasiado lento... Y yo siempre escribía notitas con Jasper, cuando aún estaba conmigo en esta clase.''
Fue entonces cuando el profesor escogió para fijarse en lo que Bella estaba escribiendo.
—Señorita Swan —llamó—. ¿Le importaría traerme lo que está escribiendo, por favor?
Con claridad meridiana, Edward pudo entrever el fastidio del profesor al ver su clase interrumpida por la chica nueva. Ya se podía oler los problemas que le daría la nueva alumna, y Bella llegó a su mesa con la libreta sobre la que escribía las notitas.
Nervioso, Edward se mordió las uñas, pero el ángel parecía extrañamente tranquila.
El profesor se quedó en silencio mientras revisaba la libreta.
—Está bien, señorita Swan —anunció para sorpresa de todo el alumnado, que ya se olía un gran castigo para Bella—, puede seguir tomando notas. Es maravilloso ver que hay alguien interesado por mi asignatura.
Edward miraba asombrado mientras Bella volvía a la mesa con una pequeña sonrisa en los labios.
—¿Cómo lo has hecho? —susurró.
—He estado tomando apuntes, Edward. Lo que está explicando es muy interesante y le he enseñado las notas que tomé antes.
—Ah —musitó—. ¿Y qué has hecho con la nota?
Por toda respuesta, el ángel le mostró la manga de la chaqueta del uniforme, del cual asomaba un trocito de papel escrito.
Ambos se miraron con una sonrisa cómplice y escucharon al profesor durante lo que restaba de clase.
Volvió a tocar aquel timbre, de un sonido tan agudo que Bella se sorprendía al ver a la gente pasar junto a él mientras estaba tocando sin necesidad de taparse los oídos. Se reunieron con Jasper y Alice al lado de la taquilla de Edward, que se había detenido para coger los libros de matemáticas.
Bella estaba nerviosa ante la perspectiva de pasar una hora y media junto a sus odiadas matemáticas, puesto que además de no entenderlas, le daban dolor de cabeza cuando hacía un mísero intento siquiera de comprenderlas.
Se dirigieron, finalmente, hacia la única clase que compartían los cuatro juntos. Alice, Jasper y Edward se sentaron a esperar mientras Bella se iba a la mesa del profesor, un hombre cincuentón, calvo, pero de sonrisa amable, para que le firmara el justificante.
—Isabella Swan, ¿cierto?
—Sí, profesor.
—Muy bien, aquí tienes el justificante —Bella asintió, nerviosa, y se dio la vuelta para sentarse—. ¡Un momento, señorita Swan! —El ángel se quedó parada y miró al profesor de nuevo—. Quiero hablar con usted un segundo. ¡Muchachos! Mientras hablo con la señorita Swan, vayan sacando los libros y las libretas. Quiero revisar los ejercicios.
Los alumnos, refunfuñando algunos, empezaron a sacar los libros para repasar o terminar los ejercicios a última hora, sin creerse la suerte que habían tenido de que el profesor quisiera hablar con Bella.
En cuanto estuvo de nuevo lo suficientemente cerca del profesor, éste le preguntó:
—¿Qué tal se te dan los números, Bella? ¿Estabas en una clase avanzada en Chicago?
Avergonzada, la chica negó con la cabeza, y añadió:
—De hecho, las matemáticas se me dan bastante mal, profesor.
—Estoy seguro de que eres muy inteligente y que sabrás captarlo todo. Aún así, si estás preocupada, puedo pedirle a alguno de mis alumnos que te ayude en las horas libres. De hecho, creo que ya conoces al señor Masen, y él es uno de mis mejores alumnos. Tal vez, él podría ayudarte. ¿Estás de acuerdo?
Bella asintió vigorosamente, casi sin creer la suerte que había tenido.
—¡Claro que sí, profesor!
El hombre sonrió con indulgencia y le pidió a Tyler, que era quien ocupaba el sitio junto a Edward, que se moviera un par de puestos más adelante, para que el ángel pudiera acomodarse allí. El muchacho se levantó a regañadientes, molesto haber perdido la oportunidad para seguir espiando los exámenes de Edward.
Bella se sentó tranquilamente y empezó la clase. Afortunadamente, solo tomaron apuntes y corrigieron los ejercicios que se les había mandado el día anterior. Logró entender uno de los ejercicios con la ayuda de los silenciosos susurros de Edward y la mitad de otro. Decidió que ya analizaría más en profundidad los apuntes una vez que llegaran a casa.
A Edward, en cambio, le sorprendía la cara de concentración de Bella cada vez que analizaba uno de los ejercicios. Cualquier otro se hubiera dado por vencido, pero el ángel luchaba contra las dificultades que se le presentaban.
La hora pasó, sin embargo, muy lentamente, y cada minuto parecía convertirse en una hora. Tocó la campana que señalaba el cambio de clases y Bella se encontró con Alice a mitad de camino del gimnasio, después de separarse de Edward, que tenía clase de Literatura.
Pronto quedó patentado que Bella seguía siendo un desastre en todo tipo de actividades físicas. Luego de cambiarse en el vestuario junto con las demás chicas, el profesor les había explicado las bases del nuevo deporte que iban a trabajar: voléibol.
Con mucha suerte, Bella logró apartarse del camino de la gente para evitar accidentes y no se tropezó con nadie. Lamentablemente, la pelota parecía sentir un extraño gusto en estrellarse contra su cabeza, de modo que lo hizo repetidas veces. También resbaló con ella, y la única vez que la golpeó, la echó hacia atrás, rebotó contra la pared y dio, finalmente, contra la red.
Salió de clase molida y hecha polvo, acompañada de las miradas incrédulas de la entrenadora y sus compañeras de equipo. Alice se reía discretamente, con la mano en la boca, sin creerse lo torpe que era.
Se reunieron con Jasper y Edward en la puerta y se despidieron. Edward y Bella subieron al Volvo y emprendieron la vuelta a casa.
—Ha sido un día muy largo —suspiró Bella.
—¿Te ha gustado tu primera experiencia como humana? —rió Edward.
—No mucho, pero... en fin. Tampoco ha sido tan malo. Las matemáticas han sido la peor parte.
—¿Y McCarty? —preguntó Edward con curiosidad.
—Un pequeño altercado, nada importante.
Ambos sonrieron con complicidad. El resto del camino se amenizó con un poco de música clásica. Llegaron a casa hablando de cosas más banales y, tal y como lo hacía siempre, mientras Edward abría la puerta, Bella revisaba todo el perímetro con su percepción. Si hubiera ocurrido algo en casa durante el día, ella lo hubiera sentido, pero se sentía más segura haciendo una inspección circular.
Al entrar se dio cuenta de que Jacob estaba muy inquieto, y daba vueltas por todo el salón, agitado.
—¿Qué ha ocurrido, Jake? —murmuró Bella, ya que no quería preocupar a Edward, que estaba en la cocina.
—¡Fueron dos esta vez! Pasaron de largo, pero se detuvieron un momento frente a la casa. Los vi por la ventana.
Bella se emocionó al instante.
—¿Ah, sí? ¿Recuerdas qué aspecto tenían?
—Y yo qué sé... Se veían muy borrosos a la distancia. Por si no lo sabías, nosotros, los perros, vemos muy mal de lejos. Además, todos los humanos son iguales.
—Qué casualidad más inoportuna que seáis miopes... —suspiró Bella.
Cuando Edward salió de la cocina encontró a Bella conversando en voz baja y muy preocupada con Jacob. Se acercó a ellos y preguntó con voz tensa:
—¿Qué ha ocurrido?
—Nada —mintió Bella, pero sus mejillas enrojecieron al instante.
Edward suspiró y se pasó una mano por el pelo.
—Eres muy mala mentirosa, ¿vale? Y no me engañas. ¿Qué ha pasado? —repitió.
Bella se lo contó, a regañadientes, con la cara totalmente roja.
—Jake me está diciendo que ha visto a dos intrusos hoy...
—Entonces, ¿nos han encontrado? ¿Van a venir a por nosotros? ¿Nos van a atacar? ¿Tenemos que huir? ¿Qué hacemos? ¿Y... —preguntó Edward frenéticamente.
—¡Oh, cállate por un momento! —le interrumpió Bella—. Como te iba a decir, pasaron de largo y no estamos en peligro. Pero voy a estrechar la protección. Ni uno solo de Ellos va a entrar en esta casa, como que me llamo Isabella —determinó con firmeza.
Mientras, Jasper y Alice, tras ver cómo se marchaban sus amigos, decidieron andar un trecho juntos, para poder hablar.
—¿Tú crees que a nuestro Eddie le gusta Bella? —le preguntó Alice, sonriendo.
—No sé aún si le gustará o no, pero algo sí es seguro, Allie: ella no le es indiferente.
—¡Ya lo creo! Solo hay que ver cómo la mira a veces —suspiró la muchacha, sonriendo ampliamente al oír el apodo de Jasper.
—Sería maravilloso que Edward encontrara alguien a quien querer. Creo que ha estado demasiado solo.
—Sí, es cierto —asintió Alice vigorosamente—. Pero...
Desde el otro lado de la calle, una mujer agitó la mano, gritando:
—¡Alice!
—Mierda, es mi madre —masculló Alice.
—Esa boca, Allie... —le recordó Jasper sonriendo divertido.
Su amiga simplemente se encogió de hombros, mientras su madre se acercaba a ella con el semblante enfurecido. Era un mujer de mediana edad, esbelta, rubia y de ojos azules, tan alegres como los de Alice. Tenía los mismos rasgos finos de su hija y también era de baja estatura. Llevaba en las manos una bolsa de deporte de las que asomaban unas zapatillas de ballet: Elle Brandon había sido una bailarina de ballet con un gran renombre, pero había dejado su carrera tras nacer su hija. Ahora solo practicaba de vez en cuando, para mantenerse en forma y distraerse. De ella había aprendido Alice a caminar con aquellos pasos tan gráciles. Llegó hasta ellos con rapidez, casi corriendo sobre las puntas de los pies.
—¡He hablado con tu profesor, señorita!
—Mami, sea lo que sea lo que te haya dicho, no ha sido mi culpa y ese profesor me tiene manía —le interrumpió Alice poniendo su carita más inocente.
Jasper se cubrió la boca para no reír mientras veía cómo la señora Brandon caía sobre su hija como un maremoto.
—¡Ven conmigo, Mary Alice Brandon! ¡Vamos a hablar con tu padre muy seriamente!
—¡No sé de qué se me acusa! —exclamó Alice, con fingido pesar.
—¡Hablo del dibujo que entregastes al profesor de Historia junto a tus apuntes! ¡Unos apuntes mediocres y pobres, para colmo de males! ¿Qué clase de educación muestras hacia tu profesor entregándole tus apuntes con el dibujo de una chica en ropa interior por encima?
—Lo primero, mamá, no era ropa interior, era un biquini. Lo segundo: ¿qué culpa tengo yo de que el profesor no sepa apreciar el arte? —preguntó Alice inocentemente mientras su madre la arrastraba calle abajo.
En cuanto ambas mujeres estuvieron bien lejos, Jasper retomó su camino explotando en discretas carcajadas. Llegó a su hogar, en el linde del bosque.
Entró en la casa aún con una sonrisa en los labios y saludó a su madre, que había salido a ver quién llegaba.
—Hola, mamá.
—Hola, querido. ¿Te ha ido bien en la escuela?
—Claro que sí.
De inmediato supo que algo no iba bien. Su madre no estaba tan alegre como solía ser habitual en ella y percibió un ramalazo de preocupación.
—¿Qué ocurre, mamá? ¿Qué es lo que va mal?
Christine Whitlock se dio la vuelta lentamente.
—Se me olvidaba que a ti es imposible ocultarte algo.
—¿Qué pasa? —insistió Jasper al notar que la preocupación de su madre iba en aumento.
La mujer jugueteó distraídamente con su larga trenza y le contestó sin mirarle.
—Tu padre me ha comentado que últimamente hay muchos de Ellos por aquí.
—¿Ellos? ¿Qué quieren? —preguntó Jasper endureciendo la voz.
—No lo sabemos. Pero nos preocupa... Que haya otro en el pueblo.
—¿Otro más?
Christine asintió con preocupación y miró a su hijo. Jasper le devolvió la mirada y agarró a su madre de la mano.
''Todo va a salir bien'' pensó Jasper con fiereza.
Perdón por pasar tanto tiempo sin actualizar. La verdad es que he estado ocupada, pero en cuanto me llegaron las ganas, en unos días estaba terminado.
Gracias a todos los que seguían esperando y lo siento mucho por los que no soportaron la espera.
Atentamente =)
lady Evelyne
