Hay amistades de un día. Hay amistades de años. Hay amistades que duran toda la vida. Amistades de dos, de tres, de cuatro. Amistades que se forjan en leyendas, en las rocas de las vidas, en el corazón de los que aman.
Disclaimer: No soy rubia, no he escrito siete libros que me volvieron famosa, y no voy a publicar algo raro como "La vacante ocasional". Por lo tanto no soy Rowling.
Bueno, dos personajes que siempre me han llamado la atención. Este capítulo va a dedicado a samj que me ha seguido desde el inicio, y a todas las amantes de los gatos.
Un gato y un fénix
1959
Estimado Director Dumbledore
Me he enteré de su nombramiento. ¡Felicitaciones! Si hay alguien que merece el puesto de director es usted. Usted fue el mejor profesor que he tenido. Me enseñó tanto. Le debo mucho por los conocimientos que tengo, sobretodo lo de ser animaga; no lo habría logrado de no ser por usted.
También supe que necesita un profesor para impartir las clases de Transformaciones. Si no le parece mal, me gustaría que me considerara para el puesto. Por supuesto, podré entender si tiene a alguien más cualificado para ser profesor de su materia favorita.
Atentamente, Minerva McGonagall
A la vuelta recibió la respuesta:
Querida Profesora McGonagall
El puesto es totalmente tuyo. Te espero para el próximo primero de septiembre. Necesitamos con urgencia una profesora como tú.
Atentamente, tu amigo Albus.
Minerva McGonagall no pudo suprimir una sonrisa de satisfacción. ¡Tenía el trabajo! ¡Iba a ser profesora en Hogwarts! ¡Iba a trabajar cerca de Albus Dumbledore!
- Pasa Minerva. ¿Cómo estás?
- Bien, bien.
- Dentro de poco iniciará el banquete y te presentaré. Serás una gran profesora, Minerva.
- Gracias, Dumbledore.
- Ahora, me puedes llamar Albus. Y descuida, que no tienes que imitarme para ser una buena profesora.
- ¿Cómo ha sabido…?
- Simplemente, lo sé.
Dumbledore, perdón, Albus siempre sabía cosas antes de que otros la supieran.
- ¿Cómo ha sabido que era yo?
- Mi querida profesora, nunca he visto un gato tan rígido.
Albus nunca la juzgó por su repentina renuncia en el Ministerio. ¡Era lo que siempre había querido! Renunció a casarse con Dougal a causa de sus sueños y aspiraciones. Prefirió una vida de magia que una vida de secretos con su futuro esposo. ¿Por qué Albus nunca le preguntó nada?
- Todo el mundo merece una segunda oportunidad, Minerva. No seas tan dura contigo misma.
- Pero Albus…
- Cuando estés preparada, lo entenderás - le dijo, mirándola, como se mira a una niña. Porque para Dumbledore, todos (o casi todos) eran unos niños y siempre lo serían.
La carta de su madre cambió las cosas. Conocida, por su carácter huraño y su firme disposición a no meterse en los asuntos de nadie porque no quería que se metieran con ella, Isobel McGonagall creyó que su hija querría enterarse… de cosas importantes.
Querida Minerva
Hace mucho que no te escribía una carta. ¿Cómo estás? Espero que bien.
Tu padre y yo estamos bien. Tu padre estuvo un poco enfermo la semana pasada, pero ya está mejor. Por supuesto, no me dejó curarlo. Mi mejor médico es Dios, me dijo, como siempre. Dios provee, siempre.
Supongo que le dio gracias a Dios por la buena nueva. Espero que sea la primera en decirte esto. ¡Malcom ha tenido su primer hijo! Le puso Ethan. Es un niño muy lindo. Es decir que ya soy abuela y tú eres tía. ¿No es fantástico? Además, Robert ha conocido una chica y parece estar muy enamorado.
Y supongo que tampoco sabes la noticia. Yo soy amiga de chismes, tú me conoces, pero es que imposible que nadie sepa sobre eso. ¡Si es una noticia bomba! ¡Con bombas y platillos la han puesto! Se trata de Dougal, Dougal McGregor. ¡Se casó! ¡Se casó con Camile Fane! ¿Te acuerdas de los Fane, los que eran vecinos de los McGregor? Te acuerdas que esas familias siempre tuvieron diferencias, ¿no? Bueno, sus vástagos se han unido y han unido a las familias. Tu padre dice que juzgar es tarea de Dios y perdonar es tarea de los hombres, parece que el perdón se hizo en esas familias.
Bueno, eso es todo. Espero que estés bien, Minerva.
Atentamente, tu madre.
Las lágrimas empaparon la carta e hicieron ríos de tinta. Minerva McGonagall nunca lloraba. Era fuerte, era decidida, era inquebrantable. No podía controlarse. Lloraba. Lloraba de desdicha, de frustración, de impotencia. ¿Cómo hacía una… cómo hacía una para sobreponerse al dolor del amor, a los infortunios del amor? No había un hechizo, no había una poción, no había nada en el mundo de la magia que impidiera que una bruja llorara y sufriera y maldijera a los putos pantalones de Merlín por un desengaño amoroso.
- Minerva…
- ¡Albus! Yo…
- Lo siento. Te escuché sollozar y… Supongo que mejor me voy.
Albus lucía preocupado. Jamás había visto a Minerva así. Albus tenía la teoría de que si una persona sufría deberías ayudarla, reconfortarla al menos. Pero también sabía que a veces era mejor alejarse y dejar que esa persona se desahogase.
- Yo…
No quería quedarse sola. Por primera en su vida no quería quedarse sola. Siempre se había mantenido al margen de la relación de sus padres. Jamás le dijo a alguien que no entendía la negativa de su madre en decirle a su padre que tanto ella como su hija eran bruja; que sufría de impotencia por no poder ayudar a sus progenitores, a que recuperaran la confianza entre ambos, a que todo volviera a ser como antes. Siempre callada, sin revelar lo que verdaderamente sentía. No quería, en ese momento no quería rumiar ella sola su dolor.
- Puedes quedarte, Albus.
Albus se sentó a su lado. Ambos sin mirase, los dos observando por la ventana.
- ¿Quieres… quieres contarme?
- No lo sé…
Pero lo hizo. Contó toda su historia y sus sentimientos, sus impresiones, sus angustias. Se deshizo en las lágrimas que no había conseguido botar y que estaban impacientes por salir por primera vez en más de veinte años de vida.
- Sufrir significa que eres humana, Minerva. Significa que sientes, que estás viva - le dijo Albus.
No la juzgó. No la juzgó porque en el centro de su corazón odiara a su madre por condenarla a una vida de silencio y secretismo; no la juzgó porque en el centro de su alma sintiera lástima por su padre, tan inocente, tan muggle; no la juzgó porque en el centro de su ser envidiara a esa chica con la que Dougal se había casado.
- Yo también tengo mi propia historia, Minerva. Y tal vez es tan triste como la tuya.
Y se la contó. Minerva escuchó con ojos como platos la historia de su profesor, aquel que le había enseñado tanto, aquel que la había ayudado tanto…
- Me está halagando. Voldemort tenía poderes que yo nunca tuve.
- Sólo porque usted es bueno… noble para utilizarlos.
Porque Minerva no idolatraba a Dumbledore (así como Hagrid, y como Harry al principio), no lo odiaba (así como Riddle), ella lo quería. Porque aquel día en que la carta de Isobel McGonagall vino a tambalear su mundo, Minerva encontró al ser humano tras la figura de un hombre de largos cabellos blancos y lentes en forma de media luna. El ídolo se rompió esa noche, pero Minerva no lo lamentaba, ella había ganado un amigo.
