Aclaración:

Saloma: tipo de canto de marineros usado para aumentar la productividad en los trabajos realizados en el mar. Aquí puse fragmentos de una que se llama Soran Bushi, famosa en Hokkaido.


- ¿Por qué viniste a la Zona Bohemia, Kaoru?

No respondió. Algo nubló sus ojos, como si fuera a llover por dentro. Rápidamente recuperó la compostura.

-Es muy pronto para hablar de eso. – contestó seria - Algún día hablaré, ahora no.

-¿Pero cuándo? – pregunté. No estaba dispuesto a irme sin una respuesta.

-Cuando sea la hora.

-Kaoru, pero… - insistí.

Pero ella esbozó una gran sonrisa.

-Te prometo que un día te avisaré, así podrás hacer tu reportaje. Ahora, por favor me van a disculpar, pero tengo que recibir a un general y no quiero hacerlo esperar. – dijo alegremente.

-Kaoru…

-Es una pena que todos tengamos prisa hoy, pero un día vuelvan y conversamos más. – me interrumpió y nos guió hacia la puerta - Disfruté mucho de su compañía, volveremos a hacer pruebas de geografía, ¿sí? – se despidió de un portazo.

Salimos descontentos del recinto, y no me había fijado por dónde iba hasta que casi choqué de frente con Misao, quien cargaba un gran costal sobre su espalda, pese a su delgada complexión. Mientras nos maldecía, vi un auto descapotable con un hombre enorme rodeado de bellas mujeres dando vuelta la rotonda. Lo reconocí al instante; y si no iba a conseguir una exclusiva de Harikēn Kaoru, menos iba a regresar a la redacción con las manos vacías.

-¡Allí está Hiko Seijuro! – exclamé a Daigoro - ¡Señor Hiko! – el chofer detuvo el auto y el aludido me miró con curiosidad y arrogancia desde su harén - ¿Le concedería una entrevista a la Gaceta de Kioto?

Me di cuenta que no era tan difícil de convencer para una entrevista; lo difícil era localizarlo para pedirle una. Era un presumido y sobrado de sí mismo. Lo que a Harikēn Kaoru le faltaba de accesibilidad, a él le sobraba. Siempre y cuando fuera para su conveniencia, claro.

-Vayan esta noche al Hotel Financial, muchachos. Esta noche. – nos dijo muy animado, y dio la orden de poner en marcha de nuevo el automóvil. Lo vimos hasta que se perdió a lo lejos.

Él es nuestro villano en esta historia; Hiko Seijuro 13vo, de 43 años, provenía de una longeva casta de banqueros, cuyas propiedades, además de bancos, abarcaban inmuebles de todo tipo. Y negocios de todo tipo.

Aun teniendo amantes para cada día del año, catalogadas en fichas con nombres, direcciones, teléfonos, puntos débiles y hasta sus flores favoritas, nuestro villano era un hombre solitario; tenía una mujer principal, con quien estaba casado, pero raramente iba a casa; vivía solo en el último piso del Hotel Financial; miento: tenía la compañía de una jaguar, conocida como Kira, que vivía suelta, ya que era mansa con él, pero, como veremos, era arisca con los visitantes.

Era astuto y diestro en los negocios; él solo triplicó la fortuna familiar que heredó: ya de joven se había dado cuenta que con los bancos no bastaba, y así, en paralelo con sus actividades bancarias, parte de su dinero y su tiempo lo invertía en inmuebles, hasta hacerse con todo el cinturón de lotes que envolvía Kioto.


Shura irrumpió a los gritos en el cuarto de Kaoru.

-¡Kaoru! ¡Kaoru! ¡Kaoru! ¡Pon Radio En Confidencia, están hablando de ti! – gritó.

Kaoru frunció el ceño.

-No necesito escuchar lo que hablan de mí… - dijo enojada.

-¡No estás entendiendo! – suplicó con lágrimas en los ojos - ¡Tienes que escucharlo! ¡Van a echarnos a todos de aquí!

-Shura…no te pongas así… - se alarmó Kaoru al ver a su amiga hiperventilar.

-¡Estoy nerviosa, Kaoru! – sollozó Shura - ¡Estoy muy nerviosa! ¡Tú eres rica, tienes dinero, familia! ¡Pero yo no! ¡Y si me sacan de aquí no tengo adónde ir!

Kaoru sintonizó el programa radial de Cho Sawagejo, y después de escuchar con lujo de detalles la noticia, la apagó bruscamente. Estaba furiosa, pero decidida.

-¡Mou! ¡De aquí nadie sale, Shura! – exclamó - ¡Y quién lo dice es Harikēn Kaoru! – luego agregó desafiante - Ese santo no sabe con quién se está metiendo... ¿Quiere pelear conmigo? Pues vamos a ver quién puede más…


Daigoro y yo llegamos a las corridas al Hotel Financial, luego de sortear un tráfico fuera de lo común para el horario. Un hombre pequeño, de rostro calculador y ojos pequeños, nos esperaba impaciente en la entrada. Era Wu Heixing, secretario de Hiko Seijuro.

-¡Están atrasados media hora! – nos regañó - ¡El señor está esperando! – nos condujo por el ascensor del lujoso hotel, hasta llegar al último piso; no hace falta describir el nivel de opulencia que tenía - Entren ya, Hiko-sama no tiene mucho tiempo, espero que sean rápidos en hacer su entrevista.

El secretario se posicionó a un lado como una estatua, y acto seguido escuchamos un rugido que nos heló la sangre. Por una de las puertas hacía su aparición un jaguar, que nos rugía amenazante; no nos atrevimos a mover ni un músculo, por temor a que nos ataque. Wu Heixing sonreía.

Detrás del animal, divirtiéndose con la escena, llegó Hiko Seijuro, vestido y perfumado para la ocasión (una entrevista a dos novatos). Hasta ese punto llegaba su vanidad.

-¡Así que ustedes son los muchachos de la entrevista! – bramó. Hablaba siempre gritando y riendo - ¡Siéntense, no se queden ahí parados! – no nos atrevimos - ¡No le tengan miedo, es una dulzura de criatura! ¡Sólo no le gustan quienes no gustan de mí! Quédense tranquilos, que Kira no les hará nada. ¿De qué quieren conversar?

Cuando logramos sentarnos a una distancia prudencial de la fiera, hablé con voz nerviosa y sin quitarle los ojos al animal:

-Es…sobre…esa discusión de La…Ciudad de las Camelias…

-Ah, sí…La Usina del Pecado. – suspiró - No entiendo mucho de esas cosas; sólo entiendo de bancos, edificios, fábricas de materiales de construcción… Pregunten lo que quieran, que de aquí no salen sin respuestas.

-¿Usted sabe…que dicen…que usted está…interesado en los inmuebles de…la Zona Bohemia? – Mi mirada fija en Kira, como si le estuviera preguntando a ella.

-¿Dicen eso de mí? – se escandalizó el dueño - ¡La gente dice muchas cosas, no respetan! – Después dijo unos chistes sobre comunistas y el imperialismo americano ante los cuales me tuve que morder la lengua.

-Daigoro…una foto… - le pedí a mi compañero.

Él me miró como si me hubiera vuelto loco.

-¿Foto? ¿Quieres que saque una foto? – luego le preguntó a Hiko - ¿No se molestará por el flash?

-¿Kira? ¡No! ¡Le gusta! ¡Es vanidosa como ella sola cuando se trata de fotografías! ¿Y? ¿Qué más quieren saber? – preguntó alegremente el banquero.

-Era…era sólo eso… - tartamudeé.

-Fíjate bien qué vas a escribir para ese periódico. - me advirtió - No me gusta que desvíen lo que digo, ni a mí ni a Kira. ¡Kira, míralos a ellos! – Y Kira nos miró.

Daigoro se posicionó para sacar la dichosa foto a un Hiko sonriente con su mascota al lado. El flash provocó un rugido enojado del animal. Ambos nos caímos de espaldas del susto. Wu Heixing se desternillaba de risa y Hiko estaba feliz.

-¿Podemos…salir por la puerta…de atrás? – pregunté.

-Atrás no hay salida. – contestó Seijuro - La salida es por aquí. – justo donde estaba acostada Kira - Pasen, sin miedo.

Con el corazón en la mano, salimos a trompicones de la vivienda, con la jaguar rugiéndonos detrás. Una vez en a salvo, nos echamos a correr por el hotel hasta la calle. Desde allí se escuchaban las risas de Hiko Seijuro 13vo.


Por aquellos días, la Zona Bohemia vivía una fase de esplendor, frecuentada por los empresarios de todo el país, quienes estaban de parabienes durante esa década debido al auge de la banca y la industria, principal fuente del crecimiento económico del Japón de la posguerra; eran ellos quienes gastaban su fortuna en el Akabeko Dancing. El folclore de la Zona Bohemia corría por cuenta de Misao Comadreja y el travesti Kamatari; pequeña, aunque de una fuerza inexplicable, cabellos largos y negros atados a una trenza, y proveniente de una pobre familia de pescadores de Hokkaido, Misao Comadreja se enfurecía cuando alguien le cantaba o silbaba una saloma de Hokkaido muy famosa que a ella le resultaba incómoda, pues no lo hacían con buenas intenciones, debido a su origen:

"Chicas sin maquillaje están mejor en las pesquerías..."

Para detener a Misao Comadreja en las noches, cuando armaba revuelo, eran necesarias cuatro o cinco radiopatrullas; trabajaba en la rotonda Kasshin, frente al Akabeko Dancing, y durante el día, cuando la Zona Bohemia se transformaba en una región comercial, descargaba sacos de café de los camiones, trabajo de estibador, para el bar/cafetería Shueiya, y a pesar de sus ojos verdes y sensuales, los hombres le temían; y últimamente, no se sabe quién (decían los rumores que Harikēn Kaoru) le pagaba el alquiler de un cuarto en el fondo del bar. Misao Comadreja y el travesti Kamatari disputaban el territorio de la rotonda Kasshin, donde estaba el Akabeko Dancing, y al lado, el célebre Hotel Aoiya.

Sus grandes, brillantes ojos verde esmeralda, ahora estaban llorosos de ira al escuchar la saloma que Kamatari transformó en un himno a ella:

"¿Por qué tiene el pelo tan desordenado? Hah dokkoisho, dokkoisho..."

Para evitar las peleas entre Misao Comadreja y Kamatari, una radiopatrulla merodeaba las inmediaciones del Akabeko Dancing; una noche presencié una escena inolvidable: vi a los guardias civiles intentando separar a Misao y Kamatari, inmersos en una pelea, haciendo explotar las bombas de gas lacrimógeno usadas para desconcentrar las marchas estudiantiles de la época; esa noche, Misao Comadreja estrenaba el chal que Harikēn Kaoru le había regalado y Kamatari, celoso, la provocó, cantando:

"Yaren soran, soran, soran, soran, soran, hai, hai!"

-¡Miren, un hombre con chal! – se burló en voz alta, para que todos los presentes en la calle escuchen, y avanzando hacia ella.

-¡Para con eso! – le espetó ella - ¡Y no vengas aquí que esta parte de la calle es mía!

-No sabía que la calle tenía dueña. – contestó el travesti, en medio de la calle.

-¡Respeta lo que es de los demás si quieres que respeten lo que es tuyo! – rugió furiosa - ¡Este es mi territorio y nadie me saca!

-¡La Otenbamusume habló! ¡Está enojada la comadreja!

Fueron inútiles las bombas de gas lacrimógeno: Kamatari, con su navaja voladora, y Misao Comadreja con la suya, ambos sangrando, lágrimas en los ojos a causa del gas lacrimógeno, los policías pidiendo más radiopatrullas, los dos estaban a punto de matarse.

Fue entonces que Harikēn Kaoru apareció: acompañada por un séquito de empresarios y políticos que estaban esperando su momento de sueños con ella; colocándose entre Misao Comadreja y Kamatari, al alcance de las navajadas de uno y otro, y sólo con su presencia mágica paró la pelea; y decía, con la voz ronca:

-Dejen eso… ¡Aquí hay lugar para todo el mundo! Misao (ella nunca le decía Comadreja), dame eso. Kamatari, la navaja. Ahora vayan a mi cuarto, curaré sus heridas…

Ellos obedecieron y se encaminaron al Hotel Aoiya dirigiéndose miradas de odio, y pactando una tregua tácita, por Harikēn Kaoru. Sólo por ella.


Después de un par de noches de horrores en las que dudó de la existencia de Dios, y en las que se empachó con jalea de ciruelas, Kenshin había encontrado la luz y la respuesta que necesitaba:

-¡Entendí! ¡Ya sé qué hacer! ¡Tengo que ir a ver a Akane-san! – exclamó feliz. Luego, echó alcohol al orinal y prendió fuego, para tirar la dichosa carpeta del pecado - ¡Y ahora arderá esta cosa del diablo! ¡Quémate! ¡QUÉMATE!

Al día siguiente, fue corriendo a la casa de la tía Akane a manifestarle su idea.

-Voy a ir a la Zona Bohemia. – dijo resuelto.

La tía Akane se horrorizó.

-¡No puede! ¡Usted es un Santo!

-Y haré lo que se espera de un Santo, un milagro. – concluyó - Voy a ir a esa Usina del Pecado armado con mi rosario y mi cruz, y voy a exorcizar a Harikēn Kaoru.

Sin perder tiempo, la tía Akane corrió a expandir la noticia por todos lados, y esa misma mañana, ya los medios se encargaron de esa misión:

-¡El Santo exorciza al demonio! ¡El Santo Kenshin promete exorcizar el demonio de Harikēn Kaoru! ¡La Noche del Exorcismo!

Las mujeres de Kioto, las madres de familia, las esposas, las novias, y las enamoradas odiaban a Harikēn Kaoru, pero los hombres, ah, los hombres la amaban, ella hacía que treparan las paredes y conocieran el paraíso; ellos, con su amor incondicional a Kaoru, más el apoyo de los empresarios y poderosos, hacían que la joven tuviera un valor muy alto.

En Radio En Confidencia, siempre en el horario de Cho, que era al mediodía, la tía Akane hacía una convocatoria:

-Estamos aquí para convocar a todas las familias de Kioto para participar de esa marcha histórica por nuestra ciudad. Es la reacción de la tradicional familia japonesa, que está siendo desafiada, amenazada. Será el próximo viernes, mis amigos. – prosiguió - Nos reuniremos frente a la Catedral de San Francisco Javier de Kioto, y de ahí marcharemos hasta la rotonda Kasshin. Y queremos decir que el Santo Kenshin garantiza su presencia en esta marcha por La Ciudad de las Camelias.

En el cuarto 304 del Hotel Aoiya, escuchando el programa, Harikēn Kaoru sonreía con malicia.

Mientras tanto, Yumi estaba indignada con la situación.

-Nunca antes nadie se metió con la gente de la Zona. – dijo enojada - Hasta que llegó esa mujer para armar toda esta confusión.

-No digas eso Yumi. – replicó Shura con tristeza - Hasta dicen que tiene el diablo en el cuerpo. Deberías dejar de lado tus diferencias con…

-¡No tengo diferencias con ella! – interrumpió la otra - Como si me importara. Ustedes están todos impresionados con ella, porque tiene ropa cara, y como ustedes nunca vieron eso…la ven como toda una novedad.

-Pero ella también está afectada con todo este tema. Por a o por b estamos todos en el mismo bote.

Pero Yumi no estaba tan segura.

-Yo estoy, tú estás. Ahora, si ella está también…no estoy muy segura. – luego bajó la voz - Mira, quién te dice si no vino aquí mandada por ellos…para informarles todo lo que pasa por esta zona.

Shura se escandalizó.

-No entiendes nada, Yumi. ¿Sabes a cuánto esta esa Ciudad de las Camelias de aquí? ¡Una hora! ¿Quién va a ir hasta allá?

Kaoru, que pasaba por ahí, se dirigió a ellas.

-Shura, Yumi. – les dijo - Vamos a convocar una reunión, vamos a defender nuestros derechos.

-¿Qué derechos, Kaoru? – preguntó Shura con lágrimas en los ojos - ¿Qué derechos si no tenemos?

-¿Cómo que no tenemos, Shura? – se enojó Kaoru - ¡Todo el mundo tiene derechos! ¡Nosotros también! ¡Y los vamos a hacer valer! ¡Ellos están haciendo todo esto para meterles miedo!

Y Yumi empezó a ver a Harikēn Kaoru con otros ojos.

-¡Tienes razón, Kaoru! – exclamó - ¡Vamos a organizarnos y a llamar al grupo!


Esa tarde, en cuanto salí de la redacción de la Gaceta de Kioto, fui corriendo hacia el convento de los jesuitas. Tenía que hacer entrar en razón a Kenshin, no podía hacer semejante estupidez. Cuando llegué, él estaba saliendo con una maleta del lugar.

-¡Kenshin! – lo alcancé - ¿Adónde vas?

Él me miró sorprendido. No esperaba que fuera a verlo.

-¿Oro? A Otsu, a prepararme.

-No puedo creer que vayas a hacer esto. – empecé a decirle.

-Puedes creerlo. – me contestó tranquilamente - ¿No crees en el poder de Dios para hacer milagros?

En ese momento no me importaban los milagros de Dios, sino la seguridad de mi amigo.

-Temo por ti, escuché que están planeando cómo echarlos de ahí. – le expliqué - Hablaron de sacarlos a pedradas y navajazos, lo oí de ese tal Kamatari.

Nuestro Santo no se acobardó ante tales amenazas.

-El demonio siempre resiste, Akira. Y Dios siempre vence.

Y ahí me enojé.

-¡Eres un cabeza dura, Kenshin! – le reclamé - ¡Te sacrificas mucho!

-Tú también te sacrificas mucho en la política.

-¡No compares!

-Akira, tú tienes tu sueño, yo tengo el mío. – me dijo - Tú siempre dices que eres capaz de morir por llevar a cabo la revolución que dices que va a salvar al mundo. Pues yo también tengo mi causa, y soy capaz de morir por ella. Ve con Dios. – se despidió, para ir a tomar el tren de la tarde rumbo a Otsu.

Más tarde, ya en su casa, el Santo le transmitió sus inquietudes a su madre, Sakura-san.

-¿Cómo puedo ser santo si ni siquiera hice un milagro, mamá? – le decía mientras ella lavaba ciruelas para la jalea - Nunca pequé, siempre resistí las tentaciones. ¡Pero me falta un milagro! No me lo puedo quitar de la cabeza, mamá.

-Vas a hacer tu milagro, mi santito. Y tu madre va a estar aquí, rezando mucho para que seas vencedor en esta contienda. ¡Y vas a vencer! – lo alentó ella - Dios te escogió desde que te estaba esperando, hijo. – en sus ojos empezaron a asomar lágrimas de nostalgia - Tu papá murió antes de que nacieras, sin saber que su hijo estaba llamado a ser santo.

-¿Me cuentas de nuevo tu sueño, mamá?

Quería escuchar por milésima vez, el sueño que supuestamente tuvo Sakura-san cuando Kenji-san (padre de Kenshin) murió, tres meses antes del nacimiento del Santo. Esa historia, después de la jalea de ciruela, hacía sentir seguro a Kenshin de su misión en el mundo. Apoyó su cabeza en el regazo de su madre y se dispuso a escuchar mientras ella le acariciaba su roja cabellera.

-Soñé con un ángel muy bonito, que me miró y me dijo: Sakura, sé valiente, porque ese hijo que estás esperando va a ser santo. Y así fue.

Kenshin lloraba de emoción.

-¡Reza, mamá! ¡Necesito de muchos rezos! ¡Y de jalea también!


Mi trabajo en la Gaceta de Kioto, así como mi compromiso con la Juventud Comunista, me impedían tomarme unos días libres e ir a Otsu a amarrar a Kenshin a una silla para que no volviera a Kioto. Por fortuna, quien también estaba inquieto con todo este asunto era Sanosuke, y después de una conversación que tuvimos, a la mañana siguiente armó una pequeña valija y se dirigió a Otsu a impedir la vuelta de nuestro amigo. De paso le haría una visita a su madre, Naname-san.

Apenas puso un pie fuera de la estación de tren, ya tenía a una horda de chicas siguiéndolo hasta la iglesia, adonde fue sin perder tiempo ni pasar por su casa a dejar sus cosas. Él era como la versión masculina de Harikēn Kaoru en nuestro pueblo.

Y lo encontró allí, rezando entre las beatas. Lo tomó del cuello de la sotana y lo apartó para poder hablar a solas. Como era más alto y grande que él, el pobre Santo parecía un niño mientras su amigo se lo llevaba del cogote como si fuera un gato.

-¡Ororororooo! – gemía él.

-¡Kenshin! – empezó a regañarlo - Vine a hablar contigo. Todo Kioto está alterado, nadie sabe cómo va a acabar todo esto. Olvídate de esa marcha. Olvídate de Harikēn Kaoru.

-No puedo, Sano. – contestó firmemente Kenshin.

Pero Sanosuke no era tan diplomático como este servidor.

-¡No vas! – rugió - ¡Aunque tenga que amarrarte o desmayarte a golpes! – ante la mirada de las beatas bajó la voz - Tú y Akira son mi familia, no voy a permitir que ninguno de los dos se mate por tonterías.

A Kenshin las palabras de Sanosuke le llegaron al corazón, y agradecía por tener dos amigos como nosotros, aunque fuésemos un ateo y un ególatra. Pero estaba decidido, y no había marcha atrás.

-Sano, es Dios quien va a enfrentarse con Harikēn Kaoru; y lo que vaya a suceder, será su voluntad.