Los personajes de Inuyashapertenecen a Rumiko Takahashi, con licencia para Shogakukan y Sunrise studios. Utilizo estos personajes sin fines de lucro.
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Verdes, dorados, ocres y azules acompañaban a Rin desde el otro lado de una estilizada ventana. Ella esperaba pacientemente ser atendida desde su silla en una especie de recibidor dentro de un elegante edificio. Miró con nostalgia al gran árbol cuyas ramas casi alcanzaban la ventana junto a ella, para luego fijarse en el escritorio donde supuestamente debía estar el Sr. Jaken. Él la había citado para entregarle una memoria de traducción que podía serle útil con el trabajo pendiente y hacerle algunas recomendaciones, pero aún no había aparecido y Rin ya tenía unos cuarenta minutos esperando.
Una puerta se abrió y un hombre alto y joven de cabello castaño claro hizo su entrada a la sala. Cierto desconcierto se reflejó brevemente en sus frías y delicadas facciones al notar la presencia de Rin, tomó asiento e intentó actuar como si ella no estuviese allí. Después de unos minutos, fijó la vista en ella. Rin se sintió evaluada y no le agradó en nada la atención de la que estaba siendo objeto.
Un segundo joven apareció en la sala, miró a Rin con extrañeza y susurró unas palabras al otro. Había ciertas similitudes entre ellos, parecían parientes. Ambos se dispusieron a salir de la sala cuando el que había entrado primero miró de nuevo a Rin. La recorrió una desagradable sensación.
—Criaturas asquerosas —escupió en un susurro casi inaudible—. Viven entre su propia basura, se multiplican como una enfermedad, esparcen su ruido por todo este mundo y todavía debemos tolerar su presencia en nuestros espacios —dijo el joven muy fríamente. El otro la observaba atentamente, entretenido y expectante. Rin se asustó, pero no sabía que decir, estaba desconcertada. Sin embargo, algo brilló en sus ojos de oscuro chocolate y cuando iba a abrir la boca, una conocida voz chillona vino en su defensa.
—¡¿Qué significa esto?! ¡Contrólese y respete, Sr. Zanini! —Jaken se abrió paso entre los jóvenes con tres pesados libros en sus diminutas manos—. ¡Ella trabaja para nosotros porque mi amo así lo dispuso y si estuviera usted más pendiente de sus comunicaciones sabría que su cita de hoy fue pospuesta para la próxima semana!
El aludido miró a Jaken de forma despectiva y terminó de salir de la sala, no sin antes mirar a Rin con un gesto de burla. El otro joven también dejó la sala con aspecto confundido.
—Qué se creen —farfulló Jaken unos segundos después.
Rin se levantó para intentar liberar al asistente del peso de los libros, pero él no lo permitió.
—¡Ocúpate de tus cosas, niña! ¡Tienes mucho que hacer! ¡Te daré lo que viniste a buscar y me dejarás en paz!
El humor del Sr. Jaken no parecía tener remedio.
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De nuevo en las calles, Rin pensó en comprar algunos víveres, almorzar en casa y salir para dar las clases de Inglés de la tarde. Los elevadísimos costos de los vehículos y la brutal ineficiencia del trasporte público hacían que Rin caminara muchos kilómetros a la semana; a ello debía su buena condición física, varias limitaciones prácticas y a veces, también un extremo cansancio.
—Somos seres andantes —pensaba Rin—. Nuestros cuerpos están hechos para que nos desplacemos a pié, por eso nos hace tanto bien caminar —reflexionó mientras su mirada abarcaba los parches de verdor que aún subsistían en la ciudad, su aliento se mezclaba con la respiración de ese verde y en su cuerpo ocurría una explosión de vida. El viento sacudía hojas y flores, el sol liberaba su magia milenaria y Rin se transportaba…
Soy salvaje de nuevo.
Los autos me desconocen y la basura me olvida.
En una tarde de agua y luz,
anhelo el camino solitario de un bosque,
donde el asfalto termina y soy libre
para seguirte a todas partes,
para caminar contigo
en un paisaje sin tiempo.
—Para caminar contigo —murmuró Rin.
Una pequeña mancha cruzó rápidamente frente a Rin sacándola de su éxtasis.
La pequeña mancha resultó ser lo que Rin reconoció como un Troglodytes aedon que se posó graciosamente en la rama de un limonero. Casi sin darse cuenta, ella sonrió al recordar muchos años atrás a su madre explicándole lo especial que podía ser esa ave, considerada común. Su madre decía que en esa ave la apariencia tan simple y su diminuto tamaño contrastaban con la considerable sonoridad de su canto, y con la melodiosidad que ese canto podía alcanzar. Rin amaba a los animales y las plantas, pero ese pajarillo sencillo y prodigioso se encontraba entre los preferidos de su corazón.
Súbitamente, los ojos de Rin se fueron abriendo de asombro y su sonrisa desapareció lentamente. Los movimientos del ave, los sonidos que emitía hicieron que algo se activara de improviso en la mente de Rin. Algo oculto se estaba revelando para ella; pero antes de que pudiera hacer algo, un camión atravesó la calle tan estrepitosamente que el ave emprendió el vuelo, haciendo que Rin corriera tras ella.
Rin mantuvo la vista en la pequeña ave, la siguió apresuradamente por varios minutos hasta que ésta se detuvo en un arbusto cercano. Cuando estaba a punto de sacar su libreta y un bolígrafo, se dio cuenta de que estaba en una zona de la ciudad que no conocía bien, había corrido hasta ahí sin darse cuenta. Cuando comenzaba a orientarse, dos hombres en motocicleta frenaron violentamente desde el otro lado de la calle, y se fijaron ella y en el ave. Rin tuvo un muy mal presentimiento. Sin reflexionar sobre lo que hacía, obligó al pajarillo a alzar el vuelo y desaparecer, mientras su corazón se enredaba en su garganta y sus piernas se sembraban en la tierra por el pánico.
Uno de los hombres hizo amago de dar la vuelta para acercarse y Rin divisó lo que parecía un arma. En el espacio de un segundo, un automóvil se detuvo en el canal contrario, justo frente a ella. La puerta del conductor se abrió, una mano de fuerza descomunal se apoderó del brazo de Rin y literalmente la lanzó en el asiento del copiloto para arrancar a toda velocidad. Maniobrando con dificultad, lograron dejar las motocicletas atrás.
—¡Coño, Rin! ¡Qué manía de andar sola por la calle! ¡Me quieres decir qué carajos hacías ahí parada! ¡Te encontré por pura casualidad!
Rin se acomodó en el asiento intentando recomponerse y respirar de nuevo.
—¡Y ponte bien el cinturón de seguridad! ¿Estás bien?
Como pudo, Rin movió la cabeza afirmativamente y obedeció la orden con los ojos fuertemente cerrados. Nunca había sentido tal alivio de encontrarse con Inuyasha.
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