Capítulo 4: De hadas y doctores.

Nueva York.

- Por fin te encuentro.

Quinn le ofreció una sonrisa a modo de saludo y siguió sentada en la butaca, con los ojos clavados en la panorámica de Central Park que se veía desde allí. Brittany se acercó para sentarse a su lado, dejando antes, sobre la mesa, su copa y el plato que llevaba en la mano.

- ¿Te traigo algo de beber? –le preguntó Britt.

Quinn estiró el brazo para alcanzar el vaso que había dejado en el suelo, junto a la pata derecha de su asiento. Britt asintió con aprobación.

- ¿Por qué estás aquí sola? Es tu fiesta, deberías estar ahí dentro –le preguntó. Quinn se encogió de hombros.

- Es sólo una fiesta más. Y prefiero estar aquí. ¿Y tú por qué no estás "quemando" la pista?

- Tus compañeras bailan muy mal –los labios de Quinn esbozaron una sonrisa-. No te rías, no tienen ningún sentido del ritmo, y no encajan nada bien las críticas.

- ¿Es que se lo has dicho a ellas? –a pesar de los años, la rubia seguía sorprendiéndose de la candidez de la que su amiga siempre hacía gala. Brittany siempre sería Brittany.

- Ellas me preguntaron. Si la gente no quiere que le respondan no debería preguntar.

- ¿Y porque ellas bailan mal tú no bailas? –se extrañó Quinn-. ¿Desde cuándo te importa eso?

- No me importa en absoluto, pero en cuanto ellas se han ido de la pista muy enfadadas y me he dejado llevar por la música se ha acercado uno de tus compañeros y me ha interrumpido. ¿Por qué tú nunca hablas de enfermedades?

Quinn se giró para mirar a su amiga con la sorpresa pintada en la cara.

- ¿Por qué dices eso?

- Porque tus amigos no hablan de otra cosa: sus casos más interesantes, las enfermedades más raras que han detectado, los procedimientos en los que participaron… Tú también eres médico y no te pasas el día hablando de ello.

- Creo que querían impresionarte.

- Pues deberían decirles que recitar una interminable lista de datos científicos no es nada impresionante –sentenció Brittany con llaneza, estirando sus piernas y dejándose caer sobre el respaldo de la butaca-. Sería como si yo intentara ligar recitando las áreas de distribución de los mamuts durante la última era glaciar.

Quinn no pudo retener la carcajada ante la imagen mental que se formaba en su cerebro. Y estaba bastante segura de que, incluso hablando de mamuts, Britt tendría un éxito considerable entre sus "queridos" compañeros.

- Seguro que sería algo digno de ver… -comentó para sí misma.

Las dos se quedaron en silencio, disfrutando de la música, la compañía y de la vista. El "Pacers" no era el club más "cool" de Manhattan, no era el que estaba de moda, y no destacaba por la exquisitez de su cocina, pero desde luego, poseía el rincón mejor situado: aquella pequeña terraza con vistas al lago del parque, a diez pisos de altura, lejos del tráfico y el bullicio. El lugar perfecto donde acabar la noche. Esa noche.

- He traído un trozo de tarta pero no tengo cerillas –Brittany rompió el silencio.

- Ya pensé que este año se te había olvidado. Están a punto de dar las doce –Quinn le tendió el mechero que sacó de su bolso.

- ¿Qué? Ni hablar –contestó Brittany con énfasis-. Es un día especial. Y ahora será doblemente especial. Hay que celebrarlo.

- No, no vamos a celebrar mi graduación.

- ¿Por qué? Acabas de aprobar el examen de licenciatura, por fin eres médico y has cumplido uno de tus sueños –Brittany prendió la vela que decoraba el trocito de tarta de limón-. Merece que lo celebres.

- Esto es más importante –afirmó Quinn con gravedad. Brittany no insistió.

- Entonces coge tu copa y acércate.

Las dos amigas se inclinaron sobre la mesa, donde esperaba el trozo de tarta con una vela encendida. Brittany había escogido para la ocasión una vela que parecía una muñeca, con su pelo largo, su vestidito de colores y sus mejillas sonrosadas, aunque sus facciones irregulares provocaban más repulsa que ternura. Sobre cada mano, la figurilla sostenía un número, un uno y un cero. Aún sabiendo que quizá la respuesta no le gustaría, la curiosidad de Quinn fue más grande.

- Britt –dijo con un carraspeo-, ¿qué es eso?

- Es Shike –contestó Britt sin darle más importancia-. Coge el vaso para brindar.

- ¿Quién es Shike?

- El hada.

- ¿Qué hada?

- El hada de Brüm. Coge el vaso de una vez o se derretirá antes de que brindemos.

- Pero, ¿qué es? –Quinn sospechaba que preguntar había sido mala idea.

- ¿En qué mundo vives? –preguntó una Brittany totalmente incrédula-. Brüm es el país de las hadas buenas, donde esperan a que los niños que las necesitan las llamen para acudir en su ayuda. ¿Cómo puedes no reconocerlas? Tienes que haberlas visto en tus rondas.

- Ah… ¿si? –dijo una Quinn completamente descolocada.

- Pues claro, todos esos niños que están en el hospital deben estar siempre rodeados de ellas. ¿Acaso crees que todo el mérito es de esas pastillas con sabor a vómito que les dais?

- No –reflexionó Quinn por un segundo-, en realidad, creo que las pastillas son lo de menos. A veces las sonrisas son más eficaces.

- Quizá no las reconoces porque no las dibujan bien en la tele.

- ¿Son dibujos animados? –quiso confirmar Quinn con una sonrisa.

- De momento sí –dijo Brittany contrariada-, parece que no encontraron ningún hada que quisiera rodar la serie, así que se conformaron con hacerla dibujos.

- Entonces, Shike es un hada buena.

- Shike es el hada más especial de todas. Ella sólo acude a la llamada de los niños más especiales. Por eso la elegí para ponerla en la tarta, para que se acuerde de estar siempre pendiente de Beth.

Quinn la miró con los ojos brillantes. Habían sido amigas y compañeras en el instituto, pero a raíz de todo lo que ocurrió, se refugiaron la una en la otra durante el último año de secundaria. Se habían ido juntas a Nueva York, habían compartido piso en la universidad y, aunque ahora cada una tenía su vida y su trabajo, seguían estando disponibles siempre que la otra la necesitara. Había compartido con ella algunos de sus peores momentos y estaba siempre en los mejores. Los amigos y colegas que ambas habían ido encontrando en su camino solían despreciarla de entrada: sus comentarios a destiempo, sus fantasías, su propio mundo, solían alejar a mucha gente. Con el tiempo, algunos aprendían a tratarla y los que tenían suficiente paciencia, y se dejaban querer por ella, acababan amándola sin remedio. Britt tenía magia. Algo inmaterial que brillaba tras sus ojos, algo que te llenaba de inocencia, algo que la mayoría de las personas perdían al crecer. Brittany era su mejor amiga, la quería con locura, por cosas como esa. Porque sólo Britt podía conseguir, con la sencillez de una vela de cumpleaños, resumir todo lo que Quinn llevaba dentro.

- ¿Vas a decir unas palabras? –Brittany seguía con su copa en alto, esperando a que su amiga reaccionara para brindar.

- No –dijo con un carraspeo cuando consiguió que le saliera la voz-, sólo brindemos.

- Por el décimo cumpleaños de Elizabeth Michele Corcoran –dijo Britt con voz firme, elevando su vaso.

- Por ella.

Chocaron sus respectivas bebidas, y tras el tradicional primer trago, Quinn sopló para apagar la llama que ya había empezado a derretir la cera, y Brittany le tendió una de las cucharillas para que probara la tarta.

- ¿Crees que el año que viene podremos hacerlo? –preguntó Quinn mirando hacia la muñeca.

- Claro que sí, es la tradición. Siempre brindamos este día.

- Pero a lo mejor no estamos juntas. Aún no sé dónde voy a hacer la especialidad, y tú quién sabe dónde estarás… -Brittany la interrumpió.

- Para eso existe el avión, o el coche, o el tren.

- ¿Y si no podemos coger un avión?

- No importa dónde estemos, Quinn; y aunque tengamos que hacerlo por teléfono, o vía chat, o quizá por señales de humo, no importa. Brindaremos al mismo tiempo, por la misma persona.

- No creo que pueda hacerlo sin ti, Britt –Quinn seguía demasiado emocionada.

- Claro que sí -afirmó Brittany con decisión-, pasas sin mí la mayor parte del tiempo y no pasa nada malo.

- No es lo mismo.

- ¿Acaso deseas con menos fuerza saber algo de tu hija el 6 de agosto? ¿O dejas de pensar en ella el 29 de noviembre?

- ¿Cómo? –preguntó Quinn descolocada.

- ¿Tus sentimientos son distintos hoy a los del resto del año?

- Claro que no, pero eso no es…

- ¿Sabes por qué te convencí para empezar esta tradición? –Brittany no esperó contestación-. Porque después de los asesinatos, cuando mis padres me llevaron a terapia, mi psicólogo me explicó que debía focalizar mis emociones. Debía diferenciarlas y aprender a concentrarme en una de ellas. Y buscar la manera de expresarla, para dejarla salir.

- No sé si entiendo lo que me quieres decir –dijo una confundida Quinn.

- Aquel año estabas perdida, como casi todos, hecha un lío, y lo que pasó se mezclaba con tu obsesión por encontrar a Shelby y a tu hija para saber que estaban bien.

- Britt, no te sigo. ¿Qué tiene eso que ver?

- Pensé que si te daba un día, una oportunidad de centrarte en Beth, de pensar tranquilamente en ella, de hablar de ella, de lo que sentías, serías capaz de ver que no habías hecho nada malo. Hiciste algo bueno por tu hija al dejarla ir. Y merecías recordarla en paz.

- ¿Por eso me hiciste celebrar su cumpleaños?

- ¿Cuál es tu mejor recuerdo de cumpleaños? –espetó Brittany sin contestar a la pregunta.

- Pues… -Quinn pensó durante unos segundos, desconfiando de las intenciones de su amiga-, creo que fue cuando cumplí los 9; no recuerdo mucho, pero sé que mi madre había organizado algo en el club de campo, y Franie se las ingenió para sacarme de allí y acabamos en el jardín de los Connor, con los otros chicos de clase. Fue genial, correr y saltar gritando por allí, sin tener que preocuparme por el vestido, la pelea con las pistolas de agua y la guerra de gominolas...

- Un día feliz –sentenció Brittany.

- Pretendías que pensara en ella sonriendo, ¿verdad? –Quinn al fin entendió. Y no tuvo más remedio que volver a emocionarse por lo mucho que quería a Brittany, y por el pensamiento que acababa de regalarle.

Una voz masculina interrumpió el momento.

- ¡Vaya! ¿Qué hacéis vosotras dos aquí escondidas?

- Hola, Harry –Britt se levantó para abrazarlo y darle a Quinn un minuto para calmarse-. Le estaba contando a Quinn mis planes para las vacaciones. ¿Tú has estado alguna vez en Canadá?

- Eh… no, pero me han dicho que es bonito, ¿verdad, cariño? –dijo Harry antes de inclinarse a besar a Quinn.

- Sí –concedió Brittany-, el doctor Livesey también lo dice.

- ¿Tu jefe? –preguntó Harry, acomodándose sobre las rodillas de Quinn.

- No, mi jefe no ha estado nunca en Canadá. Él siempre va de vacaciones a Europa.

- No, Britt –aclaró Quinn con paciencia-, Harry pregunta si el doctor Livesey es tu jefe.

- Claro que no, yo no trabajo en el museo.

- Vale, un minuto: ¿quién es el doctor Livesey? –preguntó Harry antes de liarse más.

- El encargado de la biblioteca del Museo de Historia Natural –le aclaró Brittany con una enorme sonrisa-. Es un hombre encantador. Y sabe muchísimas historias. Lo conocí un día que no encontraba el material que buscaba para mi tesis, y me estuvo ayudando a encontrar algunos animalarios antiguos de América del Norte. Me preguntó si conocía los animales y las leyendas que se describían y, cuando le dije que no todas, empezó a hablarme de los viajes de los antiguos exploradores. Y entonces se interrumpió y me dijo que no quería aburrirme, pero yo le pedí que continuara, porque a mí me gustaban mucho las historias, y él tiene una voz preciosa, y es como magia…, y desde entonces, cuando voy por allí me invita a tomar un café en su despacho, y siempre tiene alguna nueva aventura que contarme.

- ¿Y por qué quieres ir a Canadá? –quiso saber Quinn. Le extrañaba mucho que Brittany decidiera ir a algún sitio sólo porque le dijeran que es bonito.

- Aún hay lobos. Voy a ir a buscarlos.

- ¿Cómo? –dijeron el mismo tiempo sus amigos.

- El doctor Livesey se ha pasado semanas contándome historias sobre los lobos. ¿Sabíais que es el único depredador, junto a nosotros, que ha vivido en todos los continentes? Es el único que puede hacernos frente, por eso el hombre lo ha perseguido desde siempre. Ahora quedan menos, y en cada vez menos lugares. Y Canadá es uno de ellos. Quiero verlos por mí misma.

- ¿Y eso no es peligroso? –tanteó Harry. De todas las ideas locas de Brittany, aquella se perfilaba como la peor, con diferencia-. Me refiero a que, ¿cómo lo harás?

- Me he apuntado a un grupo de estudio de la universidad que irá allí en julio. Su trabajo es localizar y seguir a los ejemplares que tienen un transmisor colocado de otros años y ponerles uno a las nuevas crías. Nos alojaremos en refugios de montaña, y rastrearemos el bosque todos los días –Brittany, totalmente emocionada, gesticulaba con los brazos sin dejar de caminar alrededor de sus amigos-. Será casi como ir de acampada.

- ¿Cuánto tiempo sería? –quiso saber Quinn.

- Todo el mes. Pero no hay problema con el trabajo porque el director Grey ya me ha confirmado las vacaciones. Me ha dicho que incluso será bueno para mi trabajo, así podré contarles mis propias aventuras con los animales a los niños que visitan el zoo.

- ¿Estás segura de que quieres hacer eso, Britt? –insistió una preocupada Quinn. No sería la primera vez que los arrebatos de su amiga la metían en líos.

- ¿No te gusta la idea? –preguntó Brittany con una repentina tristeza porque Quinn no compartiera su emoción-. Si habías pensado que hiciéramos otra cosa puedo renunciar.

- No, no –se apresuró a aclarar-, para nada, si eso es lo quieres hacer…

- ¡Genial! –Brittany volvió a reflejar la alegría de antes y a dar saltitos y palmas-. ¡Ya verás que sitios voy a conocer! ¡Te traeré fotos! ¡Y algún recuerdo precioso de Canadá! ¡Vamos a bailar!

No hubo tiempo de nada más. Brittany los cogió de la mano y tiró de ellos de vuelta al interior del local. En menos de dos minutos se había adueñado de la pista de baile, ignorando las miradas de envidia mal disimuladas de algunas chicas y los acercamientos de los más atrevidos. Quinn la miraba sin poder contener la sonrisa pero, obviamente, tras una semana en el hospital y un día lleno de ceremonias y festejos, no pudo seguirle el ritmo durante mucho tiempo, así que acabó disfrutando de una cerveza, sentada en la barra del club, junto a Harry.

- ¿Todo bien? –le preguntó su novio mientras la abrazaba.

- Perfecto –ella le contestó con un beso.

- Hoy ha sido un gran día.

- Y muy largo; estoy "muerta".

- ¿Cómo puedes decir eso? Sólo llevas celebrando tu graduación en medicina algo así como… -Harry consultó su reloj de pulsera mientras contaba mentalmente-, unas diecisiete horas. Después de ocho años debería saberle a poco, doctora Fabray.

- ¡Dios, qué bien suena! –suspiró Quinn, recostándose sobre el cuerpo de Harry-. Doctora Fabray –articuló muy despacio, saboreando las palabras que le habían costado tanto esfuerzo-. De repente valen la pena todas las guardias de 48h que he sufrido estos dos últimos años.

- ¿Ya has pensado en la especialidad? Sé que no te gusta que te presionen con el tema y no pretendo agobiarte, pero debes tomar una decisión cuanto antes.

Quinn no contestó. Sí lo había pensado, en realidad, lo tenía clarísimo. Si había decidido estudiar medicina era para poder ser pediatra. Pero eso sólo lo sabía Brittany. Para el resto de sus amigos, su familia y su novio, ella no tenía claro qué quería hacer. Sus amigos solían recomendarle una especialidad diferente cada semana, según fueran cambiando sus propias preferencias. Su padre, que a pesar de los años no olvidaba lo que él no dudaba en llamar "sus errores de adolescencia", quería que escogiera algo con mucho renombre que al fin lo hiciera olvidar, como cirugía, y se empecinaba en recordarle cuántos miembros prestigiosos de su club eran cirujanos importantes; su madre se empeñaba en algo que diera mucho dinero, como la plástica, "sin olvidar que te permitirá codearte con gente importante", solía repetir. Y Harry… bueno, él se había dado cuenta de la presión familiar que sufría y se había limitado a darle un beso y decirle que escogiera lo que más feliz la hiciese cada vez que surgía la conversación. Lo quería aún más por ese detalle, pero también la hacía sentirse culpable. Él no tenía ni idea de sus razones, pero su madre asociaría su decisión con su hija al cabo de un segundo. Así que optó por preparar sus solicitudes y enviarlas sin decir nada a nadie hasta que tuviera las respuestas.

- No creo que sea el momento para eso, cariño –contestó Quinn evasiva-. Hasta el lunes no llegan las aceptaciones y aún no tengo que empezar con el papeleo, y lo que yo quiero ahora es otra cerveza –dijo con lo que esperaba fuera una sonrisa convincente, mostrando el botellín vacío en su mano.

- Tú mandas –Harry llamó a la camarera para pedir otra ronda, obviando el cambio de conversación de su novia-. ¿Qué te parece lo de Britt? ¿Crees que volverá entera de su excursión?

- Bueno –meditó un momento-, lo de que el lobo sea un gran depredador y que sea capaz de plantarle cara al hombre da un poco de miedo, pero supongo que el equipo con el que va sabe lo que hace.

- Me preocupa más que el equipo no sepa tratar con ella; podría ser un desastre potencial.

- Brittany es una adulta, es inteligente y es competente en su trabajo –Quinn se enderezó inconscientemente y su voz sonó más dura de lo que había pretendido.

- Tranquila, cariño, ya lo sé. No tienes que ponerte así.

- No me gusta que la menosprecies.

- No lo hacía.

- Pero dudas de su capacidad.

- No dudo de ella, así que no te pongas así –Harry resopló-. Sólo digo que puede chocar con el carácter de alguno de sus colegas o no entenderse con ellos, y podrían darse situaciones peligrosas si están en pleno trabajo con animales salvajes.

Ahí tuvo que admitir que Harry tenía su punto de razón.

- Lo siento –admitió Quinn tras unos segundos-. Sé que la quieres y te preocupas por ella. Supongo que a mí también me preocupa eso de los lobos y me he puesto nerviosa.

- Quinn –Harry se acercó para abrazarla y le habló con suavidad-, a veces da la impresión de que eres tú quién no confía en ella, siempre pendiente de defenderla. Tienes que dejar ser tan protectora con Brittany. Como bien has dicho, es adulta.

No es que desconfiara de que Brittany fuera capaz de manejarse sola; lo era, y lo había demostrado a lo largo de los años, pero había visto, en demasiadas ocasiones, cómo los demás intentaban utilizarla o cómo los extraños le daban de lado. Y eso dolía; aunque Brittany aceptara los desplantes con un encogimiento de hombros y un "no vale la pena", le dolía. Quinn lo sabía, y se había encargado siempre de apoyarla y levantarle el ánimo cuando su amiga lo necesitó. Y ahora se iban a separar por primera vez en años, y Quinn, que tanto le debía a su amiga, se sentía un poco culpable por no seguir a su lado.

- Hablando de la reina de Roma… -Harry interrumpió sus divagaciones y señaló algo con la cabeza. Brittany venía enfilada hacia ella, moviéndose al ritmo de una canción familiar: Don't stop believing.

- No, no, no –le dijo Quinn, marcando la negativa con su dedo índice.

- ¡Oh, sí! –Brittany, con una sonrisa deslumbrante y sin dejar de bailar a su alrededor, cogió su mano derecha y tiró de ella hacia la pista-. Sí, sí, sí.

- Harry... –llamó Quinn con urgencia.

- Así me llaman –contestó él mientras veía como Britt la arrastraba.

- Por favor... –insistió ella tendiéndole la mano.

- No, gracias –dijo él con sorna-, yo no bailo.

- Me las pagarás –el grito de Quinn se perdió en medio del barullo cuando Britt y ella se internaron en la pista-. Tú has pedido la canción, ¿verdad?

- ¡Vamos, Quinn! ¡Esto es un himno! –Britt cantaba a pleno pulmón mientras seguía la coreografía. No podía creerlo.

- ¿Todavía te acuerdas de los pasos?

- Apuesto a que tú también. Fue una noche como esta, ¿recuerdas?

Claro que sí. Perfectamente. Los nervios que el Sr. Shue trató de calmar con sus bromas, la impresión de verse en el escenario ante cientos de personas a los que no veía por culpa de los focos, la emoción de la música, la euforia que se contagió entre todos por la posibilidad de ganar. La ilusión de ver allí a su madre. El dolor que la atravesó, la sirena de la ambulancia, Mercedes y su madre a su lado, más nervios y más dolor. Y sentirla llegar al mundo, oírla llorar. La sensación de plenitud que la invadió después. Y el vacío que se quedó con ella desde entonces. Miró a Brittany, que le devolvía la mirada atentamente, y recordó por qué estaba allí, con ella, esa noche.

- Seguro que ha pedido un deseo al soplar sus velas –dijo Quinn empezando a moverse ella también al compás de la música, subiendo la voz cada vez más-. Y ha comido golosinas, y ha invitado a sus amigos del colegio, y han jugado en casa, y se han peleado, y le han regalado lo que había pedido, y también muchas cosas que no había pensado…

Para ese momento, las dos saltaban sin control alguno.

- ¡Dilo! –urgió Britt.

Quinn inspiró con fuerza, se concentró en la única imagen que llenaba su mente y gritó:

- Y seguro que mi hija, esta noche, está sonriendo.

N/A: aclaro, por si a alguien le parece raro que Quinn acabe la carrera nueve años después, que en USA, para estudiar medicina, primero tienes que estudiar otra carrera (por ejemplo, biología o bioquímica...) y luego ingresar, examen mediante, en la escuela de medicina. De ahí que haya tardado nueve años en licenciarse.

Espero que os haya gustado (se agraderán rw, tanto en caso afirmativo, como en negativo ;P ).

Hasta el próximo.