Previamente me disculpo... no pude evitar pensar en esto... claro que ya hemos visto suficientes fics de este tipo... pero... oh! Por los dioses!! ¿Cómo evitarlo?

Espero que al menos se diviertan un poco!

Milo de papá????? No es tan simple como te ponen en las novelas!!! ¿un montón de sirvientes que hagan todo por ti?... que recién paridas parecen modelos maquilladas???? Ja ja ja ja (favor de leerlo en tono malévolo)

EL SECRETO MILENARIO DE LOS LEMURIANOS...

Y todo el santuario despertó con ellos.

Todos y cada uno de los guerreros que ahí habitaban, reaccionaron al potente grito de los mellizos. Milo se tambaleó, literalmente, hacia la cuna. Sacó al que tocó primero, que fue Agib. Con solo tenerlo en brazos toda la somnolencia desapareció como por ensalmo.

-A ver, a ver, hijo mío – murmuraba el escorpión –vamos a ver como va este asunto de los pañales...

Puso al niño en el cambiador adosado a la cuna, y se preparó para la más cruenta batalla de su honorable existencia. Sacó pañal. Toallitas húmedas ( de las que no tenía idea ni como sacarlas del empaque plástico), crema para rozaduras, talco, algodón, un par de toallas limpias, una muda de ropa, un muñeco de peluche con mordederas adosadas, y para no errarle, se sujetó el cabello a la espalda...

El niño lo miraba con incertidumbre, rodeado de todas esas cosas...

En ese momento, entraba Aldebarán sigilosamente. Kikki estaba acostado de nuevo, debido a la orden del enorme toro que le vio salir casi corriendo de su nueva recámara, con los ojos cerrados y chocando con las paredes...

-¿Alde? –Milo lo miró, impresionado -¿Qué haces aquí?

-Vengo a ayudarte amigo – El toro levantó a la niña, que dejó de llorar nada más verlo- no sé mucho sobre niños, pero algo podemos hacer juntos no?... por algo dicen que dos cabezas son mejores que una!

-Si... gracias –Mü dormitaba nuevamente sin quererlo, así que Milo agradeció el apoyo- entonces... veamos con nuestro muchacho...

Todo gesto de ternura, amor o compasión desapareció de los rostros de ambos caballeros en el preciso momento en el que el pañal era desprendido del cuerpecillo del niño. Una viscosa masa verde negruzca lo cubría casi todo, incluyendo al niño.

Milo se dobló en una arcada sin soltar al pequeño. Alde corrió cobardemente al pasillo aún llevando a la niña en brazos, que esbozó una de esas sonrisitas "reflejas" que suelen hacer las criaturas cuando son muy pequeñas...

Y el escorpión seguía teniendo arcadas vomitivas, mientras limpiaba al niño con más toallas húmedas de las que hubieran sido necesarias para dar cuenta de una docena de niños. No sabía que hacer con el pestilente pañal. Untó la pomada en las pompitas de la criatura, e intentó valientemente colocarle el pañal nuevo.

-Toma –Alde regresó a la habitación y le entregó a la niña – yo lo hago, Atenea me explicó como se hacía... más o menos...

-Gracias, valiente y osado Caballero –Milo se lucía verde. De verdad. Verde- no sé que haría sin ti...

-Vamos Milo... no pude –Alde reía, mientras colocaba a la perfección el pañal desechable- tal vez algún día pueda, pero hoy no... soy demasiado nuevo en esto... dame un mes o dos y ya verás, con duro entrenamiento y mucho esfuerzo...

-Si no es una Guerra Santa, Tauro –El color verdoso daba paso a un más saludable tono de gris- ¿Entrenamiento?, ¿Esfuerzo?... no inventes...

-Bueno, solo trataba de ser positivo – el enorme hombre terminó con el pañal, y volvió a colocarle la ropita – ah! Y no es necesario cambiarlo de ropa, no se manchó ni nada...

-Bien, cárgalo entonces para cambiar a Lati –Milo recuperó el brillante tono verde ante la sola idea del premio que seguía- y sal ahora, si quieres vivir!

Si el pañal del niño daba miedo, el de la niña lo paralizó todo... el tiempo, el espacio... las dimensiones.

Milo se tambaleó, y el color verde comenzó a tomar tonalidades aguamarina muy interesantes. Y no solo eso.

Era una niña...

¡Oh sí!

En el caso de Agib, no había nada que Milo no conociera hasta el hartazgo. Él mismo era un hombre y sabía como manipular esas cosas, aunque vinieran en tamaño mini y delicadamente sedosas. Fue horrible cambiarlo, pero al menos fue territorio conocido.

Pero Lati, valga la redundancia, era una niña!!!!!

Y la materia verde-negruzca lo embarraba todo, hasta el ombligo del que colgaba el resto del cordón umbilical protegido con una gasa.

Y las niñas, amable lector, para aquel que no lo sepa, son diferentes de los niños de allá abajo. Sip. Créalo, muy diferentes. No, por favor, no caiga en pánico. Esas diferencias, llegada cierta edad suelen ser deliciosas, e irresistibles... pero en estas edades... bueno... son lindas, pequeñitas y... atemorizantes... bueno... y con esa cosa verdosa cubriéndolo todo...

Milo no sabía ni por donde empezar. Tenía miedo de tocarla. Nop. Tenía horror. ¿Y si la lastimaba?, ¿Y si por error no la limpiaba bien y le causaba un problema?... ¿Y si...? y los "y sis" se volvieron interminables.

Al final, decidió comenzar. En un principio ni siquiera la rozaba. Se dio cuenta de que esa técnica no funcionaría, por que, bueno... si no la tocaba... ¿Cómo iba a quitarle eso?...

Tardó casi media hora solo en limpiarle todos los restos. En ese momento ambos bebés berreaban de hambre, pero simplemente era imposible para Milo apresurarse.

En cuanto acabó, entró Aldebarán, que tras los diez primeros minutos de parálisis ante la estampa de las claras diferencias entre los niños y las niñas, de los cuales podrá conocer más en algún documental de Discovery o algún otro canal de esa índole, comenzó a colocarle el pañal con habilidad. Luego la ropita.

Por fin, se encontraban ambos hombre sentados, pálidos... no.. Verdes, con los niños prendidos alegremente a las raíces, bebiendo con verdadero apetito. Una vez que acabaron, fueron colocados en posición para que eructasen. Los caballeros estaban de fotografía, con las toallitas para protegerse de cualquier regurgitación de los niños en sus musculosos y caballerescos hombros, y un niño en cada una, desparramados y durmiendo como si nada.

El Escorpión cabeceaba, para su bochorno, aún con el niño en su cuello. El pequeño soltó un eructo de borracho de cantina, acompañado de un hilo de alimento que salió con presión. Y claro que no cayó en la toallita estratégicamente ubicada, sino en el pantalón del muchacho. Justo en el cierre. Una gran mancha.

Los niños dormían. Mü dormía. Así que acostaron a los pequeños y Aldebarán salió. Solo para regresar quince minutos más tarde, cargando toda suerte de viandas llenas de comida de todas clases. Así como otros regalos que fueron llegando al Templo principal, de los soldados rasos que se sentían en la necesidad de demostrar su apoyo. En esta ocasión si llegaron mas cosas para Lati, ya que muchos, que solo habían conseguido cosas de niño, se apresuraron a las tiendas a buscar ropa y artículos para la niña.

Milo sonrió, agotado.

-Voy a darme una ducha, amigo – dijo a Aldebarán mientras se sujetaba del brazo de éste- la necesito mucho...

-Claro, yo me quedaré a cuidar de ellos. Si mi querido Mü necesita algo, aquí estaré. Tómate tu tiempo, pero no te ahogues!

-Gracias... muchas gracias –Milo agradecía de todo corazón. No se hubiera atrevido a entrar al baño y dejar a Mü solo, pues sabía que si algo se presentaba, era capaz de levantarse. Y eso sería muy malo.

Se desnudó con dificultad. En un principio pensaba meterse a la tina, pero el comentario de broma de Aldebarán le provocó nervios. Estaba tan cansado que era posible que se durmiera. No podía darse el lujo de ahogarse, al menos no por ahora.

Abrió la regadera. El agua caliente corrió por su cuerpo, por entre sus músculos entumecidos, por entre sus piernas. De pronto, y sin que se lo esperara, el recuerdo de la sensación de Mü acariciando su mejilla y su cuello volvió con tanta fuerza, que una erección lo alcanzó violentamente aunque no se sentía preparado para ella.

Lavó su pelo, tratando de ignorar sus palpitaciones.

Mientras tenía las manos en su cabello, y dejaba que el agua se llevara el shampoo, un nuevo recuerdo lo asaltó, haciéndolo gemir. Dentro de Mü, Él, dentro de Mü. Y se tuvo que sujetar de la pared. No era momento para eso, no quería dejarse llevar. ¡Por Atenea! Apenas si había dormido. Había visto a su amante parir... tenía a sus hijos en la habitación. Y sin embargo ahí estaban los latidos.

Otra vez, otro recuerdo. Esta vez la boca de Mü, los ojos cerrados del lemuriano y sus gemidos, mientras él empujaba y lo besaba al mismo tiempo...

Ya no pudo contenerlo más.

Ni el alquimista ni nadie lo sabían. Absolutamente nadie. Pero desde esa sonada noche, desde el preciso instante en que estuvo sobre el fuerte y flexible (flexible... ¡Vaya que era flexible, como el tallo de una espiga, que se ajustaba a él como si siempre hubieran sido uno) cuerpo del lemuriano, ya no hubo nadie más, nunca. Vamos, por muy bello que fuera el ejemplar en cuestión, ya nada existía. Solo Mü ocupaba sus pensamientos. Y había vivido de recuerdos esos seis meses. Y para alguien como el Escorpión, que gozaba del sexo casual casi a diario, equivalía a dejar de comer... era un hombre hambriento...

Y las caricias que le regalara el alquimista rato antes, despertaron el apetito voraz del griego. Ya no pudo más. Llevó la mano a su miembro que literalmente le dolía. En el momento en que cerró la diestra en torno a su "amigo" las cosas se sucedieron demasiado rápido. Arriba, abajo... el jabón y la espuma hacían resbalar su mano, mientras jadeaba y se sujetaba de la pared con la otra...

Arriba, abajo nuevamente, un par de veces más... apretó un poco su agarre, lo que lo hizo rememorar el cuerpo apretado del alquimista... novato... novato... estrecho, caliente y ardiente novato... su primera vez... la del alquimista, y la suya propia, la primera vez que hacía el amor de verdad... otro largo gemido, y un cálido chorro saltó a la pared, dejándolo exhausto. Era una cantidad abundante de semen, lo que le hizo caer en la cuenta de que ni siquiera se había... saludado... en un par de semanas... inaudito.

Respirando agitado, pero relajado al fin liberada la presión, hizo correr el agua por sobre el muro manchado, y sobre su piel. Lavó a la perfección todas las huellas. Y terminó su baño.

Salió desnudo del mismo. Nunca se acordó de meter ropa.

Aldebarán le dirigió una mirada cariñosa. A éste caballero le encantaban las mujeres. Le fascinaban. Su amigo desnudo era solo eso... su amigo desnudo. Nada que él no tuviera en cantidades exorbitantes. Mas o menos de a medio metro uno, unos 300 gramos cada uno los otros, todo acorde a su inmensa persona... pobre de la chica que estuviese con él... a menos que fuera experta en yoga, shiatsu, feng-shui, origami y cualquier otra cosa que la ayudara...

Así que se calzó el pantalón de un pijama, y dejó de lado la camisa. Ni siquiera tuvo fuerzas para ponerse ropa interior.

-Duérmete –el Toro se encontraba a su lado, obligándolo a acostarse- yo cuidaré de tu familia. Descansa. Si Mü necesita algo, yo me haré cargo.

-¿Pero tú no estás cansado?

-No tanto como tú, insecto. Yo si dormí un poco después del alumbramiento. Me siento bien. No te preocupes y duerme.

Milo ya estaba en la cama, cubierto con las cobijas, y temeroso de lastimar al alquimista con alguno de sus movimientos.

Alde comenzó a cantar. Una canción de cuna, en portugués. ¡Ah, que melodiosa lengua!... y la voz de Aldebarán era tan acariciante, tan dulce... no entendía media palabra, pero la tonadilla era adormecedora.

Ya no escuchó nada más.

w-w-w-w-w-w-w-w-w-w-w

Tres horas más tarde despertaba a duras penas, al oír el llanto de sus hijos, que clamaban nuevamente por alimento. Pero apenas se despertara, dejó de oír uno de los llantos. Se incorporó salvajemente, asustado.

-Tranquilo, querido Milo –Mü, semisentado, tenía a la niña en el hueco de su brazo derecho, mientras que con el izquierdo la alimentaba con la benéfica planta – Alde me sentó. Estoy dándole de comer a mi hija...

-¿Estás bien? –Milo aún estaba asustado- ¿Te duele algo?

-No, nada. Estoy más que bien – Mü besó la regordeta mejilla a su alcance- necesitaba cargarlos, ¿me comprendes?... apenas si los he tenido un momento conmigo...

-Oh... entiendo –Milo se levantó del todo. Aldebarán alimentaba al niño con una bobalicona sonrisa de manso y enorme toro en el rostro- perdona, debí dártelos a cargar antes. Solo que no... no quería que te hicieras daño.

-No es culpa tuya –Mü lo miró, buscando sus ojos entristecidos- ¡Por favor! Yo mismo no podía ni mantenerme despierto, pero ahora estoy mucho mejor. Y en estos momentos, el dolor ha disminuido tal y como debe de ser. Lo apropiado será que pueda ponerme en pie con ayuda a partir de mañana al atardecer. Y al paso que voy, así será.

-No –Milo le miró con el ceño fruncido, molesto- yo preferiría que no lo hicieras. Si necesitas algo yo lo haré. No te arriesgarás a nada, no te lastimarás

- Milo, calma, solo dí a luz, no estoy enfermo –Mü trataba de calmarlo con sus palabras- estaré muy...

-No. Yo estuve ahí. Vi como diste a luz, no quieras hacerme tonto – algo en su rostro cambió de molestia, a verdadero terror- no. No te levantarás, no me harás ese daño... tengo miedo, Mü... por favor

Ahora suplicaba con los ojos anegados. De verdad temía por su amante. De verdad estaba asustado.

-Tienes razón –Mü asintió, solemne- debo cuidarme más. Fue un parto complicado. Tienes razón. Dejaré que cuides de mí hasta que mi cuerpo se haya recuperado un poco más. No tiene caso arriesgarme tontamente...

-Gracias –Milo dejó el gesto de pánico

-Bien dicho –Alde, por fin opinaba, conmovido por la sinceridad del insecto- no debes moverte querido amigo. Aquí tienes montones de ayuda, y un grupo de caballeros dorados desesperados por hacer cualquier cosa que les facilite la vida. No. No debes moverte. Debes dedicarte a sanar. Milo te cuidará a la perfección. Y nosotros estaremos aquí para apoyarlo en todo!

En esta ocasión, los bebés permanecieron despiertos un rato, tal parecía que se daban cuenta de que su padre se sentía mejor, y quería estar con ellos, por que esperaron pacientemente, sin llorar, a que él los cargara, los besara, los revisara de arriba a abajo...

Alde los dejó solos.

Milo colocó a los niños en la cama, muy cerca de Mü, a quien ayudó a cambiar de posición, para que los tocara y acariciara a su gusto. Por fin, media hora después, cayeron rendidos. Hubo otro cambio de pañal, esta vez sin sorpresas. Solo estaban mojados. Pero eso no era inconveniente para Milo, quien se tomó la molestia de cambiarlos en la cama, para que Mü los viera desnuditos. El alquimista los tocó, a ambos, sin miedo, él no le temía a la niña... Orgulloso. Dijo una rara plegaria en su lengua nativa, de la que Milo solo captó un par de palabras...

"Benditos" ... "progenie"...

Lo demás era fácil de imaginar.

Ya dormidos, los acostaron en su cuna. Milo se acomodó junto a Mü, quien había quedado de frente a él, y dándole la espalda a la cuna, debido al acomodo de antes, para estar con los niños.

Así que el griego aprovechó la oportunidad para acariciarlo. Delinear con la punta de los dedos el delicado rostro del lemuriano, sus ojos, sus labios... con la yema del índice recorrió las espesas pestañas. Los fuertes brazos, el costado libre, la cadera. No se atrevía a nada más, por que la herida se encontraba ahí, abierta y latente. Amenazante.

Solo quería recordarle cuanto lo amaba.

En una pareja, el contacto físico es elemental. No solo sexual, sino toda clase de contacto. Una de las partes mas bellas de una unión estable, es la simplicidad de las caricias la naturalidad del encuentro de la piel, lo hermoso que es poder tocar libremente a la persona que amas, en el cabello, en el rostro, en las manos... en donde sea. Al pasar uno junto a otro cuando van a distintos lados de la misma casa. El simple toque ocasional de los cuerpos al tomar algo, al compartir algo...

Y eso era algo que ellos no habían tenido y que necesitaban. Lo necesitaban muchísimo. Milo más que nadie.

De nuevo cedieron al sueño. Tomados de la mano.

W-W-W-W-W-W-W-W-W-W-W

Mü caminaba de un lado al otro de la habitación, tratando de dormir a Lati, mientras Milo lo hacía en el pasillo, con Agib. Llevaban tres maravillosas semanas haciendo el papel de padres, y no había dormido más que unos dos días en total, eso, sumando las horas aisladas...

Habían llegado a un punto en el que ya no sentían el agotamiento. Era tan parte de ellos, que el asunto era que ya no recordaban lo que era dormir de un tirón toda la noche. Es más... los entrenamientos de Milo (ya que para el lemuriano estaban estrictamente prohibidos hasta que pasara la recuperación) se tornaron cada vez mas salvajes. Era como si todo el cansancio reunido con su propia energía guardada y concentrada, saliera a chorros y con la presión de un géiser...

Los combates con él ya no tenían tintes amistosos...

Los demás caballeros reían al verlo. Muchas veces peleaba con los ojos cerrados. A veces roncaba cuando se quedaba parado e inmóvil un ratito. Pero cuando luchaba, aunque fuese sonámbulamente, era un peligro.

-Milo –la voz lejana del lemuriano lo hizo despertar – te quedaste dormido de nuevo

-¿Eh?- el muchacho abrió los ojos, y encontró a Mü muy cerca de él, y se encontró a sí mismo, recargado en el muro, roncando bajito con el niño, también dormido, en su pecho- Oh... otra vez... no me dí cuenta

-Vamos, dámelo – Mü tomó cuidadosamente al pequeño, cuyo cuerpecito acomodó delicadamente en su hombro- voy a acostarlo, y creo que deberías hacer lo mismo

-¿Eh? –Milo dormía nuevamente- ah, si. Me recostaré un rato.

No supo cuanto había pasado, quizás un minuto o tal vez un par de horas... pero de pronto sintió un cuerpo cálido apretándose contra él, amoldándose a la perfección a su espalda y a sus piernas. Despertó por completo pero no se movió. Puso total atención al cuerpo tras el suyo... una mano le rodeó la cintura, y reconoció esa mano. El alquimista lo abrazaba. Pero había algo nuevo en ese abrazo. Las caderas del muchacho se movían levemente, lo que le hizo percatarse de algo nuevo...

Mü estaba excitado. Podía sentir la dureza de su miembro a través de la delgada tela de sus ropas restregándose contra su espalda y más abajo. La mano subió por su pecho unos instantes con una caricia que parecía cargada de ganas.

-Estas despierto, ¿Verdad? –la voz del lemuriano lo sacó de su concentración- espero que no te enojes por esto...

-¿Enojarme? –susurró Milo- ¿Y por que?... ¿Por qué me estás abrazando, lo cual hace mucho que vengo deseando, o por que te restriegas cachondamente contra mi trasero, lo cual me provoca un poco de nervios?

-¡Ah Milo! –rió por lo bajo el alquimista- Olvidaba como eres... ¿De verdad querías que te abrazara?

-Mucho –Milo se separó lo suficiente solo para girar y tenerlo de frente. Se pegó completamente a él, con los rostros apenas separados unos centímetros- ¿No te hace daño esto? –tocó con levedad el vientre, que al fin había cicatrizado pero aún punzaba, del lemuriano- ¿No te lastimo?

-Para nada –Mü recibió la caricia con los ojos cerrados- es agradable, en verdad

-Oye, Mü, quisiera preguntarte algo... pero espero que no te... ¿Puedo?

-¡Claro! –Abrió los ojos jade para mirarlo con alegría

-Me gustaría... Me gustaría saber –Mlo se ruborizó, cosa rarísima en él- cuando... ¿Cuánto tiempo hay que dejar antes de..? ¿Antes de...?

-¿Antes de que? –Aunque Mü en realidad sabía a lo que se refería, pero quería escucharlo

-Tu sabes... –mas rubor

-Nop... no lo sé –Le guiñó un ojo- no leo la mente, ¿Sabes?

-Malvado alquimista – murmuró el griego, entendiendo el asunto- solo quieres oírmelo decir, ¿Verdad?

-¡¿Yo?!- con fingida indignación Mü trató de apartarse- ¿Yo?

Iba a levantarse, de mentirillas claro, pero no pudo.

Milo le tomó de la mano y lo haló hacia sí. De algún modo se las ingenió para colocarlo encima suyo. De pronto Mü se encontró casi a horcajadas sobre el peliazul, con la cintura atrapada por un musculoso brazo y siendo jalado por el cuello por otra poderosa mano. Milo levantó un poco la cabeza para alcanzar más rápidamente sus labios.

Lo besó con la boca abierta, con la lengua, con el cuerpo.

Mü gemía contra su voluntad.

De pronto, el griego hizo un movimiento que le sacó de balance. Abandonó su boca para besar sus mejillas, sus ojos cerrados, la barbilla, el cuello. Acarició lentamente sus piernas, y, hábilmente, le sacó la camisa.

-Milo ¡No! –aún no se sentía cómodo con su cuerpo, en su estómago aún se notaban las líneas violáceas de las cicatrices- Espera... yo..

Pero Milo no le hizo caso. Simplemente se arrancó la propia camisa, y lo obligó a recostarse sobre él. Acarició la suave piel de la espalda, y el lacio y sedoso cabello lila...

- No haré nada –dijo Milo a su oído- solo quería sentirte un poco... además, eres tan hermoso... solo quiero verte... solo eso...

- Ah, Milo... por favor... no estoy listo –Se dejó acariciar, pero temblaba, tenía la camisa apretada en su puño, y los ojos cargados de desesperación- Déjame vestirme de nuevo.

-Esta bien, perdona –Milo lo soltó y lo colocó en la cama con un solo movimiento, que impresionó al otro- no quiero molestarte. Solo quería sentirte un poco.

-Pero aun es pronto –Mü se metió la camisa, con un dejo de preocupación en el rostro- aún es demasiado pronto. No estoy preparado para... bueno... tu comprendes que tras un alumbramiento el cuerpo necesita reponerse...

-No iba a hacerte "eso" –señaló Milo, ya sin inflexiones ni en la voz, ni en el cansado rostro- solo quería tenerte cerca. Deja de pensar que voy a violarte cada que te toco. Y además, tu cicatriz no me asquea ni por asomo. Al contrario, tal vez solo me preocupe lastimarte por que sé que esta muy fresca aún, pero no me parece fea ni desagradable. Ya me estás cansando con esa cantaleta...

Milo se refería a las múltiples ocasiones en que Mü lo rechazó. Desde el parto, al primer baño que tomó el pelilia fue orquestado por los otros dos lemurianos del santuario. No importó cuanto suplicó Milo para quedarse con él, ni cuan asustado estuvo por su estado hasta que le dejaron entrar de nuevo a la habitación.

Cada vez que Mü quiso ir al baño, era acompañado exclusivamente por Kikki, hasta el momento en que pudo hacerlo solo. Cada cambio de ropa del alquimista era una batalla para dejarlo fuera hasta de su propio templo.

Total, que el lemuriano no quería que lo viera. Aún le avergonzaba que hubiese asistido al parto.

-Sí, bueno – Mü trató de restarle importancia al asunto, y siguió los pasos del griego hacia la cocina- no es para tanto... además, bueno...

-Mü –lo calló Milo de repente, con una dura expresión- No sé a que estas jugando. Te amo. Te lo he dicho con toda el alma. Me has alejado de casi todo lo que se refiere a tus cuidados. Lo acepté para no herirte, pero me cuesta mucho que me desplaces. No se que te molesta, si que te vea desnudo, o que vea tu herida...

-No me siento cómodo desnudo... no contigo –Mü se sentó a la mesa, mientras el otro se paralizaba- no todavía...

-¿Por qué?

-No sé. –Los lacios cabellos lilas cayeron como una cortina sobre su hombro, cuando se agachó para evitar los ojos de Milo- tú te comportas como si nada. No te importa que yo te vea cuando sales del baño, sin nada encima más que tu cabello. Te comportas como si conocieras todo de mí, y en realidad...

-¿Conocer todo de ti, en que aspecto? – Milo lo interrumpió sin pensar- ¿en que forma?

- ¿Conoces mi cuerpo, Milo? –Mü le miró a los ojos, desafiante- ¿Conoces mis pensamientos?... solo piensas... solo piensas en sexo... sé que te masturbas en el baño, ¡Por Atenea!, te masturbas en el baño junto a mis hijos!. Sé que estás esperando a que pase la recuperación para...

-Perdona, pero si mal no recuerdo, el que hoy comenzó todo, fuiste tú – EL peliazul lucía muy molesto, enojado en verdad- tú te me restregaste, tú me abrazaste, y tú eras el que lo tenía duro, no yo – lo señaló, furioso, Mü se ruborizó como la grana- cada vez que yo he hecho algo desde que nacieron los niños, ha sido por que tú has comenzado... ¿recuerdas?, ¿Las caricias en mi cuello?, ¿Los besos antes de ir a bañarte?... ¿Cuándo me despertaste por que me tocabas de un modo muy... impropio?

De pronto Mü cayó en la cuenta... Milo tenía razón. Las veces que el griego se le había acercado, era para darle amor, hasta los besos más profundos carecían del fuego que se esperaría para un acto mas íntimo, solo llevaban amor, amor, y mas amor. Las caricias eran cuidadosas, delicadas, en su rostro, sus manos, su espalda... hasta sus pies. No podía quejarse de avances de Milo, ¡Por que no los había!

Y sin embargo él sí que lo deseaba. Y lo había demostrado, para luego sentirse terriblemente culpable por ello. Durante ese tiempo, Mü se había puesto más hermoso, si cabe. Curiosamente, tras dar a luz, adquirió un aire de masculinidad, de poder, que antes no tenía. Al menos no así. Una vez perdida la parte reproductora "femenina" que cargaba en su interior solo quedó el hombre.

Pero él permanecía solo. Encerrado. Molesto. Enfadado con sus propios sentimientos, enfadado con su cuerpo. Y la cicatriz aún punzaba, lo que le enfadaba más, por que le recordaba que aún no tenía autorizado descargar sus ímpetus.

Molesto por que se levantaba cada mañana con una erección que dolía, e incluso una ocasión, con las sábanas mojadas a causa de sus ardientes sueños con Milo ( A lo cual, el escorpión no hizo comentario alguno, sino que, de un modo completamente caballeroso, se limitó a cambiar la ropa de cama, y a dedicarse a los niños mientras él se lavaba). Por que el solo ver al escorpión le provocaba un golpe de sangre en la entrepierna y un hormigueo de deseo en el vientre...

Y por que ahora que se sabía hombre, y solo hombre, no estaba seguro de que lo que sentía fuese correcto. Antes tenía la excusa, tonta pero real, de ser un lemuriano. Uno en edad reproductiva con todos sus aditamentos maduros y en su lugar esperando ser usados. Necesitando ser usados.

Ahora...

Bueno, ahora ya no...

Y Milo se pavoneaba por ahí, desnudo, con toda su belleza ante sus ojos hambrientos, incapaz de comprenderlo. Y todas las cosas de las que le acusaba eran sus propios pecados...

De pronto Milo habló, lo miraba, pero en sus ojos había algo nuevo, tristeza, desilusión...

- Dices que no te conozco. Tienes razón –Los ojos se le cristalizaron, pero no llegaron a soltar una lágrima- no te conozco. Solo una vez te he tenido entre mis brazos. Solo una vez he podido tocar toda tu piel. Sí, tienes razón. El hecho de que en esa única ocasión me haya aprendido de memoria donde tienes lunares y cicatrices de batalla no significa que te conozca. El hecho de que haya besado cada centímetro de tu piel, no significa que sepa que tienes las manos frías y los pies ¡Helados!, no, no implica que sepa el tamaño justo de tu... tu... ¿Qué palabra puedo usar para no ofender tu delicada sensibilidad?... ¿"Amigo" quizás?... por que incluso en este momento, puedes darme un pedazo de papel y puedo dibujártelo con detalles, y puedes llevártelo a la habitación y hacer las comparaciones pertinentes...

-Milo... –Mü sentía deseos de gritar

-Sí, nada tiene que ver que haya besado a tu "amigo", que lo haya lamido hasta hacerte gritar, que recuerde un par de pequeños detalles que en verdad te hicieron gemir. No, no te conozco, aunque sé que duermes más del lado derecho que en ninguna otra posición. Que roncas como ahogándote cuando estás muy cansado, y que hablas dormido, discutes dormido, más bien. Que te gusta ese platillo que prepara Shaka y que ni siquiera puedo pronunciar, pero sé que pica. Que amas los dulces, y que tratas de ocultarlo, así que solo los comes cuando nadie te ve.

No. No te conozco. No tengo idea de cómo sufres con la idea de entregar a nuestros hijos. De que lloras en silencio cada vez que los arrullo y crees que no lo noto. Que sé que toda esa pataleta de que no me acerque, es solo por que no quieres reconocer que me duele lo mismo que a ti... que los amo lo mismo que tú... y que también tengo miedo...

-Milo, perdóname... yo –se levantó, para intentar abrazarlo, pero el griego se lo impidió, alejándose de él.

-Si te dejo que me veas sin ropa, es solo por que te tenía confianza Mü –Milo se alejó lo suficiente para seguirlo viendo, sin riesgo a que lo interceptara- no quería seducirte, por que sé que no es posible hasta dentro de un buen rato. Yo consideraba tus avances como algo natural. Creí que te hacía falta... no sé... dominarme más o algo... no sé...

-¿Eh? –y que razón tenía el griego. Mü no pudo más que reconocer que deseaba tener el control- ¿Cómo...?

-Has pasado por mucho, y esto de embarazarte debió ser muy duro para tu masculinidad, por que eres un hombre al fin de cuentas – Milo adoptó una pose muy característica de él, cuando portaba su armadura- creí que necesitabas ser tú quien tuviera el control. De hecho creí que lo ideal iba a ser...

De pronto, calló. No había pasado nada, pero de pronto no pudo continuar. Lo que iba a decir era demasiado humillante. Demasiado íntimo.

-¿Milo? –Mü pudo aproximársele, y le tomó las manos con las suyas- continúa, por favor...

-No. No hay nada más que decir. –EL griego levantó la vista, y le esbozó una sonrisa que dolió más por su frialdad- vamos a dormir un rato. No tardan en despertar, y quisiera poder estar un poco más alerta mañana en el entrenamiento...

-Milo de escorpio –Mü lo detuvo rodeándole la cintura, mas no pudo pegarse a él, por que de algún modo, Milo lo mantenía a distancia- ¿Qué es eso que creías ideal para mí?

-Voy a dormir – se liberó, y se marchó, dejando al alquimista solo con sus nuevas preocupaciones

Cuando llegó a la recámara, Milo fingía que dormía lo bastante convincente como para dejarlo en paz. Llamó a Kikki con la mente, y sacaron a los gemelos antes de que lloraran, para que lo dejaran descansar un rato más.

Pronto, esa misma mañana, llegaron Algunos de sus amigos, que se hicieron cargo un buen rato de los pequeños. Milo seguía durmiendo. Demasiado agotado, física y emocionalmente.

A mediodía se levantó.

Mü permanecía sentado en el cómodo sillón, solo. Los niños estaban en el templo de Camus, volviendo locos a todos. Milo apenas si lo miró. Sacó una túnica limpia y unos pantalones que no combinaban en nada, y al parecer, algo de ropa interior, que envolvió con lo demás. A diferencia de lo que normalmente hacía, no se quitó una sola prenda. Entró al sanitario y cerró la puerta tras él. Con seguro.

Mü se puso de pie para seguirlo. Cuando llevó la mano a la manija, se asustó de encontrarla cerrada. Tocó, pero nadie respondió. Lo llamó un par de veces, a lo que solo recibió un fastidiado "ya voy".

Volvió a su puesto en el sillón.

Esperaba verlo salir como siempre, sin nada mas que el adorno de su piel blanca, y el pelo escurriendo agua por doquier. Necesitaba verlo salir así. Se había acostumbrado... no... se había hecho adicto a verlo así.

Milo tardó bastante más de lo usual en salir.

Cuando lo hizo, había secado bien su pelo con una toalla, y lo había peinado descuidadamente. Iba vestido por completo de la cintura para abajo, y se colocaba adecuadamente la túnica.

Solo un trozo de su tórax y su marcado vientre quedaban a la vista.

-¿Por qué cerraste? –Mü se levantó de nuevo, para evitar que se atara los lazos de la prenda- quería entrar contigo...

-Me dí cuenta –el griego se alejó dos pasos- pero quise evitarte la mortificación posterior que siempre te invade cuando se refiere a algo hecho conmigo...

-No digas eso – los cabellos lilas iban atados en una trenza, que tocó su mano al moverse- ya no va a pasar eso... ya no...

-Bien dicho –Milo le dio la espalda- ya no. ¿Dónde están los mellizos?

- En casa de Camus –la voz del alquimista fue un susurro- Milo, por favor perdóname. Tienes toda la razón en todo lo que me dijiste. Yo estaba en un grave error, y quiero corregirlo. Perdóname.

-Estás perdonado – pero el peliazul se dirigió a la puerta- tranquilo. Iré por mis hijos, ya deben tener hambre...

Esa noche, y para gran consternación de Mü, Milo mandó a Kikki a dormir con él, y se mudó a la habitación pequeña. Cada que lloraban los bebés, corría a cuidar de ellos, los alimentaba, los cambiaba, los arrullaba. Pero luego se marchaba de nuevo. No le dirigió ni una mirada, ni una caricia. Nada.

Mü tuvo que aceptar que le había roto el corazón.

Simple y llanamente, había llegado al fondo mismo de los sentimientos del escorpión, y los había pisoteado.

Él, con sus arranques arianos de pasión, había creado ilusiones en su compañero. Milo le entregó todo, su corazón, su confianza. Y, por un breve tiempo, había querido entregarle su cuerpo, el último bastión que le quedaba.

¡Oh, sí!

Claro que Mü lo sabía... ¡Claro que lo sabía!

Sabía a lo que se había referido el escorpión aquella madrugada. Lo ideal para él. No para Milo que resultaría bastante afectado, sino para él.

Había percibido los pensamientos inconexos del griego. Las imágenes veladas. Lo entendió todo días antes de la gran discusión. Incluso había captado una brevísima pero clara idea en el momento mismo en que Milo calló aquella ocasión.

Milo jamás había sido tomado. Así de simple.

Era un ser sensual, dedicado al cuerpo y los sentidos. Pero era él quien tomaba de su amante, quien poseía, quien arrebataba. Fuera hombre o mujer, él tomaba, él estaba, por decirlo de algún modo, encima. Siempre.

Por eso todos en el Santuario decían que, el día que se entregase, sería por que estaba enamorado. Real, completa y verdaderamente enamorado.

Nadie creía que lo hiciera jamás.

Pero ese Escorpión quiso, por poco tiempo, hacerlo. Quiso entregarse. Quiso ofrecerle a Mü una prueba de la virilidad que el lemuriano sentía perdida. Obviamente estaba avergonzado ahora por su debilidad, pero lo había deseado con fuerza. Incluso había investigado respecto al dolor y todo eso... nervioso, ideaba el lugar perfecto...

Luego discutieron.

Ya no lo deseaba más. Y Mü lo sabía también.

Ahora, si quería recuperarlo tendría que reconquistarlo de algún modo...

W-W-W-W-W-W-W-W-W-W-W

-¿Estás seguro, Milo? –Camus clavó en él sus ojos turquesas- pienso que deberías darte otra oportunidad.

-Estoy seguro, he cometido muchos errores, pero esperar que el carnero me amara después de toda esta odisea fue la mayor estupidez de todas. Estoy loco por él –Milo se inclinó un poco, Camus le rodeó los hombros con un frío brazo- tan loco, que si me toca, me derrito. No quiero que me toque. No quiero que me vea... no quiero...

-Está asustado, no debes dejar todo de lado por que pelearon una vez

-¿Te das cuenta de que odiaba que me aliviara en el baño? –Milo lo miró por enésima vez, con los ojos llenos de desesperación- ¿Cuándo él me provocaba, le asqueaba mi respuesta?

-No lo asqueaba, no exageres –Camus trató de calmarlo, acariciando su mejilla- creo que temía lo que le esperaba cuando ya no fueses al baño...

-Lo asqueaba. Mi cuerpo. Yo. Lo asqueo- Milo se levantó para caminar en cortos círculos- ¿por qué tenía que mencionar eso, precisamente?

-Basta, Milo –Camus se levantó tras él, y lo agarró con fuerza para pegarlo a sí- Basta. Lo que haya sido, estoy seguro que solo fue producto de los temores del joven Aries. Acaba de tener hijos. Estuvo embarazado y todos lo supimos. Ni siquiera tuvo la privacidad a la que ese pueblo está acostumbrado, sino que todos estuvimos ahí. Lo tratamos como a una delicada flor, cuando era un hombre con una gran carga. Es lógico que todo le cause incomodidad por ahora.

-Sí. Gracias. Pero de todas maneras, ya no voy a... –Quiso decir, tocarlo, pero la palabra no llegó a sus labios- ya no voy a soñar más... además, está el asunto de mis hijos. Ya están buscando quien los críe. Quieren llevárselos pronto. No sé como voy a poder con eso.

-Atenea ya les dijo que no los sacará de sus vidas. Los cuidarán cerca del Santuario. Y ustedes podrán verlos a diario –Camus lo soltó para sentarse de nuevo en el dorado césped- no perderán a sus hijos, Milo, solo que tendrán una madre... mujer... eso será bueno para todos...

-Ya tienen más de un mes. Kikki no deja de repetir que es inaudito que nos los dejasen hasta ahora –Milo sonrió- No quiero que se los lleven.

-¿Qué harás?

-No lo sé. No echaré a Mü. Pero supongo que no se quedará. Si ya no están los bebés. –ambos se miraron significativamente- ¿Puedo confesarte algo?

-Claro –Camus le dedicó una sonrisa luminosa

-Si no se marcha ese mismo día, creo que voy a terminar violándolo...

-¡¡¡¡¡Milo!!!!!

Y sus carcajadas resonaron por todo el valle...

w-w-w-w-w-w-w-w-w

Mü salía de la ducha solo con la toalla arrollada a la cintura. Ya habían pasado casi los dos meses y la marca en cruz de la enorme cicatriz había desaparecido por completo. No quedaba más huella en él, que los recuerdos. Milo se encontraba recostado, leyendo una tira cómica. Lo miró de soslayo.

-Milo, ya eligieron a la mujer que los cuidará –el alquimista se paró junto a la cama, a su lado- es una maravillosa persona

-Lo sé –Milo bajó la revista, y lo miró sin verlo de verdad- ya la conocí. Supe lo de su hijo.

-¿En verdad? –aunque poco le asombraba, cuando Milo ya no le compartía gran cosa- que bien. Temía que no la aprobaras. Aunque es una criatura sumamente dulce, y llena de instinto maternal...

-¿Cuenta mi opinión? –dijo sarcásticamente, poniéndose de pie- Que halago...

-Claro que cuenta –contestó el alquimista, sereno- y si tu no la quisieras, por el motivo que fuera, yo tampoco la aceptaría. Es un hecho.

Estaban muy cerca. A propósito, el lemuriano no se había movido, con tal de lograr que quedaran así. Milo llevaba la camisa abierta. Mü no llevaba nada.

-Últimamente te estás poniendo exhibicionista –Comentó el griego, sin malicia- es por que ya no tienes marcas ¿verdad?

-No. Es por que quiero que me veas –Mü se acercó más, deseando besar sus labios, el gesto extrañado del griego se lo impidió- ¡Es cierto!

-Gracias, creo –Milo temblaba por dentro, y un gran latido cimbraba su entrepierna, pero se contuvo como los héroes- vístete. Puede entrar Kikki. Ah. Perdona. Olvidé que el niño te ha visto desnudo incontables veces.

-¿Y tu no quieres? –trató de ignorar el desprecio, y arremetió de nuevo- ¿Tu no quieres verme así?

-¿Para qué? –y esta vez no actuaba, el escorpión estaba siendo sincero- ¿Para que, dime?... para que te sientas culpable... no gracias. Para que luego te dobles de asco por que yo...

-¿Por qué tú que? – Mü se aproximó y le tomó el rostro entre las manos, cerca, muy cerca, sus pelvis separadas apenas por un par de centímetros- ¿Por qué ibas a darme asco, Milo?...

-Olvídalo.

-No. ¿Qué fue lo que dije que te hizo tanto daño? –Mü intentaba ubicar las palabras exactas- por favor, apelo a tu honor de Caballero, y te suplico que me lo digas...

-Ahh...- un largo suspiro. El peliazul se armó de valor. Era mejor terminar con la farsa- me confesaste lo que sentías por que yo me... ¡No se ni que expresión usar!... Mü... yo... yo también me sentí mal por... aliviarme a mi mismo (por fin le entendió el lemuriano, y palideció de tristeza). Nunca menosprecié la situación. Nunca quise ofenderte. Es solo... que... fueron muchos meses solo. Totalmente solo. Y cuando tú hacías esas cosas que me encendían, por más que intentara no podía aguantarlo. Y por nada del mundo te hubiera lastimado o agotado. No me imagino cuan repugnante fue...

-¡Milo, Milo! – Mü intento de nuevo abrazarlo, otra vez sin éxito- ¿Eso te ha estado molestando hasta ahora?

-No molestando. Me siento culpable –el griego se encaminó a la puerta- ahora ya lo sabes. Estamos en paz, creo, ya sabes que no me siento orgulloso, y ya me disculpé.

-Me enojaba, por que yo necesitaba hacerlo también, y no podía –Mü lo detuvo con sus palabras- estaba celoso de tu mano, de la pared, del agua... de todo lo que te tocaba. Y estaba furioso contigo por ser tan dulce y echar abajo todas mis preconcebidas ideas sobre ti. Por que somos hombres y... yo soy... ya solo soy...

-¿De que hablas? –Milo giró para encararlo

-Que yo también quería... yo quería ser tu mano –Mü le dedicó unos ojos que mataban- y me daba coraje que tuvieras tanto miedo que no me lo hacías a mí. Y luego me sentía ridículamente culpable por todo... y luego me sentía culpable por sentirme culpable... una estupidez...

-No te entiendo nada. –el Escorpión se sentó, impresionado, sin dejar de verlo

-Lo entenderás, si me dejas acercarme lo suficiente como para... –el alquimista lo pensó bien, y continuó- como para que me beses... hace semanas que no puedo ni rozarte. ¿Solo un beso?...

Ya se encontraba demasiado cerca. Se arrodilló frente al sentado Milo, y le ofreció sus labios entreabiertos. Las manos tibias del alquimista volaron rápidamente a la poca piel desnuda que tenía a su alcance. Milo titubeaba.

Pero tenía que ser Milo quien diera el paso.

Milo cerró los ojos. No se atrevía a hacerlo...

CONTINUARA