SECRETOS
Los días se sucedían uno tras otro a una velocidad que a Elda se le hacia increíble, antes de la llegada de Billy a su vida, ésta transcurría sin sobresaltos, en general un día era parecido al siguiente, y aunque en un principio le costó adaptarse a esa rutina, a esa manera de vivir, al final había acabado resignándose y aceptando con cierta complacencia esa vida, tan diferente de los años pasados en el mar.
Ahora, de repente, ese joven llegaba para recordarle que ella misma había tenido una vida muy distinta a la que ahora llevaba, llegaba haciéndole pensar en recuerdos que tenia enterrados desde hacía mucho. Ese hecho la molestaba pues se daba cuenta de que su vida actual no era totalmente satisfactoria, y con rabia pensaba que echaba de menos una parte de su anterior existencia.
Por desgracia también le había hecho recordar su encuentro con los piratas, la muerte de su padre y todo lo que vino después. Y no le gustaba pensar en eso.
Y con sorpresa, pensó que aunque su compañía había sido forzada, en el fondo tener a alguien cerca después de tanto tiempo viviendo sola, le había gustado.
Pese a ser una isla tranquila, Elda tenia mucho trabajo y se pasaba gran parte del día fuera o preparando remedios que le encargaban, pero por la noche, mientras cenaban tenían buena conversación, Billy era instruido y le contaba sus viajes, y también era divertido.
Sabia que no se lo contaba todo, pero como censurar su prudencia, ella misma apenas le había contado nada sobre su vida pasada. Mantenía las distancias y le hablaba sobre todo de su vida en la isla.
Pensaba en todo esto mientras a primera hora de la mañana, como siempre, había ido a la playa.
Llevaba su bastón de combate, para un ojo inexperto, no era más que un bastón para ayudarse a caminar, pero ese bastón era un arma magnífica y su padre le había instruido en el arte del canne de combat, un arte marcial francés que utilizaba el bastón de madera como arma.
Primero se relajó utilizando las técnicas aprendidas, limpio su mente de cualquier duda o preocupación, y luego se dispuso a comenzar el entrenamiento.
Se ejercitaba con el bastón, repetía los diferentes movimientos de lucha que le había enseñado su padre, y también efectuaba los movimientos de lucha que había aprendido en sus largos viajes por Oriente.
Su cuerpo acostumbrado el ejercicio y al esfuerzo físico, respondía sin vacilación, volteaba el bastón sobre su cabeza, adelantaba su pierna derecha para asestar un golpe sobre un enemigo invisible, saltaba dando una voltereta hacia atrás mientras hacia girar el bastón en un rápido movimiento envolvente.
Golpeaba y retrocedía, giraba y saltaba. Su cuerpo en completa sincronía con los movimientos. Su respiración acompasada, sus movimientos seguros y certeros.
Tras un rato de practicar con el bastón el sudor caía por su frente hacia sus mejillas, perdiéndose por el cuello.
Llevaba unos calzones de algodón que le llegaban hasta las rodillas de color negro y un corpiño de piel de tirantes dándole libertad de movimiento mientras el algodón le permitía moverse con comodidad, sus manos, cubiertas por unos guantes de piel, sujetaban el bastón con firmeza pero al mismo tiempo con delicadeza.
Repetía diferentes rutinas, diferentes ataques y contraataques. Estaba totalmente concentrada.
Toda preocupación había desaparecido de su mente.
Billy se había levantado pronto, y al ver que Elda no estaba en la casa, decidió salir a explorar un poco la playa, desde que había llegado, no se había movido del establo y de la casa de la chica, ahora su cuerpo ya estaba fuerte, así que pensó que le sentaría bien un poco de ejercicio.
Sin un rumbo predeterminado se puso a andar por la orilla, disfrutaba del frescor del agua en sus pies, notaba la brisa en el rostro y por primera vez en mucho tiempo se sintió bien, tranquilo.
Estaba relajado, disfrutando de ese momento, cuando le pareció oír algo que en principio no supo definir, provenía de detrás de un grupo de palmeras y se dirigió hacia allí,ahora los ruidos eran claramente jadeos, con curiosidad, pero con precaución, se ocultó entre la vegetación baja que había cerca de las palmeras y se acercó aún más. Entonces vio a Elda, la chica tenia un bastón de madera entre las dos manos y hacia movimientos con él, éstos eran certeros, estudiados, Elda sudaba por el esfuerzo, y Billy fue consciente de lo buen en forma que estaba, tenia un cuerpo curtido y moderadamente musculoso, el bastón era una extensión de sus brazos, y quedó impresionado por la destreza que demostraba, hacia unos años, había conocido a un francés que luchaba como lo hacia Elda, éste le había explicado que era un tipo de lucha que se practicaba en Francia desde la Edad Media, nunca se habría imaginado que aquella curandera fuese una experta luchadora.
Sin poder evitarlo se quedó allí mirándola, sabia que estaba violando su intimidad, que si se entrenaba en ese rincón de la playa era precisamente porque no quería que nadie la viese ni la molestase, pero Billy parecía hipnotizado. Elda había dejado el bastón y ahora hacia unos movimientos con las manos y las piernas que Billy no entendía, jamas había visto nada igual.
Infinidad de preguntas acudieron a su mente, pero lo que si vio claro es que no le convenía que ella supiese que conocía su secreto. Así que poco a poco fue reculando entre la vegetación hasta que se alejó de la zona donde Elda entrenaba, y con paso rápido se dirigió hacia la casa, mirando de vez en cuando a su espalda para cerciorarse de que ella no lo había visto.
Una vez en la casa Billy meditó sobre su descubrimiento, se moría por saber que era lo que hacía, donde lo había aprendido, porque lo mantenía en secreto, pero de igual modo sabia que no podía preguntarle directamente sin delatarse, tendría que esperar el momento.
Cuando Elda volvió a casa, después de dos horas de duro entrenamiento, se sentía cansada pero bien, el ejercicio la ponía de buen humor, y como no, le daba apetito, así que cuando llegó a casa y vio que Billy estaba haciendo el desayuno, se llevó una grata sorpresa que no disimuló.
- Vaya, ¿que estas haciendo?
- Huevos y beicon.- Contestó con una sartén humeante en la mano.
- Que bien huele.
- Pensé que después del ejercicio estarías hambrienta.- Al instante se dio cuenta de que con sus palabras podía delatarse.
Ella lo miró enarcando una ceja.
- Cada mañana sales a andar un par de horas y me he dado cuenta de que vuelves con hambre. - Lo arregló
- Eres muy observador.- En su tono un cierto reproche.
- No te estoy controlando.- Se explicó él.- Aquí no hay mucho que pueda hacer un enfermo convaleciente, simplemente me he fijado.
- Bueno, pues agradezco el esfuerzo.- Contestó ella con sinceridad.
- Es lo mínimo que puedo hacer, después de que tu me hayas salvado la vida.
Elda no contestó, se limitó a asentir y a sonreír, y a Billy le gustó esa sonrisa, se había dado cuenta de que no era muy propensa a mostrar sus sentimientos, y verle esa sonrisa sincera le gustó.
- Después del desayuno tengo que ir a visitar a unos pacientes a sus casas,- se explicó mientras comía un trozo de crujiente beicon,-supongo que estaré fuera toda la mañana, no se si vendré a comer, pero ya veo que te desenvuelves bien.
- Si, no te preocupes.- Le contestó él con la boca llena.
Como había previsto Elda, no llegó hasta después de comer, Billy estaba en el huerto, intentando hacer de granjero, trabajo que no se le daba muy bien, cuando oyó el caballo fue hacia el establo para ayudar a la chica, y tan pronto vio su semblante supo que su humor no era bueno.
La chica bajó del caballo de un salto, cogió las alforjas que llevaba y sin decirle nada, se fue hacia la casa.
Billy se encargó de la montura y luego fue hacia la casa. Elda estaba vaciando las bolsas con el ceño fruncido, con movimientos enérgicos, entonces se dio cuenta de que la estaba observando apoyado en el marco de la puerta.
- ¿Y tu que quieres?.- le espetó sin más.
El alzó las dos manos en señal de rendición, y dando media vuelta volvió al huerto. No quería provocar ningún tipo de discusión, no conocía lo suficiente a la chica como para entender su humor o sus reacciones, así que opto por dejarla sola.
Elda se puso a trabajar en la preparación de medicinas y Billy después de trabajar un rato más en el huerto, se fue hacia la playa, estaba sucio y sudado.
Elda vio como en la playa, a lo lejos, Billy se desnudaba y entraba en el agua y empezaba a nadar. Se quedó mirando como se adentraba en el mar, pensando en lo bien que se había recuperado, y por consiguiente, en su pronta partida. Y ese pensamiento no sabía si la alegraba o entristecía, pues aunque quería recuperar su intimidad, no estaba muy segura de querer volver a la rutina anterior. Suspiró y volvió a la casa.
Cuando Billy volvió, Elda parecía estar de mejor humor. Estaba preparando la cena.
- ¿Todo bien?.- Se aventuró a preguntar.
- Me he encontrado con el gobernador, y me ha recordado lo de la invitación. No he podido alargarlo más, mañana estamos invitados a cenar. - Le explicó.
- Bueno, sera mejor pasarlo cuanto antes y ya está...
- Si, como un resfriado.- contestó de mal humor.
Billy apoyado en el marco de la puerta la observaba mientras cortaba unas verduras y las ponía a cocer.
- Cuando tu llegaste, ¿el gobernador también hizo lo mismo? ¿te invito a cenar para saber de ti?.- Se aventuró a preguntarle. Nunca antes habían hablado de ella, de como llegó, ni el motivo, ni lo que era antes de llegar a la isla.
Elda no se giró, se demoró en la tarea de cortar más verduras, pensando en como había llegado a la isla. Una historia demasiado larga y personal para explicársela a un desconocido.
- ¿Y que te hace pensar que no he nacido aquí?.- Intento ganar tiempo
Billy sonrió, Elda no vio su rostro pues estaba de espaldas a él, pero se imaginó su expresión.
- Llegué hace 10 años.- Le dijo girándose por fin y saliendo al exterior. Había cogido una jarra de vino y un par de vasos.- Mi llegada aquí no tiene mucho misterio, la verdad.- Sirvió el vino en los vasos.- Entonces había islas que se estaban poblando de colonos... españoles, franceses, ingleses... yo vine con un grupo de colonos británicos, me había quedado huérfana, en Inglaterra ya no tenia nada ni nadie y quería empezar de nuevo.- No era sincera del todo, pero tampoco le estaba mintiendo.
- Hablas muy bien el francés, te oí en el mercado hablar con un cliente. ¿Has estado en Francia?.- Se aventuró a preguntar mientras tomaba otro trago de vino.
- No vas a rendirte, ¿verdad?.- contestó ella, pero no había enfado en su voz, Billy se limitó a encogerse de hombros. - Mi padre era francés.
- ¿Y tu madre inglesa?, vaya! - Entre los dos países las relaciones no eran muy buenas, de ahí el asombro del chico por semejante matrimonio.
- Bueno, aunque suene muy cursi, supongo que el amor no entiende de fronteras y ninguno de los dos tenia familia, así que nadie se opuso a esa unión.- explicó.
El chico asintió,en su cabeza encajando alguna que otra pieza. Durante unos segundos se hizo el silencio entre los dos. Elda cogió el vaso y tomó un largo sorbo, Billy hizo lo mismo. Mientras la observaba con atención por encima del vaso,ella miraba el horizonte, sus pensamientos muy lejos de allí.
- ¿Esa es la versión oficial o la real?.- Preguntó dejando el vaso sobre la mesa.
Elda se giró, de vuelta a la realidad y lo miró a los ojos.
- ¿Que quieres decir?.
- Bueno, yo tengo la versión oficial que hemos contado a la gente, y la real que solo tu sabes.- Contestó encogiéndose de hombros.
- Ya sabes de mi encuentro con los piratas, y ya te dije que no te contaría más, de todas formas creo que ya he hablado suficiente.- Suspiró.- Billy todos tenemos secretos, tu me has contado alguno de los tuyos, no todos.- El chico sonrió y enarcó las cejas.
- Pues por eso mismo, podrías confiar en mi si quisieras y contarme alguno.- Le animó él con una sonrisa.
Elda lo miró durante unos segundos en que a él le pareció ver un atisbo de duda, pero entonces se oyó el ruido del agua hirviendo en la olla, y la chica se levantó, aliviada, y esa duda desapareció de sus ojos. Había pasado la oportunidad.
CONTINUARÁ...
