xi.
Comimos un poco, reímos ante unas bromas anticuadas y, después de un rato de hablar de música y posibles arreglos venideros, las luces se apagaron y el pequeño estudio se cerró por completo. Las luces de las calles de Tokio nos recibieron una vez más y, puedo jurar, que a lo lejos escuché a alguien hablar de ellos mientras el sonido de su música se elevaba hasta el lugar en el que estaba.
Con un número de seguidores impresionante pese al poco tiempo que han estado en línea —1.7 millones y en aumento—, este par de jóvenes parecen gritar con su música que están aquí para quedarse, gracias a su bella voz, durante un largo tiempo.
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Toru lleva poco más de dos semanas yendo al estudio. No es sorpresa para nadie en la oficina ver que él y Sugawara se marchan juntos. Tampoco preguntan mucho al respecto, cada quien está más inmerso en sus labores y problemas propios que en algún rumor que alguien pueda inventar —es por ello que a Toru le gusta trabajar ahí—.
Recuerda aún esa tarde y parte de la noche en aquel estudio de grabación. Kozume pidió que interpretaran una vez más la melodía —esta vez sin echar a perder el arco, amenazó—. En esa repetición, Toru se percató de que todas las notas eran las correctas, no había ninguna fuera de lugar o de tiempo.
Cuando abandonaron la cabina —después de acomodar los instrumentos a como estaban—, Kuroo se acercó hacia Kozume y Sugawara se les unió. Bokuto, en cambio, con esa sonrisa llena de confianza caminó hacia Toru y se detuvo a unos cuantos pasos de él. Su ridículo peinado estaba intacto y se preguntó si acaso el cabello de distintas tonalidades no se sentiría horrible pues, suponía, debía usar distintos productos para que se viera así.
—¿Y bien, chico bonito? ¿Qué te pareció?
El ceño fruncido de Toru regresó y una vez más cruzó los brazos.
—Estuvo… bien —imitó las palabras de Sugawara cuando les preguntó sobre ellos por vez primera. Incluso agregó la misma pausa que él recibió como parte de la respuesta.
El rostro de Bokuto se transformó, la incredulidad se mostró en su rostro.
—¿Es en serio? ¿Sólo bien? —alzó los brazos hacia el cielo y después su cabeza giró muy rápido hacia Akaashi—. ¡Akaashi! —gritó—. ¿Puedes creerlo? ¡Dice que sólo estuvo bien? —dijo la última palabra con un poco de amargura.
—Bokuto-san, estoy tratando de concentrarme —Akaashi respondió con la mirada ahora en unas hojas que tenía en sus manos.
Sugawara ahoga una risa y los labios de Kozume forman una sonrisa tan sutil que casi podría pasar desapercibida si no fuera por lo buen observador que es Toru.
—¿Oya? ¿Qué es eso, Akaashi? —Bokuto pareció olvidar su indignación ante su interpretación por las hojas que el otro muchacho tenía.
—Es el nuevo arreglo que hizo Kenma —cuando el músico sonrió y, Toru supuso, estuvo a punto de pedir que le prestara aquellas hojas, el muchacho habló una vez más—. Estas son mis copias, pide a Kenma las tuyas.
Bokuto se desanimó y se recuperó tan rápido que Toru quedó asombrado. No creía que algún día fuera a encontrarse con alguien de humor tan cambiante como Bokuto —él no contaba, por supuesto, a pesar de todo lo que Iwa-chan, Makki y Matssun se empeñaran en decir—.
Después de eso, Sugawara le explicó que el encargado de hacer los arreglos es Kenma —o Kozume, como Toru prefiere llamarle, pues no quiere ser irrespetuoso con alguien que le hace sentir incómodo con aquella mirada ambarina— y algunas veces, la gran mayoría, Akaashi le ayuda. Este último es quien une todas las pistas en un solo audio —a veces regraban la canción, pero con distintas notas para que se escuche completa—; era obvio, comentó, que Kuroo y Bokuto se dedicaran a tocar. Por último, el propio Sugawara es quien escribe sus opiniones sobre cada audio y que, incluso, coloca algunas de las grabaciones en un viejo ameblo.
—Espera —Toru dijo al saber muy bien de qué blog se trataba—. ¿Tú escribes Bella voce?
Sugawara sonrió, orgulloso, y asintió. Todo tiene sentido ahora, se dijo Toru, pues el nombre de aquel blog era el mismo de la razón de la existencia de ese grupo.
—¿Sucede algo? —Iwaizumi pregunta y le arrastra al presente. Toru nota el agedashi tofu a punto de desaparecer mientras su propia comida está casi intacta.
—No —contesta rápido y toma un bocado de su comida.
—Sucede algo —Iwaizumi afirma ahora, y asiente con la cabeza. Antes de que Toru pueda objetar algo, continúa—. Estás muy callado, nunca estás tan callado.
—Eres muy malo, Iwa-chan —reclama y hace un mohín. No le importa que le digan que es demasiado grande para ello, que esa no es la actitud de un adulto—. Pero no sucede nada, no necesitas preocuparte.
Iwaizumi no dice más, pero su mirada está fija en Toru un rato hasta que parece convencerse de que en realidad no sucede nada. Consume el último pedazo de tofu.
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xii.
Después de un mes después de sus visitas y en un día que tienen libre del trabajo, deciden verse en el estudio. Llega temprano —a diferencia de cuando se reúne con Iwaizumi, pues esta vez no se encuentra con aquellas fans que tiene y a quienes se le hace imposible rechazar—, y Kozume, quien apenas si abre la puerta, se hace a un lado al ver que quien está afuera es él.
—Tengo que salir —anuncia cuando Toru entra—. Kotaro-san está adentro, los demás no deben tardar en llegar.
Toru asiente, la quietud del lugar hace que la voz de Kozume haga un pequeño eco en la pequeña habitación. El muchacho rubio hace una ligera reverencia y, antes de cerrar por completo, avisa que el resto tiene llaves y no necesita preocuparse. Desparece detrás de aquella puerta sin esperar a que Toru responda.
Le toma tres segundos comprender las palabras de Kozume. Otros dos en empezar a dirigirse a la cabina de grabación. Dos segundos más, después de que abre la puerta que da a la cabina, para comprender que, por primera vez, se encuentra con Bokuto. A solas.
Cuando tiene los ojos grandes y dorados de Bokuto sobre él, sonríe de una manera educada. Es uno de esos gestos que comparte con algunas muchachas que gozan de acercarse a él y conversar sobre lo bien que hace su trabajo.
—¡Hey, chico bonito! —Bokuto saluda.
Al parecer no es consciente de la distancia que Toru pone entre ellos. Es eso o le está ignorando. Bokuto también mueve su mano hacia arriba y, con ella, unas hojas que Toru reconoce. Son las que Akaashi revisó unos días atrás.
—Bokuto-kun —responde. Resalta el honorífico sin borrar la sonrisa de su rostro.
—¡Qué frío! No deberías ser así, chico bonito. No voy a comerte o algo parecido. ¡Oh! Hay algo que quiero preguntarte. ¿De verdad piensas que sólo estuvo bien? Porque ese fue uno de nuestros mejores días…
Bokuto continúa. Los espacios para que Toru pueda hablar son pocos, pero no le interrumpe. Se siente atraído por el volumen de sus palabras, el brillo de su mirada y sus ademanes exagerados. Toru descubre, a poco tiempo de conocerle y al estar a solas con él, que Bokuto habla, piensa y se mueve con la misma pasión que cuando toca el violonchelo.
Los silencios se prolongan cada vez hasta que Bokuto decide convertir aquello en un interrogatorio. Ataca a Toru con preguntas sobre sus películas y canciones favoritas —ríe ante la confesión de Bokuto, quien admite saberse las melodías de varias películas de Ghibli—, le pregunta si practica algún deporte —su emoción aumenta cuando se entera que comparten el gusto por el vóleibol e incluso le cuenta algunas anécdotas— y finaliza con «¿qué canción te gustaría escuchar?»
Toru sonríe y anuncia su petición.
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xiii.
Una tarde, después de jugar con Iwaizumi, se volvió consciente de una rutina que ha hecho las últimas tres semanas. En su tarde de conversación con Bokuto, descubrieron que sus apartamentos quedaban por el mismo rumbo. El otro vive más lejos y, según sus propias palabras, a veces tiene «pequeñas desesperaciones» —Kuroo, al siguiente día y en voz baja, se tomó la molestia de aclararle que se trataba de ataques de ansiedad— y se ve en la necesidad de salir temprano de casa.
Bokuto está en uno de los sillones y conversa con Sugawara y Kenma. Es obvio que Toru no presta atención a lo que están diciendo, pero no puede evitar el voltear cada vez que Bokuto eleva la voz.
Decide entonces enfocarse en otra cosa… en otra persona. Akaashi, el chico bonito de cabello negro y amigo de Bokuto, levanta la mirada cuando siente que Toru le observa. Sus ojos grises abandonan las hojas que tiene esparcidas por la mesa. Toru echa un vistazo y nota las páginas agrupadas, distingue las líneas que constituyen el pentagrama y, sobre ellas, unas notas musicales. Sin embargo, el otro conjunto es diferente, pues en las páginas no hay nada más que palabras. ¿Romaji, tal vez?
—Es un nuevo arreglo —confiesa—. Este, —da un par de golpecitos con el dedo al montón de hojas lleno de palabras— es para el torpe de Kuroo-san —Akaashi se mueve un poco para darle espacio a Toru, le permite verlas con mayor detalle.
Comienza a revisarlas y ve que son sílabas. Unas cuantas están acompañadas de algún símbolo —reconoce en ellos una letra b—. Otras tienen números antes, lo que lleva a Toru a rememorar aquellas viejas clases obligatorias de Química.
—¿Por qué son diferentes a las de Boku-chan? —Toru pregunta, el apodo abandona sus labios con afecto, como si le hubiera conocido y llamado así toda la vida.
Si Akaashi se sorprende por ello, no lo comenta. Los ojos grises —¿o eran azules? Toru no puede discernir; tampoco está muy interesado en ello— buscan la figura de Kuroo en el pequeño estudio. Sus labios forman una sonrisa al encontrarle.
—Es porque Kuroo-san no sabe leer las notas.
Aquella aseveración le toma por sorpresa. Si no sabe leer las notas, ¿cómo es que puede tocar? ¿Acaso no es requisito saber leer las partituras para poder estar en una orquesta?
—¿No sabes leer las notas? —pregunta en voz más alta, su mirada se fija en Kuroo, quien luce un tanto incómodo.
Toru tampoco sabe leerlas, pero aquello es obvio. Él no se dedica a la música, sólo a disfrutarla. Además, le parece muy extraño que el muchacho, a quien ha visto tocar con tanta pasión, no sea capaz de descifrar lo que hay en las hojas que Akaashi ha escrito. Hojas que ahora Bokuto tiene en sus manos.
—No es que no pueda leerlas —Bokuto interrumpe mientras analiza las semicorcheas, corcheas y otras notas que se acomodan en el pentagrama—, le cuesta hacerlo.
Kuroo permanece en silencio y su amigo, Kozume, decide expresar su opinión.
—Si se pusiera a trabajar con las mismas hojas que Kotaro-san es posible que el nuevo audio tomara más tiempo en hacerse.
—¿Entonces…?
—Tengo buena memoria —Kuroo confiesa, después de tanto tiempo de permanecer en silencio—. Antes leía las notas, las transcribía —señala con la cabeza las hojas que Akaashi le ha preparado— y, después de tanto tocar, las aprendía. Ensayo y error.
—Aprendizaje y después perfección —Bokuto completa.
—Exacto.
Toru, feliz, cree que poco a poco está logrando acostumbrarse a esas interacciones entre los músicos. Sin embargo, en otras ocasiones, no hace más que preguntarse cómo es que se encuentran tan en sintonía el uno con el otro como para pensar las mismas cosas, finalizar sus frases o entender los chistes malos y absurdos que a menudo deben explicar a los demás.
Ellos son similares a él e Iwa-chan, piensa, y al mismo tiempo son muy diferentes.
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Notas: Con suerte, nos leemos en dos semanas.
