Capítulo 4


Beteado 14/feb/2018


Los personajes de Harry Potter pertenecen a J. K. Rowling.


Harry despertó sobresaltado. La luz de la mañana se filtraba por entre las rojas cortinas de su habitación. No recordaba haber llegado a su cama, solo recordaba que había estado jugando ajedrez mágico con Ron. Buscó a su alrededor con la vista nublada y encontró el juego aun en el suelo. Se restregó los ojos y extendió la mano a la mesita al lado de su cama donde descansaban sus lentes. Apenas ponerse los lentes vio un pedazo de papel sobre la mesita. Tomó el papel y se levantó, aquella nota se la había dejado Hermione.

Sonrió levemente por el detalle y comenzó a leer. La nota no era muy larga, pero al llegar a la mitad se detuvo por completo.

—¿Qué? —susurró sin poder creer lo que leía. Leyó una segunda vez, pasando los dedos sobre lo que estaba escrito— imposible.

Quería pensar que la nota era producto de su imaginación, pero su corazón se había saltado un latido. Si aquello era cierto entonces…

Terminó de prepararse lo más rápido que pudo y bajó las escaleras en un par de saltos, maravillado por no haberse tropezado. Al llegar a la puerta del gran comedor se detuvo, tomando un par de respiraciones profundas y pasándose una mano por los cabellos, tratando de alisarlos. Llevaba la nota de Hermione apretada en la mano del brazo lastimado. Cuando se sintió lo suficientemente calmado empujó las puertas.

Intentando mantener la calma llegó hasta donde estaban sus amigos tomando el desayuno y se sentó.

—¡Harry! Buenos días, ¿cómo está tu brazo? —su amiga le untaba mermelada a un par de tostadas como si todo estuviera perfecto en el mundo, ignorando por completo la nota que le había dejado. Harry movió el brazo con cuidado y le mostró que aún lo tenía sujeto con el protector, de paso agitó la nota en el aire.

—¿Y esto? —Harry apenas pudo contener la curiosidad en su voz y su amiga simplemente sonrió.

—Significa que hoy en la tarde irás con Malfoy a Hogsmeade.

—Pero ¿por qué?

—Necesitamos unos ingredientes que no tenemos aquí y como Malfoy es el único que tiene tiempo libre nos hará el favor.

—¿Y por qué tengo que ir con él?

—Hay unos ingredientes que necesitan tu opinión —la expresión de Harry debió mostrar lo confundido que estaba porque Hermione dio un largo suspiro.

—Pero…

—Harry, por favor. Ya sé que Malfoy no es la mejor compañía para ir a Hogsmeade, pero tampoco es lo peor.

—No lo digo por eso, Mione. Casi lo mato. Ron, tú dile —recibió un coscorrón que lo hizo quejarse y sobarse la cabeza.

—Ya madura —lo regañó. Ron se encogió de hombros ante la maternal muestra de afecto de su novia. Harry lo empujó con el brazo sano mientras sonrisa.

—Vaya amigos que me gasto. En serio Mione, ¿ninguno de ustedes me va a acompañar? ¿Por qué no?

—Sí, Hermione, ¿por qué- —otro coscorrón, esta vez en la cabeza del pelirrojo, lo hizo callar.

—Harry tiene que demostrar que el esfuerzo de los profesores no ha sido en vano. Además, un Gryffindor no puede ser vencido tan fácilmente por un Slytherin. Ya va siendo hora de que dejes tus temores atrás, así no serás auror o lo que sea que hayas pensado en estudiar cuando termines el séptimo año —Harry rodó los ojos y dejó escapar un sonido frustrado. Comenzó a servirse la comida con algo de desgano, escuchando el sermón que se había ganado.

Sabía que su amiga tenía razón, pero ¿cómo decirle que ni siquiera tenía pensado qué era lo que haría cuando saliera de Hogwarts? Más importante, no sabía si podría ir y venir a Hogsmeade con el rubio. Su lengua era afilada, seguramente lo volvería a provocar y entonces estarían solos y nadie podría detenerlo a él. No lograba entender por qué confiaban tanto en él. Sin embargo, una voz en el interior se reía y le susurraba que ir con Draco a Hogsmeade era lo mejor que le podía pasar.


Harry observó el reloj de la torre. Sabía que había llegado más temprano de lo acordado, pero no podía evitarlo, los nervios lo estaban matando y no podía calmarse. Hermione le había encargado que no le hiciera caso a ninguno de los comentarios mal intencionados de Malfoy, pero sabía que no podría ignorar nada de lo que dijera el rubio. Hacerlo cuando estaban en la escuela o durante las clases era fácil, sin embargo, ir con él a Hogsmeade era otra cosa. Estarían juntos por acuerdo mutuo y no podía simplemente desaparecerse, definitivamente no podría ignorarlo. Además, no era tan solo acompañarlo, sino que escogería parte de lo que Malfoy compraría.

Sonrió al pensar que aquella sería la primera vez en que Draco tomaría en cuenta su opinión para algo. Era absurdo, pero lo harían y eso lo hacía sentir emocionado sin querer, colocando una tenue sonrisa en sus labios.

—Potter —la voz sedosa de Draco lo hizo voltear abruptamente.

—Malfoy —lo saludó de vuelta con lo que esperaba fuera su tono más firme.

—Vamos —el rubio no detuvo sus pasos, simplemente lo pasó de largo, como si estuviera totalmente seguro de que Harry lo seguiría. El moreno no e hizo esperar y pronto llegó exactamente a tres pasos atrás del joven. Caminaron un largo trecho en silencio hasta que Draco se cansó de que Harry lo siguiera.

—Potter… aun cuando la compañía de Crabe y Goyle me es necesaria en ocasiones, eso no significa que me agrade que se la pasen a mis espaldas todo el día —gruñó entre dientes luego de detenerse en seco. Cuando Harry no contestó se volteó molesto solo para ver que el moreno daba un paso atrás con nerviosismo. En esos momentos el Gryffindor parecía un cervatillo que ha sido descubierto por el cazador. Parecía que se debatía entre la curiosidad y el miedo.

—No voy a morderte —comentó de forma burlona. Harry se ruborizó levemente segundos antes de entrecerrar los ojos de aquella forma desafiante que ya le era familiar al rubio. Lo único que le faltó fue la usual respuesta sagaz, cosa que no sucedió pues Harry comenzó a moverse con los puños apretados, hasta llegar a su lado. Entretuvo la idea de comentar algo mordaz, pero se contuvo y sin decir nada, continuó caminando, ahora con Harry a su lado. Cuando llegaron a las afueras de Hogsmeade el silencio entre ambos era como una pesada capa.

Draco se desvió de la ruta principal y sacó un papel. Harry le echó un vistazo al papel y para su sorpresa descubrió que era la letra de Ron. Según las direcciones en el pergamino llegaron hasta una tienda cuya prístina fachada parecía una casa de muñecas entre todas las demás tiendas. Draco no le permitió siquiera ver el nombre antes de empujarlo al interior.

—¡Oye! —se quejó indignado pero el rubio sólo le dio un resoplido impaciente.

—Deja de tontear, Potter. Mientras más pronto regresemos a Hogwarts mejor —Draco lo escuchó murmurar entre dientes, pero no le prestó atención, sus ojos grises se posaron en los cientos de frascos que llenaban el lugar. Aquella no era la usual tienda de pociones puesto que la mayoría de los frascos no contenía pócimas mágicas, quizás materia prima que podría usarse en pócimas, pero nada más.

—¡Señor Potter! —exclamó la dependienta con alegría al verlo. Draco rodó los ojos al notar la actitud de la mujer y se alejó un poco, internándose en los pasillos de los anaqueles. Con todo, podía escuchar la conversación tonta de la mujer y las amables respuestas del moreno, aunque la mujer hablaba mucho más que Harry.

Tomó un frasco del estante y lo destapó, acercándolo a su nariz lentamente. Un fuerte olor a nardos inundó sus sentidos y cerró el frasco de golpe. Le recordó a los antiguos cementerios mágicos llenos de lirios y nardos blancos. Definitivamente nada agradable en su opinión. Tomó otro frasco, pero esta vez leyó la etiqueta. —Aceite de Violetas.

Sacó el papel de ingredientes que Weasley le había dado con sugerencias de lo que debía buscar. Recordó haberse sorprendido ante la lista que le había entregado, con todo lo que se había quejado mientras investigaban había pensado que no aportaría nada. —Lavanda… rosas… camomila…

No entendía por qué todas las fragancias sugeridas tenían que ser flores. Un sonoro estornudo le aguó los ojos. —Malditas flores.

Minutos más tarde se hallaba con varios frascos en las manos y regresó a dónde Harry estaba, aun hablando con la dependienta. Ante su mirada molesta la mujer entendió que ya era tiempo de darles privacidad.

—Potter. Necesito que me digas si estas te agradan —las palabras le salieron irregulares, tan inusuales como eran. El moreno lo observó como si no entendiera y Draco procedió a colocar los frascos sobre una de las mesas que estaban finamente adornadas con cintas y lazos.

—¿Qué son? —preguntó observando los frascos de lejos como si el contenido fuera explosivo.

—Aceites perfumados.

—¿Para qué?

—No tienes que saber para qué ahora. Sólo escoge uno que te agrade —no, Draco no iba a darle más información de la necesaria, su mente disfrutaba todas las reacciones de Harry, especialmente aquellas que mostraban su tonta cara de confusión. Por eso, no podía esperar a que se enterara en qué consistía exactamente el castigo que les había sido asignado.

—Bien —el moreno suspiró antes de tomar uno de los frascos y destaparlo. El aroma era uno florar muy suave, nada mal, pensó. Destapó un segundo frasco, flores nuevamente. El tercer frasco no tuvo que imaginar nada, unas enormes rosas estaban dibujadas en el exterior. Lo abrió y aspiró.

—Huele a la pomada de Madame Pomfrey —murmuró por lo bajo. No que le desagradara el olor, era simplemente que varios días utilizando la pomada y ya no soportaba las rosas. Cerró los frascos con una mueca de decepción y Draco decidió continuar buscando. El moreno lo siguió un poco alejado, tratando de no estorbarle, hasta que vio un frasco que le llamó la atención. Leyó la etiqueta que decía "pomarrosas".

Pensó que sería algún otro tipo de flores y lo destapó. Un agradable aroma a fruta y flores llegó a sus sentidos. De inmediato se dirigió a la mujer que le había estado hablando hacía un rato atrás. —¿Qué es? —preguntó.

—Es una fruta, joven Potter. ¿Le agradan más esas fragancias? Tenemos todo un anaquel de este lado —al escucharla Draco se volteó a ver qué había encontrado. Al ver que se dirigían a otro anaquel los siguió.

—Estas son fresias, ambrosías, corazones, guayabas, acerolas, piña y otras más comunes como las cerezas, fresas, melocotones, manzanas… —la sonrisa de Harry mientras iba percibiendo cada una de las fragancias era contagiosa, casi parecía un chiquillo.

—¡Hasta tienen de bananas! —exclamó sorprendido haciéndole señas a Draco para que se acercara. El rubio así lo hizo y tomó uno de los frascos para comprobar que las fragancias eran menos molestas que las que habían estado buscando hasta ese momento. El entusiasmo de Harry contagió a la mujer mientras señalaba cada frasco en aquella sección hasta que finalmente divisó unos con etiquetas un poco diferentes. —¿Y esas de allá de qué son?

—Esos, señor Potter, son comestibles —le informó la mujer con una amplia sonrisa.

—¿Comestibles? —preguntó con toda la inocencia que su edad le permitía.

—Son para ocasiones especiales —sonrió pícaramente la mujer sin que el chico se diera por entendido. Draco, que sí había entendido el significado, carraspeó audiblemente.

—Sólo estamos buscando aceites normales —interrumpió antes de que la mujer pudiera decir nada más. Con una sonrisa entendida la mujer dejó el tema y continuó mostrándoles las demás fragancias. Finalmente, Harry se había decidido por varios frascos con olores a fruta y uno con olor a vainilla, sin embargo, no dejaba de mirar los frascos de aceites "comestibles".

—¿Por qué no podemos llevar uno de esos? —preguntó con molestia.

—¿Para qué utilizarías una fragancia comestible? —preguntó divertido el rubio.

—No lo sé. Pero tengo curiosidad —dijo encogiéndose de hombros sin tomar en consideración la media sonrisa que le estaba dando el rubio.

—Bien, Potter, creo que puedo complacerte —la sonrisa en los labios de Draco era una maligna mal disimulada— pero sólo un frasco y será del sabor que me agrade a mí.

—¿Pero por qué escogería uno que te guste a ti? ¿No se supone que soy yo el que elige?

—El del castigo soy yo, Potter, además este es un caso especial, no es a ti a quien le tiene que gustar el aceite —al ver el puchero que hacía el joven tuvo que contener una carcajada. Potter se estaba poniendo en bandeja de plata para que él, Draco Malfoy, le jugara la broma de su vida —te diré algo… compraré el frasco y si te portas como un buen Gryffindor te mostraré cómo se usa.

Harry le dio una mirada llena de recelo mientras Draco intentaba ocultar la sonrisa que nuevamente luchaba por mostrarse en sus labios. En su mente ya podía imaginar el rostro de Potter cuando le explicara para qué servía realmente y luego imaginaba cuánto podría molestarlo una vez supiera lo que estaba insistiendo en comprar.

—Está bien —Murmuró finalmente. Con una sonrisa y una leve cortesía, Draco se giró elegantemente hacia el estante donde se encontraban los aceites y leyó cada una de las etiquetas, decidiéndose finalmente por uno con sabor a miel. Siempre le había gustado la miel, su padre no le permitiera usarla demasiado. Después de la broma no tendría problemas en encontrar alguien en quien probarlo. Con el frasco seguro se dirigió al mostrador para que envolvieran las compras y les fuera cobrado el precio.

El viaje de regreso fue uno más liviano, al menos para el rubio. Draco no podía dejar de sonreír y el moreno a su lado le daba miradas desconfiadas. Cuando llegaron a las escalinatas, Hermione y Ron los esperaban.

—¡Harry!, ¿cómo te fue con el…? —Ron le dio una mirada recelosa al rubio quien al verlo puso cara de amargado y le entregó los paquetes sin decir palabra. Lo único que no le entregó fue el aceite comestible que había comprado. Luego dio un pequeño resoplido desdeñoso en dirección al pelirrojo y continuó su camino al interior de la escuela. —Es agradable, ¿no? —Comentó Ron con sarcasmo.

—Tan agradable como una semilla de espinas —susurró el moreno mientras echaba a andar hacia el interior del colegio. Sin embargo, en su mente había guardado con celosa exactitud la sonrisa que Draco le había mostrado mientras compraban en aquella tienda.

Draco se escurrió hacia la sala de Slytherin cuidando de que ninguno de sus compañeros lo notara. Tenía su propia habitación y su propia privacidad, beneficios de ser el hijo de Lucius. Cuando estuvo seguro de que estaba solo y que no sería interrumpido, sacó el paquete que había guardado y rasgó el papel. Encendió el fuego de la pequeña chimenea con su varita y luego tomó el frasco para verlo contra la luz que proveía el fuego en la chimenea.

Lo observó por un rato y luego rompió el sello con movimientos expertos. Un suave olor a miel llenó sus sentidos, el aroma lo hizo cerrar los ojos y le provocó cálidas sensaciones. Sonrió complacido para luego acercar un dedo al borde del frasco y empinarlo con cuidado. El líquido, a pesar de tener el aroma y el color de la miel, era menos espeso por lo que escurrió fácilmente hacia su mano. Dejó caer una gota en su dedo y se la llevó a los labios. Ciertamente era dulce, pero no lo suficiente como para empalagarlo.

Los que habían preparado el aceite realmente sabían lo que hacían, pensó. No sólo era miel, había cierto sabor a canela y especias, clavo y anís, pero era tan leve que apenas se insinuaban. También almendras. Seguramente la persona a la cual se lo aplicara no necesitaría ser la más hermosa del mundo, sólo bastaría con desearla un poco y el aceite compensaría lo que faltara. De sólo pensarlo un leve estremecimiento le recorrió el cuerpo.

Se sorprendió pensando en el moreno y tapó la boca del frasco de golpe, nada sacaba con incitar sus sentidos puesto que no tenía al momento nadie con quien apaciguarlos. Lo guardó con cuidado en uno de sus baúles, seguro bajo llave y un hechizo mágico.

Dentro de poco tendría que reunirse nuevamente con los Gryffindor, esta vez incluyendo a Harry. Decidió ducharse y cambiarse, no que lo hiciera por ellos, sino porque así él, impecable. No tenía nada que ver con intentar verse bien para sorprender a cierto moreno de ojos verdes, no, decididamente no quería impresionarlo, simplemente así eran los Malfoy.


Gracias por leer.