¡Capítulo 4! Aquí entra en escena nuestro querido Inglaterra (?). Un poquito de UKFr, no sé si podría considerarse que hay algo de lime (? De cualquier forma, espero que les agrade~
Un niño no mayor de 15 años miraba con aburrimiento las tácticas militares de sus tropas. Solo en su habitación, en su castillo en Londres, su mente vagaba por los sucesos ocurridos hacía unos años atrás, cuando el Tratado de Troyes fue firmado.
La representación de Inglaterra sonrió de costado, recordando nítidamente la imagen de Carlos VI firmando aquel tratado que le entregaba Francia al rey Enrique V, su rey, luego de la muerte del francés.
Francia había sido prácticamente suyo por unos instantes. Y él lo había dejado bien en claro esa noche, dominándolo, haciéndole gemir su nombre. Humillándolo lo más que pudo. Porque lo deseaba, si. Lo deseaba tanto como lo odiaba, y lo odiaba tanto como lo amaba, al mismo tiempo que lo amaba tanto como quería verlo desaparecer.
Recordaba las veces en que, cuando Francia era quien tenía control sobre él, lo había hecho suyo. Siendo suave y delicado, tratándolo como una niña, dejando claro el papel de dominante. Obviamente él no sería tan dulce, porque lo odiaba. Odiaba cualquier rastro de brillo que pudiese tener su mirada, odiaba su sonrisa, y al mismo tiempo los amaba. A la vez que lo odiaba, quería que le perteneciera totalmente. El Tratado de Troyes era la prueba de que Francia le pertenecía a él, no a sí mismo. El único que podría estar con Francia sería él, nadie más...
Pero Francia se rehusaba a ello. Desde aquella vez, Inglaterra había visto la forma en que su enemigo había aguantado las lágrimas. Lo disfrutó. Lo disfrutó demasiado. Más disfrutó el tener su cuerpo debajo suyo, cuando ya había dejado de retener las lágrimas y se permitía llorar al mismo tiempo que era besado.
Inglaterra sabía que él lo estaba disfrutando, y al mismo tiempo se odiaba por disfrutarlo. Orgullo, el mismo orgullo que él poseía.
Cuando Enrique V murió, sintió sus planes trastabillar un poco, pero no creyó que hubiese demasiado problema en ello. Aún quedaba el infante Enrique VI, tranquilamente él podría hacerse cargo de la situación teniendo un buen asesoramiento, ¿no?
Dos meses después, Carlos VI había muerto. Sin ningún tipo de consentimiento, yendo totalmente en contra del tratado, Carlos VII había tomado el lugar de rey por su cuenta, refugiándose en las zonas que aún no habían sido invadidas. Esto molestó a Inglaterra. Lo enfureció. Francia había huido con él...
Si debía acorralarlos a ambos y matar al supuesto rey, lo haría.
Mientras tanto no tenía mucho por lo cual preocuparse, la zona norte aún era dominada por él, bajo el mando del duque de Bedford. Por nada en el mundo él dejaría ir a Francia de forma tan sencilla.
A medida que el tiempo pasaba, él le arrebataba cada vez más tierras, agrandándose, haciéndose más fuerte... Su fin no era hacer desaparecer a Francia, sino debilitarlo. Debilitarlo todo lo necesario como para que no fuese capaz de vivir sin su intervención. Debilitarlo hasta el punto que no sea más que un pequeño y débil niño que no causase ningún tipo de problema, del cuál él podría aprovecharse cuando quisiera. Un pequeño niño débil que no sea capaz de sonreír a nadie que no fuese él...
Una sonrisa entretenida volvió a surcar sus labios, prestando otra vez atención a los planos frente a él. No podía esperar para ver a Francia, aquel que siempre se burló de él, derrotado. Estaba dispuesto a llegar muy lejos en esta guerra.
Y nadie se imaginaba cómo acabarían las cosas a causa de ello...
El Tratado de Troyes fue un tratado en el que se declaraba que, tras la muerte del Rey Carlos VI, el Rey Enrique V tomaría el trono de Francia. Primero murió Enrique V, y dos meses después Carlos VI, dejando a Enrique VI (que era un bebé) como sucesor de la corona francesa, fue entonces cuando Carlos VII (que, según su madre, era un bastardo) se autoproclamó Rey de Francia (o lo que quedaba de Francia).
