Gracias a Arisu por darme su punto de vista sobre mis historias y su don para saber cuándo flaqueo. Gracias a Chyna por sus magníficas ideas y a Dian Dominique por leer cuando lo necesito.
Unión
Por Janendra
Capítulo IV: Vortex.
El niño rubio observaba el paisaje a través de la ventanilla. El tren se movía rápido entre campos nevados y casas decoradas para navidad. Tan veloz que los muggles no eran capaces de verlo. El sol de la mañana se deslizaba sedoso sobre la nieve. Los ojos azules buscaron al adolescente a su lado. El muchacho sonrió y le despeinó el cabello. Era también rubio de brillantes ojos castaños.
—Evan, ¿por qué no fuiste a Hogwarts? —preguntó el niño.
Evan encogió los hombros. Él, como los otros veinte chicos en el tren, tenía sangre de criatura mágica en sus venas. Algunos padres preferían escuelas que educaran a sus hijos en su particular situación. Evan sabía que era poderoso, más que sus compañeros. Sus padres preferían una escuela que continuara su relación con las estaciones, con los elementos. La naturaleza era importante para él. Se sentía apegado al agua.
—Cuando cumplí once, —dijo Evan con voz baja—, vivíamos en Noruega, recibí carta de Durmstrang. Mi madre quería que fuera allí por su mala reputación.
En el otro asiento el padre del adolescente, Andrew Bennet, sonrió. Cierto, su esposa insistía en que Durmstrang sería una mejor opción para un joven tritón. Hogwarts era una escuela de luz, una reverenda tontería. La magia no era ni buena ni mala, solo era. El poder de la magia oscura y la luminosa era el mismo, el corazón de cada persona lo haría inclinarse de un lado, del otro o de ninguno. Magia oscura no era sinónimo de maldad, reflejaba con qué tipo de energía el mago se sentía cómodo, natural.
Tampoco era verdad que todos los magos nacieran con una inclinación hacía la magia luminosa. El alma de cada persona era diferente, resonaba con un tipo de magia, con ambos o quizá con ninguno. Definir que una escuela de magia, el centro de enseñanza del corazón mismo de la sociedad, era de un lado o del otro, implicaba que había serios prejuicios contra la energía oscura. Ellos no querían esa marca en Evan. En Durmstrang le enseñaron que la magia, y los magos, nacían libres. Dumbledore debería aprender esa pequeña cosa. Era obvio que fue director demasiado tiempo, su visión de la enseñanza estaba marcada por su experiencia de vida, le inculcaba a los jóvenes magos que la realidad era una y debía vivirse según sus reglas. Sus prejuicios contaminaban cada generación de magos; no era de extrañar que la magia oscura tuviera mala reputación en su país.
Los Bennet no aprobaban mucho lo que hacía Dumbledore con Hogwarts. Al señor Andrew lo enfurecía en especial lo que Dumbledore le hacía a Harry Potter. El chico tenía once años cuando mató a un basilisco. ¿Cómo pudo un poderoso mago adulto permitirlo? La magia de Dumbledore estaba conectada con el castillo, no sucedía nada sin que él lo supiera. ¿Por qué él, o los profesores, no se hicieron cargo del basilisco? Eran magos capaces, maduros, en control de su poder. ¡Harry Potter era un chiquillo! Dumbledore se aprovechaba de que el niño fuera huérfano. Los padres de cualquier otro niño se llevarían a su hijo de la escuela y la tontería de que era el elegido sería un recuerdo borroso de un viejo senil. Los Malfoy hicieron algo distinto. Dejaron a Harry en Hogwarts y combatieron contra la influencia de Dumbledore. Fue así como la sociedad se enteró de lo que sucedía en la escuela con Harry Potter. Los Malfoy estaban decididos a retirar a Dumbledore de Hogwarts y lo lograrían de no ser por su triste muerte. El señor Bennet creía que el asesinato de los Malfoy era un asunto de Dumbledore, no de Voldemort. Al viejo mago le era conveniente que Harry estuviera desecho y a su merced. Pobre chico. Miró a su propio hijo que le contaba al niño una leyenda sobre hadas y humanos. A los dieciséis años ya no era un niño, considerarlo un adulto era una tontería. Existía un grado de madurez y mucho de inconsciencia. Evan no actuaba con la cabeza en cada ocasión, era su responsabilidad velar por él.
Miró por la ventanilla, el manto de nieve le daba al paisaje una hermosura divina. Pensó en los cambios prometidos por Riddle. Cuando la vida seguía los ciclos de las estaciones se hablaba de luz, de oscuridad, de dualidad en cada parte de la vida, en tus emociones y en tu magia. Quería ver la manera en que Dumbledore intentaría inculcarles sus prejuicios cuando la naturaleza mostraba que luz y oscuridad eran naturales, parte de ella y del ciclo de la vida.
La campanita del carro de los dulces sonó cerca. Ian sonrió encantado y se bajó del asiento. Tomó la mano de Evan.
—¡El carrito de los dulces!
Ian tenía once años, era un chiquillo.
—¿Quieres unas ranas de chocolate, Evan? Mi papá me dijo que fuera amable y te diera dulces.
Evan y su padre compartieran una sonrisa. Ian estudiaba en casa. Era el hijo de un amigo, la oportunidad de que conociera Hogwarts, sin tener que asistir como alumno, era invaluable para la familia.
—Me agradaría una rana —dijo Evan.
—¿Tienes a Dumbledore? —Inquirió el niño—. ¡No me sale!
UniónUniónUnión
Sirius se permitió volver a la cama un segundo. Pensó en el día anterior cuando conocieron la profecía. Tenía la sensación de que entraron en un torbellino que giraba despiadado y, sobre la sensación de urgencia, un aviso de peligro. Tomó una larga respiración, salió de la habitación. Frunció el ceño. Recorrió con la mirada el lugar. Donde anoche estuvo un sofá largo había una cama y en ella dormía el chico de la pelota dorada. En la mesa de centro, ahora mesa de noche, había un vial de poción a la mitad y las gafas del chico. Si conocía a Draco y su respuesta a los viajes largos, diría que poción para dormir ocho horas, reducida a cuatro. Draco estaría despierto, era probable que se diera un baño. Severus tomaba el desayuno en un pequeño comedor que no estaba allí la noche anterior.
—¿Por qué está Harry Potter dormido en el sofá transfigurado en cama?
Severus lo invitó a sentarse a su lado. Aunque el desayuno se serviría en el gran comedor, un elfo doméstico les ofreció la opción de tomarlo en sus habitaciones. Draco prefirió lo segundo, en especial por el visitante que dormía en el sofá. El elfo añadió un comedor a las habitaciones y sirvió el desayuno.
—Anoche Harry y Draco se convirtieron en padres adoptivos de unas víboras de nieve.
Severus le señaló un terrario de cristal que estaba en la mesa baja junto al sofá trasfigurado. El terrario tenía un hechizo que conservaba la nieve fría. Se acercó para ver lo que había dentro. Eran tres miniaturas de serpientes que dormían enroscadas unas sobre otras. Volvió donde Severus y tomó la taza que le ofrecía.
—Padres y acaban de conocerse, —dijo Sirius en voz baja.
—Pensé que esperarían hasta estar casados —añadió Severus en un murmullo.
Draco salió de la habitación. Se pasó las manos por el cabello húmedo y lo secó con un hechizo sin palabras.
—Buen día.
—Buen día.
Draco se preparó una taza de té y volvió a la cama-sofá. Se sentó al lado de Harry que le daba la espalda. Observó al chico unos instantes. Despacio le acarició el cabello, su mano bajó por el contorno de las alas que permanecían a su espalda, plegadas. Al tocar las plumas, las alas se arrebujaron contra el cuerpo.
—Es el chico de la profecía —Sirius lo entendió al ver el comportamiento de Draco. Severus asintió.
Sirius pensó en las implicaciones. Se esperaba mucho de Harry Potter. Era el niño que sobrevivió, el salvador y otras tonterías descabelladas. Draco no permitiría que pusieran sobre su pareja semejante carga, era un adolescente.
—No será fácil. Draco —elevó la voz para que su rey lo escuchara—, quita esa cara o todos se darán cuenta.
Draco le sonrió y puso otra expresión. Se sentía arrobado al ver a Harry, el corazón tibio por la cercanía. Dejó la taza sobre la mesa baja y se acostó a su lado. Harry se dio la vuelta en sueños y se apoyó en el cuerpo del adulto. Con la mayor parte de la cama a su disposición las alas se estiraron.
Severus bebió un sorbo de té. Después de que el castillo aceptara que no tenían malas intenciones, le pidieron a Dumbledore que conectará su chimenea a la red flu. Anoche, mientras Draco daba su paseo, él volvió a Macedonia. Severus le explicó al resto de los generales y a Regulus, la situación, el presentimiento de Draco.
Sirius observó la mano de Draco, se movía despacio, muy suave, detrás del chico, no sobre el colchón si no arriba, como si hubiera algo que ellos no vieran en la espalda de Harry.
—Son sus alas —murmuró Severus. Draco se levantó temprano y tuvieron otra interesante charla—. Por alguna razón él las ve.
Observaron en silencio. Sirius se tocó el pecho y miró a Severus, en su rostro una expresión de preocupación. Severus asintió. Al verlos juntos, él también tenía un mal presentimiento.
—Hoy están a tu cargo —dijo Severus—. Yo iré a Londres, pasaré por la oficina de las profecías. Draco quiere traer a Lucius y Regulus, también él piensa que algo sucederá. Volveré en el tren de Hogwarts. Observaré a los candidatos, y sus padres, que el ministerio envía para Draco. La excusa de las víboras les da un motivo para estar juntos sin levantar sospechas.
Draco se sentó en la cama. Los ojos azules observaban a Harry. Miró a sus generales y de nuevo al chico.
—Harry tiene muchos hechizos encima, —dijo—. Acabo de verlos, igual que sus alas. ¿Ustedes los sienten?
Ambos hombres se acercaron a la cama. Severus fue el primero en percibirlos. Cuando Sirius los sintió se dirigió a la chimenea, lanzó un puñado de polvos al fuego y habló en persa.
Draco miraba otra vez a Harry. Algo en el chico lo atrapaba sin remedio. La voz de Sirius le sonó lejana, envuelto como estaba en la magia de su pareja. Momentos después un hombre alto y rubio estaba al lado de la cama.
—Déjame verlo, Draco —pidió con voz tranquila. Draco apartó los ojos de Harry y los dirigió a su otro general, Lucius.
Lucius era un hombre serio, leal e inteligente. Un hombre del Norte, de las tierras donde los dioses bajaban cada invierno a cazar a los débiles. El suyo era un pueblo poderoso, con dioses que exigían la hospitalidad al viajero, la mesura en el beber y el conocimiento de las runas. Rubio, alto, de ojos grises, la barba crecida y bien cuidada. Los hombres en la habitación eran una extensión del clan de Lucius, de su familia, lo más importante que un vikingo tenía en la vida. Lucius vestía las ropas tradicionales de su pueblo, pantalones ajustados a las piernas, camisa larga hasta los muslos, ceñida a la cintura por una tira de cuero. Placas de bronce labradas con el símbolo del árbol cósmico adornaban la tira de cuero. Sobre la camisa una capa sin mangas fijada al hombro con un broche en forma de la runa algiz. El brazo derecho estaba libre para tomar la espada colgaba de su lado izquierdo. Regulus y Remus cruzaron las llamas de la chimenea.
Lucius se sentó en el lugar que ocupara Draco. Recorrió el cuerpo del muchacho con la mirada. Una máscara de concentración tomó los rasgos altivos y elegantes. Entrecerró los ojos al percibir la magia del chico: un hormigueo ligero y fresco, como el aire mismo. Harry abrió los ojos.
—Duerme —dijo Lucius, y le cerró los parpados. El hechizo lo sumió en un sueño profundo.
Remus era el viejo de los cinco hombres. Tenía cuarenta y dos, Lucius era menor por dos años. Regulus, primo de Sirius era el joven del grupo, veinticinco años. Todavía no era general, aunque estaba cerca. Draco lo mantenía a su lado por su profundo conocimiento sobre magia oscura. Remus era un animago con los instintos del lobo presentes en su forma humana. Su olfato era una de sus mejores armas y en ese momento lo alteraban los olores contradictorios: el olor natural de viento en el chico, la magia ancestral y no humana, el aroma de un mago poderoso e incluso de una mujer de edad mediana. Tantas capas de magia sobre ese chico eran inusuales. Remus volvió el rostro, los cabellos castaños, cortos y lacios, se movieron de lugar. Los ojos dorados se entrecerraron. Los rasgos de Remus eran similares a los de un lobo, masculinos, salvajes, distinguidos. Su buena disposición, su carácter amable y tenaz, se percibían en cada gesto. Se alejó del grupo y esperó recargado contra una pared.
Lucius trabajaba sobre las capas de hechizos en Harry. Movía sus manos por la magia como si tocara un instrumento. Debía ser paciente e ir despacio para identificar cada encantamiento sin romperlo.
—La energía es la misma en la mayoría de los hechizos.
—Diría que son del director —dijo Regulus. Tomó asiento al otro lado de la cama.
Al igual que Sirius, Regulus tenía el cabello negro, largo hasta los hombros, sujeto en trenzas al frente y suelto atrás. No usaba barba, su apariencia era suave, su rostro tenía una dulzura natural que provenía de su madre. La sangre de su origen le daba la suficiencia y el orgullo que exudaba de los poros. Una sonrisa ligera, franca, tomó sus labios al reconocer la magia que destellaría con rayos de sol de estar al aire libre. Los ojos negros se concentraron en la firma mágica en los hechizos.
—Esa es una magia interesante, —dijo—. No es humana.
—Diría que es un hechizo viejo, creo que lo tiene desde bebé. Magia de criatura de viento —asintió Lucius—. Debieron hacerlo sus padres.
La magia sobre Harry estaba dividida en capas, cada hechizo intacto. Lucius y Regulus podían verlos, la magia de colores, las capas que interactuaban entre sí. Remus podía olerlos. Draco, Severus y Sirius percibían algo extraño y lo encontraban.
—¿Qué son? —inquirió Draco.
—El primero es un hechizo para ocultar.
—Tiene alas, puedo verlas, —dijo Draco.
—Yo las huelo —añadió Remus.
—Esa magia está en su espalda y en su frente, —continúo Lucius—. El resto de los hechizos pueden retirarse, ese en particular no.
—Es mejor no manipular la magia de otras criaturas —el rostro de Regulus se puso serio—. No queremos correr ningún riesgo.
—Hay varios hechizos del director, uno para localizarlo en cualquier parte del castillo, otro para hacer lo mismo en el país, y uno más para cualquier parte del mundo.
Severus se cruzó de brazos. Ese tipo de magia no era usual, las naciones mágicas legislaban esos hechizos, usarlos en menores de edad requería permisos especiales.
—Se perdió cuando tenía catorce años, —habló Sirius—. Cuatro o cinco meses en que no supieron de él.
—Eso lo explicaría, —comentó Lucius—. Hay dos hechizos de una mujer. Uno para monitorear su estado de salud y el otro para saber si come. Los siguientes son de nuevo del director: uno impide que aparicionen con él, el otro impide que use trasladores.
Regulus miró con atención la magia, seguía los hilos entretejidos, la firma mágica, la energía de un lugar.
—Si usa un traslador, lo envía a la oficina del director. Es una magia fuerte.
—Otro más impide que pueda usar la red flu. Los últimos son suyos, uno oculta sus orejas y los otros son hechizos para olvidar, es imposible contar cuantos son, forman una capa gruesa de magia.
Los hombres se miraron extrañados. Harry Potter era un muchacho lleno de misterios.
—Será imposible sacarlo del país sin el consentimiento de Dumbledore, —dijo Remus, sabía lo que preocupaba a Draco—. Si eliminamos los hechizos lo sabrá de inmediato.
—Lucius, Regulus, lo dejo en sus manos —dijo Draco—. Me lo llevaré si algo va mal y tengo un pésimo presentimiento sobre los días por venir.
—Nos haremos cargo, —respondió Lucius.
—Algo se nos ocurrirá, —Regulus tenía los ojos fijos en el rubio.
—¿Todos tenemos el mismo presentimiento? —inquirió Severus.
Los seis hombres se miraron entre ellos y asintieron. Trataron de ir más allá de la sensación de riesgo inminente. Se abocaron a percibir algo, por mínimo que fuese.
—Peligro de muerte —dijo Sirius.
—Por una magia que no será de este mundo, —añadió Lucius.
—A través de un mago oscuro, Voldemort sin duda, —habló Regulus.
—Dentro del castillo, —musitó Draco.
—Contra el chico, —agregó Severus.
—La advertencia la envían los animales del bosque —dijo Remus, la mirada fija en la ventana, en la visión de los árboles que rodeaban el castillo.
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Sirius observó a su rey y a Harry, estaban muy cerca uno del otro, recostados sobre una manta. El lugar imitaba a la perfección un día de primavera, parecía casi vivo. Las cabezas juntas miraban el cielo, muy arriba volaban las aves. Alas inmensas abiertas al aire. Sirius estaba sentado bajo la sombra falsa de un árbol con un libro que no hacía intento de leer. Afuera y adentro las sombras de la tarde se convertían en noche.
Después del desayuno, que por la hora también fue comida, Harry fue a su torre y aunque prometió volver pronto para cuidar de las pequeñas víboras, la enfermera del castillo tenía otras ideas. El chico volvió a media tarde, con un olor a viento y jabón.
Draco y Harry decidieron sacar a sus hijas adoptivas de paseo. Las tres pequeñas dormían en el vientre de Harry sobre un poco de nieve conservada con magia. El lenguaje de las víboras, según Sirius, estaba compuesto por siseos. Era impresionante escuchar al chico, parecía una verdadera serpiente. Aunque Harry intentó enseñarles a decir hola, pequeñas, hablar como serpientes no era una habilidad que los humanos adquieran. Harry tenía un tono dulce, como de mamá. Las serpientes eran ruiditos inquietos, llenos de curiosidad. Harry les traducía a los hombres. Sirius era tío honorario, al igual que Severus.
Cuando Harry despertó, solo Sirius y Draco estaban en la habitación. Severus se marchó después de la reunión de la mañana. Regulus, Lucius y Remus volvieron a Macedonia.
—Vengo aquí cuando afuera llueve o nieva, —decía Harry en voz baja—. Me gusta que no haga frío ni mucho calor cuando afuera está imposible.
Los ojos de Harry buscaron el rostro de Draco. Con cuidado tomó la nieve donde dormían las víboras y la regresó al terrario. Se recostó de lado.
—¿Eres un rey? ¿En serio?
Draco asintió. Sirius podía juzgar por el tono de Harry que le costaba creerlo.
—¿Tengo que llamarte su majestad?
—No Harry, puedes llamarme Draco.
La mente de Sirius tomó otros derroteros. En su pueblo los reyes eran divinos. Su gente estaba acostumbrada a postrarse ante el rey, un gesto digno de la Presencia. En el pueblo de Draco aquello no era bien visto. Para los macedonios el rey era un igual, cada uno de sus súbditos tenía derecho a hablar con él, lo llamaban por su nombre porque era uno de ellos y los hombres libres eran iguales.
—Y estas aquí por una profecía. ¿Qué dice?
Draco sonrió. ¡Harry no sabía de la profecía! Él pudo volverse loco de alegría y el otro involucrado ni siquiera sabía.
—Lo esencial es que hay un jovencito que es mi pareja y debemos estar juntos.
A Harry lo sorprendieron las palabras. ¿No dijo Dumbledore que vendrían unos chicos? Así que el hombre era gay y tenía una pareja en algún lugar. Detuvo la sensación de tristeza que crecía en su pecho.
—¿Con un chico? ¿No sería mejor una chica? ¿O no quieres tener hijos?
Sirius regresó su atención al chico, su voz sonaba horrorizada. Draco debió explicarle que el chico de la profecía tendría la capacidad para embarazarse.
—Entre los muggles ningún chico está equipado para eso, —decía contundente.
A Sirius le hacía gracia la incredulidad de Harry.
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—¿Qué tal tu día Draco?
La voz de Severus distrajo a su rey. Estaban en el gran comedor para una cena que prometía ser interesante. Draco y sus generales estaban en la mesa de los profesores con Dumbledore y los docentes. De las cuatro mesas para los estudiantes tres estaban ocupadas, una por los aurores y los empleados del ministerio, otra por los adolescentes y una más para sus padres o acompañantes.
—Tranquilo, alimentamos a las víboras, lo ayudé con su tarea de historia. ¿Qué tal el tuyo?
—Interesante, me encontré con Max, —el tono era sereno, la mirada le dijo a Draco que debía estar alerta—. Tienen mucho trabajo, la profecía generó gran interés.
Draco asintió. Lo que fuera que preocupaba a Severus tendría que esperar. Sus habitaciones estaban bien protegidas, ninguna de sus conversaciones sería oída. Los ojos de Draco se dirigieron a los chicos, eran jóvenes hermosos, seguros y orgullosos. Harry se distinguía entre ellos como un petirrojo entre cuervos. Parecía un poco inseguro y un tanto tímido. Harry levantó la mano y lo saludó, él le devolvió el gesto con una sonrisa.
El corazón de Harry se entibió cuando Draco le sonrió. Sabía que quizá su pareja estaba entre esos chicos y eso lo entristecía. Le gustó pasar tiempo con él, hablar de tonterías. Miró su plato, removió la sopa de verduras con trocitos de un pan sin huevo, ni leche. Dobby lo consentía un montón, pensó. Contuvo el suspiro, le dolía el pecho. El sentimiento de pena era causado por esos chicos.
—Hueles mucho a viento, —le dijo un muchacho que se presentó como Joseph.
Harry lo miró sin saber qué debía responder.
—Salí a volar, —encogió los hombros—, quizá sea por eso.
—Sin duda es por eso —añadió otro chico con tono burlón.
Harry apretó los labios. No le gustaban esos chicos, decidió, eran peores que los slytherin. Sin darse cuenta Harry se envolvió en sus alas como si ellas pudieran protegerlo de las palabras hirientes.
—¿A alguien más le molesta el olor a plumas?
Joseph, el del tono burlón y otros dos chicos levantaron las manos. Las miradas fastidiaron a Harry. Una cosa eran los bravucones y otra esos chicos estirados con sus comentarios maliciosos. No entendía por qué lo agredían, no comprendía lo que decían y eso lo hacía sentirse estúpido. ¿Qué tenían que ver el viento y las plumas con él? Harry detestaba que lo atacarán con palabras, la especialidad de su tía, de los slytherin, de Hermione.
—Si me molestan los maldeciré, —amenazó Harry.
Los destellos de sol en la magia de Harry fascinaron a los chicos, rieron estremecidos por la magia salvaje que percibían con claridad. Su propia naturaleza resonaba con la energía de Harry. Algunos padres les dirigieron miradas de advertencia a sus hijos. El olor de criatura mágica, y de molestia, era notorio para ciertos padres e hijos.
Las risas empujaron a Harry cerca de su límite de tolerancia. Los vasos y las copas en el comedor temblaron con su furia apenas contenida. Respiró despacio por los labios. No estaba de humor para bromas que ni siquiera entendía.
—Tranquilo chico viento —pidió Joseph—. No es burla, comentamos lo obvio.
—Joseph —el tono de su padre era una advertencia.
Harry apretó los labios. Tomó su plato y caminó a la mesa de los profesores. La silla a la izquierda de Dumbledore estaba vacía, los profesores la dejaban libre para Harry. Furioso arremetió contra la sopa. Al terminar se quedó sentado junto a Dumbledore. La mirada en la mesa., los brazos cruzados sobre el pecho, las alas lo rodeaban como un escudo.
—¿Se quedarán en la torre? —Preguntó en voz baja.
Dumbledore le frotó la espalda.
—Cinco de ellos y sus padres se quedaron en la torre.
—¿Puede escoger a los chicos?
—Mi muchacho ya están instalados. Vamos no hay de qué preocuparse, te llevarás bien con ellos.
—Sin duda, —dijo desanimado—. No tengo sueño, ¿podría tomar algo para dormir?
—Dile a Madame Pomfrey.
—Buenas noches —se despidió Harry sin mirar a nadie en especial.
Se detuvo junto a la enfermera y tomó el vial que ella le dio. Severus hizo un hechizo de privacidad silencioso sobre Draco, Sirius y él.
—Por el color, y si pienso en lo más lógico para un adolescente, diría que poción para dormir sin sueños —dijo Severus en macedonio.
—Algo fue muy mal allí —dijo Draco en el mismo idioma. Harry seguía envuelto en sus alas cuanto salió del comedor.
—Muy interesante como hace temblar las cosas cuando se enfada, —comentó Sirius.
—Es momento de retirarse —dijo Severus—. Hay cosas sobre las que debemos hablar.
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La mano tocó la puerta. La magia fluyó en el sueño y la puerta lo dejó entrar. La habitación era de piedra, frente a un ventanal había un sofá, una alfombra roja. Lily ya estaba allí. Cuando usaban los sueños para hacer magia, Lily recuperaba su cuerpo. La mujer le sonrió y lo condujo al sofá. El mobiliario era parte del sueño de Voldemort, la vista debía ser de su contacto. Afuera había un bosque. Un fuego de color gris arrasaba todo. Las llamas plomizas consumían los árboles, las piedras, la tierra.
Voldemort se puso en pie. La túnica negra era formal. Apropiada para un encuentro con un ser del Otro mundo. Se acercó al ventanal y observó. El fuego era voraz. No había humo. El crepitar del fuego se escuchaba con claridad. El viento agitaba las llamas cenicientas que danzaban sin tregua. Tocó el cristal con la yema de los dedos, el calor era agradable.
En otra parte de la habitación una nueva puerta se abrió. El varón que entró era el primer tylwyth teg que Lily y Voldemort veían. Calzaba una armadura negra, el cabello largo y castaño le caía suelto hacía la espalda. Las orejas, en el contorno superior y hasta la punta, estaban decoradas con diminutos símbolos. Una cota de malla cubría las alas. Los ojos eran de un tono violeta con destellos verdes. Su rostro cambiaba de rasgos de un momento a otro, era imposible reconocerlo. Se dirigió sin ceremonias al sofá, plegó las alas y se sentó.
—Buscas una forma para deshacerte de la sangre real.
La voz era profunda y sonora, un matiz de agua reverberaba en las palabras. La apostura del varón era digna de un rey. Altivo, orgulloso de sí mismo. Voldemort supuso que se encontraba ante un miembro de la realeza.
—Que tú me proporcionarás —dijo Voldemort.
—Es Jary, el tercer hijo de Illuvra y Aenodán, —su tono era una afirmación—. Se sabe que está entre humanos, su paradero es un secreto, hasta ahora.
—Nosotros lo llamamos Harry Potter —dijo Lily.
—Es él, —confirmó el varón—. Si alguno de ustedes abre la boca, tendrán no uno si no dos poderosos enemigos, —dijo sin alterar el tono de su voz.
El maleficio que les daría sólo era conocido por los tylwyth teg. Sabía que Aenodán rastrearía cada camino y colaborador. Illuvra utilizaría su legendaria su magia. Los príncipes no olvidarían. Era cuestión de tiempo antes de que la cabeza del hombre tuviera precio entre la gente buena. El tylwyth teg traidor correría un destino peor. Si además era un traidor de sangre, un miembro de la familia real, su castigo y el de su familia estarían asegurados.
Valía la pena el riesgo, la oportunidad de dañar a la corona de guerra era invaluable. Muerto el niño esperaría el momento adecuado e iniciaría su propia guerra. Los pueblos del oeste le eran fieles. El señor de la guerra tendría que librar una cruenta batalla y al final perdería. Abrió la palma de su mano izquierda. La magia brilló con destellos verdes y un polvo cenizo apareció en su mano.
Voldemort hizo aparecer el saco cerrado con un símbolo de fuego, lo abrió y el polvo cenizo quedó atrapado.
—La muerte gris, —dijo el varón—. O una variación de ella. Este maleficio dañará a los niños de la corona de guerra. Suéltenla cerca del pequeño. Lejos de sus padres no tendrá oportunidad. Una vez que esté inconsciente, remátenlo. Aenodán sobrevivió a ese mismo maleficio cuando era niño. No queremos que la historia se repita.
Voldemort asintió. Así que era cierto, Harry pertenecía a la sangre real de los tylwyth teg. Miró de nuevo la armadura del varón. Pensó en sus palabras.
—¿Ustedes están en guerra?
—Estamos en guerra desde hace milenios. Aenodán es el Señor de la guerra, el unificador, bajo su dominio los tylwyth teg seremos un solo pueblo. Su reinado fue profetizado desde la primera corona. Demasiado tiempo atrás para que ustedes puedan si quiera imaginarlo.
—¿Cuántos hijos tienen los reyes?
—Tres, Brotan y Ebaenne son gemelos, adultos de pleno derecho. Jary es el niño, Illuvra y Aenodán esperan su regreso en cualquier momento.
En parte hacía eso para ver sufrir a la corona de guerra. Su niño, al que apenas conocían, sería una herida sin cura en sus vidas. Era una oportunidad para debilitar a la corona. El varón se levantó. La cota de malla hizo un rumor ligero. Mantenía las alas erguidas. Los tres miraron el fuego plomizo, voraz, ardiente.
—¿Dónde estamos? —Preguntó Lily.
—No es un lugar, —respondió el varón—. Esto es lo que la muerte gris le hará a Jary.
Voldemort y Lily observaron con atención. El fuego era malicioso, las piedras desaparecían, las llamas crepitaban sin tregua.
—Por tu energía diría que hiciste tratos con los antiguos seres elementales de fuego, los llamados primeros —dijo el varón—. ¿Tengo razón?
—La tienes, —respondió Voldemort.
—No tengo dudas de que Illuvra o Aenodán sabrán pronto lo que planeamos para su hijo. Antes de pensar en liberar la muerte gris, debes hacer que Jary no pueda abandonar el lugar en el que está.
—¿Qué me sugieres?
—Hace millones de años tuvimos una guerra contra los primeros de fuego. Nosotros somos considerados los vencedores, aunque en realidad nadie ganó. La guerra terminó cuando ellos desarrollaron un hechizo para impedir que los tylwyth teg entraran a las Tierras de la perdición. Nuestro plan era arrasar con su pueblo, —el varón sonrió divertido por los recuerdos—. Los primeros de fuego no olvidan las antiguas ofensas. Hasta el día de hoy sus tierras siguen protegidas contra nosotros. Necesitas a un primero antiguo y poderoso. Ofrécele algo interesante, sin duda te ayudará.
Voldemort frunció el ceño. Hacer tratos con los demonios era un asunto riesgoso. Él tenía tratos con los mestizos, mitad humanos, mitad demonios que eran los parias de la sociedad demoniaca. Era fácil atraerlos, igual que atraía a los humanos a sus filas. Los verdaderos demonios no servirían a un hombre, ellos esperaban ser servidos.
Como si leyera su pensamiento el tylwyth teg se echó a reír. Los humanos eran tan limitados, suponía que se relacionaba con el asunto de vivir pocos años.
—No hagas un pacto con el primero para obtener ayuda, dile que quieres el hechizo. Le hará gracia que sepas de algo que sucedió cuando la tierra no era más que los reinos de los elementos, y peleamos por el dominio del universo. Los primeros de fuego nos detestan, todavía quieren vengarse de nosotros.
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Los rayos de la mañana se colaban por las cortinas abiertas. Severus y Sirius, jugaban ajedrez mágico. El desayuno de esa mañana fue mejor que la cena. Los muchachos se mostraron educados con Harry, quizá influenciados por sus padres. Harry y Draco estaban cada uno en un extremo del sofá. Draco hacía una papilla de carne muy hervida de pollo y un poco de sangre para sus hijas. Harry se mantenía del otro lado del sofá para no ver.
—¿En serio te casarás con uno de esos chicos estirados?
Sirius y Severus intercambiaron una sonrisa. Harry Potter era en extremo ingenuo. Draco trataba de contener la atracción que sentía por el chico. Harry parecía inmune a la presencia de Draco.
—Lo haré sí alguno es el chico de la profecía, —habló Draco.
—¿Qué dice la profecía?
—Habla de mi familia, de mí, y habla del chico, de su origen. De antigua sangre invicta viene su sangre —recitó Draco de memoria—; ese soy yo. De noble cuna es su origen. De antigua tribu de otro mundo viene su sangre; ese es él.
Harry frunció el ceño.
—¿De otro mundo? —inquirió dudoso—. Esos chicos son groseros, —dijo con énfasis—, pero no parecen extraterrestres.
Draco lo miró sin entender. ¿De qué hablaba Harry?
—¿Extra qué?
—Tú sabes, seres de otro mundo. De marte o venus. Los muggles los llaman extraterrestres, o sea, del espacio, —Harry acompañaba sus palabras con gesticulaciones—. Tienen las cabezas enormes y los cuerpos chiquitos, son muy blancos, de ojos grandotes. Si te tocan con sus dedos, te extraen las memorias, —dijo con un tono que sonaba amenazador.
La risa de Severus sorprendió a Draco y Harry.
—Ey, es en serio —dijo Harry volviéndose al hombre—. Los muggles dicen que ellos construyeron las pirámides.
—Las pirámides las construyen los egipcios —sonrió Severus—. Puedo asegurártelo. Incluso puedo llevarte a que lo veas.
—¿Y qué tal si me hacen construir una?
La expresión de Harry, y el tono de su voz, arrancaron nuevas risas a los hombres.
—Te prometo que nadie te pondrá a construir pirámides, Harry.
—Siendo así, iré —Harry sonrió y se volvió a Draco—. Explícame lo de los chicos.
—Las tierras de las hadas se llaman el Otro mundo.
—¿En el mundo mágico las hadas son de este tamaño? —Harry le mostró una medida con sus dedos que alcanzaban unos cinco centímetros.
Draco rio hasta que le salieron lágrimas. Sirius y Severus no pudieron contenerse. Ya veían a su rey casado con una miniatura de chico.
—No, Harry, —dijo cuándo pudo reponerse—, son de nuestro tamaño. De piel blanca. El color de sus cabellos y de sus ojos son brillantes, reflejan los rayos del sol. Sus orejas terminan en punta y tienen alas como los pájaros. Son atractivos y su magia está conectada con la tierra misma.
—¿Te gusta la idea ¿no? —Harry sonrió—. Esos chicos son guapos, ¿tienen alas?
—No, ninguno de ellos. Hay algunos que son mezclas con criaturas de viento. En las mezclas la magia de la criatura se hereda a la familia, los rasgos físicos con el tiempo se hacen menos visibles. Así que esos chicos poseen algo irreal, son fuertes y eso es todo. El Ministerio los trajo para cerciorarse. Cuando una profecía vincula a una pareja, se considera que son almas gemelas. Yo podría sentirme atraído por uno de esos chicos y eso sería un indicio; hasta ahora no sucedió. Mi chico de la profecía no es una mezcla, es un tylwyth teg de pies a cabeza. Así que es muy especial.
Draco lo miró con intensidad. Harry vagó los ojos.
—Así que ninguno de ellos es. ¿Te traerán más?
Draco asintió.
—¡Debí irme de vacaciones! ¡Esto será eterno!
UniónUniónUnión
Dumbledore tomó asiento. El té, con una fuerte poción relajante, esperaba sobre el escritorio. Estaba agotado. Sentía la magia moverse alrededor del castillo, y dentro de él, a un ritmo apresurado. Sucedía cuando algo en el mundo, o en el destino de las personas, estuvo detenido demasiado tiempo. Con ayuda de la Orden del fénix fortaleció las antiguas defensas del castillo. Creó algunas nuevas y añadió algunos hechizos por si acaso. Aunque aparentaba estar tranquilo y no saber nada, la verdad es que conocía algunas cosas. Cuando el rey llegó al castillo y Harry lo amenazó, él vio el hilo del destino anudado en sus manos. Los hilos del destino tomaban algún tiempo para atarse, cuando una pareja se conocía e interactuaban por primera vez se tendía un hilo, frágil y delgado. Con el pasar de los días, con el conocimiento mutuo y el amor, el hilo se fortalecía y en algún momento se anudaba entre ellos.
El hilo del destino entre Harry y el rey se anudó apenas se vieron. Se tornó dorado, imposible de romper, en segundos. Él fue capaz de verlo antes de que desapareciera. Durante la primera noche en el castillo usó el hechizo sobre Harry para saber en qué parte del castillo estaba. No le sorprendió ver que se encontraban casi de madrugada. Era inevitable, por la velocidad con que se movía la magia Dumbledore creía que estuvieron mucho tiempo separados.
Cuando se trataba de almas gemelas, destinadas a encontrarse en cada vida, la distancia dejaba cicatrices. En el rey se leía la soledad, una autosuficiencia que hablaba de vidas de espera, de añoranza. En Harry había desasosiego, tristeza, dolor. Con el tiempo y el amor aquellas cosas se sanarían. Lo que le preocupaba era el peligro que se sentía sobre ellos. Algo malo se acercaba. Se frotó el pecho donde sentía la inquietud. La muerte venía en camino.
Levantó los ojos del escritorio al oír los golpes en la puerta.
—Adelante. Minerva ¿a qué debo tu presencia?
—No soy yo Albus, aquí hay un par de caballeros que quieren hablar contigo.
Dumbledore sonrió afable al ver al rey y a uno de sus generales, Sirius si no estaba errado.
—Su alteza, adelante.
Dumbledore les ofreció té, que aceptaron. Las tazas se sirvieron. Bebieron en tranquilidad y silencio. Dumbledore intuía que estaba por descubrir algunas cosas.
—Quería hablar con usted. Ayer era demasiado tarde y hoy no estuvo disponible en la mañana, —dijo Draco.
Dumbledore estuvo fuera desde temprano, Draco se informó sobre la hora de su regreso y aguardó impaciente.
—Se implementaron nuevas defensas en el castillo. Trabajamos mucho hoy. ¿Se sintió?
Fue Sirius quien le respondió. Ese fue un día largo, pensó Draco. El encuentro de la mañana con Harry fue tan corto. Los empleados del ministerio hacían su trabajo y llenaban su día de complicaciones. Una junta para determinar el plan de acción, reunión con los padres de los chicos. Por fin pequeñas entrevistas con ellos. Después de la comida salió con Harry a dar un paseo, ese día Severus cuidaba del chico. Después de conocer la verdadera profecía, Draco quería que uno de ellos estuviera con Harry.
—Las defensas eran buenas, ahora son mejores. ¿Hay hechizos de protección en la magia nueva? —Inquirió.
Dumbledore asintió. Les ofreció caramelos que también aceptaron.
—Prevención, la mejor arma de los magos. Ustedes no están aquí para oírme hablar a mí. Díganme ¿qué les preocupa?
—Hay un asunto serio que debemos hablar, —dijo Draco—. Sirius has los hechizos de privacidad.
Draco sacó de su túnica un pensador en miniatura. Lo devolvió a su tamaño normal.
—La profecía como se me mostró a mí fue modificada. Este es el recuerdo de la verdadera profecía, me fue entregado por uno de los empleados del ministerio. Quiero que lo vea conmigo.
Sirius esperó con la espada desenfundada. Anoche Severus les mostró el recuerdo. La profecía era tan clara. El nombre de Harry Potter se mencionaba una y otra vez. Era como si Alda supiera que la identidad de Harry era imprescindible para los tiempos que corrían. Con la primera profecía Draco sabía que enfrentaría problemas y demoras para sacarlo del país. La historia era otra cuando se leía el nombre de Harry Potter.
Al volver del pensadero Draco mantuvo la mirada sobre Dumbledore. El hombre viejo se puso en pie. Se acercó a la ventana desde donde se veía el campo de quidditch. Le encantaba ver los entrenamientos tanto como los partidos. Cruzó los brazos tras la espalda. Harry era su jugador favorito, el chico tenía un talento natural que creía venía de James, tendría que reconsiderar.
—Supongo que quieres llevártelo por su seguridad, —dijo.
—Tengo la sensación de que algo malo se cierne sobre nosotros.
—Yo también —dijo Dumbledore. Volvió al escritorio y tomó asiento—. Por eso se reforzaron las defensas del castillo. Me temo que la magia que nos cerca no es humana y no sé si podremos hacer algo contra ella.
—Quiero que venga conmigo a Macedonia, —dijo Draco—. Si necesito esconder a Harry lo hará mi sangre. Sólo yo puedo dar acceso a mis propiedades. Harry estará protegido por mi guardia personal, son magos capaces y poderosos.
Una expresión de dolor cruzo el rostro de Dumbledore.
—Usted y Harry ya fueron emparejados por la magia. ¿Podrá Harry dar acceso a sus propiedades?
Draco y Sirius cruzaron una mirada. La magia de sangre reconocería a Harry como su pareja, o su consorte. Ambos tendrían el mismo derecho.
—¿Hay algo que pueda hacer para limitarlo?
Draco negó. La magia de sangre era antigua y no admitía cambios. Dumbledore se tornó serio. Se movió por la oficina y volvió con un pensadero.
—Pocos saben lo que en verdad pasó con los padres adoptivos de Harry. Los Malfoy y los Black eran dos familias muy antiguas de nuestra sociedad. Sus propiedades también estaban controladas por la magia de sangre. Cuando adoptaron a Harry la magia lo reconoció como su heredero.
—¡Dumbledore no puedes mostrarles eso! —dijo un cuadro.
—Me temo querido Phineas que es necesario. Él es un Black, —explicó Dumbledore—. Le prometí manejar este asunto con la mayor discreción posible. Por favor, miren conmigo.
Al volver del pensadero Draco se puso en pie, caminó por la oficina con el corazón acelerado. Phineas Black murmuró un airado discurso contra los directores indiscretos.
—Divino Alejandro —musitó Draco impresionado.
Sirius se llevó una mano a la boca como si eso pudiera alejarlo del horror que acababa de contemplar. Dumbledore aunque no era la primera vez que lo veía, se sentía descompuesto.
—Harry fue cuesta abajo después de esto. No puedo permitir que le suceda otra vez. No es algo que él pueda controlar. Me temo que le sucedió en tercer año, cuando Voldemort volvió a través de su sangre. No me opongo a que se lleve a Harry, de hecho creo que tendremos que sacarlo pronto de aquí. Por la seguridad de Harry, y por la suya, no puede llevarlo a una propiedad de sangre que funcione de forma habitual. Poco después descubrimos que Harry tiene la capacidad de manipular la magia de sangre de cualquier propiedad y persona. Hogwarts se vincula a través de la magia de los directores no de la sangre, es por eso que está seguro aquí.
—Hasta que esa magia maligna nos alcance, —musitó Draco.
—Siete cabezas piensan mejor que una —dijo Sirius—. Alguna solución encontraremos.
—Y entre más seamos, mejores ideas habrá. Los maestros, la Orden del fénix, —dijo Dumbledore—. Juntos encontraremos la forma de sacar a Harry del castillo y mantenerlo seguro.
—No podemos postergar esto —Draco recuperó su aplomo—. ¿Mañana a primera hora?
Dumbledore asintió.
UniónUniónUnión
El sol de la mañana tocó el cuerpo inmenso cuando abandonó las sombras. Era una araña, alta como la copa de un árbol joven, el cuerpo rojo con negro era basto y ancho. Los ojos sobre la cabeza se abrían y cerraban en diferentes tiempos. Primero los del centro, luego los laterales. Su andar era lento, sinuoso. Parecía que la araña gigante no hacía mella en la capa de nieve. Había una elegancia natural en la antigua araña.
—Hagrid, —la voz de la araña se elevó con un resonar de tierra.
Hagrid giró con la ballesta en las manos. Al ver a su interlocutor, bajó la ballesta y la puso en el suelo. Le mostró las manos al rey de las arañas, Arvag. La enorme araña hizo una ligera inclinación con el cuerpo, señal de que Hagrid era reconocido y bien recibido. Hagrid no necesitó afilar el oído para percibir los ruidos de otras arañas por el bosque. Era extraño que las arañas se acercarán tanto al límite del bosque, ellas habitaban en el interior, donde pocos humanos llegaban.
—Arvag, mis respetos. Es un placer encontrarte aquí, aunque sea desconcertante. ¿Me buscabas?
—Te buscaba, Hagrid. Cosas suceden en el mundo y resuenan en las criaturas salvajes. Los habitantes del bosque negro estamos alertas. Uno de los nuestros será dañado si no tomamos medidas.
Arvag caminó alrededor de Hagrid. Los ojos atentos al hombre enorme y fornido.
—¿Quién está en riesgo? Haré lo posible por ayudarte.
Arvag se sintió satisfecho. Hagrid era un buen ser, dispuesto y abierto. Sabía que el mensaje en voz de Hagrid llegaría presuroso a Dumbledore, a la pareja del chico.
—La criatura no habita el bosque negro. Vive entre ustedes Hagrid.
Aun sin palabras fue fácil darse cuenta de los pensamientos del hombre. Hagrid era un buen amigo, un cuidador fiel. Su defecto estribaba en que no tenía demasiada imaginación. Para él una criatura mágica era cualquier animal que habitaba el bosque negro o prohibido, como los humanos lo llamaban.
—Hay un hijo del viento entre ustedes. Tú lo trajiste a nosotros desde su primer año aquí.
Los ojos de Hagrid se abrieron sorprendidos. Sólo un alumno lo acompañaba al interior del bosque: Harry. Hagrid frunció el ceño. Si Harry era una criatura mágica, eso explicaría su afinidad con los animales y la inusitada pasión que le despertaban sus clases. Pensó en la facilidad con que Harry aprendió el idioma de las arañas, un rechinar de mandíbulas y golpes en la tierra que imitaba con un par de varitas secas y algunos sonidos.
—La profecía —dijo—, una criatura mágica. Es Harry ¿verdad?
Hagrid leyó la noticia en el diario. Dumbledore les informó con detalle de la visita del rey y su búsqueda por el chico de la profecía.
—Lo es, amigo. Tu director no sabe que el mal ya está en la escuela. Pronto se extenderá alrededor de ella y Harry quedará atrapado. Tratan de matar a nuestro niño de viento. Adviértele Hagrid, dile que lo envíe lejos, donde el mal no pueda alcanzarlo. Su vida está en riesgo.
Arvag se movió por el camino nevado que llevaba al interior del bosque. Hagrid observó a las arañas negras con marcas amarillas que franquearon a Arvag, la escolta del rey. Se movían lentas, serenas.
—Si Harry muere, una guerra como no vieron antes los humanos se desatará, —dijo Arvag sin mirar atrás—. Aenodán, el rey de los tylwyth teg, romperá la tregua con los reinos de fuego, los antiguos primeros serán destruidos y los humanos serán los siguientes. El Señor de la guerra llevará la destrucción a cada parte del mundo. Por el bien de Harry, y el de todos, deben actuar ya.
