Y aquí tenemos otro capitulo traducido, nos faltará sólo uno más y estaremos a la par con la versión original.
Como siempre los personajes y el contexto no me pertenecen ni gano nada con ésta historia.
CAPÍTULO 3
Empezaba a ser habitual encontrar algún cambio en su rutina diaria de vez en cuando, sobretodo después de una visita de Ashura, lo que le hacía preguntarse si éste no seria precisamente el motivo. Esa vez no se dio cuenta del cambio hasta que no recibió la visita de Kujaku. Las heridas de su espalda y torso por fin habían cicatrizado y ya no era necesario que llevara ningún tipo de vendaje. Los moratones de sus piernas también se habían disipado casi por completo y notaba que había ganado fuerza muscular últimamente. En general se encontraba mucho mejor y precisamente por eso las visitas del doctor se habían ido distanciando progresivamente.
Cuando el doctor entró por la puerta aquel día fue seguido del Guardia cargado con lo que parecían un par de barandillas de madera de un metro de largo y sin la chica morena siguiéndolos. En vez de ella entró un chico joven, alto y musculoso, vestido solo con unos pantalones largos y un collar similar al suyo pero de color blanco, cargando con una caja de madera que parecía ser muy pesada.
- ¡Buenas noticias! - exclamó Kujaku con voz aguda e exageradamente alegre - ¡Nuevas ordenes! Los de arriba quieren que andes de nuevo así que tenemos mucho trabajo que hacer a partir de hoy. ¡Se ha terminado eso de estar todo el día ganduleando, a partir de ahora te quiero entrenando día y noche!
El Guardia pasó por detrás del doctor, resoplando y renegando, y dejó las barandillas en los pies de la cama. El otro chico lo siguió sin decir palabra ni levantar la mirada del suelo y dejó la caja al lado de éstas. Le asombró el contraste entre el chico nuevo, sereno, silencioso, alto e inmutable y el gordo, renacuajo, gruñón y agotado Guardia. Observó impotente como el joven era insultado, empujado y obligado a carretear objetos pesados de un lugar a otro sin ofrecer ningún quejido ni ninguna resistencia, mientras que el doctor seguía hablando solo sobre tratamientos, ejercicios y musculatura mientras rebuscaba en su omnipresente bolsa.
- Antes que nada necesito saber el punto de partida- oyó que éste decía, esa vez dirigiéndose a él. -¿A que estas esperando? ¡Ponte en pie!
Parpadeó unos instantes, confundido, antes de procesar lo que le estaban pidiendo que hiciera. Ponerse en pie. Si prácticamente no tenía fuerzas ni para mover las piernas, si necesitaba toda su energía para arrastrarse el metro de distancia que había entre la cama y la ventana, ¿cómo pretendía que se levantara? El rostro de Kujaku sin embargo no parecía dispuesto a aceptar un "no puedo" por respuesta, así que empezó a arrastrar las piernas hacia el borde de la cama hasta que acabó sentado en éste con las piernas colgando y los pies rozando el suelo. Ese simple movimiento lo había agotado más de lo que se atrevía a reconocer. Había necesitado apoyarse con los brazos e impulsarse para terminar de llegar del todo al borde. Permaneció unos instantes inmóvil, con la cabeza agachada y apoyando todo el peso en sus brazos, respirando profundamente e intentando ignorar su frente empapada de sudor y el leve mareo que lo había invadido. Una risa burlona resonó en la habitación y sintió cómo la rabia le daba fuerzas renovadas. Inspiró profundamente una vez más, separó un poco los pies y se empujó con las manos, dándose impulso para levantarse.
Consiguió incorporarse de la cama pero las piernas no le aguantaron el peso y se desplomó instantáneamente, cayendo de lado en el suelo en un lío de piernas y brazos mal situados. Gimió de dolor y se frotó el hombro izquierdo sobre el cual había impactado contra el suelo con todo su peso. Sus piernas le latían como si tuvieran cada una un pequeño corazón en su interior y las tenía cruzadas en una posición incómoda debajo suyo. Intentó incorporarse ejerciendo fuerza con los brazos de nuevo pero éstos le temblaban y las piernas no parecían dispuestas a desenredarse.
Fue entonces que una mano lo agarró del antebrazo derecho y lo levantó de un tirón, sentándolo de nuevo en la cama y haciendo chasquear su hombro malo en el proceso. Se agarró a las sabanas con fuerza y cerró los ojos intentando sobreponerse al mareo que le había provocado el cambio brusco de posición. Abrió de nuevo los ojos sorprendido cuando sintió a alguien mover sus piernas y vio al chico desconocido arrodillado enfrente suyo, colocando sus piernas inútiles en una posición más cómoda y dejando que colgaran del borde de la cama. Cuando terminó se alzó sin decir nada y, sin siquiera mirarlo un momento, se apartó ligeramente, dejando espacio a Kujaku. Éste escribía en lo que parecía un cuaderno mientras murmuraba en voz baja y le lanzaba miradas de vez en cuando. En el otro extremo de la habitación el Guardia permanecía apoyado en la pared con una gran sonrisa en la cara y un brillo burleta en los ojos.
- Perdida de equilibrio e incapacidad de incorporarse por si mismo... - oyó murmurar al doctor. - ¿Tienes alguna molestia en las piernas? ¿Sientes como si te latieran?
Asintió en respuesta a la pregunta y permaneció inmóvil mientras que éste anotaba algo más antes de dejar el cuaderno a un lado. Entonces Kujaku empezó a toquetear sus piernas con su delicadeza habitual y a situarlas en diferentes ángulos y posiciones preguntando si sentía dolor o incomodidad de algún tipo en cada nueva posición. Negó en todos los casos. La siguiente prueba consistió en golpearle suavemente en las rodillas y valorar la respuesta de su pierna, y así siguió en una infinidad de pruebas y posiciones hasta que pareció satisfecho.
- Muy bien, parece ser que no tienes ningún daño en musculatura ni tendones y mantienes una elasticidad más que óptima - empezó a explicarle mientras guardaba las herramientas utilizadas. - Por lo que veo tienes un problema de nivel de musculatura, la pérdida de equilibrio muy probablemente sea un efecto secundario de éste así que lo volveremos a valorar más adelante.
Dicho eso le hizo un gesto al chico joven y éste acercó la caja de madera hasta que pudo ver su contenido. Por la parte superior vio lo que parecían unas tiras largas de tela anchas con unas piezas rectangulares cosidas dentro. Había de varios colores y tamaños y otros objetos diferentes se podían vislumbrar debajo de éstos pero no fue capaz de identificar lo que eran.
- Muy bien, empezaremos con ejercicios básicos para augmentar la fuerza muscular e iremos incrementando la dificultad a medida que vayas recuperando la fuerza - sentenció Kujaku. - Paúl te ayudará a hacer los ejercicios los primeros días y se asegurará de que los hagas correctamente. - dijo señalando al joven desconocido – Empezaremos por repeticiones simples: levantarás las piernas una a una lo máximo que puedas y las retendrás en esa posición como mínimo treinta segundos. Haz series de cinco repeticiones de treinta segundos y cambias de pierna.
Realizó los ejercicios mencionados con la ayuda de Paúl, que a una señal del doctor le levantó la pierna a la altura adecuada antes de retirar la mano a cierta distancia, dispuesto a agarrarle la pierna de nuevo si perdía la fuerza antes de tiempo. Comprobó horrorizado que a duras penas aguantaba diez segundos con la pierna en esa posición antes de perder completamente la fuerza. Ni siquiera agarrarse con toda su fuerza del colchón con los puños, apretar los dientes y concentrarse al máximo parecía servir para nada más que agotarlo inútilmente. Realizó diferentes ejercicios similares siguiendo las instrucciones de Kujaku con la ayuda de Paúl y comprobó de nuevo con extrema frustración que lo máximo que era capaz de aguantar eran veinte segundos y tan sólo en algunos de los ejercicios. Cuando terminaron se sentía exhausto, sudado y deprimido por su propia debilidad.
- Paúl te ayudará a realizar los ejercicios diariamente y cuando seas capaz de hacerlos por ti mismo sin problemas él mismo te enseñará a usar las pesas - dijo el doctor mientras le daba una patada suave a la caja de madera a su lado - Cuando puedas tolerar al menos cuatro kilos volveremos a levantarte y trabajaremos en tu equilibrio - siguió mientras Paúl apartaba la caja a un rincón de la habitación. - Estás peor de lo que había estimado así que deberás progresar el doble de rápido de lo calculado, de manera que te quiero realizando los ejercicios a todas horas y no solo cuando Paúl y yo estemos por aquí. Si no lo haces lo sabré y tendré que castigarte, ¿entendido?
Intentó asentir pero a duras penas podía respirar, la cabeza apoyada en la pared al otro lado de la cama, los brazos y las piernas inertes sobre el colchón con los pies colgando del otro extremo. Por suerte parecía que el doctor había terminado la sesión, al menos por ese día.
- ¡Un último ejercicio! - exclamó éste, destrozando sus esperanzas. - Paúl acerca las barandillas.
El chico asintió y sin levantar los ojos más de lo estrictamente necesario acercó las piezas de madera y las dejó en frente suyo, ligeramente separadas de manera que cada una le quedaba a un lado, a la altura de un brazo. Tuvo un mal presentimiento.
- Vuelve a levantarte pero esta vez apóyate en estas maderas, a ver si así logras aguantar más tiempo de pie.
Respirando aceleradamente, aun resoplando y con las piernas doloridas por el esfuerzo anterior intentó moverse de nuevo sin ningún éxito. Se apoyó de nuevo en la pared, cerrando los ojos con fuerza y respirando profundamente intentando ralentizar su alocado corazón. La risa y las burlas del Guardia se oían de fondo y lo llenaban de impotencia y rabia. A esas alturas estaba más que acostumbrado a su trato despreciativo y burlón pero había momentos en que realmente deseaba hacerlo callar de golpe. Fue ese furioso pensamiento más que no los golpecitos impacientes del pie del doctor contra el suelo o la mirada dudosa que le dirigió fugazmente el chico nuevo lo que le dio fuerzas para levantarse de nuevo; ignorando el cansancio y el dolor, determinado en al menos lograr acallar al susodicho. Se inclinó hasta que pudo apoyar la mano derecha en la barandilla, por primera vez notando que ésta estaba recubierta con un acolchado suave y alegrándose inmensamente por ello; al menos sus manos no saldrían perjudicadas con el experimento. Se sentó más en el extremo del colchón hasta que sus pies tocaron el suelo y entonces apoyó la otra mano en la otra barandilla. Inspiró e expiró profundamente un par de veces y fijo la mirada en un punto indeterminado en la pared al otro lado de la habitación, justo en frente suyo, antes de impulsar-se de nuevo. Sintió como las piernas le fallaban al instante en que el peso caía sobre ellas pero usó toda su fuerza restante en los brazos tensos y logró mantener la posición sin caer.
- Muy bien, muy bien - oyó la voz del pelirrojo a su lado junto al ruido que hacia al escribir en su libreta pero no desvió la mirada ni por un instante, temiendo caer si perdía la concentración. - Ahora quiero que hagas un par de pasos hacia adelante. Avanza un pie, apoya el peso en éste y en la mano del mismo lado, mueve la otra mano un poco hacia adelante y vuelve a compensar el peso.
Lo decía como si fuera fácil. Como si fuera remotamente sencillo, como quitarle un caramelo a un niño. Pero no lo era. Las piernas le temblaban cada vez más y los brazos empezaban a fallarle también, resintiendo la fuerza que tenía que realizar con éstos para aguantar el peso de todo el cuerpo. Pero había llegado hasta allí. Estaba de pie. Después de haber estado en la oscuridad, encadenado a una pared y peleando con las ratas por un trozo de pan seco, su estomago constantemente vacío y el temor inundando su alma. Había progresado mucho como para rendirse ahora, como para permitirse decepcionarlos y consentir que volvieran a encerrarlo en esa pequeña y oscura habitación; para dejar que lo volvieran a encadenar. Determinado movió la pierna izquierda, decidiendo que lo más sensato era confiar en el hombro izquierdo que en el derecho. Arrastró la pierna lentamente, sintiendo los músculos tirando y quejándose dolorosamente por cada milímetro que avanzaba. Incapaz de seguir mirando al vacío cerró los ojos con fuerza, sudor empapando de nuevo su frente y espalda y los brazos temblando cada vez más y más. Inspiró profundamente y apoyó el peso del cuerpo en el brazo y pie izquierdos, gritando cuando una mancha blanca llenó su visión, el dolor recorriendo todo su cuerpo e haciéndolo incapaz de recordar porque estaba pasando por esa tortura pero de alguna forma sabiendo que no podía detenerse, que tenia que hacer algo más, algo importante. Su mano resbaló con el sudor acumulado en la barandilla y se sintió caer de nuevo, esta vez arrastrando las maderas con él.
Mantuvo los ojos cerrados, esperando el impacto y el dolor que seguiría, sin importarle ya, pero alguien lo agarro al vuelo de los hombros e impidió que cayera de golpe. Abrió los ojos ligeramente mareado, confuso, con náuseas y dolor recorriéndole en ondas constantes cuando su cuerpo impacto con otro que freno su descenso y lo aguantó. Fuerte y cálido pero desconocido. Sintió a alguien reír en algún lugar pero tenia los sentidos nublados de tal manera que el sonido parecía venir de muy lejos. Oía el latido de su corazón acelerado resonando en sus oídos, sintiendo las palpitaciones en todo el cuerpo y el aire entrando con insuficiente cantidad en sus pulmones. Lo levantaron y lo depositaron en la cama de manera torpe, no violentamente pero tampoco con la seguridad y gentileza con la que lo había hecho Ashura unos días atrás. Ashura. Lo echaba de menos, en ese momento más que nunca, cada movimiento que realizaba le hacia venir deseos de llorar de impotencia y pensar en el Diablo era en cierta forma reconfortante. Recordó como se había sentido al dormir con él apoyado en su hombro, la gentileza con la que lo trataba siempre.
- Bien, bien, bien. Mucho mejor de lo que me esperaba - oyó a lo lejos la voz del doctor. - No se pueden esperar milagros el primer día al fin y al cabo pero esta claro que con esa determinación tuya haremos progresos rápidamente - ruido de papeles moviéndose y una cremallera siendo cerrada le dieron la indicación de que Kujaku por fin había dado la sesión por terminada. - Cuando estés más limpio Paúl te ayudará a ponerte esta pomada. Te recomiendo que te la apliques siempre después de los ejercicios, ayudara a prevenir la aparición de agujetas extremas – sintió el ruido de pasos alejándose resonando en la habitación. - Volveré la semana que viene y espero que hayas hecho buenos progresos, por tu propio bien. ¡Disfruta el entrenamiento!
Los pasos se oían cada vez más lejanos y poco después el ruido inconfundible de la puerta abriéndose y volviéndose a cerrar. Se había ido por fin.
- ¡Que espectáculo mas ridículo acabas de protagonizar, mequetrefe! ¿Ni tan siquiera eres capaz de ponerte en pie? ¡Penoso!
Por desgracia el Guardia aun no se había ido y no parecía tener ningún deseo de hacerlo. Abrió los ojos de golpe asustado cuando sintió una mano agarrándolo por el brazo pero se tranquilizo cuando vio que solo se trataba de Paúl. El mencionado Guardia seguía apoyado en la pared contraria mirando con ojos lujuriosos a la morena que usualmente lo limpiaba. La observó con curiosidad, no se había dado cuenta de que ésta hubiera entrado a su habitación y con el enorme cubo lleno de agua que llevaba consigo no era precisamente sencillo moverse sin hacer ruido. La mano en su brazo le dio un tirón suave, incitándolo a incorporarse de nuevo. Observó fijamente el ligero sonrojo en el rostro del chico, notando por primera vez que tenia el pelo de color castaño claro y que parecía ser uno o dos años menor que él. Observó de nuevo a la chica morena, la cual aun no sabia como se llamaba y se dio cuenta al instante de que tendría dos ayudantes para limpiarse en vez de solo uno como era habitual. Se sentía tan cansado y entumecido que lo agradeció, sobretodo cuando podía apoyarse en el chico sin que a éste pareciera afectarle lo más mínimo su peso. No había duda alguna de que ese chico era fuerte, solo hacia falta mirarlo para notar sus músculos. "No tanto como lo es Ashura" no pudo evitar pensar.
Entre los dos lo limpiaron, lo embadurnaron de crema en piernas y brazos y lo ayudaron a vestirse de nuevo. Todo eso sin decir ni un monosílabo ni levantar la mirada. Anteriormente había pensado que esa conducta en la chica era causada por timidez pero ahora que la veía también en los gestos de Paúl no estaba tan seguro de ello. Tal vez tenia más relación con los collares que llevaban puestos, uno negro con rallas blancas y otro totalmente blanco. Se tocó el suyo dándose cuenta de que él también hacia mucho que no hablaba, al menos no palabras propiamente dichas; no creía que los gritos de dolor contaran. "Hablar es doloroso" pensó instantáneamente.
¿Era posible que esos dos chicos se encontraran en una situación similar a la suya? ¿Era por eso que no hablaban ni levantaban la mirada en ningún momento? ¿Aquel era el objetivo de esos malditos collares? Por un momento se sintió mejor al descubrir que no era el único en esa situación, que alguien más había pasado por lo mismo que él y que tal vez hubiera alguien que lo entendiera y lo pudiera ayudar si fuese necesario. Sin embargo una mirada a los ojos miedosos de uno y las manos temblorosas de la otra le hicieron darse cuenta de la auténtica realidad. No era el único en esa situación pero no obtendría ayuda aunque la necesitara y la pidiera a gritos.
Estaba solo.
Las siguientes semanas fueron una tortura diaria. Como había ordenado el doctor, Paúl aparecía dos veces cada día, una por la mañana después del desayuno y otra por la tarde justo antes de la cena. En todo momento iba acompañado por el Guardia y sus comentarios sarcásticos pero la chica morena solo aparecía al atardecer cuando estaba terminando los ejercicios para limpiarlo y darle ropa limpia para el día siguiente. Cada dos o tres días aparecían dos chicas nuevas, una rubia y la otra con el pelo castaño claro, las dos con collares idénticos al de la chica morena y le limpiaban un poco la habitación, la aireaban y le cambiaban las sábanas por unas limpias. Esto ultimo era de agradecer puesto que con todo el ejercicio que realizaba durante el día el olor a sudor era una constante en esa habitación.
Él tenía constantemente el cuerpo adolorido, terribles pinchazos en piernas, trasero y espalda cada vez que se movía y a veces incluso en brazos y nuca. Sin embargo realizaba los ejercicios con su mayor esfuerzo siempre que Paúl aparecía. Si se sentía con fuerzas incluso los realizaba cuando se encontraba solo, repeticiones de diez segundos, de veinte, de treinta. Prácticamente se dormía encima de la bandeja con la cena y no se levantaba hasta que el Guardia no lo despertaba a gritos e insultos a la hora de desayunar. No había vuelto a ver el cielo nocturno.
La segunda semana de entrenamiento fue mejor que la primera, empezó a notar pequeños progresos: lograba mantener las piernas como mínimo quince segundos en la posición correcta en todos los ejercicios y sus músculos no lo torturaban tanto después de cada sesión. Contrariamente a lo que Kujaku había advertido no volvió a aparecer para controlar su progreso, fenómeno que lo extrañó y alegró a la vez; no estaba seguro de progresar tan rápidamente como el doctor deseaba. Fue también en aquella semana que se dio cuenta que la dieta que le era suministrada había variado en las dos últimas semanas: los platos eran un poco más abundantes y contenían una porción más elevada de carne, pescado, huevos, frutos secos y legumbres. En los desayunos y cenas era frecuente que apareciera un vaso de leche o un trozo de queso acompañando el plato principal. "Una dieta rica en proteínas" murmuraba una voz grave y familiar en su cabeza cada vez que pensaba en ello. Era extraño ya que no tenia ni idea de lo que eran las "proteínas" pero no era la primera vez que oía esa voz flotando en su cabeza, sobretodo cuando pensaba en comida y en cierta forma se le hacía familiar; le hacía pensar en un sombrero increíblemente alto de color blanco y un bigote rubio y largo atado en dos trenzas. Quizás se estaba volviendo loco.
A las dos semanas de ejercicio diario y dolor constante Kujaku apareció para valorarlo de nuevo. Entonces ya era capaz de aguantar veinte segundos en la mayoría de los ejercicios pero después se sentía debilitado y adolorido por horas, a duras penas capaz de comer. El doctor pareció complacido con los resultados y le advirtió que añadiría algo a sus comidas y que se lo tomara siempre después de hacer los ejercicios, nunca antes. Le pareció que decía algo parecido a "complemento proteico" o similar pero no lo entendió así que no le dio más importancia. Resultó que se trataba de una botella con una bebida densa y con un sabor amargo pero que hacía maravillas con su cansancio y su dolor post-ejercicio. A partir de ese momento el dolor no fue un compañero tan persistente como lo había sido hasta entonces. Algunas noches incluso tuvo fuerzas para arrastrarse de nuevo hasta la ventana, la vista del cielo lleno de puntitos brillantes casi haciéndolo llorar después de tanto tiempo sin verlo.
Dos semanas más y era capaz de realizar los ejercicios durante 30 segundos y empezó a utilizar las pesas con ayuda de Paúl. Éste le enseñó a ponerse las tiras de ropa alrededor de las piernas y como atarlas para que no se soltaran, todo sin decir ni un monosílabo y con la mirada del Guardia siempre fija en ellos. Aprendió a diferenciar la cantidad de peso en cada tira según el color de la ropa y después de un intento frustrado también aprendió a no ser demasiado valiente y empezar con las pesas más pequeñas e ir aumentando progresivamente el peso. Fue como volver a empezar, de nuevo era incapaz de realizar los ejercicios durante el tiempo establecido pero al menos esa vez sabía que lo acabaría logrando tal y como ya había sucedido anteriormente.
Su rutina se centró alrededor de sus piernas: hacia los ejercicios con Paúl por la mañana, comía, descansaba y cuando se encontraba con fuerzas volvía a hacer los ejercicios. Descansaba un rato y volvía a ello y así una vez tras otra. Cada vez era más sencillo mover las piernas pero aún no se había atrevido a intentar ponerse en pie de nuevo, le daba miedo caer y perder la motivación que parecía haberlo invadido. Pronto empezó a dejarse las pesas más pequeñas puestas en todo momento, incluso cuando no estaba entrenando, hecho que causó sorpresa y aprobación por parte del doctor. Se sentía mucho más animado y contento de lo que recordaba haber estado nunca en su vida; volvería a andar, ahora estaba seguro de ello y eso lo inspiraba y le daba fuerzas. Cuando pensaba en Ashura la determinación aun se acentuaba más, quería demostrarle que podía hacerlo, quería que lo viera andar. Y sobretodo quería que éste le sonriera orgulloso al verlo. Por eso cuando Ashura apareció unos días después no sabia si sentirse entusiasmado o decepcionado. Quería enseñarle sus progresos, quería andar por su propio pie pero aun no se consideraba listo, aun le asustaba la idea de intentarlo.
La tarde en que apareció éste entró por la puerta justo cuando se encontraba en mitad de una serie de ejercicios. Más específicamente uno de los que se le daba mejor y que consistía en levantar la pierna completamente en vertical y mantenerla allí un tiempo. Y fue precisamente por mantener esa posición que no se percató de la puerta abriéndose ni a nadie entrar por ésta. Era el primer día que utilizaba pesas de dos kilos en vez de las de un kilo que utilizaba habitualmente y tenia ciertas dificultades para mantener la pierna en posición. Por ese motivo tenia los ojos cerrados intentando concentrarse mejor, los músculos tirando dolorosamente y el peso atado a su tobillo amenazando en precipitar su pierna hacia el suelo de golpe. Llevaba diez segundos en esa posición cuando el sonido de pasos lo distrajo y le hizo perder la concentración. Su pierna cayó de golpe, las articulaciones chasqueando y el talón impactando contra algo duro a media altura. Se agarró el pie lastimado, gimiendo de dolor.
- ¡Si hombre! ¡Encima quéjate! - oyó a una voz grave protestando.
Levantó la mirada sorprendido y vio en el suelo a los pies de la cama a alguien sentado en el suelo mirándolo con mala cara y aferrándose la cabeza con las manos, un chichón creciendo por momentos entre pelo verde. Sonrió, Ashura había vuelto.
- Estas perdiendo el tiempo, idiota.
Ignoró la molesta voz y siguió con sus ejercicios. Levantar la pierna. Contar desde treinta. Treinta, veintinueve, veintiocho...
- No me refería a que lo estés perdiendo por estar todo el día entrenando, eso seria hipócrita viniendo de mi.
Se detuvo un segundo a media cuenta, olvidando el numero por el que iba. Otra vez. No sabia que el imbécil podía ser tan molesto. Decidió volver a contar desde veinticinco.
- Solo digo que entrenar con tan poco peso es inútil.
Él que había estado esperando que el otro volviera, que había estado deseando mostrarle sus progresos. ¿En que había estado pensando? ¡El idiota peliverde no se merecía el tiempo que había perdido pensando en él! Veinte, diecinueve...
- Si vas a entrenarte debería ser como mínimo con un peso igual al tuyo propio, y ni con esta mierdecita de pesas.
¿Y se podía saber porque éste llevaba tanto tiempo allí? Que él recordara nunca se había quedado más de un día y en cambio esa mañana cuando se despertó aun se encontraba allí. Sentado contra una pared y aferrado a sus espadas, observándolo sin hacer ningún ruido. Dieciséis, quince...
- ¡Esto no le serviría ni al nariz-larga!
Normalmente no le habría molestado su presencia, sino más bien al contrario se habría sentido feliz; o al menos eso le gustaba pensar. El día anterior no se había comportado de esa manera, había sido amable y agradable como siempre pero cuantas más horas pasaban más molesto se había vuelto el "invitado". Desde que había descubierto la caja con las pesas no había parado de gruñir y protestar, ridiculizando su esfuerzo. Veinte, diecinueve...
- Eres consciente de que llevas más de un minuto en esa posición, ¿verdad? ¿Te has dormido o es que sencillamente no sabes contar?
Bajó la pierna de golpe al suelo, golpeándolo ruidosamente en el proceso y se giró furioso hacia el otro. Sentado en el suelo y apoyado en la pared en frente suyo se encontraba el espadachín más estúpido, engreído, arrogante y fastidioso que había tenido nunca la desgracia de conocer. Exactamente en el mismo lugar donde lo había visto al despertarse horas antes. Se encontraba en una posición relajada, con una pierna estirada y la otra doblada, un brazo apoyado en éste y se encontraba con la otra mano haciendo malabares con la caja de pesas. La maldita caja tenia unas doce cintas de pesas y pesaban entre uno y cien kilogramos, el hecho de que la estuviera haciendo saltar arriba y abajo como si nada cuando él tenia que esforzarse al máximo para levantar cuatro kilos era humillante.
- ¿Ya has terminado entonces? - le preguntó éste en tono exageradamente inocente - ¿Podemos hacer algo más interesante entonces?
"¡No te he pedido que te quedaras!" estuvo a punto de gritarle pero se contuvo a tiempo, dejando escapar solo un bufido enojado. El otro soltó una carcajada y depositó la caja en el suelo de nuevo antes de estirarse y bostezar ruidosamente.
- Está bien, está bien - lo oyó decir en medio del bostezo, como lo pudo entender era un misterio incluso para él – Al contrario que otros puedo ser respetuoso con el entrenamiento de los demás - fue el siguiente comentario, el cual le hizo levantar una ceja incrédulo. - Haré una cabezadita mientras terminas.
Fue dicho y hecho, en menos de dos segundos ya estaba roncando sin ni siquiera moverse y con una mano en la empuñadura de sus espadas. No se engañaba, sabia que cualquier pequeña cosa lo pondría en alerta en un santiamén, era un hecho que el Guardia había aprendido esa misma mañana. Aun se le escapaba una sonrisa al recordar la cara de puro terror de éste.
Suspiró y se dejó caer en la cama, decidiendo que quitarse las pesas requeriría de un esfuerzo innecesario. Habían pasado un par de días bien inusuales. Después del golpe que le dio a Ashura por accidente el día anterior había medio esperado que éste se vengaría o al menos se enfadaría pero en vez de eso lo vio sonreír ligeramente y desviar la mirada con una expresión casi melancólica. Después se había incorporado y tal y como ya era habitual lo había interrogado sobre sus heridas, insistiendo y mirándolo con cara preocupada hasta que no se levantó la camisa y le dejo comprobar por si mismo el buen estado de las cicatrices en su espalda por sí mismo. Después habían estado mucho rato hablando, más bien Ashura hablando y gesticulando mientras que él lo escuchaba y asentía o negaba de vez en cuando. Le había explicado que había tenido que ir a una isla muy extravagante donde la gente de diferente edad vivían en pueblos separados, los niños y adolescentes por un lado, los adultos en otro pueblo y los ancianos en el último. Por lo que parecía cada pueblo tenia una función, recogían comida, medicamentos o un mineral raro llamado Kairoseki y que era precisamente eso lo que había ido a buscar.
De hecho, si hacia memoria en realidad no había sido hasta que habían aparecido Paúl y la chica morena para realizar los ejercicios de la noche y su limpieza que Ashura no había empezado a actuar de forma molesta. Los pobres se aterraron cuando vieron al Diablo allí sentado en frente suyo e incluso habían intentado retirarse al instante pero Ashura les dijo que hicieran lo que habían ido a hacer y se apoyó en una pared, mudo y con expresión seria. Los pobres chicos habían temblado como nunca antes, nerviosos y acojonados: Paúl haciéndole hacer los ejercicios de solo veinte segundos en vez de los treinta correspondientes a pesar de que era perfectamente capaz de hacerlos, y la chica tropezando y cayendo encima suyo cuando lo ayudaba a desnudarse. Le había dado mucha pena ésta, sobretodo cuando el Diablo soltó un gruñido desde su rincón, como un animal furioso, haciéndola llorar en silencio por el miedo. Fue en ese instante cuando decidió que terminaría solo, cogió la ropa limpia de las manos de la chica, junto con la crema y la toalla húmeda y le hizo un gesto indicándole que podía irse. El suspiro aliviado y las prisas con las que los dos salieron por la puerta lo hicieron enojarse más aun con el espadachín.
Recordaba que se había terminado de desnudar y limpiar por sí mismo, enojado y sin molestarse ni en mirar al peliverde, pero que cuando empezó a aplicarse él mismo la crema en los músculos entumecidos un mal movimiento lo hizo gemir. Al instante tenia a dos manos bronceadas robándose el frasco con la crema y empezando a aplicársela sin permiso en un gentil masaje que hacia maravillas en sus piernas doloridas. Ninguno de los dos dijo nada mientras Ashura de rodillas en frente suyo le aplicaba la crema con extremo cuidado, presionando sus músculos de forma que los sintió relajarse más y más. Cuando el Diablo le murmuró que se tumbara bocabajo en la cama ni siquiera se lo pensó antes de obedecerlo y segundos después las manos cálidas y expertas le recorrían la espalda y el dorso de las piernas, relajándolo y adormeciéndolo. Sin embargo mientras se hundía en su cojín y se dejaba llevar por el sueño se negó a mirar en ningún momento a Ashura ni en dedicarle ningún gesto, aun enojado con él.
Abrió los ojos en la penumbra de la habitación. Se había adormilado mientras recordaba los sucesos del día anterior. Desvió la mirada hacia el hombre que dormía en un rincón de la habitación y no pudo evitar sonreír al recordar la expresión de terror del Guardia al entrar esa mañana con el desayuno y su típico "¡En pie, imbécil!" sólo para encontrarse el filo de una espada en su yugular, una mirada furiosa a unos centímetros y un gruñido grave amenazándolo. Soltó una risita al revivirlo, estaba seguro de que si éste no se había meado encima en ese momento fue únicamente porque se había quedado congelado del terror. La expresión de su rostro pálido, los ojos enormes y casi fuera de sus órbitas, la boca abierta y el cuerpo tembloroso eran una visión muy reconfortante; sobretodo después del trato que recibía diariamente por parte de esa cosa que se hacia llamar a sí mismo hombre.
Se sentó lentamente y miró por un instante las pesas que aun llevaba atadas a las piernas. Debería de estar entrenando pero no le apetecía, había estado realizando los ejercicios sin parar desde que había desayunado esa mañana, horas atrás. Paúl no había aparecido en ningún momento, probablemente para evitar al Diablo, así que había entrenado solo. Levantó cauteloso una pierna, complacido al notar que le costaba un poco menos realizar ese gesto que horas antes, y empezó de nuevo los ejercicios uno por uno. Esa vez sin embargo no se molestó en contar los segundos en que mantenía la pierna en posición, demasiado distraído mirando al otro ocupante de la habitación. Notó que el espadachín no se separaba de sus armas en ningún momento, hasta el punto, como era el caso, en que dormía con al menos una de ellas agarrada fuertemente en una mano mientras las otras permanecían cerca si no se encontraban atadas a su cintura. Llevaba la misma ropa que las otras veces que lo había visitado y aunque de una sola pieza lucía desgastada y sucia, como si realmente fuera la única prenda de ropa del susodicho o si simplemente éste no se hubiera molestado en lavarla en mucho tiempo. Por algún motivo la segunda opción le parecía la mas factible.
"- ¡Eres un asqueroso! ¡Si no te quitas esa porquería que llevas puesta y te das una ducha como es debido te quedas sin sake un mes entero!"
La pierna cayó de golpe sin fuerzas y con un ruido sordo mientras un dolor intenso le atravesaba la cabeza como un rayo de luz, llenándolo por unos instantes de imágenes de alguien vestido con ropa sucia de polvo, sudor y sangre, desgarrada por múltiples partes y tan arrugada que era un palmo más corta de lo habitual; alguien que le gritaba algo que no podía entender. Se agarró la cabeza con ambas manos y cerró los ojos fuertemente, oyendo la misma frase repitiéndose una vez tras otra, el dolor en cada rebote aumentando y haciéndolo gemir en contra su voluntad. Hasta que de golpe se detuvo. Se encontró resoplando con la cabeza entre las rodillas, las manos cubriendo sus orejas y alguien zarandeándolo fuertemente de los hombros. Fue entonces que se dio cuenta de que había alguien hablando, la voz en su mente desapareciendo y dando lugar a otra de familiar.
- ¡Oye! ¡Contéstame! ¡¿Que te pasa?!
Abrió los ojos y levantó la mirada. El rostro de Ashura se encontraba a unos centímetros del suyo y lo miraba preocupado, las manos en sus hombros y la frente llena de arrugas de tanto como fruncía el ceño. Intentó hacer algún gesto que le indicara que se encontraba bien, que no era nada, pero no supo como expresarse. Abrió la boca para decir algo, cualquier cosa, pero un viejo temor fuertemente arraigado en su interior le impidió pronunciar ningún sonido. Al final terminó apoyando la frente en uno de los hombros del otro, cerca de su cuello y permitió que el espadachín lo abrazara lentamente.
- Ei – oyó que le decía, esa vez en un tono de voz mucho mas sosegado mientras que una mano le acariciaba en círculos el hombro y la nuca. - ¿Estás bien?
Asintió y repitió el gesto cuando Ashura insistió con un "¿Estás seguro?". Estaba bien. Un poco asustado pero bien. ¿Que había sido eso? Le había parecido oír una voz resonando en sus orejas , una voz espantosamente familiar: la suya propia. Pero era imposible, no recordaba haberse oído nunca decir una frase como aquella, ni siquiera recordaba haber oído nunca ese tono furioso en su propia voz. Hacía meses que no pronunciaba ningún sonido voluntariamente pero estaba bastante convencido de que eso había sonado exactamente igual que si hubiera sido él mismo diciendo esa maldita frase. Diciéndosela a alguien. Echándole la bronca a alguien más exactamente. A alguien que vestía e iba todo sucio y desarreglado.
Ashura le cogió el rostro con sus manos enormes y lo apartó un poco de su hombro con gentileza, lo suficiente y necesario para poder verlo a la cara. El rostro lleno de confusión y preocupación había desaparecido y en su lugar sólo se podía ver una expresión seria y decidida.
- Puedes confiar en mi, lo sabes, ¿verdad? - fue lo que le dijo el Diablo en voz suave, casi en un murmuro. - No dejaré que te pase nada así que puedes confiar en mi, te doy mi palabra.
El único ojo en ese rostro no dejó de observarlo ni por un instante y desde tan pocos centímetros de distancia se sintió perturbado y cautivado a la vez por la intensidad y determinación de esa mirada. Se sintió desnudo pero a la vez protegido y no supo que hacer de esas sensaciones tan extrañas y opuestas. Probablemente no fue el único que sintió la intensidad del momento puesto que segundos después el Diablo suspiró y cerró los ojos, apoyando su frente contra la suya.
- Esto seria mucho más sencillo si te dignaras a decir algo de vez en cuando, ¿sabes? - oyó que murmuraba. - Aunque se que me arrepentiré al instante el día que decidas hablar de nuevo y empieces a insultarme por cualquier bobada.
No pudo evitar reír suavemente por el comentario aunque no tenia claro del todo porque éste le hacia gracia, tal vez por el tono de resignación con el que había sido pronunciado. Casi al instante oyó reír también a Ashura, acompañándolo aun con las frentes juntas, sus manos morenas en sus mejillas, los dedos rozando ocasionalmente sus orejas y el aliento de los dos acariciando al otro.
- ¡Vaya, que escena mas conmovedora!
Tanto él como Ashura saltaron de la sorpresa y se separaron por impulso. Desvió la mirada hacía el suelo avergonzado y temeroso a la vez pero la volvió a levantar cuando oyó el sonido característico del metal fregando la madera. Estuvo a tiempo de ver a Ashura medio sacando su espada negra de la funda donde siempre la llevaba y a alguien de pelo rojo riendo descaradamente en el umbral de la puerta. Se fijó en que el rostro y las orejas de Ashura se encontraban de un sospechoso color rojo. Sonrió sin poderlo evitar, no se veía cada día al gran asesino de masas enrojeciendo por una situación incómoda.
-¡Tranquilo hombre! - dijo como si nada el recién llegado. - Sólo venia a ver a mi paciente favorito, no es necesario complicar la situación, ¿no crees?
Como podía Kujaku estar tan tranquilo bajo la mirada amenazadora y la espada a medio desenfundar del Diablo era un misterio sin respuesta. Lo vio sonreír con su usual picardía, ojos brillando maliciosamente.
- ¿Paciente? - gruñó en voz grave y potente el espadachín.
-¡Exacto! - respondió el doctor alegremente - Soy el Doctor Kujaku y estoy a cargo de la salud de éste y otros muchos pacientes. ¡Encantado de conocerlo al fin señor Ashura!
Observó incrédulo como el pelirrojo parloteaba alegremente y alargaba la mano en salutación, sin inmutarse cuando el otro se limitó a observarlo fríamente. Cuando por fin la espada fue enfundada de nuevo y Ashura retirado a un lado para dejar paso al pelirrojo soltó el aire que no se había dado cuenta que había estado conteniendo. ¡Pareja de idiotas cabezotas!
-¡Vamos a ello! - empezó el doctor, ignorando la aura amenazadora a su lado - Ya llevamos un tiempo con los ejercicios de rehabilitación y parece que has hecho mayores progresos de los que esperaba así que ya es momento de volver a incorporarnos.
Observó atónito como el doctor empezaba a colocar bien las barras de madera en frente suyo, sin dejar de parlotear en ningún momento sobre temas médicos que no entendía e ignorando en todo momento al peliverde que había recuperado las dos espadas que le faltaban de su lugar de descanso y lo observaba atentamente apoyado en la pared de enfrente. Él en cambio no era capaz de ignorarlo de esa forma. Llevaba tiempo queriendo intentar incorporarse de nuevo pero el recuerdo de la primera y última vez que lo intentó seguía fresco en su mente. Recordaba bien el dolor, el cansancio, la impotencia y la humillación del fracaso. Quería que Ashura lo viera andar pero ¿y si no lo lograba? ¿Que ocurriría si hacia el ridículo de nuevo, si era incapaz de mantenerse en pie esa vez en frente de él? La humillación sería diez veces peor.
- Chico, ¿se puede saber que haces? - oyó a Kujaku exclamar. - ¡Entra de una vez y haz tu trabajo si no quieres sufrir las consecuencias!
No fue hasta ese momento que no se dio cuenta de que Paúl se encontraba en el umbral de la puerta, mirando con terror primero al Diablo y después al doctor, por lo que parecía sin decidir cuál de los dos le daba más miedo. Le sonrió y asintió levemente para infundirle valor cuando sus miradas se encontraron y eso pareció ser suficiente para que éste se decidiera a entrar en la habitación a hacer lo que le ordenaban. Desvió de nuevo la mirada hacia Ashura y se sorprendió al verlo lanzándole una mala mirada a Paúl como si éste lo hubiera ofendido de alguna forma imperdonable. Seguía sin comprender que estaba pasando cuando el espadachín desvió la mirada hacía él para segundos después bajarla hacia el suelo, un ligero sonrojo decorando sus mejillas y orejas. Eso lo confundió más aún, no entendía nada de nada.
- Por cierto, el Joven Amo lo estaba buscando señor Ashura – comentó despreocupadamente el doctor, rompiendo el tenso ambiente. - Aparentemente se sorprendió de no recibir su reporte de la misión al llegar y aun más cuando no fue encontrado en sus aposentos, dijo que probablemente se había perdido - continuó Kujaku sin hacer ningún caso a la mirada furiosa que le dirigió el peliverde. - La mitad de la población lo está buscando en estos momentos.
Un gruñido grave, casi de animal, fue la única respuesta que recibió por parte del otro. Después el único ojo de éste se fijó de nuevo en él y pudo darse cuenta de la indecisión y preocupación en éste. Lo vio desviar la mirada a la puerta, después al doctor y su asistente durante unos instantes y por último volver a centrarse en él. Lo entendió al instante. Ashura sabia que tenia que irse, probablemente a ver al mencionado "Joven Amo", pero no le gustaba la idea de dejarlo sólo con esos dos. Tal vez no se tratara de ellos, tal vez no le gustaba la idea de dejarlo sólo con alguien que no fuera él. No sabia como sentirse al respecto. Se preguntó a sí mismo si no ocurriría lo mismo cada vez que Ashura se iba tras una de sus visitas, ¿tal vez por eso siempre desaparecía cuando él estaba durmiendo?
- ¡Vamos a empezar! - el sonido de la voz del doctor lo sacó de sus pensamientos y lo devolvió a la realidad.
Desvió la mirada de nuevo hacia Ashura y asintió discretamente, sonriendo cuando éste se enfurruñó como un niño pequeño. Lo vio inspirar profundamente antes de enderezar su postura y asentir de nuevo con mirada decidida, cómo si le estuviera prometiendo sin palabras que regresaría antes de dar media vuelta y salir de la habitación en silencio.
Era curioso como un simple y sencillo gesto podía provocar sensaciones distintas a diferentes personas: terror a Paúl, diversión a Kujaku y a él fortaleza.
¿Fallos? ¿Opiniones? ¿Dejo ya de escribir y me dedico al parchís? Como siempre cualquier comentario es más que bienvenido.
